CUENTOS DE FONTANARROSA
El Picadito (Adaptado sobre el cuento escena de la vida deportiva)
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Escena de la vida deportiva
Andá cambiándote, Tito -pidió Rogelio, que estaba sentado en el suelo poniéndose las medias. Tito se quedó mirando hacia la cancha, fruncida la nariz.
Nadie vino a reservar la cancha? –preguntó. Jorge haba atado el extremo de una venda al paragolpes del auto, se había alejado un par de metros y ahora la enrollaba prolijamente. No contestó.
-¿El boludo del Ruso no vino a reservar la cancha? -insistió Tito, el bolso al hombro.
-Cambíate Tito -dijo Aguilar-. Ya se van los muchachos.
-¡Ruso! -gritó Jorge-. ¿Reservaste la cancha?
El Ruso ni se dio vuelta para responder, sentado sobre el piso aún húmedo.
-No vine, Jorge -gritó-. ¡Con lo que llovió anoche! Pero no hay drama...
-El Ruso se la piroba a la vieja y la vieja se la presta -asesoró Aguilar.
-¡Ruso! -llamó Tito-. ¿Te seguís haciendo tirar la goma con la vieja cada vez que venís a alquilar la cancha?
-Por lo menos no te la cobrará ¿no? -aportó el Pichicua.
-El Ruso se piroba a la vieja -Jorge ya había terminado de enrollar las vendas-. La vieja no le cobra el alquiler pero después él nos lo cobra a nosotros.
-Esas viejas son perfectas para chuparte el zodape porque no tienen dientes, ¿no Ruso?
El Ruso movió la cabeza de un lado al otro.
-Hijos de puta -reprochó-. Como ochenta años tiene la vieja. ¿No tienen madre, ustedes?
-¿Qué? -Tito eructó-. ¿Te querés culear a mi vieja también?
Se rieron. En la cancha, una multitud de morochos corría detrás de una pelota marrón y deformada. Algunos de ellos con pantalones largos arremangados y descalzos. Jugaban y gritaban. Se reían.
-¡Tienen un pedo éstos! -dijo Marcelo.
-Claro. Si se comieron un asadito allá, detrás del arco.
-Mira la zapan de aquél... Hijo de puta, parece embarazado.
-Éstos no se van a ir más -calculó Tito, indolente.
-¡Cambíate forro! -le gritó Miguel-. Cambiate de una vez y deja de hinchar las pelotas.
-¿Y quién les va a decir que se vayan?
-Tito concedió descolgar el bolso del hombro-. -. ¿Vos les vas a decir que se vayan?
-¡Ya hablé con uno de ellos, pelotudo! -dijo Aguilar-. Se van ahora nomás.
-Mira la caripela de los negros. Como para decirles algo está...
-Si no se pueden ni mover del pedo que tienen. Juegan cinco minutos más y se mueren...
-¿No se pueden ni mover? -se hizo oír el Ruso, atándose los botines-. Mira cómo la pisa el gordo aquél... ¡recién hizo un gol!...
Tito se sentó sobre el pasto con un resuello.
-Sabes qué ganas de apoliyar que tengo... Me hubiera quedado durmiendo –dijo.
-Está lindo para dormir -aprobó el Ruso.
-Es al pedo -meneó la cabeza, Miguel-. Lo que es no saber un carajo de fútbol. Estos son los mejores días para jugar, querido. Nublado, fresco...
-Estuvo lloviendo, Negro -se quejó Tito.
-Quieren venir a jugar cuando hay sol y un calor de cagarse -Miguel afeó la voz, doctoral-. Ahí quieren venir a jugar. Cuando no te podés ni mover del calor que hay. Hoy está perfecto, papá.
-Es verdad. Es un día bárbaro -aprobó el Ruso, que dudaba entre sacarse el buzo o no.
-¡Pero claro, querido! -siguió Miguel-. Ni siquiera hay viento. Es preferible jugar con lluvia que con viento, mira lo que te digo.
-Seguro -Marcelo ingresó en la controversia, desde lejos-. Con viento es una cagada. Nunca sabes para dónde mierda sale la pelota. Con lluvia, cuando le agarras la mano al pique... chau ... cuando le adivinas el sapito...
-Es que sale como arriba de un vidrio...
-¡Eso! Ahí está la joda. Pero es mejor que con viento.
-Es que éstos no saben nada, Chelo -se envalentonó Miguel-. Hay que explicarles todo. Quieren entrar al Primer Mundo y se quedaron en la Pulpo de goma...
-No pasaron de la de tiento.
-Se quedaron en la Plastibol.
Tito, luego de sentarse, se había ido dejando caer hacia atrás, hasta quedar acostado con el bolso de almohada.
-Avísame cuando empiece -pidió.
-¡Vestite, boludo! -atronó Aguilar-. Después empieza el partido y todavía te estás cambiando, como el otro día.
Tito se rió.
-¿Cuántos polvos te echaste, Tito? -preguntó Rogelio, que había terminado de enrollar las vendas. Tito seguía riéndose, tapándose los ojos con un brazo. Se le sacudía el estómago bajo la camisa a cuadros-. ¿La colocaste hoy? ¿Te permitió la patrona?
-¿Usted también la puso, Marcelito? -se interesó Aguilar, generalizando el tema.
-Cuatro al hilo.
-¿Y te podes sentar todavía?
-¿No se cansa tu novio? -añadió el Ruso.
Tito se seguía riendo. Pero se levantó de pronto, como alarmado.
-¡Che, esto está mojado!
-Y claro, nabo, si llovió toda la noche.
-¿Llovió mucho? -preguntó Marcelo,
-Yo me desperté a eso de las cuatro y caían soretes de punta-dijo Miguel que había abierto la botellita de aceite verde-. Dije "cagamos"..
-El Negro es como los pibes Jorge, ubicado entre los autos, meaba un neumático-. Se despierta a la madrugada para ver si llueve y si al día siguiente se puede jugar.
-¿Y qué te parece?
-Toda la semana esperando el sábado.
-Che... -Tito había empezado, morosamente, a desabrocharse el pantalón-. ¿Quién trae la pelota?
-Rogelio -Aguilar buscó con la vista y llamó- ¡Rogelio! Vos tenés la pelota, ¿no?
-No -se alarmó Rogelio.
-Ay, la concha de su madre -Marcelo tironeaba de los cordones-. Siempre el mismo quilombo con la pelota. ¡No me digas que no hay una pelota!
-Yo se la di a Pepe el sábado pasado - se encogió de hombros Rogelio.
-Uy, la puta que lo parió...
-Bueno, muchachos... -anunció resignadamente Tito, abrochándose de nuevo el cinturón.
-No. No -calmó Rogelio-. Pepe viene. Viene seguro.
-¿Cuándo hablaste con él?
-Esta mañana. Me dijo que venía. Más, teniendo la pelota. No nos va a cagar así.
-El que no viene es el Flaco -anunció el Ruso.
-¿Por qué no viene el Flaco?-se ofuscó Miguel-. ¿Otra vez nos caga ese hijo de puta?
-No sé, tenía que hacer...
-Pero... ¿será posible? -Miguel se había puesto de pie, deteniendo la minuciosa dispersión del aceite verde por sus piernas.- Yo no me explico. ¿Qué otra cosa más importante que jugar al fútbol podes tener que hacer un sábado a la tarde, decime? ¿Qué otra cosa?
-Tenía que viajar, iba a Córdoba, no sé...
-Pero que se vaya a la concha de su madre, que no venga más.
-Tiene una novia allá, por Alta Gracia, que le da cuerda.
-Ya se van los muchachos -el Ruso miraba hacia la cancha.
Los morochos se iban retirando. Había uno tirado en el suelo, boqueando. Otros dos corrían a un flaquito, que persistía en dispararse con la pelota. "¡Cuajada! -le gritaban-. ¡Para Cuajada o te vamos a cagar matando!" Se reían.
Gonzalo, que se cambiaba adentro del auto, por el frío, llegó al trote, endurecido.
-Pediles a ver si nos dejan la bola -sugirió al Negro. Aguilar miró hacia la cancha.
-¡Qué mierda te la van a dar! ¿Y dónde se la devolvés, después?
-Se la llevamos a la casa.
-¡Ni casa tienen estos negros! -se rió Marcelo-. Si vinieron todos en un camión. "Se la llevas a la casa". ¡Mira las amistades que tiene el Gonza!
-¡Boludo! ¡Si no tenemos pelota!
-Gonzalo miraba irse a los morochos, como con pena.
-Ahí viene Pepe. Ahí viene Pepe. Él la trae -tranquilizó Jorge.
-¿Ese es el auto de Pepe?
-Sí. Un Renault.
-¿Rojo?
-Sí, rojo.
-Ese auto no es rojo.
-Espera que pase detrás de la casilla y lo vas a ver bien.
-Sí, es Pepe, es Pepe...
-Es Pepe.
-¡Es Pepe! -certificó, casi desde el centro de la cancha, Marcelo.
-¿Qué haces, Chelo, estás rezando? -le gritó Gonzalo-. Marcelo se había arrodillado y, en un impensable rasgo de pudor, meaba cortito sobre el césped.
-Es muy católico el flaco.
-Che... -Tito se había quedado en calzoncillos y mostraba unas piernas flacas y lampiñas-. ¿Ellos vinieron?
Había logrado interpolar una nueva nota de intranquilidad. Aguilar y Miguel miraron hacia el otro costado de la cancha.
-Sí, vienen -masticó Miguel, que no quería pensar en la posibilidad de suspender-. Vienen. Ellos vienen.
-¿Vos viste a alguno?
-El jueves lo vi en el centro al pelado que juega de cinco. Y me dijo que venían.
-El jueves no, boludo. Ahora, te digo. ¿Acá viste a alguno?
El Ruso pisaba cuidadosamente la cancha casi pelada. Daba saltitos para entrar en calor.
-¡Allá hay uno! -gritó, señalando hacia los árboles de enfrente.
-Ah, sí... -Rogelio se quedó con el pantaloncito en el aire, escudriñando la lejanía-. El morochito que juega de siete. El... ¿cómo le dicen?
-El Bimbo, el Pimba, algo así. La mueve ese hijo de puta.
-¡Qué sorete la va a mover!
-¿Ah no? ¡El zaino que te hizo comer la vez pasada!
-¡Qué va a mover! A tu hermana se puede mover el flaco ese...
-Y con uno solo... ¿Qué hacemos?
-Tito dudaba en sacarse la camisa.
-¡Ya vienen los otros, pelotudo! Vienen todos juntos. El otro día vinieron en dos autos, sobre la hora.
-¿Qué hora es?
-Cambíate, gil, y deja de romper las bolas.
-Chupame el choto -recomendó Tito-. Y pasame el aceite verde.
-Cómprate, si querés aceite verde-negó Miguel-. Miserable de mierda. Vos sos como el otro, el Gonza, que nunca pone guita para la cancha...
-Métetelo en el orto.
-¿Vos sabes como pica?
-¿Nunca te lo pasaste sin querer por las bolas?
-Ay, mamita querida. ¿Y el Fonalgón?
Pepe había estacionado el auto y venía a paso lento hacia el grupo.
-¿Trajiste la pelota? -le gritaron varios.
-La tengo en el baúl.
-¡Y bajala, sota, o te crees que vamos a estar toda la tarde esperando!
-¡Pepe maricón! -chilló Marcelo, distorsionando la voz.
-¡Putazo! -se unió Tito. Pepe, caminando de nuevo hacia el auto, giró hacia ellos y se agarró los huevos. Después siguió caminando.
-¿Cuántos somos? -preguntó Miguel-. ¿Juntamos gente?
-Sí. Estamos. Estamos -dijo Aguilar.
-La concha de su madre puta -farfulló Tito. Se había quedado con la mitad de un cordón del botín en la mano.
-¿Sabes por qué te pasa eso? -asesoró el Negro-. Porque te pasas el cordón por debajo de la suela. ¿Te lo enrollas por debajo de la suela? Así se te rompe.
-¿Por qué no me chupás un huevo, cabezón? -Tito resoplaba reacomodando el largo de los cordones-. ¿Ahora me lo decís?
-Hay que decirles todo, Negro -habló Miguel-. No están para el Primer Mundo.
-Si por lo menos viniera un par más de ellos -calculó Gonzalo-. En el último de los casos hacemos un picado.
-¡Si ellos vienen, ellos vienen! -desestimó Miguel, que había terminado de lubricarse-. ¡Allá vienen!, ¿no ves? ¡Para que te dejes de hablar al reverendo pedo!
-Ahí estamos -musitó Gonzalo, levantando apenas la vista-. ¡Llegaron, che! -les avisó a los otros. Pepe había sacado la pelota del baúl del auto, la apretó un par de veces para ver cómo estaba y después la tiró hacia la cancha donde ya trotaban y hacían flexiones casi todos.
-¡Traela! ¡Traela! -pidió el Ruso, que sólo se ponía locuaz cuando entraba a la cancha. Miguel, en cambio, se mantuvo serio. Fue hasta donde estaba Tito y se puso en cuclillas junto a él.
-Tito -le dijo-. Hoy no te mandes tanto al ataque. Seguro que por tu lado va a jugar el flaco del otro día, ese que le dicen Trastorno. Es muy rápido. Trata de encimarlo y no dejarlo dar vuelta. Si lo dejas darse vuelta -te pinta la cara porque es un pedo líquido ese hijo de puta. Le vas encima y ponete de acuerdo con Aguilar para que cierre por detrás tuyo si se la meten a tu espalda... -Tito aprobaba con la cabeza, obediente-.. ¿De acuerdo? ¿De acuerdo? -recalcó Miguel-. Porque vos me decís que sí y después no haces un carajo de lo que te digo...
-Sí. Pero decile al Negro. Porque aquél agarra la lanza y se va arriba y después no vuelve en la puta vida.
-Si vos te vas a volantear, yo te hago el relevo, quédate tranquilo. Pero además, yo le digo al Negro -Miguel se puso de pie como si hubiese terminado con la indicación, pero antes de meterse en la cancha, se volvió para decir-. Guarda los bolsos en el auto, Rogelio. Nunca se sabe.
A Tito lo único que le faltaba ponerse era la camiseta verde, y puteaba por el frío.
-Loco ¡qué busarda que tenés! -Pepe, desde el suelo, poniéndose los botines, lo miraba y se reía. Tito se miró el estómago como si recién lo descubriera.
-Tengo que salir a correr -calculó.
-¿No salís a correr en la semana?
-No tengo tiempo, Pepe. Debería. Pero...
-Salgamos. Llámame y salimos.
-Sí. Porque así...
-Después se siente en los partidos...
-Te llamo, porque no hay nada más rompebolas que correr solo.
-Después no me llamás nunca, hijo de puta. Ya el mes pasado me hiciste lo mismo.
-Te llamo, te llamo -prometió Tito, pero ya Pepe corría hacia el arco más cercano, donde peloteaban al Lungo. Miguel no se dignaba a patear. Intentaba tocarse la punta de los botines con los dedos y recomendaba "elongá, elongá" a cada uno que le pasaba cerca. Pero, de pronto se irguió y siguió atentamente el curso de una pelota que se iba entre los árboles.
-¡Che...! -advirtió-. ¿No está bofe esa pelota?
-Está un poco globo -admitió el Ruso-. Pero está bien.
Víctor la había ido a buscar casi hasta el terraplén, detrás del arco, y la devolvió hacía la semiborrada línea del área. Marcelo la paró con el pecho y la tiró de nuevo a la copa de los árboles.
-¿Con qué le pegas, hijo de puta? -lo observó, fijamente, Miguel, las manos en la cintura-. ¿Cómo se puede tener tan poca sensibilidad en el pie? ¿Cómo se puede ser tan animal? -Marcelo se reía-. Si te ve Federico Sacchi se muere de un infarto, querido -la siguió Miguel-. ¡Y pretenden jugar al fútbol! ¡Qué agravio a la cultura futbolística del país, por favor! ¡Son jugadores de terraza, nacidos en el centro! ¡Cuánto potrero que te falta, por Dios!
La pelota, esta vez, y quizás intencionadamente, le llegó a Miguel, que la puso bajo la suela y miró el arco.
-¿Dónde la querés? -le preguntó al Lungo.
-Pateá y dejá de hinchar las bolas -dijo el Lungo.
-Decime, decime.
-Ahí -señaló el Lungo, mostrando el ángulo bajo del segundo palo. Miguel le pegó de derecha, con estilo, y la pelota se elevó unos cuatro metros para caer tras el terraplén. Hubo risas.
-¡No! ¡Trae! ¡Trae para acá! -Miguel había salido disparado detrás de la pelota, a grandes trancos, enojado-. ¡No se puede jugar con eso! ¡Es un bofe esa pelota, hay que inflarla!
-¡No rompas las bolas, Miguel! Está bien la pelota. Mejor si está blanda. Dejala así -se quejó Gonzalo-. Después se moja y se pone que pesa una tonelada. Te hace mierda el balero si cabeceas...
-Mirá lo que es esto. Mirá lo que es esto -graneaba Miguel, oprimiendo la pelota con ambas manos-. No se puede jugar al fútbol con esto.
-¡Lárgala! Jorge se golpeó las manos, girando sobre sí mismo. ¡Cómo rompe las bolas el negro este!
-¡Pero si a ustedes les da lo mismo jugar con una pelota que con un ladrillo, querido! -dijo Miguel-. Para lo que juegan, todo les resulta lo mismo...
-La verdad que está un poco floja -admitió el Ruso, junto a Pepe.
-Pero es la única que hay.
-¡Muchachos! -llamó, Gonzalo, a los rivales-. ¿Ustedes trajeron una pelota? El Pelado negó con la cabeza.
-Nos dijeron que ustedes tenían. ¿Qué le pasa a esa? -preguntó después.
-¿Tienen un inflador? -Miguel estaba empecinado.
-¿Y qué haces con un inflador, Miguel, si no tenés un pico? -dijo Gonzalo, un poco harto.
-Pico hay. Pico hay. ¿Vos no tenés un pico en el auto, Pepe?
Pepe puteó por lo bajo y se fue para el auto.
-El flaco aquel tiene un inflador -alertó el Ruso, señalando, dentro del grupo de la contra, al que había llegado primero en bicicleta. Miguel se encaminó hacia allí.
-¡Déjalaasí, Negro! ¡Dejala así! ¡Está bien así! –insistió Jorge.
-A ver si todavía la hace cagar este pelotudo -previno Tito.
-¡Ustedes corran! -ordenó Miguel, dándose vuelta y sin soltar la pelota-.¡Muévanse, elonguen que hace frío!
Cuando Pepe llegó con el pico ya tenía el inflador.
-Dame -dijo. Y empezó a escudriñar el cuero de la pelota con los ojos entrecerrados-. ¿Dónde está la marquita?
-Hacela girar, hacela girar -dijo Pepe, con su cabeza casi apoyada sobre el hombro de Miguel.
-Sin anteojos no veo un choto.
-Marquita puta... Es una flechita...
-Una flechita. Pero se le borra después...
Miguel seguía haciendo girar el balón, mirándolo, con la nariz prácticamente pegada al cuero.
-A veces la marcan con una birome...-¡Acá está!
Una minúscula flecha bordada en cuero señalaba un orificio diminuto, disimulado en la costura de dos gajos.
-¿Es este, no, seguro?
-Sí, si, es ese... Miguel carraspeó.
-Metele un gallo -recomendó Pepe. Miguel sostenía la pelota con una mano contra el pecho mientras con la otra manipulaba el pico.
-¡Cómo vas a jugar con la pelota así, macho! -se escandalizó-. ¿Dónde se ha visto? ¡Estos, porque tienen un garfio en el empeine! Juegan al fútbol porque Dios es grande... No saben un sorete, hay que decirles todo...
-No te comprenden, Miguel.
-Sufro la soledad de los líderes, Pepe...
-¿Qué pasa, Miguel? -se acercó corriendo Tito-. Ya estamos para largar.
Miguel escupió una saliva blanca y espumosa sobre el agujero de la pelota. Le erró por un centímetro. Primero hizo girar el balón, procurando que la oscilación deslizara la escupida hasta cubrir el agujero. Pero luego, apurado, la empujó directamente con el dedo hasta tapar la casi inapreciable juntura. Luego metió la punta del pico hasta encontrar resistencia.
-Ojo... -recomendó Pepe-. ¿Ahí está el agujero?
-Para -dijo Miguel. Sin sacarle el pico del inflador, bajó la pelota hasta aprisionarla entre sus rodillas.
-Ojo -repitió Pepe. Miguel hizo fuerza, empujando el pico.
-No entra el hijo de puta -cerró los ojos.
-¿Estas seguro que está ahí la válvula? ¿No se habrá corrido la cámara?
-No. Está ahí. Está ahí -aseguró Miguel y pegó un nuevo empujón al pico. Se oyó una explosión ahogada y la pelota pareció aflojársele entre las manos.
-La pinché -dijo Miguel, girando la cabeza y mirando a Pepe con cara inexpresiva-. La pinché.
Estuvieron unos veinte minutos más viendo si llegaba alguien con una pelota. O si pasaba alguien que tuviera una. Marcelo se ofreció a ir a buscar una a la casa de un primo, en el centro, pero no sabía si el primo estaba o se había ido a la isla... Le dijeron que no. A la media hora, Tito comenzó a cambiarse de vuelta. Gonzalo lo puteó por enésima vez a Miguel y rumbeó para el auto.
-¡No se podía jugar así, querido! -reafirmó Miguel-. Se pinchó, mala suerte. Pero así no se podía jugar. Ningún jugador de fútbol que se respete puede jugar con una pelota así.
-Vos te quedaste en la Pulpo, Miguel -hirió Jorge, yéndose-. No estás para la de cuero.
-Y ustedes se quedaron en el Tercer Mundo, hermano -no daba el brazo a torcer, Miguel-. Les da lo mismo pato o gallareta. Total... para ustedes todo es igual...
-Miguel -llamó el Ruso, ya cambiado, en su habitual tono calmo y medido-. Ándate un poco a la concha de tu madre -y aceptó la invitación de Aguilar de volverse juntos en el auto para el centro.
El pichon de Cristo
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Cuento
Te cuento, Macho, que la cargada la hicimos nosotros. Nos largamos a hablar, ¿viste? a farolear. Nos agrandamos, ¿viste? Y... ¿querés que te diga?, al pedo, al reverendo pedo. Porque, después de todo, nosotros no le habíamos ganado nunca, empatamos los dos partidos y fueron partidos parejos, ¿viste? que estaban para cualquiera. Pero, yo no sé, hubo gente que empezó a decir que nosotros la hacíamos de trapo. Y nosotros nos entusiasmamos, agarramos el bochín y, ¿sabés que? el agrande, viejo, el agrande. Entonces ellos se engranaron e hicieron la justa, porque la verdad que estuvieron bien, un día llaman por teléfono al club, hablan con el Tordo y le dicen que querían jugar con nosotros, ya que fuera del campeonato, que querían jugar con nosotros. Que al domingo siguiente que terminara el campeonato hiciéramos un partido en cancha de ellos, en cancha neutral, donde se nos cantaran las pelotas, mirá vos, nos relajaron.
Me acuerdo que el Tordo vino todo cagado adonde estábamos entrenando, a decirnos.
Y... ¿qué íbamos a hacer? Teníamos que agarrar viaje, no nos íbamos a ir al mazo después de todo el quilombo que habíamos armado, te imaginás. Pero la verdad que nos pegamos un sorete bárbaro, porque decíamos: “Estos, ¿sabés qué? nos deben querer pasar por arriba”. ¿Sabés el hambre con que nos debían estar esperando? Además, ellos estaban agrandados porque salían campeones, la gente los seguía por todos lados, nos querían romper bien roto el orto.
Así que te imaginás cuando viene Lopecito, el preparador físico a decirnos que el Pacú se había lesionado, nos queríamos morir. El Pacú será medio loco pero es un arquerazo, es el mejor arquero de la liga, de eso no te quepa ninguna duda, y se nos viene a lesionar un día antes del partido con estos hijos de puta. Porque cuando nos avisaron lo del Pacú ya habíamos aceptado el desafío, porque eso ya era un desafío, ¿viste? un desafío de esos de los pibes y al día siguiente teníamos que viajar a Bombal porque, de última, se había decidido hacer el partido en cancha neutral. ¡Qué lo parió! Te imaginás el quilombo. A un día del partido y sin arquero. Porque el boludón de Medina no lo contábamos; primero, que es un bagre de no creer; después, que ni siquiera había ido a entrenar las últimas semanas y además no sé quién lo había visto con un pedo tísico, por ahí, por Chovet, de pura joda. No le íbamos a ir a hablar del partido porque no nos iba a entender el desgraciado.
¡La mierda! Bueno... ¿qué hacemos? Incluso pensamos en llamar a estos tipos y decirles que postergáramos el partido, que esperáramos hasta que el Pacú se mejorase la gamba, se había jodido la gamba, un tirón. Pero... ¿sabés qué?, lo primero que iban a pensar era que nos habíamos recagado en las patas. Que arrugábamos. Que eran todos versos para ni jugar. En eso cae Manolito, cuando estábamos discutiendo el fato y dice que por qué no lo llevábamos al “Pichón de Cristo”. El “Pichón de Cristo” es un flaco que había jugado una vez en contra nuestro un amistoso, creo que en Máximo Paz. Un flaco, viste, esquelético, las piernitas, mirá, como las patas de esta mesa, te parecía mentira que pudiera atajar.
Yo, personalmente, ni me acordaba cómo atajaba. Me acordaba de la pinta porque, la verdad, era un pichón de Cristo, no le decían al pedo así. Mirá, sería más o menos como el Luis, ¿viste? no sé si no era más flaco. Pero más alto, y más ancho de arriba, bien de arriba, para colmo con el pelo largón y barbita, cagate de risa, el “Pichón de Cristo”.
Te digo que, cuando el Manolito vino con ésa, la mayoría de los muchachos estaba tan en bola como yo uno dijo que ese día había atajado un vagón, pero me perece que lo dijo por decir, pero lo cierto era que la gente de los otros pueblos, decían que el flaco se pasaba. Y eso que ni siquiera había firmado para “San Martín” de Chovet. Sabíamos que estaba ahí, pero no sabíamos si había firmado o no.
Como ya era el día del partido y veíamos que se nos hacía la noche, el pato y el hijo del Pato cazaron la picá y se mandaron para Chovet a traerlo al ñato. Medio que había ¿cómo decirte? un acuerdo con los de “Independiente” de Bigand, de presentar los mismos equipos que habían estado jugando al campeontao. Digamos, no se había hablado de eso pero se daba por sentado que vos no ibas a caerte a jugar ese partido con cuatro o cinco monos de primera, ¿viste?, cuando los muchachos cazan las licencias del verano y se van al campo a hacer algo de mosca. Vos sabés que lo llamo al “Sopita” Martínez, le digo de ir a jugar y el “Sopita” viene como por un tubo. O el “Conejo”. Pero... pero... la joda era jugar con los mismos equipos que se había jugado en la liga. Ahora, en el caso del “Pichón de Cristo”, qué sé yo, podíamos decirles que lo teníamos a prueba para el próximo año, que ya había firmado, no sé. Además, ellos, con tal de no verlo al Pacú atajando para nosotros, cualquier cosa, mirá, que lo lleváramos a Fillol, a cualquiera, iban a aceptar cualquier cosa.
Mirá, no te la voy a hacer muy larga. Fuimos a jugar y era un quilombo de gente. Mirabas detrás del alambrado y te daba miedo. Y ellos estaban con todo, ¿eh? Se habían aguantado una semana sin chupar, entrenando como siempre, sin salir de joda después de haber ganado el campeonato para agarrarnos a nosotros y rompernos el culo.
Y bueno, te la hago corta. ¿Sabés quién nos salvó de que nos cagaran, pero que nos cagaran a goles? El “Pichón de Cristo”. ¡Dios mío lo que sacó ese animal! ¡Hijo de puta! Ellos no lo podían creer y, nosotros, ¿sabés qué? menos. Si vos le veías la pinta al flaco en el arco y pensabas: “acá le pegan un pelotazo en el pecho y lo destrozan al flaco”.
Mirá, le sacó al “Tachuela” un cabezazo de pique al suelo que todavía no lo puedo creer. Un balazo, ¿eh? En un corner apareció el “Tachuela”, ¡qué bien cabecea ese hijo de puta!, entre mil, entre mil que habían saltado y se la pone de pique, abajo. Este se tira y la saca. Dos mano a mano con el wing, el negrito, ese que le dicen “Pacha”. Un voleo... ¡Uy Dios lo que fue ese voleo, me había olvidado! Un voleo que agarró el “Gallego” en el punto del penal, seco, abajo, que éste yo no sé cómo hizo, se tiró y la rechazó con esto, con el antebrazo, yo no sé cómo no se lo quebró, y rebotó como hasta media cancha. Y después, qué se yo, mil, mil porque nosotros no parábamos ni el colectivo, nos pasaban por el lado, nos pegaron un zaino que ni te cuento. Y no fue un ratito.
¿Viste que hay partidos en que por ahí te agarran mal parado y los primeros diez, quince minutos, te cagan a pelotazos?... Acá no. No. Fue así todo el partido, querido, nos dieron un zaino que no te lo quieras creer. Y nada de toquecito o de ole. No. ¿Qué toquecito? Los negros se venían a sacamos los ojos, metían centros y entraban quince, qué sé yo, mil. Los hijos de puta la tenían adentro y nos querían basurear, nos querían pasar por arriba. Decí que estaba el flaco. Increíble. En el último minuto le tapó un bombazo al cinco que yo me di vuelta para no mirar porque dije: “Aquí lo mata”. Y en tiempo de descuento, otra, esa fue la máxima! Ya el área nuestra era un quilombo, estábamos todos ahí adentro. Se arma una de rebotes después de un comer y el ocho de ellos, el “Pantufla”, desde el borde del área, le da fuerte al palo derecho del “Pichón de Cristo”. El flaco se tira... ¡y no va Huguito y se la toca en el aire! Le pega ¿viste? le pega la cadera al Huguito que haba cerrado y le cambia el palo al “Pichón”. Yo la vi adentro, ¿viste? La vi adentro. Porque el flaco ya se había tirado, estaba en el aire cuando Hugo le cambia el palo. Yo no sé, no sé cómo hizo. Giró en el aire... ¿viste como los nadadores cuando llegan al final de la pileta y giran para volver para el otro lado? Este hizo algo así, en el aire, le pegó un manotazo apenitas con la punta de los dedos y la dejó ahí, picando a diez centímetros de la línea. Llegué yo y, ¿sabés qué? le puse tamaña quema que creo que la perdí. La saqué del pueblo. No la quería ver más a esa hija de puta. Y terminó el partido. Los de “Independiente” no lo podían creer. No lo podían creer. Se agarraban el bocho. Se la comieron doblada los hijos de puta, con un nudo en la tapún.
Y bueno, te cuento. En el vestuario, te imaginás, los abrazos con el flaco, con el arquero. Una barbaridad, una barbaridad. Y el flaco, calladito, ¿viste? no decía nada, o se sonreía, tenía tierra hasta en el ojete pobre flaco, si se la había pasado revolcándose. Los muchachos se bañaron y yo me retrasé un poco. Medio porque antes de bañarme estuve como media hora tirado arriba de un banco de la palmera que tenía. Además, me habían pegado un puntín acá, detrás del muslo, que cuando se me enfrió el músculo me dolía como la puta madre.
Después me bañé y me empecé a cambiar. Fue en eso que lo veo al flaco que salía de la ducha. Y fue raro... porque venía con la toalla atada a la cintura, en ojotas, y en eso pasó por debajo de una ventanita donde entraba sol y el sol le dio en la cabeza, ¿viste? y se le formó como una aureola, sabés de qué?, pienso... de ese vapor que te sale del cuerpo cuando terminas de bañarte. Lo estaba mirando cuando veo que tenía las palmas de las manos lastimadas, las dos. “¿Qué te pasa?” le pregunto. “¿Dónde?” me dice. “En las manos”. “Ah, me pisó el nueve”, me dice. Me pareció raro, ¿viste? porque me acordaba que el flaco había atajado con guantes. Después también le viché un raspón bastante fulero por acá, en las costillas. Pero parecía un raspón viejo, de algún otro partido. Después el flaco se cambió rápido, como si estuviese apurado, pero me dio la impresión de que no quería que yo le hiciera más preguntas. Y... ¿sabés lo que se me ocurrió pensar? Eso les lo que te quería contar. Sabés lo que se me ocurrió pensar? Mirá que uno a veces es boludo, porque por ahí el tipo es un tipo tímido y nada más. Pero pensé... “¿Este flaco no andará en alguna fulería, en algo fulero, y no quiere parlarla demasiado?”. Boludeces que a uno se le ocurren. Mirá cómo es uno de jodido, después de todo. Después el flaco se fue y no lo vi más. Lo buscamos, me acuerdo, durante toda la semana, para ver si no quería firmar para nosotros. Y no lo encontramos. Después volvió el Pacú y ya nos olvidamos del asunto.
Viejo con arbol
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Cuento
A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable. Después las otras dos canchas, la chica y la principal. Y ahí, debajo de ese árbol, solía ubicarse el viejo.
Había aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio portátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga. Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya pasaron a considerarlo hinchada propia. Porque el viejo bien podía ir a ver los otros dos partidos que se jugaban a la misma hora en las canchas de al lado, pero se quedaba ahí, debajo del árbol, siguiéndolos a ellos.
Era el único hincha legítimo que tenían, al margen de algunos pibes chiquitos; el hijo de Norberto, los dos de Gaona, el sobrino del Mosca, que desembarcaban en el predio con las mayores y corrían a meterse entre los cañaverales apenas bajaban de los autos.
—Ojo con la vía íalertaba siempre Jorge mientras se cambiaban.
—No pasan trenes, casi ítranquilizaba Norberto. Y era verdad, o pasaba uno cada muerte de obispo, lentamente y metiendo ruido.
—¿No vino la hinchada? íya preguntaban todos al llegar nomás, buscando al viejoí. ¿No vino la barra brava?
Y se reían. Pero el viejo no faltaba desde hacía varios sábados, firme debajo del árbol, casi elegante, con un cierto refinamiento en su postura erguida, la mano derecha en alto sosteniendo la radio minúscula, como quien sostiene un ramo de flores. Nadie lo conocía, no era amigo de ninguno de los muchachos.
—La vieja no lo debe soportar en la casa y lo manda para acá íbromeó alguno.
—Por ahí es amigo del referí —dijo otro. Pero sabían que el viejo hinchaba para ellos de alguna manera, moderadamente, porque lo habían visto aplaudir un par de partidos atrás, cuando le ganaron a Olimpia Seniors.
Y ahí, debajo del árbol, fue a tirarse el Soda cuando decidió dejarle su lugar a Eduardo, que estaba de suplente, al sentir que no daba más por el calor. Era verano y ese horario para jugar era una locura. Casi las tres de la tarde y el viejo ahí, fiel, a unos metros, mirando el partido. Cuando Eduardo entró a la cancha —casi a desgano, aprovechando para desperezarse— cuando levantó el brazo pidiéndole permiso al referíí, el Soda se derrumbó a la sombra del arbolito y quedó bastante cerca, como nunca lo había estado: el viejo no había cruzado jamás una palabra con nadie del equipo.
El Soda pudo apreciar entonces que tendría unos setenta años, era flaquito, bastante alto, pulcro y con sombra de barba. Escuchaba la radio con un auricular y en la otra mano sostenía un cigarrillo con plácida distinción.
—¿Está escuchando a Central Córdoba, maestro? —medio le gritó el Soda cuando recuperó el aliento, pero siempre recostado en el piso. El viejo giró para mirarlo. Negó con la cabeza y se quitó el auricular de la oreja.
—No ísonrió. Y pareció que la cosa quedaba ahí. El viejo volvió a mirar el partido, que estaba áspero y empatadoí. Música ídijo después, mirándolo de nuevo.
Algún tanguito? —probó el Soda.
—Un concierto. Hay un buen programa de música clásica a esta hora.
El Soda frunció el entrecejo. Ya tenía una buena anécdota para contarles a los muchachos y la cosa venía lo suficientemente interesante como para continuarla. Se levantó resoplando, se bajó las medias y caminó despacio hasta pararse al lado del viejo.
—Pero le gusta el fútbol —le dijo—. Por lo que veo.
El viejo aprobó enérgicamente con la cabeza, sin dejar de mirar el curso de la pelota, que iba y venía por el aire, rabiosa.
—Lo he jugado. Y, además, está muy emparentado con el arte —dictaminó después—. Muy emparentado.
El Soda lo miró, curioso. Sabía que seguiría hablando, y esperó.
—Mire usted nuestro arquero —efectivamente el viejo señaló a De León, que estudiaba el partido desde su arco, las manos en la cintura, todo un costado de la camiseta cubierto de tierra—. La continuidad de la nariz con la frente. La expansión pectoral. La curvatura de los muslos. La tensión en los dorsales —se quedó un momento en silencio, como para que el Soda apreciara aquello que él le mostraba—. Bueno... Eso, eso es la escultura...
El Soda adelantó la mandíbula y osciló levemente la cabeza, aprobando dubitativo.
—Vea usted —el viejo señaló ahora hacia el arco contrario, al que estaba por llegar un córner— el relumbrón intenso de las camisetas nuestras, amarillo cadmio y una veladura naranja por el sudor. El contraste con el azul de Prusia de las camisetas rivales, el casi violeta cardenalicio que asume también ese azul por la transpiración, los vivos blancos como trazos alocados. Las manchas ágiles ocres, pardas y sepias y Siena de los mulos, vivaces, dignas de un Bacon. Entrecierre los ojos y aprécielo así... Bueno... Eso, eso es la pintura.
Aún estaba el Soda con los ojos entrecerrados cuando al viejo arreció.
—Observe, observe usted esa carrera intensa entre el delantero de ellos y el cuatro nuestro. El salto al unísono, el giro en el aire, la voltereta elástica, el braceo amplio en busca del equilibrio... Bueno... Eso, eso es la danza...
El Soda procuraba estimular sus sentidos, pero sólo veía que los rivales se venían con todo, porfiados, y que la pelota no se alejaba del área defendida por De León.
—Y escuche usted, escuche usted... —lo acicateó el viejo, curvando con una mano el pabellón de la misma oreja donde había tenido el auricular de la radio y entusiasmado tal vez al encontrar, por fin, un interlocutor válido—... la percusión grave de la pelota cuando bota contra el piso, el chasquido de la suela de los botines sobre el césped, el fuelle quedo de la respiración agitada, el coro desparejo de los gritos, las órdenes, los alertas, los insultos de los muchachos y el pitazo agudo del referí... Bueno... Eso, eso es la música...
El Soda aprobó con la cabeza. Los muchachos no iban a creerle cuando él les contara aquella charla insólita con el viejo, luego del partido, si es que les quedaba algo de ánimo, porque la derrota se cernía sobre ellos como un ave oscura e implacable.
—Y vea usted a ese delantero... —señaló ahora el viejo, casi metiéndose en la cancha, algo más alterado—... ese delantero de ellos que se revuelca por el suelo como si lo hubiese picado una tarántula, mesándose exageradamente los cabellos, distorsionando el rostro, bramando falsamente de dolor, reclamando histriónicamente justicia... Bueno... Eso, eso es el teatro.
El Soda se tomó la cabeza.
—¿Qué cobró? —balbuceó indignado.
—¿Cobró penal? —abrió los ojos el viejo, incrédulo. Dio un paso al frente, metiéndose apenas en la cancha—. ¿Qué cobrás? —gritó después, desaforado—. ¿Qué cobrás, referí y la reputísima madre que te parió?
El Soda lo miró atónito. Ante el grito del viejo parecía haberse olvidado repentinamente del penal injusto, de la derrota inminente y del mismo calor. El viejo estaba lívido mirando al área, pero enseguida se volvió hacia el Soda tratando de recomponerse, algo confuso, incómodo.
—...¿Y eso? —se atrevió a preguntarle el Soda, señalándolo.
—Y eso... —vaciló el viejo, tocándose levemente la gorra—...Eso es el fútbol.


