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Belleza o comercio?...

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Hola gente, les traigo este analisis de la belleza a traves del tiempo, el cual seria lindo tomarse unos segundos para leerlo, si se quiere no tanto el contenido historico, sino los aspectos fundamentales (LEER SOLAMENTE NEGRITA) del tema en cuestion, dado que son conceptos de gran valor para tener en cuenta.
espero disfruten.
MLWS


Cabe preguntarse por qué el canon de belleza física humana tiene la cualidad de cambiar con el tiempo. El psiquiatra Luis Rojas Marcos —preocupado por lo que él llama tiranía o dictadura de la belleza que hace que un 80 % de las mujeres occidentales se sientan insatisfechas con su cuerpo y hasta un 20 % han pasado ya por el quirófano a remodelar su figura— no duda en señalar que el prototipo de belleza de la mujer delgada, causante de los trastornos de la anorexia y la bulimia, está promovido por la industria de la belleza, que genera millones de euros y que está controlada por hombres.





La obsesión por la imagen, continúa el psiquiatra, ha ido impidiendo en muchos casos que la mujer pueda desarrollarse social y culturalmente, de modo que es la moda lo que provoca la tiranía de la belleza a la que está sometida, sobre todo, la mujer.

Los cánones de belleza han sido casi siempre impuestos por los hombres, que han exhibido a las mujeres como trofeos. La mujer fue apartada de los órganos de gobierno y de las responsabilidades sociales porque la sociedad machista instauró que su función era tener hijos, cazar marido, hacerse cargo de la casa y complacer sexualmente al esposo. Para ello desde la adolescencia tuvo que acicalarse para gustar al hombre, el cual diseñó su estética e incluso su comportamiento. El hombre siempre alabó más su aspecto físico

Mujer como Objeto

que su capacidad intelectual


y una mayoría de mujeres se esclavizó: es la tiranía de la moda, la dictadura de la belleza, como propone este artículo, la que ha producido un índice tan elevado de personas insatisfechas con su físico, mujeres que por cientos de miles visitan los gabinetes de cirugía plástica.




Los cánones o patrones de belleza, variables y pasajeros, han respondido a motivos sociales y económicos. Así, por ejemplo, las mujeres ricas de antaño debían ser gordas para demostrar que no tenían por qué trabajar y que comían abundantemente.



Hoy día, en los países desarrollados, la obesidad es considerada una especie de epidemia que provoca miles de muertes debido a enfermedades derivadas del exceso de peso. Y eso no vende. Lo que hoy tiene éxito y se vende es un cuerpo delgado, ágil y esbelto que demuestre a los demás que puede consumir alimentos escogidos y tiene tiempo suficiente para ir al gimnasio o hacer deporte.



Siempre ha habido motivos ocultos detrás de cada prototipo de belleza: si se quiere incrementar el índice de la natalidad el ideal de belleza se forma con caderas anchas y pechos grandes; si se quiere ostentar la condición de clase social dominante se muestra la gordura en tiempos de hambruna o crisis; si se quiere mostrar cuidado de la imagen, selección de alimentos, exaltación de la juventud y tiempo libre para cuidarse físicamente se muestra un cuerpo con unas dimensiones de 90-60-90 con cabellos rubios y aspecto frágil, o cuerpos delgados, casi infantiles; si se quiere mostrar dinamismo, fortaleza física, aventuras y exploraciones varias se presenta un cuerpo más musculoso y una tez más curtida.

El canon de belleza femenino tiene una fórmula clave: el culto a la imagen. Se trata de una figura esbelta, altura superior a la media, apariencia deportiva sin incurrir en lo atlético ni excesivamente musculoso, piel tersa y bronceada, ojos grandes, nariz pequeña, boca grande y labios gruesos, medidas publicitarias (90-60-90), senos firmes, simétricos y sólidos, vientre liso, pelo largo (a partir de los 50 también corto), piernas largas y torneadas y, sobre todo, tener menos de treinta años. La eterna juventud se ha impuesto en la estética: la figura firme, la forma intacta y el resto de la vida por delante para cumplir los grandes sueños. Éste es el patrón del siglo XXI del que se beneficia el mercado.





El ideal de belleza masculino destaca la importancia del ejercicio físico para conseguir el arquetipo, como había hecho el mundo clásico de Grecia, de modo que la estatura superior a la media, el cabello abundante, la frente ancha, los pómulos prominentes, la mandíbula marcada, las extremidades y el tronco levemente musculosos, la espalda ancha y las piernas largas y deportivas no difieren excesivamente del canon propuesto por el Discóbolo de Mirón...


salvo quizá por unos pequeños detalles como lo de los pómulos y las mandíbulas, que en Grecia eran más redondeados y en la actualidad se prefieren más tipo Robocop o Terminator, probablemente debido a la influencia de la robótica, la cibernética...y las peliculas de Arnold.



Los ideales estéticos de hombres y mujeres han seguido unos pocos patrones, de modo que el hombre ideal de la Antigüedad grecolatina, el del Renacimiento y el contemporáneo son similares. Ahora bien, hablamos de unos pocos patrones en el ámbito de nuestra cultura, ya que si nos asomamos a otras quedaríamos atónitos ante el ideal de belleza que existe en cada una de ellas. Por poner algunos ejemplos curiosos , en algunos pueblos de Birmania la belleza se mide por los aros que se consigan colocar en el cuello de las mujeres, que puede alcanzar incluso 25 cms., hasta deformarlo por completo (les llaman las mujeres jirafa), de modo que si llegasen a quitárselo se les romperían los huesos del cuello.



La mujer tuareg es valorada según el número máximo de michelines que consiga acumular en el vientre. A las adolescentes de Papua Guinea les estiran los pechos para dejarlos caídos; así tendrán más posibilidades de casarse. Las etíopes deforman sus labios con discos de arcilla.



Las Txucarramae se afeitan la cabeza. Otras se liman los dientes; en otras tribus se estiran las orejas con peso o permiten que les venden los pies desde pequeñas para, con la excusa de la belleza de los pies pequeños, impedir su movimiento. El canon, visto así, parece un catálogo de torturas, de las que no está exenta nuestra cultura occidental, aunque utilice otros medios. Y no muy distintos, pues qué otra cosa que tortura es la perforación de las orejas para colocar pendientes, los tatuajes, los piercings, el hambre en las dietas, incluso los tacones, que producen daños en la espalda.
Dentro de nuestra cultura occidental podemos decir que sólo a partir de la época clásica puede hablarse de verdaderos cánones estéticos. De antes sólo podemos hablar de ciertas preferencias o tendencias estéticas que se desprenden de algunas obras de arte antiguas o de diversas fuentes documentales. Así, gracias a las pinturas rupestres y, sobre todo, a algunas estatuas de la Prehistoria como la Venus de Willendorf (Alemania), el canon de belleza era el de la mujer rolliza con gran ostentación de su nutrición, de su feminidad y de su capacidad procreadora, consideradas protectoras y de buen augurio. Son estatuas de mujeres desnudas con grandes pechos y caderas. Las facciones de su cara y otros detalles no se destacan. Algunas parecen representar mujeres embarazadas, y es muy probable que esas imágenes fueran esculpidas para propiciar la fertilidad de la tribu y, en último extremo, la preservación de la especie y de la vida. Se trata sin duda de un canon estético —como todos, ideales— que representa y relaciona la tierra madre y productora con la mujer madre y protectora. Parece, por último, que esas figuras, junto con los murales que representaban actos sexuales, responden a una motivación primigenia por representar todo aquello que era mágico para el hombre primitivo y que impresionaba sus sentidos: el amor, el sexo, la reproducción.


Para comenzar nuestra andadura por los pedregosos senderos de la belleza, diremos, en palabra de Erika Bornay que "tradicionalmente se ha celebrado más a la mujer de tez blanca y pelo rubio que a la mujer de piel más o menos oscura y pelo negro". Desde la antigüedad, la mujer rubia ha sido preferida en Occidente. Las Venus, Juno y Minerva de Homero son un buen ejemplo de ello. Tampoco son obviables las áureas heroínas de las gestas o las doradas cortesanas del renacimiento italiano. Entre las mujeres de buena posición social era aceptado el uso de postizos rubios o bien el tintado de las propias guedejas. Erzbeth Bathory, por poner un célebre ejemplo, teñía con ceniza y tintura sus largos cabellos negros una vez al mes; las damas romanas, por su parte, utilizaban ya en tiempos de Ovidio "hierbas germánicas" para aclararlos. No son pocos los ejemplos pictóricos que la historia nos ha dejado de aquellas virginales mujeres de carnes blancas -carnes que muchas veces mantenían pálidas gracias a la ingestión de arena, ceniza y cebo-, rizos rubios y busto generoso. Porque en el renacimiento, además de la luz, se buscaban las formas generosas, unas formas que tienen una interesantísima explicación antropológica y social.






Desde tiempos remotos la formas femeninas generosas han sido relacionadas con una mayor fertilidad, así como con la abundancia y la prosperidad. Una mujer voluptuosa no sólo era una procreadora saludable en potencia sino que, probablemente, pertenecía a un estatus elevado que le permitía mantenerse "saludablemente" alimentada. Este principio que hoy puede parecernos tan anticuado e incluso sexista está lejos de haber desaparecido. A simple vista esta afirmación puede parecer contradictoria en un canon en el que, aparentemente, se prefiere a la mujer delgada. Sin embargo, el canon dicta que esta esbeltez debe ir acompañada de un busto prominente. En el modelo actual los contornos orondos han sido encubiertos y desplazados hacia la rotundidad más sutil del pecho. No se trata ya de ser una madre productiva en potencia sino de demostrar una cierta prosperidad, a saber, en el pasado (volvamos momentáneamente al renacimiento) la paz entre potencias era un bien escaso. La guerra y sus consecuencias más evidentes (hambrunas, enfermedades etc) estaban a la orden del día. La generosidad femenina en las formas denotaba pues un estatus privilegiado y ageno a todos estos males. En su devenir diacrónico esta cualidad (la robustez) fue lenta y sutilmente desplazada hacia el pecho. La redondez -apuntan los antropólogos- es un símbolo de tranquilidad en tiempos de crispación. Se ha llegado a exponer que la presencia o ausencia de formas generosas en el canon de belleza, en cuanto al busto se refiere, es una alusión directa a la tranquilidad o agitación bélica de un momento histórico particular. ¿No es cuanto menos curiosa la prominencia de curvas y la ausencia de las mismas en los cánones estéticos de los años 50 y 70?


El ideal estético del mundo clásico se fraguó en la antigua Grecia a partir sobre todo de la escultura. La belleza se concebía como el resultado de cálculos matemáticos, medidas proporciones y cuidado por la simetría. Es hasta cierto punto lógico que esto se diera así en Grecia, pues en ese contexto es donde nacen otras disciplinas como la filosofía entendida como conocimiento del mundo, de la ética y del hombre para ser más feliz. Dentro de este ámbito, la escultura persiguió el ideal de belleza basado en el binomio de que lo bello es igual a lo bueno. El gran pionero de la teoría griega sobre el ideal de belleza fue Policleto, a quien se atribuye el célebre tratado El canon, hoy perdido. Tanto la belleza femenina como la masculina se basaban en la simetría, según la cual un cuerpo es bello cuando todas sus partes son proporcionadas a la figura entera. Ahora bien, hay sensibles diferencias entre el ideal femenino y el masculino debidas, claro está, a la concepción cultural. Las esculturas de las mujeres, aunque proporcionadas, representan a féminas más bien robustas y sin sensualidad. Los ojos eran grandes, la nariz afilada; boca y orejas ni grandes ni pequeñas; las mejillas y el mentón ovalados daban un perfil triangular; el cabello ondulado detrás de la cabeza; los senos pequeños. En tanto que el ideal masculino estaba basado directamente en los atletas y gimnastas ya que a atletas y a dioses se les atribuían cualidades comunes: equilibrio, voluntad, valor, control, belleza. Roma absorbió toda la iconografía de la escultura griega con la leve variante de que, como pueblo más guerrero, al atleta le puso una armadura.
En la Edad Media, a grandes rasgos, nos encontramos con un ideal de belleza impuesto por las invasiones bárbaras, las cuales mostraban la belleza nórdica de ninfas y caballeros. La fuente más importante para analizarlo es la pintura. La fe y la moralidad cristianas impusieron un recato en las vestimentas y una práctica desaparición del maquillaje, que se consideraba contrario a la moral cristiana en cuanto que desfiguraba lo que Dios había creado. La censura cristiana propició que, cuando tenían que mostrarse cuerpos desnudos, como la Caída de Adán y Eva o El Juicio final, los cuerpos se esquematizaban para quitarles cualquier matiz de sexualidad. El ideal de mujer medieval, tantas veces pintado, entre otros, por Jan van Eick, presenta blancura en la piel, cabellera rubia y larga aunque el pelo puede estar recogido, rostro ovalado, ojos pequeños, vivos y risueños, nariz pequeña y aguda, labios pequeños y rosados, torso delgado y complexión ósea como corresponde a las nórdicas, caderas estrechas, senos pequeños y firmes y manos blancas y delgadas. La blancura de la piel indica pureza y es al mismo tiempo símbolo de la procedencia del norte de Europa. Las vírgenes medievales presentan también estas mismas características. En cuanto a los hombres, eran representados como auténticos caballeros guerreros del mismo estilo que los leeremos en las novelas románticas: pelo largo que indica fuerza, virilidad y libertad, que llevaban los pueblos del norte de Europa para emular a sus reyes. Por lo demás, la descripción responde a la de un caballero con armadura alto y delgado, fuerte y vigoroso, esbelto; pecho y hombros anchos para aguantar la armadura; piernas largas y rectas como señal de elegancia y porte; manos grandes y generosas como símbolo de habilidad con la espada y de masculinidad.
El Renacimiento tiene un canon de belleza semejante al del mundo clásico, donde tenía su principal fuente estética. Así, se basa sobre todo en la armonía y en la proporción. Italia se convirtió en el referente artístico y todas las artes reflejaron ese canon de belleza del mismo modo. Dentro de las producciones artísticas, han quedado como emblemáticas en la historia el David de Miguel Ángel como canon de belleza masculina (aún hoy referente publicitario) y El nacimiento de Venus de Sandro Botticelli de la femenina. Las características son bien conocidas: piel blanca, sonrosada en las mejillas, cabello rubio y largo, frente despejada, ojos grandes y claros; hombros estrechos, como la cintura; caderas y estómagos redondeados; manos delgadas y pequeñas en señal de elegancia y delicadeza; los pies delgados y proporcionados; dedos largos y finos; cuello largo y delgado; cadera levemente marcada; senos pequeños, firmes y torneados; labios y mejillas rojos o sonrosados.
" El Barroco fue la edad de la apariencia y la coquetería. Las cortes europeas enfatizaron su poder mediante el arte de la apariencia y la fastuosidad". Hacen así su aparición "el uso y abuso de perfumes, carmines, lunares, corsés, encajes, ropas suntuosas, zapatos de tacón, espejos, joyas, pomposidad, peinados, coquetería, en suma. No en vano, nació la palabra “maquillaje” y se extendió por varias lenguas, muchas veces como sinónimo de truco y engaño. El ideal de belleza femenino era, por tanto, bastante artificial. En cuanto al físico en sí, se pueden adivinar tras los ropajes y afeites unos cuerpos más gorditos que en el Renacimiento, pechos más prominentes resaltados por los corsés, anchas caderas, estrechas cinturas, brazos redondeados y carnosos, piel blanca, hombros estrechos. De los hombres destaca el mucho pelo (muchas veces con peluca), la piel muy blanca y las mejillas rosadas y, por encima de todo, unos trajes suntuosos de infinitas capas."
El canon de belleza es pues el mismo del renacimiento filtrado por el velo de la exageración y la pomposidad, salpimentado por una moda que dejaba poco de la belleza original a la vista. El siglo XVIII consistió en esconder más que ensalzar. De hecho, podemos decir que el canon físico era insignificante, dados los milagros que el artificio de los afeites podían operar sobre una persona. La excentricidad llegó a tal punto que en la España del barroco las aristócratas y mujeres pudientes llenaban su falta de pelo con "guedejas de difunto". Este siglo se convirtió pues en el más próspero para los peluqueros pues los peinados llegaron a ser tan altos que ninguna mujer podía peinarse sin ayuda. La frecuencia con que lo hacían dependía pues de la posición social de la mujer en cuestión. El summum de esta cuestión se alcanzó en el reinado de Maria Antonieta, época en que los peinados llegaron a medir más de un metro y medio de altura. Según Erika Bornay: "esta excentricidad provocaba, según en que circunstancias, más de un problema, lo que explica, por ejemplo, que en 1778 Desvismes, el director de la ópera, estableciera un reglamento por el que se prohibía sentarse en las butacas del anfiteatro a las damas cuyo tocado excediera una altura determinada".
Tras la revolución francesa se puso fin a cualquier costumbre que recordara directa o vagamente a la mohína aristocracia francesa. Las pelucas, postizos, corsés y polvos desaparecieron como por arte de magia y las cabelleras del imperio fueron rebajadas notablemente para ser lucidas, de nuevo, al natural. La moda se tornó mucho más rígida y discreta en sus formas. El canon de belleza sigue en esta ocasión los pasos de la emperatriz de Francia, Josefina. Como consecuencia de su tendencia natural a engordar mantenía un importante régimen alimenticio, lo cual se puso de moda, no sólo en la cohorte sino en toda Francia.
Comienza así una tendencia descendente en lo respectivo a las curvas que adquiriría bien entrado el siglo XIX connotaciones de somera languidez. Es importante subrayar que el cambio del canon no se queda sólo en lo referente a los contornos. Los largamente preferidos cabellos rubios permanecerán en parte en su estatus de perfección durante un tiempo como representación del famoso arquetipo victoriano "the angel of the house"; sin embargo, tras haber estado largamente eclipsados tras las rubias, las melenas enlutadas cobrarán ahora un renovado interés gracias al orientalismo. Esta tendencia - más acusada en los países meridionales de Europa- tendrá su clara manifestación en la obra de Von Stuck,así como en las de Monet o Delacroix. Por su parte los cabello rojizos -asociados en su esencia con la maldad y la lascivia- no gozaron nunca de demasiada popularidad con excepción, quizás, de la cohorte de Elisabeth I de Inglaterra, que puso el particular color de su cabello de moda. Las pelirrojas se concierten en musas minoritarias de autores como Klimt o Much, que ven en ellas el desenfado de una sexualidad liberada. Será por el contrario Dante Gabriel Rossetti quien vea en los cabellos ígneos algo más que lascivia. Su modelo, Elisabeth Siddal, se convierte en estandarte de una nueva belleza: la prerafaelista. Así nace un nuevo canon artístico basado en la languidez y la belleza de la enfermedad.





La evolución de canon, belleza y moda en el siglo XX ha sido mucho más rápida debido, quizás, a la aparición y difusión de los medios de comunicación más actuales. La sensualidad se impuso, en la segunda década del siglo, como un valor cultural deseable que pervive hasta nuestros días. Esta importancia se hizo notar pronto en la moda con el acortamiento de mangas y faldas en los años 20 y su posterior acentuamiento en los años 60. La mujer volvió a las formas generosas durante las décadas de los 20,30,40 y 50 aunque en esta ocasión toda la atención se centraba en el busto; por el contrario se exigían unas cinturas peligrosamente estrechas que recordaban a los ajustes logrados con el corsé. La delgadez no volvió hasta los años 60 y 70 para, finalmente, recaer en un punto medio y más equilibrado entre las dos tendencias estéticas. Los cabellos rojizos conservaron un cierto halo de provocación, dados sus antecedentes históricos pero fueron normalizando su presencia progresivamente junto con los más oscuros. Las melenas áureas, por su parte, han llegado hasta nuestros días con un significado sustancialmente distinto (y casi irónico) con respecto a su antiguo valor: mientras que en el pasado eran sinónimo de pureza, virginidad y perfección, en los años 50 tomaron un contundente valor sensual (y sexual) que ha llegado hasta hoy.

En la más estricta actualidad, parece que son los cómics y las nuevas tecnologías —junto con los medios de comunicación— los que proporcionan los nuevos patrones de belleza. Quizá ahora el icono de belleza femenina lo proporcionen los vídeo-juegos: superhéroes y hombres Modelman (musculosos, atléticos, poco locuaces, siempre con ganas de guerra) y mujeres Laracrofts (de unos contornos fantásticos, en ambos sentidos de la palabra), en fin, seres virtuales, ciberseres que se desenvuelven con inusitada ligereza en las pantallas de los ordenadores, a los que intentan encarnar como pueden los grandes actores de Hollywood con más o menos éxito.





De modo que, volviendo a nuestro punto de partida, el hombre ha cambiado mucho y muchas veces el concepto de belleza a lo largo de la historia cuando en realidad llevamos desde hace cuatro mil años aproximadamente teniendo la misma apariencia física. Por poner un ejemplo, los griegos eran exactamente iguales que nosotros, quizá con unos centímetros menos solamente. ¿Por qué, entonces, ha cambiado tanto nuestro concepto de belleza? Profundizando en la idea de Rojas Marcos, los cambios de patrón estético han respondido a las relaciones entre la imagen y la ideología del poder, especialmente en las mujeres, históricamente más sometidas. El físico femenino se ha valorado como un objeto más.
La belleza nunca es inocente; siempre hay razones inconfesables detrás de los cánones, en todas las épocas. Las matronas romanas debían dar ejemplo de dignidad con su sobriedad física; las bellas renacentistas reflejaban en su delgadez la espiritualidad de la época; las nobles francesas de antes de la revolución mostraban con sus hábitos imposibles y pomposos que nada tenían que ver con el populacho. La modernidad, es quizá menos teórica pero no más tolerante. Se sustituyen las ideas por el dinero y todo encaja.
Los cánones de belleza actuales implican que gastemos dinero sin medida para alcanzarlos: gimnasios, dietas, siluetas, cirugía para la eterna juventud.






La gran mayoría de los humanos han pasado y pasarán por esa especie de tiranía de la moda y del canon de belleza porque así ha sido desde siempre, incluso muy probablemente desde los tiempos de los hombres y los mamut. Vivimos pendientes de nuestra apariencia. Es posible que eso sea innato en el ser humano aunque debamos variar por completo la imagen que la naturaleza nos dio.



Entre los rasgos más característicos de la cultura occidental contemporánea se encuenta el culto a la sexualidad. La media (publicidad, películas, television) nos bombardea a diario con un largo elenco de mensajes e imágenes más o menos sutiles sobre la importancia de la exhuberancia en la sociedad actual. En el sistema capitalista la sexualidad es igual a poder y este igual a dinero, influencia, prosperidad etc. Sin embargo, tras este culto pseudo-religioso a la sexualidad se encuentra un trasfondo de adoración a la belleza; y aunque la idolatría al sexo es un valor cultural relativamente contemporáneo que ha sustituído a otros principos tangibles o abstractos en el escalafón del poder –tales como la sangre en el medievo,no ocurre así con la belleza, que se ha mantenido a lo largo de la historia como moneda de cambio, fuente de inspiración artística o pasaje a una situación más satisfactoria para el poseedor de sus encantos.
Por poco que uno profundice en la cuestión se dará cuenta de que, aunque existen unas características comunes en los sujetos u objetos considerados como bellos o visualmente atractivos tradicionalmente atribuídas a una cierta harmonia matemática entre sus partes, en la mayoría de los casos la percepción se torna fuertemente subjetiva no sólo de un individuo a otro, sino también de una época a otra.
La belleza es interpretada de acuerdo a un momento y un lugar determinados, ensalzada o disimulada dependiendo de los valores dominantes, ya sean impuestos por grupos de poder o reaccionarios.
Analizados todos estos conceptos podemos ya hilvanar las piezas, la belleza -natural, harmónica y usualmente consensuable- no permanece agena a los caprichosos devenires de normas y cambios dictados, en mayor o menor medida, por el común de la humanidad. Diferentes manifestaciones artísticas han sido tradicionalmente las encargadas de preservar y ensalzar las virtudes de uno u otro modelo de belleza ideal, modelos cambiantes y perecederos pero que contienen siempre una cierta simiente de universalidad.




Prototipos de mujeres y hombres segun la epoca



Prototipo de mujeres:


Friné
famosa hetaira griega célebre por su belleza, nacida en Tespias en el año 328 a. C. con el nombre Mnésareté (en griego antiguo Μνησαρετή Mnêsaretế, que significa 'conmemoradora de la virtud').
Era la amante y musa favorita de Praxíteles, quien se inspiró en ella para la creación de varias esculturas de la diosa Afrodita.





Simonetta Cattaneo de Vespucci, «la bella Simonetta» (1453 – 26 de abril de 1476), fue una musa italiana del renacimiento, esposa de Marco Vespucci de Florencia, familiar de Américo Vespucio. Fue retratada por Sandro Botticelli en varias ocasiones; la más célebre, en el famoso cuadro El nacimiento de Venus.




Cléop"tre-Diane de Mérode, llamada Cléo fue una bailarina belga nacida en París el 27 de septiembre de 1875 y fallecida en Biarritz el 17 de octubre de 1966.




Brigitte Bardot (n. París, 28 de septiembre de 1934) es una actriz francesa y sex symbol de mediados del siglo XX.


Angelina Jolie (Los Ángeles, California, Estados Unidos, 4 de junio de 1975) es una actriz estadounidense de cine y televisión, ganadora de un Oscar y de tres Globos de Oro.




Prototipo de hombres:

Antínoo o Antinoo (en griego Ἀντίνοος, latinizado como Antinous; Bitinio-Claudiópolis, Bitinia, 27 de noviembre de entre 110 y 115 - río Nilo, junto a Besa, 30 de octubre de 130, o poco antes) fue un joven de gran belleza, favorito y amante del emperador romano Adriano





Felipe el Hermoso ha sido el sobrenombre de:
1. Felipe I. Rey de Castilla (1504-1506), marido de Juana I, Juana la loca.
2. Felipe IV. Rey de Francia y de Navarra entre los años 1285 y 1314, marido de Juana I de Navarra.





Brad Pitt (Shawnee, estado de Oklahoma, 18 de diciembre de 1963) es un actor, productor y activista social estadounidense. Alcanzó la fama a mediados de los '90's, luego de protagonizar muchas películas de Hollywood.





Este fue un breve analisis de la belleza, sus estandares a traves del tiempo y su conveniente adaptacion con respecto a lo que se quiere difundir socialmente en un determinado momento...
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