HALLOWEEN Y SU HISTORIA
Es un festival en el que se dice que ocurrían las siguientes actividades: se practicaba la adivinación; hadas, brujas y duendes atormentaban a las personas en el campo y los Druidas demandaban contribuciones de comida.
La celebración de Samhai continuó y en 834 D.C., el Papa Gregorio IV instituyó el día de todos los santos o de las brujas como una fiesta cristiana, esperando así eliminar El Samhai, lo cual no sucedió, y durante la reforma, el día de todos los santos fue rechazado por el protestantismo. A pesar de los muchos intentos por parte de la iglesia de destruir estas prácticas paganas aún todavía han sobrevivido.
Aunque en la actualidad muchas personas se resisten a aceptar que la brujería todavía existe, la misma esta en vigencia. ¿Superstición?, ¿Superchería?, ¿Creencias místicas que nos llevan a la Edad Media? El hombre moderno cree en los demonios y espíritus de maldad, sin embargo debemos entender que en el Universo (mundo invisible) existen dos fuentes de conocimiento, y el hecho de que usted lo acepte o no, no altera esta realidad.
Esta es una época de diversión ya que el sistema del mundo nos lo ha hecho creer así; se presta para gozar, disfrutar de una fiesta de amigos, participar en concurso de disfraces, es la oportunidad de convertirse en brujas, fantasmas, pitufos, duendes, aunque sea por una noche de oportunidad única en todo el año, para tocar las puertas de personas desconocidas y pedirles dulces y frutas .Los más audaces visitan casas encantadas, otros ven películas de terror y otros inclusive visitan a media noche cementerios o reuniones espiritistas con la intención de contactar con los espíritus de los muertos.
[color=violet]Las escuelas públicas, son uno de los grandes promotores, incluso dar más énfasis a esta celebración que al Día de la Independencia. Los comerciantes aprovechan esta fecha para lanzar al mercado ofertas de confites con mensajes alusivos al ocultismo.
El 20% de las películas son de terror. Muchos afirman que es ciencia ficción, pero algunos de ellos contratan satanistas para que les ayuden a reproducir auténticamente los ritos, ceremonias, maldiciones, sacrificios, que se muestran en estas películas. Ante estas costumbres surgen varias interrogantes:
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¿Cómo se originó?
[color=violet]El haber escogido la fecha del 31 de octubre no es mera coincidencia. El 31 de octubre es la fecha de uno de los cuatro grandes aquelarres, los cuatro días de “medio trimestre” del calendario céltico. El primero de ellos, el 2 de febrero (o Imbolc) es el festival de la luz, de la luz de la sabiduría y el conocimiento, de la luz de la curación y de la luz del fuego también conocido en los países anglosajones como “Día de la Marmota”, festejaba a Brigit, diosa pagana del fuego, patrona de la orfebrería, de la poesía y de la sanación.
El segundo, un festival en mayo llamado Beltane, era entre los brujos el tiempo de la siembra. Este día los druidas realizaban ritos mágicos para estimular el crecimiento de los cultivos. El tercero era un festival de las cosechas, en agosto. Lammas es el nombre cristiano que se utilizó en el medioevo y significa “mucho pan”, debido a que este día se horneaban hogazas de pan con los primeros granos cosechados y se dejaban en los altares de los templos como ofrenda en honor del dios del sol, Lugh, el nombre irlandés del dios solar celta conocido como Lleu en Gales y como Lugos en Francia.
Estos tres primeros días de medio trimestre señalaban el paso de las estaciones, el tiempo de la siembra y el tiempo de la cosecha, así como el momento de la muerte y renacimiento de la tierra. El último de ellos, Samhain, señalaba la llegada del invierno.
En esa ocasión, los antiguos druidas efectuaban ritos en los cuales un caldero simbolizaba la abundancia de la diosa. Se decía que era una ocasión neutral e intermedia, una temporada sagrada de superstición y de conjuro de espíritus. Se piensa que el 31 de octubre era la noche en que el velo de los espíritus de los muertos y los vivos era más delgado.
Había que aplacarlos o “hacerles un regalo”, pues de otro modo les harían diabluras a los vivos. En las cimas de las colinas se encendían grandes hogueras para ahuyentar a los espíritus malos y aplacar a las potestades sobrenaturales que regían los procesos de la naturaleza. Más recientemente, los inmigrantes europeos, especialmente de los irlandeses, introdujeron en los Estados Unidos la celebración de Halloween. A finales del siglo XIX sus costumbres se habían popularizado. Era ocasión de volcar los excusados, de hacer daños a la propiedad, y de darse licencia de cometer fechorías que no se podían tolerar en otros momentos del año.
El Halloween es una tradición europea y se le atribuía a los celtas quienes poblaban la antigua Inglaterra, Irlanda y el norte de Francia; estos pueblos celebraban en el último día de octubre, el fin de año con el festival de Samhain a quien consideraban como “el señor de la muerte”. Los celtas creían que el Samhain permitía a las almas de los muertos que regresaran a sus casas en esa noche y pensaban que demonios, fantasmas y gatos negros deambulaban por todas partes.
Durante el festival de los druidas (quienes eran sacerdotes y maestros de los celtas) se ordenaba a los pobladores que encendieran una fogata en sus casas entre tanto que ellos encendían otra gigantesca en lo alto de las colinas. La palabra druida proviene del griego “cuadrus”, que significa sabio del roble.
El énfasis de las hogueras se debe a que los druidas tienen la creencia que al quemar un viejo roble, éste reencarnaría en un sacerdote druida, en el roble crecían las plantas llamadas muérdago (que se utilizaban para ceremonias secretas). Ellos tenían la creencia de que eran uno con la naturaleza. La cultura de los celtas de dividían en clases: - Nobles, - Sacerdotes, - Maestros y – Comunes.[/color]
[color=cyan]En 1717 se reunieron todos los druidas de Europa para inaugurar de nuevo el druidismo. Entre ellos existían los llamados “covens”, quienes eran doce brujas y un sacerdote, los cuales tenían la creencia de adorar a Baal (rey de los demonios de éste). A lo largo de la celebración, algunas personas se vestían con disfraces hechos con pieles y cabezas de animales sacrificados. También se cree que ellos obtenían sus sacrificios de los mismos pobladores del lugar. Se cree que recorrían casa por casa pidiendo un niño o una virgen para quemarlo en la gran fogata, los sacerdotes dejaban una fruta con una vela en su interior para prevenir que los demonios entraran y mataran a quienes habitaban ahí, a esto se le consideraba un trato.
Si la familia se negaba a satisfacer la demanda, entonces los sacerdotes marcaban la puerta de la casa y esa noche Satanás tenía entrada libre para destruirlos, esto era conocido como “la treta” o “trato”. Este tiempo es considerado idóneo para complacer y reconciliar a los poderes sobrenaturales que creían que dominaban la naturaleza, y se pensaba que no existía mejor época en todo el año para practicar la adivinación y hechicería. Debido a que los romanos tuvieron dominio sobre los celtas por 400 años, sus festivales se fueron fusionando poco a poco, facilitando esto el hecho que los romanos tuvieran dos rituales a fin del otoño, uno de los muertos y otro a su dios de los árboles y de las frutas.
La tradición celta entró con mayor fuerza en el siglo octavo cuando la iglesia católica romana estableció el primero de noviembre como el día de todos los santos. Así la noche anterior se realizaba el festival de Samhain, por eso a esta noche se le empezó a denominar “noche de todos los santos”. Se celebraba originalmente en mayo, pero a finales del siglo IX se pasó al primero de noviembre para contrarrestar la fiesta pagana, aunque a la víspera del 31 de octubre se le llamaba víspera de los fieles difuntos.
La palabra Halloween surgió después de que la iglesia católica sometiera esta fecha a la cristiandad “All Hallows Eve” “All Hallows Day”. Se cree que de ahí se derivó la palabra Halloween que se utiliza para referirse a esta costumbre.
SOBRE BRUJAS
En la Península Ibérica dos regiones se destacan por la proliferación de brujas y hechiceras: Galicia y Euskadi. Las numerosas denuncias y procesos que se producían en Galicia obligaron a Felipe II a enviar una comisión que investigara los poderes atribuidos a bruxas, meigas y sorgiñas. En el informe que se conserva en los archivos de El Escorial, los investigadores aseguran que las vieron salir por las chimeneas de sus casas a medianoche. Pero el reino de Navarra y el País Vasco fueron las zonas más asoladas por la obsesión brujeril. Ya en 1466 los guipuzcanos obtienen de Enrique IV permiso para que los alcaldes a las brujas que asolan la provincia. Poco después nace en la sierra de Amboto un notable foco de aquelarres. En 1507 treinta brujas son quemadas por el tribunal inquisitorial de Logroño. Y en 1525 más de 400 personas son interrogadas en Pamplona, donde dos niñas confiesan haber participado en un aquelarre, y colaboran en el arresto y condena de un centenar de presuntas brujas. El inquisidor Alonso de Salazar y Fría, radicalmente disconforme con sus colegas, descubrió contradicciones en los testimonios, y no encontró evidencia sobre la realidad de los aquelarres, concluyendo que en toda la comarca no se había cometido ningún verdadero acto de brujería. La inquisición española le respaldó en las Instrucciones de 1614, que recomendaban benevolencia y cautela en esta clase de procesos. Gracias a ellas la península quedó prácticamente libre de la locura en que la caza de brujas sumió al resto de Europa. Se acusaba, además, a las brujas de arruinar las cosechas, de provocar enfermedades y muertes entre los animales y sus propios vecinos, de matar niños, de practicar el incesto y el aborto, de comer carne humana y beber sangre, de desenterrar cadáveres, etc. Pero es muy difícil saber qué hubo de cierto en tales acusaciones, ya que estas descripciones suelen proceder de sus perseguidores y, cuando figuran en las declaraciones de las propias brujas, fueron obtenidas mediante amenazas y torturas, que inducían a las acusadas a ajustarse a lo que sus torturadores querían escuchar. Otras de sus visiones seguramente se deben al carácter alucinógeno de las sustancias que las brujas se aplicaban. No se entiende, que nadie en aquella época, fuese capaz de preguntarse cómo era posible que aquella pobre gente pudiese entregarse a las prácticas repugnantes y abominables que se les atribuían. Y todo ello para condenarse sin remedio por toda la eternidad, con el único propósito de obtener unos supuestos poderes sobrenaturales que, sin embargo, les dejaban indefensos ante sus jueces y torturadores. Todo invita a pensar que hubo una campaña de desprestigio perfectamente orquestada en la que se jugó con los impulsos más inmediatos y viscerales del pueblo, dirigiéndolos contra estos contestatarios que se rebelaban contra el orden establecido.[/color]
¿Por qué hay más brujas?
[color=indigo]Los cronistas de la caza de bruja lo dejan claro. Por cada hombre, 500 mujeres practican la brujería, asegura Bodin. Por cada brujo, 10.000 brujas, aumenta De Lancre. Los textos de la época muestran una gran prominencia del sexo femenino. ¿A qué se debe? Esta claro que la Iglesia , como otras religiones patriarcales, vio en ella el origen de todos los males, inclinándola aún más hacia la brujería, como protesta instintiva contra la represión de que era objeto, se sigue así un proceso de satanización de la mujer, patente sobre todo en épocas de pestes, cismas, guerras y temores, en los que las más celosas mentes toman consciencia de los peligros que amenazan a la Iglesia. Tras ello se adivina la figura de Satán, y clérigos e inquisidores se movilizan contra la ofensiva demoníaca; su líbido reprimida está cargada de agresividad; seres sexualmente frustrados proyectan sobre otros lo que ellos mismos no pueden identificar y buscan chivos expiatorios que no podían ser otros que la mujer. La explicación hay que buscarla en la naturaleza del viejo culto en el que oficiaban como sacerdotisas. La respuesta está en una religión lunar, eminentemente femenina, centrada en la diosa madre, cuyo comparsa es un dios cornudo; divinidad de la magia y del conocimiento no racional, progresivamente suplantada por el dios solar de la luz y la racionalidad. También griegos, romanos y anglosajones temían a las hechiceras; mujer y magia han sido siempre sinónimos.Lo cierto es que en su furia por exterminar las nuevas corrientes del pensamiento, la inquisición uso a las brujas como víctimas.Hierbas, pócimas y droga
Las brujas eran expertas en toda clase de hierbas. Con ellas y los más singulares elementos preparaban en su caldero ungüentos mágicos, pócimas curativas, eficaces venenos y filtros amorosos que guardaban en jarras y botellas. Depositarias de antiguos conocimientos transmitidos de madres a hijas, de iniciadora a iniciada. Así se explica que las brujas de los más diversos rincones de Europa utilicen los mismos elementos para fines semejantes. Hoy sospechamos que el vuelo nocturno y otras de sus visiones eran producidas por ciertas plantas alucinógenas que, mezcladas con grasa, penetraban por los poros de su piel, tras frotarla enérgicamente. Nynauld distingue en 1615 tres variedades de ungüentos: “el que produce la ilusión momentánea de una transformación animal; el que permite creer a las brujas que van al sabbat, pero se localiza únicamente en la imaginación; el que permite un verdadero viaje al sabbat, mientras dios lo permita”. Por insólita que nos parezca esta posibilidad, no hay que descartar que algunas pócimas pudieran en efecto facilitar una experiencia extracorporal que permitiera a la bruja desplazarse psíquicamente al punto de reunión. Esto puede deducirse de las descripciones pormenorizadas que algunas acusadas hicieron de lugares que nunca habían visto físicamente, y es refrendado por prácticas semejantes de los brujos tribales, capaces de describir certeramente lo que sucede en lugares remotos sin salir de su cabaña. Inquisidores y eruditos de la época han descrito la composición de estas unturas y el modo que tenían de administrárselas. Gracias a ellos, los investigadores modernos han identificado diversos elementos alucinógenos, y varios narcóticos de extracción vegetal. Así sabemos que en algunas de sus combinaciones mezclaban belladona, beleño, adormidera, acónito, semilla de girasol, cannabis, cicuta, solano, amapola, digital, mandrágora, eléboro, etcétera.
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Cazadores de brujas
El sadismo, la curiosidad morbosa y las peores cualidades humanas exacerbaron el espíritu de los cazadores de brujas, convirtiéndolos en verdugos despiadados, capaces de las más terribles atrocidades. El principal catalizador de tan horrible proceso histórico es el Malleus Maleficarum, verdadero manual del cazador, que resumía cuantos chismes sobre la brujería circulaban en la época e intentaba justificar el uso de todos los métodos en las investigaciones. Esta obra siniestra, causa de incontables crímenes y sufrimientos, pronto se convirtió en un auténtico bestseller y desató una epidemia de libros brujeriles, que se editaban por cientos de miles. Los jueces se consideraban a sí mismos instrumentos de la providencia; creían que su función les protegía de maleficios, formulaban a los sospechosos preguntas tan escabrosas como insanas y aceptaban cualquier testimonio, incluido el de niños, idiotas, histéricos y delirantes. Algunos aceptaron dinero o chantajearon a los acusados; no faltaban a los delatores de brujos profesionales y quienes por este procedimiento se quedaron con las fortunas de sus súbditos o familiares, mientras conducía a aquellos a la hoguera. La caza de brujas, en la que participaron intensamente los protestantes, constituye uno de los más negros episodios de la historia. Los contemporáneos de la época describían a las brujas como mujeres repulsivas, capaces de realizar hechizos y preparar ungüentos y brebajes con virtudes mágicas, aunque entre las procesadas no faltan miles de bellas jóvenes cuya virginidad pudieron comprobar los verdugos. Suelen vivir con un gato, sapo, cuervo o perro negro, animales llamados familiares que participaban activamente en sus fechorías. Tras su pacto con el diablo, que implica unas relaciones sexuales con éste, cuyas descripciones podrían ruborizar a no pocos cyberlectores, Satán las señala con una marca imborrable en cualquier parte del cuerpo. La búsqueda sádica de esta marca ocupó buena parte de la actividad de los interrogadores. En ciertas noches de la semana, tras aplicarse un ungüento, se trasladaban volando (a lomos de una escoba o un macho cabrío) hasta sus lugares de reunión. Sus asambleas son conocidas como sabbats o aquelarres, que en vasco significa prado del macho cabrío. Las preside este animal, en que los inquisidores ven al diablo.
Brujería
Brujería es el conjunto de creencias, conocimientos prácticos y actividades de ciertas personas llamadas brujas (existe también la forma masculina, brujos, aunque es menos frecuente) que están supuestamente dotadas de ciertas habilidades mágicas que emplean con la finalidad de causar daño.
La creencia en la brujería es común en numerosas culturas, y las interpretaciones del fenómeno varían significativamente de una cultura a otra. En el Occidente cristiano, la brujería se ha relacionado frecuentemente con la creencia en el Diablo, especialmente durante la Edad Moderna, en que se desató en Europa una obsesión por la brujería que desembocó en numerosos procesos y ejecuciones de brujas (lo que se denomina “caza de brujas”). Algunas teorías1 relacionan la brujería europea con antiguas religiones paganas de la fertilidad, aunque ninguna de ellas ha podido ser demostrada. Las brujas tienen una gran importancia en el folclore de muchas culturas, y forman parte de la cultura popular.
Si bien este es el concepto más frecuente del término “bruja”, desde el siglo XX el término ha sido reivindicado por sectas ocultistas y religiones neopaganas, como la Wicca, para designar a todas aquellas personas que practican cierto tipo de magia, sea esta maléfica (magia negra) o benéfica (magia blanca), o bien a los adeptos de una determinada religión.
Un uso más extenso del término se emplea para designar, en determinadas sociedades, a los magos o chamanes.
Terminología: brujería, hechicería, magia
Aunque en español se utiliza en ocasiones la palabra brujo, en masculino, como sinónimo de mago, con independencia del tipo de magia que practique, el uso más frecuente del término (casi siempre en femenino) hace referencia a las personas que practican la magia negra. Incluso dentro de éstas, Julio Caro Baroja 2 propone diferenciar entre brujas y hechiceras. Las primeras habrían desarrollado su actividad en un ámbito predominantemente rural y habrían sido las principales víctimas de las cazas de brujas en los años 1450-1750. En cambio, las hechiceras, conocidas desde la antigüedad clásica, son personajes fundamentalmente urbanos: un ejemplo característico en la literatura española es la protagonista de La Celestina de Fernando de Rojas.3 A diferencia de los practicantes de la magia culta, que alcanzó gran desarrollo en el Renacimiento, tanto la bruja rural como la hechicera urbana pertenecían en general a clases sociales marginadas, lo que las hacía más vulnerables a las persecuciones. Se cree que las artes de brujas y hechiceras eran transmitidas oralmente de generación en generación, por lo que todos los testimonios acerca de sus prácticas proceden de autores ajenos y muy a menudo hostiles a ellas.
La palabra española bruja es de etimología dudosa, posiblemente prerromana, del mismo origen que el portugués y gallego bruxa y el catalán bruixa. La primera aparición documentada de la palabra, en su forma bruxa, data de finales del siglo XIII.4 En 1396 se encuentra la palabra broxa, en aragonés, en las Ordinaciones y Paramientos de Barbastro.5
En el País Vasco y en Navarra se utilizó también el término sorguiña (en euskera sorgin), y en Galicia, la voz meiga.
En latín, las brujas eran denominadas maleficae (singular maléfica), término que se utilizó para designarlas en Europa durante toda la Edad Media y gran parte de la edad moderna. Términos aproximadamente equivalentes en otras lenguas, aunque con diferentes connotaciones, son el inglés witch, el alemán Hexe y el francés sorcière.
La Antigüedad clásica
En las antiguas Grecia y Roma, estaba extendida la creencia en la magia. Existía, sin embargo, una clara distinción entre distintos tipos de magia según su intención. La magia benéfica a menudo se realizaba públicamente, era considerada necesaria e incluso existían funcionarios estatales, como los augures romanos, encargados de esta actividad. En cambio, la magia realizada con fines maléficos era perseguida.6 Se atribuía generalmente la magia maléfica a hechiceras (en latín maleficae), de las que hay numerosas menciones en numerosos autores clásicos.
Según estos textos, de estas hechiceras se creía que tenían la capacidad de transformarse en animales, que podían volar de noche y que practicaban la magia tanto en provecho propio como por encargo de terceras personas. Se dedicaban preferentemente a la magia erótica, aunque también eran capaces de provocar daños tales como enfermedades o tempestades. Se reunían de noche, y consideraban como sus protectoras e invocaban en sus conjuros a diosas como Hécate, Selene y Diana.7
Probablemente las brujas más conocidas de la literatura clásica son dos personajes mitológicos, Circe 8 y Medea. Las habilidades mágicas de ambas residen sobre todo en su dominio de las pócimas o filtros mágicos (phármakon, en griego). Medea, que se presenta a sí misma como adoradora de Hécate, 9 se convirtió en el arquetipo de la hechicería en las literaturas griega y romana. Hay menciones de brujas en las obras de Teócrito, Horacio, Ovidio, Apuleyo, Lucano y Petronio, entre muchos otros. Estos autores hacen especialmente referencia a brujas que realizan magia de tipo erótico.
Relacionada con la creencia grecorromana en las brujas está la figura de la striga, un animal nocturno que es mitad pájaro mitad ser humano que se alimenta de sangre (y que resulta también un precedente de la moderna figura del vampiro).
Los escritores antiguos fueron a menudo escépticos acerca de las presuntas facultades de las brujas.
La brujería en el Antiguo Testamento
En el Antiguo Testamento, concretamente en el Éxodo, se prohíbe la brujería, y se establece que debe ser castigada con la pena de muerte: “A la hechicera no la dejarás con vida” (Éxodo 22:18). Es de notar que, al igual que en la Grecia y Roma clásicas, la brujería aparece como una actividad mayoritariamente femenina, lo cual no es de extrañar, ya que la asociación de la mujer con el Mal es frecuente en la Biblia.
De otras citas bíblicas (Levítico 20:27, Deuteronomio 18:11-12), se desprende que la principal actividad de estas brujas bíblicas era la necromancia o invocación a los muertos. En el Primer Libro de Samuel (1Samuel 28:1-25 se relata la historia de la bruja de Endor, a la que Saúl, contraviniendo sus propias leyes, recurrió para invocar al espíritu de Samuel antes de una guerra con los filisteos.
Brujería y cristianismo
Si bien la actitud del cristianismo con respecto de algunas prácticas mágicas, tales como la astrología o la alquimia, fue en ciertos momentos ambigua, la condena de la brujería fue explícita e inequívoca desde los comienzos de la religión cristiana. En la Alta Edad Media existen varias leyes condenando la brujería, basadas tanto en el ejemplo del derecho romano como en la voluntad de erradicar todas aquellas prácticas relacionadas con el paganismo. Sin embargo, la actitud eclesiástica no parece haber sido demasiado beligerante durante la primera mitad de la Edad Media, como lo atestiguan documentos como el Canon Episcopi.
La situación cambió cuando la Iglesia comenzó a perseguir las herejías cátara y valdense. Ambas concedían una gran importancia al demonio, y para estas comunidades cristianas éste estaba personalizado en la Iglesia Romana Papal, debido a sus grandes abusos. En especial los cátaros se referían a ella como la “prostituta”. Para combatir estas herejías fue creada la Inquisición pontificia en el siglo XIII. En el siglo siguiente comienzan a aparecer en los procesos por brujería las acusaciones de pacto con el Diablo, el primer elemento determinante en el concepto moderno de brujería.
La brujería en la Edad Moderna
A finales de la Edad Media empezó a configurarse una nueva imagen de la bruja, que tiene su principal origen en la asociación de la brujería con el culto al Diablo (demoniolatría) y, por lo tanto, con la idolatría (adoración de dioses falsos) y la herejía (desviación de la ortodoxia). Aunque el primer proceso por brujería en que están documentadas acusaciones de asociación con el Diablo tuvo lugar en Kilkenny, Irlanda, en 1324-1325,10 sólo hacia 1420-1430 puede considerarse consolidado el nuevo concepto de brujería. Existen variantes regionales, pero pueden ser descritas una serie de características básicas, reiteradas tanto en las actas de los juicios como en la abundante literatura culta sobre el tema que se escribió en Europa durante los siglos XV, XVI y XVII.
Las principales características de la bruja, según los teóricos del tema en la época, eran las siguientes:
1. el vuelo en palos, animales, demonios o con ayuda de ungüentos,
2. encuentros nocturnos con el Diablo y otras brujas en el sabbat o aquelarre,
3. pactos con el Diablo,
4. sexo con demonios (en forma de íncubos y súcubos) y
5. la magia negra.
Esta idea de la brujería, predominante en la Edad Moderna y base de las cazas de brujas, era alarmante en la época, ya que se extendió la idea de que las brujas conspiraban para extender el poder del Diablo. La caracterización negativa de las brujas comparte algunas características con el antisemitismo (expresiones como «Synagoga Satanae», Sinagoga de Satanás, o «sabbat», para designar las reuniones nocturnas de las brujas), y tiene un fuerte carácter misógino.11 Aunque no todos los sospechosos de brujería eran mujeres (hubo un significativo porcentaje de hombres procesados y ejecutados por delitos de brujería), se consideraba a la mujer más inclinada al pecado, más receptiva a la influencia del Demonio, y, por tanto, más proclive a convertirse en bruja.
La definición de la brujería como adoración al Diablo se difundió por toda Europa mediante una serie de tratados de demonología y manuales para inquisidores que se publicaron desde finales del siglo XV hasta avanzado el siglo XVII. El primero en alcanzar gran repercusión, gracias a la reciente invención de la imprenta, fue el Malleus Maleficarum (”Martillo de las brujas”, en latín), un tratado filosófico-escolástico desapasionado y racional publicado en 1486 por dos inquisidores dominicos, Heinrich Kramer (Henricus Institoris, en latín) y Jacob Sprenger. El libro no sólo afirmaba la realidad de la existencia de las brujas, conforme a la imagen antes mencionada,12 sino que afirmaba que no creer en brujas era un delito equivalente a la herejía: «Hairesis maxima est opera maleficarum non credere» (La mayor herejía es no creer en la obra de las brujas).
Tanto el Malleus como otros muchos libros que se publicaron en la época, constituyeron el fundamento de la caza de brujas que se dio en toda Europa durante la Edad Moderna, especialmente en los siglos XVI y XVII, y que causó la muerte, según los cálculos más fidedignos, de unas 60.000 personas.
Pacto con el Diablo
Se atribuía a los acusados de brujería un pacto con el Diablo. Se creía que al concluir el pacto, el Diablo marcaba el cuerpo de la bruja, y que una inspección detenida del mismo podía permitir su identificación como hechicera.13 Mediante el pacto, la bruja se comprometía a rendir culto al Diablo a cambio de la adquisición de algunos poderes sobrenaturales entre los que estaba estaba la capacidad de causar maleficios de diferentes tipos, que podían afectar tanto a las personas como a elementos de la naturaleza; en numerosas ocasiones, junto a estos supuestos poderes se consideraba también a las brujas capaces de volar (en palos, animales, demonios o con ayuda de ungüentos), e incluso el de transformarse en animales (preferentemente lobos).
La supuesta capacidad de volar también se asienta sobre algunos informes remitidos por los inquisidores a Felipe II tras su misión en Galicia. Tanto Felipe II como sus antecesores solicitaron a la Santa Inquisición investigaciones sobre la veracidad de las leyendas populares en lo que a la capacidad de volar se refiere. En los primeros informes se afirmaba no haber encontrado nada que pudiera confirmar las historias populares, pero las investigaciones posteriores cambiaron radicalmente y en los siguientes escritos los inquisidores afirmaron haber visto volar a las brujas y salir por las chimeneas con sus escobas.
Aquelarre
Aquelarre o akelarre (del euskera aker = macho cabrío; larre = campo), es la palabra en euskera más internacional, que es el lugar donde las brujas (sorgiñas en euskera) celebran sus reuniones y sus rituales. Aunque es palabra vasca se ha asimilado en castellano y por extensión se refiere a cualquier reunión de brujas y brujos.
En estas celebraciones se solía venerar un macho cabrío negro al que se le ha asociado con el culto a Satán. Uno de los akelarres más conocidos es el que se celebraba en la cueva de Zugarramurdi (Navarra) y de aquí es de donde le viene al ritual el nombre, del lugar donde se celebraba. Akelarre es el nombre del campo que está delante de la mencionada cueva.
El aquelarre
Se creía que las brujas celebraban reuniones nocturnas en las que adoraban al Demonio. Estas reuniones reciben diversos nombres en la época, aunque predominan dos: sabbat y aquelarre. La primera de estas denominaciones es casi con seguridad 15 una referencia antisemita, cuya razón de ser es la analogía entre los ritos y crímenes atribuidos a las brujas y los que según la acusación popular cometían los judíos. La palabra aquelarre, en cambio, procede del euskera aker (macho cabrío) y larre (campo), en referencia al lugar en que se practicaban dichas reuniones.
Según se creía, en los aquelarres se realizaban ritos que suponían una inversión sacrílega de los cristianos. Entre ellos estaban, por ejemplo, la recitación del Credo al revés, la consagración de una hostia negra, que podía estar hecha de diferentes sustancias, o la bendición con hisopo negro.16 Además, casi todos los documentos de la época hacen referencia a opíparos banquetes (con frecuencia también a la antropofagia) y a una gran promiscuidad sexual. Una acusación muy común era la del infanticidio, o los sacrificios humanos en general.
La principal finalidad de los aquelarres era, sin embargo, siempre según lo considerado cierto en la época, la adoración colectiva del Diablo, quien se personaba en las reuniones en forma humana o animal (macho cabrío, gato negro, etc). El ritual que simbolizaba esta adoración consistía generalmente en besar el ano del Diablo (osculum infame). En estas reuniones, el Diablo imponía también supuestamente su marca a las brujas, y les proporcionaba drogas mágicas para realizar sus hechizos.
Se creía que los aquelarres se celebraban en lugares apartados, generalmente en zonas boscosas. Algunos de los más célebres escenarios de aquelarres fueron las cuevas de Zugarramurdi (Navarra) y Las Güixas (cerca de Villanúa, en la provincia de Huesca) en España, el monte Brocken (mencionado en el Fausto de Goethe), en Alemania, Carnac en Francia; el nogal de Benevento y el paso de Tonale, en Italia. Se creía también que algunos aquelarres se celebraban en lugares muy lejanos de la residencia de las supuestas brujas, que debían por tanto hacer uso de sus poderes sobrenaturales para desplazarse volando: por ejemplo, se acusó a algunas brujas del País Vasco francés de asistir a aquelarres en Terranova.
Algunas fechas se consideraban también especialmente propicias para la celebración de aquelarres, aunque varían según las regiones. Una de ellas era la noche del 30 de abril al 1 de mayo, conocida como noche de Walpurgis.
Se atribuía a las brujas la capacidad de desplazarse volando a los aquelarres. Esta creencia se remonta, al menos, a la Antigüedad clásica, aunque a menudo fue vista con escepticismo (por ejemplo, en el Canon episcopi se afirma la absoluta falsedad de esta idea). Los procedimientos empleados para volar varían según los diferentes testimonios: en el Canon episcopi, por ejemplo, se hace referencia a la creencia de que las brujas se desplazaban en animales voladores. Sin embargo, el medio de locomoción más frecuente, y que como tal ha perdurado en la imagen actual de la bruja, es la escoba.
El simbolismo de la escoba se ha interpretado de diversas formas. Para algunos autores se trata de un símbolo fálico[cita requerida], lo que se relacionaría con la supuesta promiscuidad sexual de las brujas. Otras teorías mencionan que la escoba pudo haber sido utilizada para administrarse determinadas drogas. En cualquier caso, llama la atención al tratarse de un objeto relacionado casi exclusivamente con la mujer.
Con respecto a los vuelos de las brujas, las opiniones de los teólogos de la época estuvieron muy divididas. Para algunos, tenían lugar físicamente, en tanto que otros consideraban que se trataba de ensueños inducidos por el Diablo. Modernamente se han relacionado con el consumo de ciertas drogas conocidas en la Europa rural, tales como el beleño, la belladona y el estramonio.
Referente a la forma de vuelo que se les atribuía en el resto del mundo, en México creían en el nahualismo, acto por medio del cual las brujas practicantes de antiguos ritos prehispanicos podian convertirse o metamorfosearse en aves nocturnas como lechuzas o buhos; en el caso de Chile destacaba la creencia de que el brujo chilote contaba con un “macuñ” (del mapudungun makuñ: “manto”o “chaleco”) hecho con la piel del pecho de un cadáver humano. Igualmente en este país y en Argentina se les atribuía la capacidad del vuelo transformados en aves de “mal agüero” (mala suerte), ejemplo de ello es la leyenda de la Voladora.
La metamorfosis
Todas las culturas tienen entre las atribuciones de las capacidades de magos, brujas o hechiceros las de transformarse en animales:
• La cultura popular del norte de Europa atribuye a las brujas la transformación preferente en un gato negro.
• Entre el chamanismo de Norteamérica, está el nahualismo mexicano, según el cual el brujo o bruja puede transformarse en su animal protector, que puede ser tanto volador como terrestre, doméstico como salvaje.
• En Sudamérica, según la tradición de Chile y algunas zonas de Argentina, la transformación de las brujas era principalmente en aves, aunque también se mencionan otros animales; destaca un tipo de bruja o brujo al que, al igual que los Calcu en la tradición Mapuche, se suponía la capacidad de convertirse en un mítico pájaro conocido como Chonchón.
Prácticas mágicas
Se acusaba a las brujas de la realización de hechizos mediante la magia negra, esto es, con fines maléficos. Mediante estos hechizos, lograban supuestamente hacer morir o enfermar a otras personas o al ganado, o desencadenar fenómenos meteorológicos que arruinaban las cosechas.
Interpretaciones de la brujería
Una de las interpretaciones más interesantes, y que más arraigo han conseguido, es la que hace a las brujas representantes de antiguos cultos paganos, anteriores al Cristianismo, que sus perseguidores habrían identificado, errónea o malintencionadamente, con la adoración al Diablo. La principal defensora de esta teoría fue la inglesa Margaret Murray, que la expuso en tres libros: The Witch-cult in Western Europe (1921), God of the Witches (1933) y The Divine King in England (1954). Según Murray, la brujería deriva de una antigua religión neolítica, en la que se practicaban sacrificios humanos (en gran medida, las teorías de Murray están influenciadas por la obra clásica de James George Frazer, La rama dorada).
Según esta teoría, las noches de brujas corresponderían a las épocas del año en que, en el neolítico, se realizaban ritos de fertilidad para lograr que la naturaleza no muriera en el invierno y concediera buenas cosechas en el verano, el 31 de julio y el 1 de febrero. De este modo, la brujería permanecía subterráneamente ligada a las religiones panteístas germánica y celta. Estas reuniones serían el residuo de los ritos femeninos griegos y romanos al dios Baco y otros ritos de origen tracio. Y las denominadas brujas serían las herederas delas sacerdotisas bacantes tras la entrada del cristianismo. El macho cabrío parece corresponder más al dios de la fertilidad Pan y los sátiros.
El punto de vista de Murray sobre la brujería resultó muy atractivo por el destacado papel que concedía a la mujer y a la sexualidad, y por lo que implicaba de resistencia contra la opresión de la Iglesia. Durante los años 30, surgió en el Reino Unido un movimiento de recuperación de la brujería en gran medida basado en las teorías de Murray. Tuvo también una gran influencia en Gerald Gardner, autor del que puede considerarse el texto fundacional de la Wicca, Witchcraft Today (1954), cuyo prólogo fue escrito por Murray.
Las tesis de Murray, que gozaron de amplio crédito hasta la década de 1960, son hoy muy cuestionadas,17 ya que se basan en fuentes poco dignas de crédito (las confesiones de las propias brujas, a menudo realizadas bajo tortura).
La caza de brujas
Entre los siglos XV y XVIII se dio una persecución particularmente intensa de la brujería, conocida como caza de brujas. Esta persecución afectó a la práctica totalidad del territorio europeo, si bien fue particularmente intensa en Centroeuropa, en los estados semiindependientes bajo la autoridad nominal del Sacro Imperio Romano Germánico, y en la Confederación Helvética. Los estudiosos actuales del tema dan una cifra aproximada de 110.000 procesos y 60.000 ejecuciones, a pesar de que cálculos anteriores arrojaban cifras mucho más elevadas.
La caza de brujas tiene su origen en la Inquisición, tribunal creado por el Papado para perseguir la herejía, pero que a partir del siglo XIV comenzó a prestar atención al fenómeno de la brujería. La principal acusación contra las brujas era la de demonolatría, o adoración del Diablo, concretada ya en una obra clásica sobre el tema, el Malleus maleficarum (”Martillo de brujas”). Entre los siglos XVI y XVIII aparecieron numerosas obras de eclesiásticos y juristas acerca de este tema.
Contra lo que suele creerse, la mayor parte de los procesos por brujería los llevaron a cabo tribunales civiles, y la Inquisición solo tuvo un papel preponderante en los primeros años de la caza de brujas. Los procesos tuvieron lugar por igual en países católicos y protestantes. En los territorios de religión ortodoxa, en cambio, las cazas fueron de intensidad mucho menor.
Durante estos procesos, se aplicó con frecuencia la tortura para obtener confesiones, por lo cual los investigadores actuales suelen manifestar cierto escepticismo acerca de lo manifestado en los juicios por brujería.
Algunos procesos se han hecho especialmente célebres, como el de las brujas de Salem, en los actuales Estados Unidos, tema de una célebre obra del dramaturgo Arthur Miller publicada en 1953, que popularizó la expresión “caza de brujas” en relación con la Comisión de Actividades Antiamericanas del senador Joseph McCarthy. Desde entonces, la expresión “caza de brujas” se aplica metafóricamente a cualquier persecución de tipo ideológico.
En España, la Inquisición dejó de perseguirlas a raíz del proceso contra las brujas de Zugarramurdi (segunda mitad del siglo XVII), en el que los inquisidores se encontraron ante la posibilidad de tener que quemar a varios miles de mujeres si resultaban condenadas. Resolvieron la cuestión declarando que no tenían pacto con el diablo y desde entonces no se quemó a ninguna otra.
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