Dos hechos o situaciones escandalosas ocupan el centro de las noticias en los últimos tiempos: el caso de la valija y el del Indec. Es como si estuvieran programados para sorprender e indignar cada día. Ambos distintos pero coincidentes como sospechas. Alimentan la creencia de que tienen gato encerrado y de que en ambos casos el Gobierno miente. Por eso ha pasado a ser descreído aún en cuestiones creíbles. A falta de pruebas, todavía en trance, están las frecuentes revelaciones de Miami y las de las góndolas. El silencio o reserva del Gobierno parece otorgarles más verosimilitud que las que tienen o que las que no tienen. No le sirven de compensación ninguna de sus acciones positivas: sean de orden macroeconómico, de solidez fiscal, de alta productividad y de achicamiento del desempleo a tasas mínimas. Tampoco parece servir de compensación la gira de la presidenta en diálogos en el centro del poder, en Estados Unidos; o actuando en situaciones financieras globales. Ni el reconocimiento internacional que recibe por la campaña por los Derechos Humanos. Ni la prudencia pública sin represión ante provocaciones de diverso signo político, a veces violentas o incendiarias; ni el restablecimiento de la mejor Corte Suprema de Justicia que se haya tenido. Lo que la opinión pública privilegia, lo que los medios privilegian, lo que la oposición privilegia son esos dos escándalos. No hay día en que no seamos informados de las peripecias de la valija o de los precios del supermercado subiendo. Sobre el Indec la opinión pública comprueba que la verdadera inflación es la que la damnifica al comprar y no cuando el Indec publica su índice. Consultorias interesadas potencian con ganas ese descreimiento.
Con la valija pasa algo altamente sospechoso: un personaje también sospechoso es el que pone en jaque con sus confesiones a una parte del Gobierno. O al gobierno entero. Es triste que un itinerante caribeño ya identificado como truhán o aventurero sea el acusador, y al que se le otorga más credibilidad que a las autoridades elegidas libremente. Pero es lo que está sucediendo. El Gobierno ha aportado lo suyo: el avión y más que vagos indicios de su incumbencia. La saga folletinesca es entretenida desde el punto de vista de la curiosidad pública. Y da la impresión de que si se prolonga el parlamento de Antonini Wilson, en el avión de la valija ya no vinieron únicamente 800 mil dólares. Vinieron más: porque se agregaron otros cuatro millones. Si el ex gordo continúa inspirado, el conteo podría alcanzar así sumas clandestinas inimaginables. Claro que si se excede en los millones el peso habría impedido que el avión levantara vuelo. Así están las cosas. En medio de esto importa menos lo que la presidenta haga para destacarse y para producir hechos de gestión ventajosos o para justificar que su mandato tiene alguna porción válida o virtuosa. Pero así como sería estúpido defender al Gobierno si se demostrara que está involucrado oscuramente, sería estúpido desear que ganaran los escándalos para que el gobierno perdiera. Porque la que perdería otra vez es la golpeada política argentina. La confianza social. La valija y el Indec ocupan el centro de la escena. A lo mejor es desproporcionado, si se piensa que un país no se resume en dos escándalos. Pero las proporciones son lo de menos: porque la desmesura tiene más rating. La opinión pública es la que manda y la que decide lo que consume. Y los medios confían en reflejarla fielmente. El espectáculo así como está tiene mucho éxito. Y la mentira se le atribuye al gobierno.
Autor: Orlando Barone
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