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Mutantes entre nosotros parte 4

Info10/6/2008

FUENTE: http://www.bibliotecapleyades.net/retorno_brujos/retorno_brujos07j.htm

parte 1:

parte 2::http://www.taringa.net/posts/info/1618441/Mutantes-entre-nosotros-parte-2.html
parte 3:
Toda reflexión sobre los mutantes desemboca en un sueño sobre la evolución, sobre los destinos de la vida y del hombre. ¿Qué es el tiempo, a la escala cósmica en que hay que situar la historia de la Tierra? ¿No ha comenzado el porvenir, si puedo expresarme así, en la eternidad? Tal vez, en la aparición de los mutantes, ocurre todo como si la sociedad humana fuese alcanzada a veces por una resaca del futuro, visitada por testigos del conocimiento venidero. ¿No serán los mutantes la memoria del futuro de la cual está tal vez dotado el gran cerebro de la Humanidad?

Otra cosa: la idea de mutación favorable está evidentemente ligada a la idea del progreso. La hipótesis de una mutación puede ser llevada al plano científico más positivo. Es absolutamente cierto que las regiones más recientemente conquistadas por la evolución, y las menos especializadas, es decir, las zonas silenciosas de la materia cerebral, maduran las últimas. Algunos neurólogos piensan, con razón, que existen allí otras posibilidades que el porvenir de la especie nos revelará. El individuo, dotado de posibilidades diferentes. Una individualización superior. Y, sin embargo, el porvenir de las sociedades nos parece bien orientado hacia un creciente colectivismo. ¿Es esto contradictorio? No lo creemos así. A nuestro entender, la existencia no es contradicción, sino algo que se complemente y sobrepase.

El biólogo Morand escribe, en una carta a su amigo Laborit:

«El hombre que llegue a ser perfectamente lógico, que abandone toda pasión y toda ilusión, se habrá convertido en una célula del continuum vital que constituye una sociedad llegada al más alto grado de su evolución: evidentemente, aún no hemos llegado a tanto, pero no creo que pueda haber evolución sin esto. Entonces, y sólo entonces, contará esta "conciencia universal" del ser colectivo, hacia la cual tendemos.»

Ante esta visión, altamente probable, conocemos bien la indignación de los partidarios del antiguo humanismo que ha petrificado nuestra civilización. Imaginan, en efecto, un hombre sin finalidad, entrando en su fase de decadencia. «Llegado a ser perfectamente lógico, abandonando toda pasión y toda ilusión...» ¿Cómo podría estar en decadencia el hombre provisto de una radiante inteligencia? Cierto, el Yo psicológico, lo que llamamos personalidad, estaría en vías de desaparecer. Pero nosotros no creemos que esta «personalidad» sea la riqueza última del hombre. En esto, somos —así lo creemos— religiosos. Hacer desembocar todas las observaciones activas en una visión de la trascendencia, es señal de nuestro tiempo. No, la personalidad no es la riqueza última del hombre. No es más que uno de los instrumentos que le han sido dados para pasar al estado de alerta. Cumplida la obra, desaparece el instrumento. Si tuviésemos espejos capaces de mostrarnos esta «personalidad» a la cual damos tanta importancia, no soportaríamos su visión, tal sería el hormiguero de larvas y gusanos que veríamos en ella. Sólo el hombre en estado de alerta podría mirarse en él sin peligro de morir de espanto, pues entonces el espejo no reflejaría nada, sería puro. Éste es el verdadero rostro, el que nos devuelve el espejo de la verdad. En este sentido, todavía no tenemos rostro. Y los dioses no nos hablarán cara a cara hasta que lo tengamos.

Rechazando el Yo psicológico, movible y limitado, decía ya Rimbaud: «Yo es otro.» Es el Yo inmóvil, transparente y puro aquel cuyo entendimiento es infinito: todas las tradiciones aconsejan al hombre que lo abandone todo para alcanzarlo. Es muy posible que nos hallemos en un tiempo en que el futuro próximo hable la misma lengua del remoto pasado.

Fuera de estas consideraciones sobre las otras posibilidades del espíritu, el pensamiento, incluso el más generoso, sólo distingue contradicciones entre conciencia individual y conciencia universal, entre vida personal y vida colectiva. Pero un pensamiento que ve contradicciones en lo vivo es un pensamiento enfermo. La conciencia individual realmente despierta entra en la universal. La vida personal, concebida y utilizada por entero como instrumento del despertar, se funde sin ningún daño en la vida colectiva.

No hemos dicho, en fin, que la constitución de este ser colectivo sea el término último de la evolución. El espíritu de la Tierra, el alma de lo que vive, no ha cesado de brotar. Los pesimistas, ante los grandes trastornos visibles que produce esta secreta emergencia, dicen que al menos hay que intentar «salvar al hombre». Pero este hombre no tiene que ser salvado, sino cambiado. El hombre de la psicología clásica y de las filosofías corrientes, ha sido ya rebasado, condenado a la inadaptación. Con mutación o sin ella, hay que entrever otro hombre para ajustar el fenómeno humano al destino en marcha. Desde ahora, ya no es cuestión de pesimismo, ni de optimismo: Es cuestión de amor.

Desde el tiempo en que pensaba poder poseer la verdad en mi alma y en mi cuerpo, cuando imaginaba que pronto tendría la solución de todo, en la escuela del filósofo Gurdjieff, hay una palabra que jamás he oído pronunciar: es la palabra amor. Hoy no dispongo de ninguna certeza absoluta. No me atrevería a proponer como viable la más tímida de las hipótesis formuladas en este libro. Cinco años de reflexión y de trabajo con Jacques Bergier, me han proporcionado sólo una cosa: la voluntad de mantener mi espíritu abierto a la sorpresa y a la confianza ante todas las formas de la vida y ante todos los rasgos de inteligencia del ser viviente. Estos dos estados: sorpresa y confianza, son inseparables. La voluntad de llegar y de mantenerse en ellos sufre a la larga una transformación. Deja de ser voluntad, es decir, yugo, para convertirse en amor, es decir, gozo y libertad. En una palabra, mi única adquisición ha sido que ahora llevo en mí, inarrancable ya, el amor a lo que vive en este mundo y en el infinito de los mundos.

Para honrar y expresar este amor poderoso, complejo, no nos hemos limitado, Jacques Bergier y yo, al método científico, tal como habría exigido la prudencia. Pero, ¿qué es el amor prudente? Nuestros métodos fueron los de los sabios, pero también los de los teólogos, los de los poetas, los de los brujos, los de los magos y los de los niños. En resumidas cuentas, nos hemos portado como bárbaros, prefiriendo la invasión a la evasión. Y es que algo nos decía que, en efecto, formábamos parte de tropas extrañas, de hordas fantasmagóricas, guiadas por trompetas ultrasonoras, de cohortes transparentes y desordenadas que empiezan a desparramarse sobre nuestra civilización. Estamos al lado de los invasores, al lado de la vida que viene, al lado del cambio de edad y del cambio de pensamiento. ¿Error? ¿Locura? La vida del hombre sólo se justifica por el esfuerzo, aun desdichado, para comprender mejor. Y la mejor comprensión es la mejor adherencia. Cuanto más comprendo, más amo; porque todo lo comprendido es bueno.

FIN


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