Al borde del abismo
El Chavismo y la contrarevolución antidemocrática de nuestro tiempo - (Random House Mondanori, Colección Debate, 2007, 300 pp.)
En el presente libro se encuentran reunidos diversos artículos y/o ensayos políticos que he escrito durante el curso de acontecimientos ocurridos en América Latina en general, y en Venezuela en particular. En cierto modo, Venezuela, a través de la llamada “revolución bolivariana”, ha pasado a ser el epicentro de un sismo, acontecimiento que amenaza desestabilizar las formaciones democráticas que se han venido constituyendo dificultosamente en la región latinoamericana después de terminado el periodo de la “Guerra Fría”. La mayoría de los quince artículos (o ensayos) han sido escritos entre los años 2006 y 2007.
Este libro entonces, contiene capítulos de una historia política que no está terminada. Ni yo, ni nadie, conoce el fin de esa historia. Por eso, me he negado a realizar demasiados pronósticos.
Hubo un tiempo en que la tarea principal de los llamados científicos sociales era realizar pronósticos, quizás herencia recibida de los antiguos profetas bíblicos. Hoy, mucho más tímidos, sabiendo que la mayoría de las veces los pronósticos no se cumplen, y mucho menos las profecías, nos debemos contentar con analizar situaciones, y de vez en cuando, aventurar algunas hipótesis que nos indiquen de manera aproximada, ciertas tendencias posibles.
1. Se trata, en lo fundamental, de escritos políticos.
2. Político quiere decir, por lo menos para mí, tomar partido. Y éste, a diferencias de otros que he escrito, es un libro deliberadamente político. No es posible inmiscuirse en el espacio político, sin tomar partido. Este libro parte, por lo mismo, del convencimiento de que las democracias latinoamericanas se encuentran amenazadas a partir de la emergencia de la llamada “revolución chavista” venezolana. Más aún, sostengo la tesis de que alrededor de Caracas se ha formado un núcleo antidemocrático intercontinental: ”El núcleo antidemocrático de América Latina”. Así lo he llamado en uno de mis ensayos. Eso quiere decir que, según mi opinión, la contradicción “democracia-dictadura”, la más antigua de la historia latinoamericana, sigue todavía vigente en la región. Este libro no se sitúa fuera de la contradicción sino que dentro de ella. Es una abierta toma de partido a favor de la democracia en contra de la posibilidad dictatorial.
Por esa misma razón es un libro polémico. No hay política sin polémica.
3. Naturalmente, no toda polémica encuentra interlocutor. Hay sectores que forman parte de la antigua “izquierda mítica” latinoamericana, sectores altamente ideologizados, con los cuales, después de muchas experiencias, he llegado a la conclusión de que es imposible polemizar. Ellos han hecho de las ideas, ideologías. De las tesis, principios inconmovibles. De las teorías, sacramentos. De los principios, identidades inmutables. De las discusiones, insultos.
4. También es difícil, aunque no imposible, discutir con quienes adscriben a sistemas teóricos cerrados, sobre todo cuando son seguidores de diversas escuelas economicistas, de las que tanto abundan en las universidades de América Latina.. Para ellos, la historia se reduce a una suerte de metafísica macroeconómica, donde todo se explica por mecanismos intersistémicos como son las transferencias de capital, las lógicas de acumulación “neoliberal”, y la apropiación de mercados transnacionales. Para intelectuales programados con tales sistemas, el neoliberalismo, la globalización y la “lógica del capital”, ocurren independientemente de la voluntad y de la presencia de los actores políticos reales. Para ellos, la política no existe. Sólo existen las estructuras macroeconómicas del mercado mundial. La historia real, la que vemos todos los días, tampoco existe. Rara vez los intelectuales sistémicos llegan a la deducción que los sistemas teóricos no tienen vida propia, y que en muchos casos no son sino la reproducción ampliada de la lógica de quienes los elaboraron. Ningún sistema de explicación refleja otra realidad –ese es mi convencimiento- que la de quienes ha construido esos sistemas.
5. Existen, sin embargo, interlocutores que, para mí al menos, son más válidos. Se trata de personas que, muchas veces como consecuencia de un exceso de buena voluntad, han tomado, según mi opinión, caminos políticos errados. Con ellos sí me interesa mucho polemizar.
Hay por ejemplo, aquellos que sostienen, que en aras de la superación de la pobreza, es preciso sacrificar, en algunas ocasiones, ciertos valores e ideales democráticos. Hay también aquellos que afirman que la verdadera democracia es la democracia social, y no la política. Y hay por último, aquellos que sostienen, y con razón, que sin justicia social es ilusorio hablar de democracia.
Frente a los primeros, yo afirmo que si sacrificamos determinados valores e ideales democráticos, las demandas sociales, con las cuales estaré siempre de acuerdo, no podrán afirmarse ni en leyes ni en instituciones que permitan su sostenibilidad en el tiempo, es decir, que las llamadas conquistas sociales serán siempre precarias y reversibles. Frente a los segundos, yo afirmo que si la democracia social no es política no puede ser tampoco social, pues es en el espacio político en donde se realiza la lucha social, y no en otra parte. La política es la realización plena de lo social, y no a la inversa. Y ese espacio político no puede ser, en nuestro tiempo, sino democrático. Con los terceros, estaré plenamente de acuerdo, si es que ellos a cambio, aceptan también la tesis puesta en un sentido inverso; a saber: que sin democracia es ilusorio hablar de justicia social. La legítima lucha por la justicia social es, para que sea efectiva, una lucha por el poder político mediante el uso de medios políticos (y no de medios mesiánicos, ni mucho menos, militares)
6. En el marco de una perspectiva historiográfica amplia, he llegado a construir una opinión que se encuentra en sintonía directa con el pensamiento político de algunos autores de nuestro tiempo. Ese pensamiento ha tomado formas coherentes gracias a las visiones que nos legara Hannah Arendt a partir de sus estudios comparativos de las dos grandes revoluciones democráticas de la modernidad: La francesa y la norteamericana. A partir de esos dos acontecimientos, y siguiendo la línea arendtiana, la historia del occidente político puede ser entendida como la historia de una revolución democrática, cuyo curso ha sido constantemente interrumpido y que, sin embargo, no cesa de avanzar a través de los diques ideológicos y políticos que han sido puestos en su camino.
Dicha lectura se opone radicalmente a la lectura del castro-chavismo y de sus ideólogos.
Según estos últimos, el castro-chavismo representa una revolución de proyecciones continentales. Su “vanguardia” reside en Cuba y Venezuela, y su retaguardia en los países que conforman el ALBA que son, no sólo países económicamente muy pobres, sino que, además, aquellos que no han logrado crear en el curso de su historia, estructuras políticas estables. El ALBA se constituiría así, de acuerdo a la ideología del castro- chavismo, en un polo revolucionario que ejercerá atracción sobre los pueblos dominados por la ideología del “imperio”, incluso más allá de América Latina. En cierto modo, se trata de la reedición de la ideología cubana de los años sesenta, en donde, en lugar de la URSS aparecen, como fuente de financiamiento, los yacimientos petroleros venezolanos. EL PdVSA sería la nueva URSS según la doctrina del socialismo petrolero, formulada por el propio Presidente Chávez en agosto del 2007. De este modo, el proyecto castro-chavista buscará, de acuerdo a las fantasías de sus “intelectuales orgánicos”, continuar la obra no realizada por los regímenes totalitarios del siglo XX. Y al igual que estos últimos, se erige como una alternativa destinada a frenar la revolución democrática interoccidental que después de la Guerra Fría ha comenzado a llegar a América Latina, sobre todo a partir del declive de las dictaduras militares. Solo así se explica la falta absoluta de solidaridad del castro-chavismo respecto al occidente político y los valores democráticos que éste representa (alianza con Irán y Bielorrusia)
7. Los dos grandes totalitarismos de nuestro tiempo, el nacional-socialista y el comunista, pueden ser considerados –desde la perspectiva de aquella línea democrática originada en la proclamación occidental de los Derechos Humanos– como dos grandes megaproyectos inter-occidentales destinados a detener el curso de la revolución democrática de nuestro tiempo. Y ambos fueron presentados, aceptados y entendidos, en sus respectivos momentos, como dos grandes revoluciones. Es por esa razón que siempre insisto, que para acercarse al universo político de Hannah Arendt, no hay que leer “Los orígenes del totalitarismo”” y “Sobre la Revolución”, de modo separado. Para entender ese universo, hay que leer un libro inmediatamente después del otro. No importa el orden, pero sí, uno después del otro. Y sin pausas.
Desde la perspectiva de la revolución democrática, tanto el totalitarismo nacional- socialista, como el comunista, no fueron sino dos grandes contrarrevoluciones. Ambas fueron derrotadas. Restos de ambas intentan todavía resurgir, y de nuevo, presentándose con los cantos de las sirenas de la revolución.
La llamada revolución chavista no es, desde esa lectura política “arendtiana”, ninguna revolución. Se trata más bien de un microproyecto contrarrevolucionario, militarista y comunista a la vez, cuyo objetivo histórico es obstaculizar el profundo proceso de democratización política que ha comenzado a tener lugar en América Latina inmediatamente después del fin de la Guerra Fría. A partir de ese momento, la mayoría de los gobiernos de la región, han elegido la opción de formar parte del único lugar al que pueden pertenecer: el Occidente; no el Occidente geográfico, ni siquiera cultural, sino a aquel Occidente político que crece y crece en la medida en que cada vez más naciones comienzan a ser ordenadas de acuerdo a las normas democráticas que una vez emergieron débilmente en Inglaterra, luego luminosamente en los EEUU y, con ciertas diferencias importantes, en Francia. El proyecto castro- chavista puede, sin embargo, significar –aunque esté condenado, por sus propias locuras y delirios, al fracaso–una interrupción parcial a ese proceso de democratización continental. De ahí el peligro que trae consigo y para la región.
8. Ni siquiera los totalitarismos europeos, el nacional – socialista y el comunista, lograron detener la revolución democrática que una vez comenzó con la Declaración de los Derechos Humanos. Mucho menos pueden hacerlo movimientos como el chavista que, para decirlo indirectamente con Marx, no es más que la repetición como comedia de lo que una vez fue una tragedia. No obstante, aunque sea sólo una comedia, el chavismo puede causar daños irreparables en la escena democrática. Y no sólo en Venezuela. En diversos países latinoamericanos, han sobrevivido muchas fracciones de las más antidemocráticas izquierdas que es posible imaginar. Verdaderos talibanes neostalinistas y militaristas, minoritarios pero muy activos, a quienes se les encuentra enquistados en universidades, en ONGs, en iniciativas “de base”, en sucursales del ALBA, en bandas armadas como las FARC, en ex militares racistas como el peruano Humala, y hasta en las Iglesias. Con la llegada al poder del militarismo comunista venezolano, dichos sectores, a quienes se pensaba en extinción, han cobrado una nueva vida. La desactivación de los medios antidemocráticos que comporta el chavismo es pues una condición para la continuidad del proceso de democratización en América Latina, proceso que reitero, se encuentra recién en sus primeras fases.
9. Durante gran parte del siglo veinte, los principales enemigos de la revolución democrática occidental fueron, después de la derrota del nacional-socialismo, el comunismo soviético y el militarismo latinoamericano. La revolución chavista, representa, de un modo absurdo, pero no por eso menos real, la síntesis de esos dos enemigos que alguna vez, en América Latina, se combatieron entre sí. Pues Chávez, repito, es comunista y es militarista a la vez.
10. El avance de la revolución democrática de Occidente, tuvo lugar en Europa pese al bloqueo que pareció significar el comunismo soviético. Los acontecimientos que culminaron en 1990 con el derrumbe del muro de Berlín, no ocurrieron, como pareció en un momento, debido a algún “desperfecto” en la maquinaria de dominación soviética, desperfecto que habría sido ocasionado por la aparición “fortuita” de un señor llamado Gorbachov.
La revolución democrática europea, que culminó con la simbólica caída del muro de Berlín, comenzó mucho antes que Gorbachov. Comenzó entre los marineros fusilados de Kronstadt. Después en las calles ensangrentadas de Budapest. En las rebeliones democráticas de Varsovia y Berlín. En el levantamiento popular de la primavera de Praga, durante los años sesenta. En el sentimiento antisoviético de los estudiantes occidentales en las revueltas de París, Berlín y Frankfurt. En el cisma “eurocomunista” provocado por el Partido Comunista Italiano, que siguiendo la línea gramsciana, adhirió sin reservas a la democracia occidental, desertando de la órbita soviética. En el Solidarnosc de Walessa. En la Iglesia Católica Polaca y en Juan Pablo ll. En Charta 77 de Havel. En las canciones de Wolf Biermann. En los miles de refugiados cubanos que viven en USA y Europa. En los “lunes” de Dresden y Leipzig. Y hasta en las clínicas psiquiátricas de la URSS. Si no hubiera sido por esa historia, que es la continuación de aquella revolución democrática iniciada con las declaraciones de los Derechos Humanos en EE UU y Francia, el muro de Berlín todavía estaría ahí. En alguna medida, parte de ese espíritu de la resistencia democrática de nuestro tiempo, seguía viviendo, aunque débilmente, en el movimiento estudiantil, pacífico y combativo, que apareció en Venezuela, durante mayo y junio del 2007.
11. En la mayoría de los países latinoamericanos, el enemigo principal de la democracia, no sólo en la era reciente, sino que, me atrevería a decir, desde el momento de fundación de sus propias naciones, no han sido tanto el fascismo y el comunismo, sino que el militarismo.
Bajo militarismo, entiendo aquí el ejercicio militar del poder político. El Estado, en la mayoría de nuestras naciones, ha tomado, durante mucho tiempo, no la forma de un Estado político, sino que la forma de un Estado militar. Esa es una diferencia central respecto a la historia de “los otros dos occidentes”, el europeo y el norteamericano. En ese “tercer occidente”, que es el latinoamericano, el bloqueo más grande a la revolución democrática no ha provenido de sistemas ideológicos, como fueron el nacional-socialismo y el comunismo, sino que de regímenes cuartelarios.
Los militares latinoamericanos, a fin de llegar al poder, han echado mano a diversas ideologías. Una vez aparecen como católicos y conservadores, otras veces como nacionalistas y populistas, e incluso, han aparecido como socialistas. Chávez no es el primero. Ya fue precedido en ese, su proyecto socialista- militar, por Marmaduque Grove, Jacobo Arbenz, Velasco Alvarado, Juan José Torres, Omar Torrijos, entre otros. Y no hay que olvidar que la URSS apoyó durante un tiempo a los generales argentinos.
Ahora bien, las últimas dictaduras latinoamericanas, sobre todo en países como Brasil, Chile y Uruguay, y, en parte, Argentina, fueron dictaduras ideológicamente anticomunistas, y en gran medida, aunque no siempre, fueron apoyadas por EE UU en su proyecto de contención al avance comunista en la región. Ello llevó a pensar, a muchos latinoamericanos, y de un modo altamente comprensible, que el único enemigo del desarrollo democrático de la región han sido los militares apoyados por EE UU, hecho que durante un periodo, fue absolutamente cierto. Ahora bien, el hecho de que los militares latinoamericanos, no sólo intentaran destruir a las izquierdas políticas, sino que a las democracias existentes, ha llevado a identificar a las izquierdas latinoamericanas como representantes genuinas de la democracia. Esa constatación es cierta en algunos casos; pero no siempre ha sido así. De algún modo, podría afirmarse que en América Latina sucedió algo parecido a lo que ocurrió en la Europa de post-guerra, cuando los partidos estalinistas pasaron a ser considerados como demócratas, por el hecho de haber participado en la resistencia antifascista.
Efectivamente, la resistencia democrática antifascista, encontró en muchos estalinistas, heroicos y abnegados luchadores Ahora, y esto quiero dejarlo sentado de un modo muy preciso: Ellos fueron, efectivamente, gloriosos héroes de la lucha antifascista, y en ningún caso quiero negarles, en lo más mínimo, esa calidad.. Pero no fueron héroes por la democracia; que eso es algo muy distinto. Y la distinción es importante hacerla.
El antifascismo de los comunistas europeos, les dio a ellos una legitimidad democrática que no les correspondía; más aún, una legitimidad democrática que les sirvió para defender e incluso formar parte de otras dictaduras, tanto o más represivas que las fascistas. Aún después de las masacres de Hungría, incluso, aún después de que fueron revelados los crímenes de Stalin, los comunistas seguían gozando, en diversos países europeos occidentales, de cierta legitimidad democrática, debido a que muchos de ellos fueron, alguna vez, combatientes antifascistas.
Hay pues una cierta relación analógica con las llamadas izquierdas latinoamericanas en su relación todavía no resuelta con las ideologías comunistas.
12. La mayoría de las víctimas de las dictaduras militares latinoamericanas, fueron gente de izquierda, y muchos de ellos, fervientes comunistas, partidarios en ese tiempo de la dictadura soviética. Naturalmente, ese hecho ha originado una solidaridad muy comprensible con las víctimas. Todo mi respeto hacia ellas. Pero ese respeto no me lleva a compartir sus ideologías, ni mucho menos a alabar a otras dictaduras.
Yo sé que es difícil, más aun: es imposible, decir a una madre a quien una dictadura militar ha asesinado un hijo, que las ideas que defendía ese hijo eran falsas. Yo nunca lo haría. Pero también pido la misma comprensión para una madre cubana cuyo hijo ha sido asesinado en los calabozos de los hermanos Castro. La solidaridad frente a las víctimas de las infamias que vienen del poder, no puede dividirse por razones ideológicas.
De la misma manera que los comunistas que cayeron luchando contra el fascismo no pueden servir de medios para legitimar a ninguna dictadura comunista europea, pienso que quienes cayeron como víctimas de las dictaduras militares latinoamericanas no pueden servir como medios para legitimar a ninguna dictadura comunista latinoamericana. Por el contrario. Yo mantengo la opinión, de que sólo puedo obtener credibilidad, conmigo y con los demás, si me declaro solidario con todas las víctimas de todas las dictaduras del mundo, independientemente a cualquiera ideología. No existen las “dictaduras buenas”. Tampoco hay contradicción si alguien protesta en contra de las cárceles de Guantánamo y a la vez protesta en contra de las cárceles de la Habana. Más todavía: Lo uno debe llevar a lo otro
13. Que la revolución democrática de nuestro tiempo continúa avanzando, se prueba por el hecho de que son muy pocos los regímenes autoritarios que se presentan en una forma exclusivamente dictatorial. Dictaduras brutales que no rindan tributo a ninguna formalidad democrática, como la de Zimbawe, la de Corea del Norte, y la de Cuba, constituyen hoy una excepción. El autoritarismo político de nuestros días, tiende a adoptar formas democráticas de representación. Con ello ha sido cumplida una autoprofecía. Pues de acuerdo a los léxicos fascistas y comunistas, “la democracia burguesa” es sólo una fachada. Efectivamente, los autoritarismos del siglo XXl, no proclaman la destrucción de la “democracia burguesa”, pero sí, intentan convertir a la democracia en una simple fachada.
Que algunas naciones islámicas, que nunca conocieron la democracia política adopten la fachada democrática, debe ser saludado como un enorme progreso histórico. Que en naciones, en cambio, donde se dan todas las condiciones para realizar la democracia, sean las instituciones democráticas reducidas a un conjunto de formas rituales, destinadas a legitimar poderes personales y militares, debe ser denunciado como una alteración de la vida democrática.
No puede haber, por supuesto, democracia sin elecciones periódicas. Ese es un principio aceptado por la gran mayoría de los pensadores políticos. Pero las elecciones periódicas por sí solas, no constituyen la democracia. Son sólo un medio de la democracia. Mucho menos los plebiscitos y los referendos. Plebiscitos y referendos han sido medios de los que se han valido muchas dictaduras para perpetuarse en el poder, modificando la constitución por “aclamación electoral” cada vez que el jefe supremo lo considera necesario.
Las elecciones pueden ser convertidas en medios de legitimación dictatorial, si es que quienes detentan el poder estatal logran apropiarse del aparato electoral. Ocurrió en Irak, ocurrió en las “democracias populares” de Europa del Este, ocurre en Siria, y hoy ocurre en Bielorrusia. En Venezuela hay muchos indicios que apuntan hacia el control gubernamental del aparato electoral. No estoy hablando de falsificación de votos; entiéndase bien. Estoy hablando de mecanismos de control tanto de los aparatos como de los procesos electorales. Ese control puede ocurrir, y está ocurriendo en Venezuela, por medio de cuatro vías. La primera es la “hegemonía comunicacional”, propiciada entre otros, por el Ministro Andrés Izarra. En buen español, eso significa, control estatal de los medios de comunicación. La segunda vía es tecnológica: La utilización de máquinas “captahuellas” en el acto del voto. Ese procedimiento amedrenta a cualquier votante que debe mantener una familia, y teme que su voto pueda quedar registrado en algunas actas computacionales. La tercera vía, es la presión sobre los votantes en los centros de trabajo, incluyendo las amenazas de despido para quienes voten en contra del candidato oficial. Ese mecanismo se encuentra testificado en Venezuela en el discurso pronunciado por el Ministro de Energía, Rafael Ramírez, ante los trabajadores del petróleo, poco tiempo antes de las elecciones de Diciembre del 2006. Por último, el medio más falaz de todos: hacer circular listas oficiales de opositores al régimen, como ocurrió en Venezuela con la famosa lista confeccionada por el diputado oficialista Tascón.
La perversión de las elecciones es una de las amenazas más grandes que se ciernen sobre las nuevas democracias latinoamericanas. Convertir las elecciones en procedimientos transparentes y limpios, es una de las tareas más importantes que tienen los demócratas venezolanos por delante. Y me estoy refiriendo no sólo a los demócratas de la oposición –que no todos lo son- sino también, y quizás sobre todo, a aquellos que todavía apoyando al gobierno, no están dispuestos a renunciar a uno de los legados más preciosos de la modernidad occidental: la libertad política.
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