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Mutantes entre nosotros parte 3

Info10/6/2008

FUENTE: http://www.bibliotecapleyades.net/retorno_brujos/retorno_brujos07j.htm
parte 1:
parte 2:





Nuestras acciones son irracionales, y la inteligencia sólo contribuye en una pequeña parte a nuestras decisiones. Cabe imaginar el Ultrahumano, nuevo peldaño de la vida del planeta, como un ser racional y no solamente razonador, un ser dotado de una inteligencia objetiva permanente que no toma ninguna decisión más que después de observar lúcidamente, completamente, la masa de información que posee. Un ser cuyo sistema nervioso sería una fortaleza capaz de resistir cualquier asalto de los impulsos negativos. Un ser de cerebro frío y rápido, dotado de una memoria total, infalible. Si el mutante existe es probablemente un ser que físicamente se parece al hombre, pero que difiere de él radicalmente por el simple hecho de que domina su inteligencia y la emplea sin un momento de descanso. Esta visión parece sencilla. Sin embargo, es más fantástica que todo lo que nos sugiere la literatura de ciencia ficción.

Los biólogos empiezan a entrever las modificaciones químicas que serían necesarias para la creación de esta especie nueva. Los experimentos sobre los sedantes, sobre el ácido lisérgico y sus derivados, han demostrado que bastaría con una débilísima dosis de ciertos compuestos orgánicos todavía desconocidos para protegernos contra la permeabilidad excesiva de nuestro sistema nervioso y permitirnos ejercitar en toda ocasión una inteligencia objetiva. Asimismo existen mutantes fenilcetónicos cuya química está peor adaptada a la vida que la nuestra, en este mundo en transformación. Los mutantes cuyas glándulas segregasen espontáneamente sedantes y sustancias fomentadoras de la actividad cerebral, serán los nuncios de la especie llamada a remplazar al hombre. Su lugar de residencia no sería una isla misteriosa ni un planeta prohibido. La vida ha sido capaz de crear seres adaptados a los abismos submarinos o a la atmósfera enrarecida de las más altas cumbres. También es capaz de crear el ser ultrahumano, para el cual la morada ideal es Metrópolis,

«la tierra humeante de fábricas, la tierra trepidante de negocios, la tierra vibrante con cien radiaciones nuevas...».

La vida no está jamás perfectamente adaptada, pero tiende a la adaptación perfecta. ¿Por qué aflojaría esta tensión después de haber sido creado el hombre? ¿Por qué no ha de preparar algo mejor que el hombre, valiéndose del hombre mismo? Y este hombre según el hombre, tal vez ha nacido ya.

«La vida —dice el doctor Loren Eiseley— es un gran río soñador que se filtra por todas las aberturas, cambiando y adaptándose a medida que avanza.»1

Su aparente estabilidad es una ilusión engendrada por la misma brevedad de nuestros días. No vemos a la saeta de las horas cómo da la vuelta a la esfera: de la misma manera, no vemos cómo una forma de vida entra en otra.

1. New York Herald Tribune, 23 de noviembre de 1959.

Este libro tiene por objeto exponer hechos e inspirar hipótesis, no promover cultos. No pretendemos conocer a los mutantes. Sin embargo, si admitimos la idea de que el mutante perfecto está perfectamente disfrazado, tendremos que admitir también la idea de que la Naturaleza fracasa a veces en su esfuerzo de creación ascensional y pone en circulación mutantes imperfectos, que son visibles.

En este mutante imperfecto, unas cualidades mentales excepcionales se mezclan con defectos físicos. Tal es el caso, por ejemplo, de numerosos calculadores prodigio. El mejor especialista en la materia, el profesor Robert Tocquet, declara:

«Muchos calculadores fueron en un principio considerados como muchachos atrasados. El calculador prodigio belga Osear Verhaeghe se expresaba, a los diecisiete años, como un niño de dos. Además, ya hemos dicho que Zerah Colburn presentaba un signo de degeneración: un dedo suplementario en cada miembro. Otro calculador prodigio, Prolongeau, nació sin brazos ni piernas. Mondeux era histérico... Osear Verhaeghe, nacido el 16 de abril en Busval, Bélgica, en el seno de una familia de modestos funcionarios, pertenece al grupo de calculadores cuya inteligencia está muy por encima de la media. La elevación a potencias diversas de números iguales es una de sus especialidades. Así, por ejemplo, eleva al cuadrado el número 888.888.888.888.888 en cuarenta segundos, y a la quinta potencia el número 9.999.999 en sesenta segundos, con un resultado de treinta y cinco guarismos...»

¿Degenerados o mutantes fracasados?

He aquí, tal vez, un caso de mutante completo: el de Leonard Euler, que estaba en relaciones con Roger Boscovich,1 cuya historia hemos relatado en el capítulo anterior.

1. A principios de 1959, se publicó en la URSS el «Diario» del padre de la astronáutica, Ziolkovsky. Éste escribía que había tomado la mayoría de sus ideas de los trabajos de Boscovich.

Leonard Euler (1707-1783) es generalmente tenido por uno de los más grandes matemáticos de todos los tiempos. Pero esta calificación es demasiado estrecha para dar cuenta de las cualidades sobrehumanas de su espíritu. Hojeaba las obras más complejas en unos instantes y podía recitar completamente todos los libros que habían pasado por sus manos desde que aprendiera a leer. Conocía a fondo la física, la química, la zoología, la botánica, la geología, la medicina, la historia y las literaturas griega y latina. Nadie, en su tiempo, logró igualarle en ninguna de estas disciplinas. Poseía la facultad de aislarse totalmente, a voluntad, del mundo exterior, y de proseguir un razonamiento pasara lo que pasara. Perdió la vista en 1766, pero esto no le afectó en nada. Uno de sus alumnos refirió que, a raíz de una discusión sobre un cálculo que comprendía diecisiete decimales, se produjo un desacuerdo en el momento de establecer el decimoquinto. Entonces rehízo el cálculo, con los ojos cerrados, en una fracción de segundo. Veía relaciones y enlaces que escapaban al resto de la Humanidad culta e inteligente.

Así fue cómo encontró ideas matemáticas nuevas y revolucionarias en los poemas de Virgilio. Era un hombre sencillo y modesto, y todos sus contemporáneos se muestran de acuerdo en que su principal preocupación era pasar inadvertido. Euler y Boscovich vivieron en una época en que se honraba a los sabios, en que no corrían el riesgo de verse envenenados por las ideas políticas u obligados por el Gobierno a fabricar armas. Si hubiese vivido en nuestro siglo, tal vez se habrían organizado para «disimularse» enteramente. Tal vez hoy existen otros Euler o Boscovich. Tal vez hay mutantes inteligentes y racionales, provistos de una memoria absoluta y de una inteligencia constantemente despierta, que se codean con nosotros, disfrazados de maestros de pueblo o de agentes de seguros.

Estos mutantes, ¿forman una sociedad invisible? Ningún ser humano vive solo. Sólo puede desarrollarse en el seno de una sociedad. La sociedad humana que conocemos ha demostrado más que sobradamente su hostilidad a la ciencia objetiva y a la imaginación libre: Giordano Bruno, quemado; Einstein, desterrado; Oppenheimer, vigilado. Si existen mutantes que respondan a nuestra descripción, todo induce a pensar que trabajan y se comunican entre ellos en el seno de una sociedad superpuesta a la nuestra y que sin duda se halla extendida por el mundo entero. Que se comuniquen empleando medios psíquicos superiores, como telepatía, nos parece una hipótesis infantil. Más próxima a lo real, y, por tanto, más fantástica, nos parece la hipótesis según la cual se servirían de comunicaciones normales humanas para transmitirse mensajes e informaciones para su uso exclusivo. La teoría general de la información y la semántica demuestran bastante bien que es posible redactar textos de doble, triple o cuádruple sentido. Existen textos chinos con siete significaciones, metidas unas dentro de otras. Un héroe de la novela de Van Vogt, .A la Poursuite des Slans, descubre la existencia de otros mutantes leyendo el periódico y descifrando artículos de apariencia vulgar.

Una red tal de comunicaciones en el seno de nuestra literatura, de nuestra Prensa, etc., resulta inconcebible. El New York Herald Tribune publicó, el 15 de marzo de 1958, un estudio de su corresponsal en Londres, sobre una serie de mensajes enigmáticos aparecidos en los pequeños anuncios del Times. Estos mensajes habían llamado la atención de los especialistas de la criptografía y de varios cuerpos de Policía, porque tenían, evidentemente, un doble sentido. Pero este sentido había escapado a todos los esfuerzos hechos para descifrarlo. Existen sin duda medios de comunicación todavía menos manifiestos. Tal novela de cuarta categoría, tal obra técnica, tal libro de filosofía famoso, trasladan secretamente estudios complejos, mensajes dirigidos a inteligencias superiores, tan diferentes de la nuestra, como lo es ésta de la de un gorila.

Louis de Broglie escribe:1

1. Véase Nouvelles Littéraires, 2 de marzo de 1950, artículo titulado «¿Qué es la vida?».

«No debemos jamás olvidar lo muy limitados que siguen siendo nuestros conocimientos y de cuántas evoluciones imprevistas son susceptibles. Si la civilización humana subsiste, la física podrá ser dentro de unos siglos tan diferente de la nuestra como lo es ésta de la física de Aristóteles. Tal vez los conceptos ampliados a que lleguemos entonces nos permitirán englobar en una misma síntesis, donde todo encontrará su lugar, el conjunto de los fenómenos físicos y biológicos. Si el pensamiento humano, eventualmente hecho más poderoso por alguna mutación biológica, se elevase un día hasta allá, percibiría entonces en su verdadera luz, que sin duda no sospechamos siquiera ahora, la unidad de los fenómenos que distinguimos con la ayuda de los adjetivos «fisicoquímico», «biológico» e incluso «psíquico».

¿Y si esta mutación se hubiese ya producido? Uno de los más grandes biólogos franceses, Morand, inventor de los «tranquilizantes», admite que los mutantes han aparecido a lo largo de toda la historia de la Humanidad:1

1. P. Morand y H. Laborit, Les Destins de la vie de l'homme, Masson, ed., París, 1959.

«Los mutantes se llamaron, entre otros, Mahoma, Confucio...»

Pueden existir muchos más. No es en modo alguno inconcebible que, en la época evolutiva en que nos hallamos, los mutantes consideren inútil ofrecerse como ejemplo o predicar alguna forma nueva de religión. En la actualidad, hay algo mejor que hacer que dirigirse al individuo. No es indispensable que consideren necesario y benéfico el paso de nuestra Humanidad a la colectivización. No es, en fin, inverosímil que consideren deseables nuestros dolores del parto, e incluso cualquier gran catástrofe capaz de apresurar el conocimiento de la tragedia espiritual que constituye el fenómeno humano en su totalidad. Para obrar, para que se precise el rumbo que acaso nos lleva a todos a alguna forma ultrahumana que ellos conocen, tal vez les es necesario permanecer ocultos, mantener en secreto la coexistencia, mientras se está forjando, a despecho de las apariencias y tal vez gracias a su presencia, el alma nueva de un mundo nuevo, al que nosotros llamamos con toda la fuerza de nuestro amor.

Henos aquí en las fronteras de lo imaginario. Tenemos que detenernos. Sólo queremos indicar el mayor número posible de hipótesis no irrazonables. Sin duda habrá que rechazar muchas de ellas. Pero si algunas han abierto a la investigación puertas hasta ahora disimuladas, no habremos trabajado en vano; no nos habremos expuesto inútilmente al riesgo del ridículo.

«El secreto de la vida puede ser encontrado. Si se me presenta la ocasión, no la dejaría escapar por miedo a las burlas.»1

1. Loren Eiseley


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