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Mujeres en la historia - Parte I

Info5/15/2015





Hay mujeres que marcaron la historia y de las que poco se sabe, en este post vamos a repasar la vida de algunas.
No entran todas en una sola publicación así que esta es solo la primera parte.







Margaret Mead, madre de la antropología moderna; abuela del mundo.



MARGARET MEAD (1901-1978)

Norteamericana. Antropóloga. Una de las primeras mujeres del siglo XX en alcanzar una posición de influencia más que relevante dentro de la academia. Una revolucionaria. Curiosa e inconformista. Feminista. Defensora de los derechos de las mujeres. Una humanista. Comprometida investigadora que transformó el concepto de “cultura” y que reinventó la antropología. Activista por los derechos de las minorías. Hija, esposa, madre y abuela creativa, que creía en otro tipo de vinculación emocional, un tipo de vinculación que iría más allá de los lazos consanguíneos y que dejaría a las personas ser realmente quienes eran, superando las constricciones habituales del grupo familiar tradicional. Una gran amiga de sus amigos, que fueron siempre muchos, cientos; supo siempre valorar a las personas de su alrededor mucho más allá de las apariencias de aquellos que llegaban a su amparo y que ella siempre acogía con pretensiones de ayuda y cooperación.

Convencida de que la sociedad la hacen las personas y de que la diversidad de los individuos es el motor de la historia, fue una mujer comprometida con la libertad y con la igualdad. Sus investigaciones antropológicas en ciertas regiones del Pacífico resultaron un descubrimiento epistemológico sin parangón en el mundo de las ciencias sociales. Fue una de las primeras antropólogas en aplicar y ejercer la diversidad cultural. Subrayó que el peso de la civilización sobre el individuo contemporáneo es mucho mayor de lo que Occidente piensa y revolucionó de esta manera la forma de hacer ciencia y de observar la ciencia. Todavía hoy se desconoce por completo, porque no se ha terminado de medir consecuencias, el impacto de sus teorías sobre la educación.




Fue un icono de relevancia trascendental del mundo de las letras. Una de las figuras científicas más ilustres del siglo XX y un referente intelectual pero también político de los Estados Unidos. Su teoría sobre la influencia de los procesos de socialización en el carácter de las personas impactó de lleno en la consideración que los occidentales tenían de su propia vida moral. Su contribución sobre las diferencias de socialización en materia de género en sus investigaciones sobre las costumbres sexuales de las adolescentes de Samoa es una de las aportaciones más significativas de la pensadora a la ciencia social occidental. Tras la publicación de su tesis doctoral Adolescencia, sexo y cultura en Samoa (1928) que fue, por otro lado, un gran éxito de ventas, el estudio de las relaciones de género en el mundo occidental sufriría un giro inesperado.

Fue una pionera del trabajo de campo en antropología cultural y podríamos sostener que, en ese sentido, Margaret Mead creó las bases epistemológicas del feminismo contemporáneo. Apuntaló, y demostró a través de sus investigaciones en varias culturas del Pacífico, la idea de que las conductas adquiridas como hombres y mujeres son claramente aprendidas y que no existe apenas nada de natural en las diferencias sexuales.




Nació en Filadelfia el 16 de diciembre de 1901, en el seno de una familia con profundas raíces intelectuales pero en un tiempo en el que el acceso de las mujeres a la alta educación era prácticamente una utopía. No obstante, como resultado de la fe que tenían sus padres en la educación y el apoyo que estos brindaron a la formación de sus hijos e hijas (el padre era catedrático de economía de Harvard y la madre una pionera en sociología que llevaba a cabo estudios etnográficos sobre los inmigrantes italianos en las primeras décadas del siglo XX), recibió una educación exquisita que la condujo directamente a la universidad. Fue la mayor de seis hermanos y desde niña tuvo un papel muy observador, de curiosa investigadora ya en potencia, sobre los comportamientos y actitudes del resto de hermanos, comportamientos y actitudes que anotaba cuidadosamente en un bloc de notas. Fue una estudiante aplicada que obtuvo su doctorado en la Universidad de Columbia bajo la tutoría del ilustre Franz Boas y la ilustrísima Ruth Benedict, otra mujer legendaria que hacía tiempo que había asido las amarras de una carrera intelectual con una significativa trascendencia en el mundo de las ciencias sociales.



Ruth y Margaret, a partir de la colaboración que establecerían como directora y “dirigida” en el proceso de elaboración de la tesis doctoral de esta última, estrecharon lazos hasta tal punto que su amistad adquirió un profundo compromiso emocional y sexual. Aunque, como en un gran porcentaje de casos de mujeres sexualmente ambiguas, no haya evidencias explícitas que permitan sostener sin vacilaciones la existencia de una relación de pareja como tal, al parecer su vínculo trascendió durante algunos años los límites tradicionales de la amistad romántica. Tal y como se apunta en la biografía que su hija, Mary Catherine Bateson, escribió a la muerte de Mead, las dos antropólogas mantuvieron durante muchos años una relación de carácter sexual. Margaret contrajo matrimonio en tres ocasiones con colegas antropólogos varones; en primer lugar, con Luther Cressman, con Reo Fortuna después y, por último, con Gregory Bateson, padre de su única hija. La relación entre Margaret y Ruth sin embargo, se mantuvo fiel a lo largo del tiempo, probablemente hasta que Benedict falleció en 1948. No hay evidencias que atesoren con fiabilidad la supuesta relación entre ambas, como tampoco existen datos explícitos que confirmen que la relación que mantuvo con la también antropóloga Rhoda Métraux, con quien convivió desde 1955 hasta su muerte en 1978, fuera de tipo sexual, aunque la biografía oficial, lejanamente concluyente, deje atisbar que la libertad que Mead defendía a ultranza también la aplicó a su propia vida y a su sexualidad.



Fue una mujer ilustre y un gran puntal de la sociedad intelectual y política neoyorkina. Su labor al frente del Museo Americano de Historia Natural con sede en Nueva York durante casi cuarenta años y su encomiable aportación a la riqueza intelectual y a la libertad social y científica del país norteamericano, pero también a toda la cultura occidental en su conjunto, le hizo valedora de la Medalla Presidencial de la Libertad, una condecoración otorgada por el Presidente de los Estados Unidos que supone la concesión civil más alta. La ciudad de los rascacielos y sus amplios círculos intelectuales, artísticos y sociales la consideraban así un bastión de la vida de la ciudad y todavía hoy le rinden homenaje. Al morir, el 15 de noviembre de 1978, en el editorial que el New York Times le dedicó tras su muerte, Margaret Mead fue apodada como la “abuela del mundo”.











Victoria Kent, la feminista olvidada.



VICTORIA KENT (1898 - 1987)

Feúcha, alta, encorvada y solitaria, así era Victoria Kent, una mujer de la que mucho se ha escrito y poco se sabe.

Esta malagueña nacida un 3 de marzo de 1889 que se negó a ir a la escuela y recibió clases de su madre terminó siendo maestra. No conformándose con ello, sus padres aceptaron enviarla a Madrid, sin casarse ni hacerse monja, a estudiar bachillerato, alojándose en la Residencia de Señoritas (un foco importante de cultura y libertad sexual).

Se presenta en la Facultad de Derecho sin estar matriculada y termina sacándose la carrera. Demuestra su valía como letrada al defender a Álvaro de Albornoz, convirtiéndose en la primera mujer que participa en un Consejo de Guerra.




Participó en la fundación del Lyceum Club de Madrid, llegando a ser vicepresidenta. El Lyceum era un lugar de encuentro para mujeres de la élite española, donde se dialogaba sobre el papel de la mujer, apoyando la cultura de estas (el 70% eran analfabetas a principios de siglo). Un apéndice de este era el Círculo Sáfico, al que, muy probablemente, perteneció junto a figuras tan importantes de la época como Victorina Durán o Margarita Xirgu.

Se afilia al Partido Radical Socialista, llegando a ser diputada. De este periodo es famoso su enfrentamiento con su amiga Clara Campoamor, a causa del sufragio femenino, al que Victoria se negaba por creer que las mujeres se verían forzadas a votar a la derecha por sus maridos o los curas.

Pero, no siendo suficiente para ella, es nombrada por Alcalá-Zamora, Directora de Prisiones, puesto que ella describe como “la tarea más importante de su vida”. Sus ideales humanísticos se ven representados en los cambios que realizó, mejorando la de vida de los presos. Promovió la reinserción social, eliminó las cadenas y grilletes (fundiendo el acero de estos para realizar un busto en honor a su predecesora, Concepción Arenal), suprimió la obligación de asistir a misa, sacó a las monjas y creó el Cuerpo Auxiliar de prisiones, e impulsó la cultura. Todo ello en los tres meses que permaneció en su cargo, antes de que ciertos sectores de la sociedad pusieran el grito en el cielo por algunas reformas, como las visitas conyugales, y se vio forzada a dimitir de su cargo.




Comenzada la Guerra Civil, Victoria acude a Guadarrama, para aprovisionar a los combatientes. También ayudó a escapar a centenares de niños de las zonas de guerra.

Es nombrada Primera Secretaria de la Embajada de París, donde se encarga de conseguir pasaje hacia América a todos los refugiados. Ella no corrió la misma suerte, sorprendida por la invasión nazi, abandona París y se esconde en un pequeño apartamento de la Cruz Roja en Bolougne.

Consigue llegar a México, donde dio clases de Derecho, viendo así realizado su sueño, la docencia.

Reclamada por la ONU, se traslada a Nueva York para formar parte de la Sección de Defensa Social, cargo que abandonó al considerarlo demasiado burocrático.

A los 62 años, conoce a Louise Crane, su gran amor. Gracias a ella, y a su fortuna millonaria, funda y dirige la revista Ibérica, que informaba sobre la situación en España a los exiliados.




Visitó España, aunque durante un corto periodo de tiempo, según Victoria: “Yo no tengo otra pasión que España pero no regresaré a ella mientras no exista una auténtica libertad de opinión y de asociación”. Por lo que opta por volver a Nueva York, junto a su amada Louise.

Victoria Kent muere a los noventa años, un 22 de septiembre de 1987, pero vive en sus hechos, en sus palabras, ya que hasta la Constitución se fundamenta en sus ideales.










Isadora Duncan, “la Ninfa de la danza moderna”.



ISADORA DUNCAN (1878 - 1927)

"Fuiste silvestre una vez. No te dejes domesticar"

Contundente eran las palabras de Isadora Duncan, y sutiles sus gestos al danzar mostrando la libertad de su “yo” más silvestre.

Decía una de sus pupilas, Martha Graham, que “la danza es el lenguaje oculto del alma” y desde el alma, Duncan expresaba todo lo que ella era: atea, bisexual, madre soltera, socialista y partidaria del amor libre.

Tuvo un lema en su vida: “Sin límites”. No se puso techo, bailó tan alto y tan libre que sólo la tragedia pudo con ella. Porque tragedia y libertad son las dos palabras que mejor definen a una mujer transgresora, que movida por ese alma rebelde, rompió no sólo los moldes de la danza clásica, sino los roles de la mujer de su tiempo.




Hacia 1900, cuando desde Europa emigraban cientos de personas en busca de una nueva oportunidad en la floreciente Nueva York, a contracorriente, Duncan junto con su madre y hermana viajó a Londres con la intención de hacer entender su arte. Allí no dejó de visitar el Museo Británico y dejarse llevar por las escenas mitológicas de los jarrones de la antigua Grecia. Fascinada, pasó horas frente a ellos intentando trasladar esas imágenes a sus coreografías. Intelectualmente inquieta leyó todo cuanto caía en sus manos acerca de Grecia y todo aquello que representara belleza. Se lanzó en picado tras su forma de vida: la danza como método para explorar la esencia espiritual y emocional del ser humano.

Triunfó en todos los escenarios europeos, Londres, París, Atenas… y también en San Petersburgo y Moscú. Rompió con el ballet al que consideraba un género falso y absurdo, de bailarines antinaturales y forzados, sustituyéndolo por la danza de movimientos sin estructura, de expresión libre y fluida de emociones, metáforas e ideas abstractas. Desafió así la danza clásica de zapatillas de punta con pies descalzos, grandes decorados con escenarios desnudos, maquillajes exóticos con caras lavadas, y trajes pomposos con sencillos peplos griegos que dejaban ver las formas de su cuerpo, ganándose así el título de : “la Ninfa”.




Su éxito y su intelectualismo la llevaron a frecuentar el salón literario más famoso de Londres, El salón Barney, donde se codeó con los mejores escritores, poetas, pintores y artistas de la época.

"Me dedicaba a leer todo lo que se había escrito en el mundo sobre el arte de la danza, desde los primeros egipcios hasta el día, y tomaba nota especial de todo lo que iba leyendo; pero cuando hube terminado esta tarea colosal, comprobé que los únicos maestros de baile que yo podía tener eran Jean Jacques Rousseau “Emilio”, Walt Whitman y Nietzsche.”

“Había conocido en mi vida a los más grandes artistas y a la gente más culta y triunfadora, pero ninguno de ellos era feliz, aunque algunos lo simularan. Detrás de la máscara podía adivinarse, sin mucha clarividencia, la misma angustia y el mismo padecimiento. Y es que en este mundo no existe quizá la dicha. No hay sino momentos felices".




Es muy probable que esos momentos de plena felicidad los encontrara danzando en un escenario, donde ella era “una” consigo misma, porque ese espíritu libre no la ató a nadie. Su vida sentimental, como su danza, estaban fuera de los convencionalismos de su época. Según Duncan: “El amor puede ser un pasatiempo y una tragedia”. Y la verdad es que tuvo de todo. Se casó con Serguei Esenin, poeta ruso, también bisexual, 17 años más joven que ella y aficionado al alcohol que acabó suicidándose. Gordon Craig e Isaac Singer con los que tuvo un hijo con cada uno sin contraer matrimonio. Muchas fueron las mujeres en las que buscó el amor: las actrices Eleonora Duse y Lina Poletti, la escritora Natalie Barney, promotora del salón de tertulias, o la poetisa Mercedes de Acosta.



Es curioso que el tema central de sus obras versara sobre el dolor y la muerte, se adivina que sufría, bien por el abandono de su padre cuando era niña, por no ser comprendida en una de las escuelas de danza más prestigiosas de Estados Unidos, por perderlo todo en un incendio en Nueva York antes de emigrar a Europa, por no encontrar el amor, por buscar la perfección absoluta, o simplemente por tener la capacidad de presentir episodios negros en el futuro de su vida, como el suicidio de su marido ruso o el accidente de coche donde murieron sus dos hijos ahogados en el Sena. Desde ese momento ya no fue la misma, sumida en una depresión, y vetada en los escenarios europeos por sus ideas políticas próximas al comunismo, se encontró con salas vacías. La mala suerte o quizás el capricho de la figura mitológica de El Destino, hicieron que su propia muerte fuera una tragedia griega. Subida en un coche descapotable cuando su pañuelo ondeaba la viento, tan libre como los movimientos de danza de la propia Duncan, se enrolló en la rueda del automóvil estrangulándola, acabando así con la vida de la madre de la danza moderna, que buscaba la expresión de la libertad con los movimientos de su cuerpo, un cuerpo al que su amante Mercedes de Acosta dedicó los siguientes versos:

"… un cuerpo esbelto

suave y blanco

está al servicio

de mi placer.

Dos senos aparecen

redondos y dulces,

invitan a mi hambrienta

boca a comer

de donde dos pezones firmes y rosados

persuaden a mi sedienta alma a beber.

Y aún más abajo un lugar secreto

donde dispuesta

escondería mi rostro …

mis besos como un enjambre de abejas

se abrirán camino entre tus rodillas

y chuparan la miel de tus labios

abrazando tus esbeltas caderas…"










Marguerite Yourcenar, la ambigua dama de las letras.



MARGUERITE YOURCENAR (1903 - 1987)

Marguerite de Crayencour nace el 18 de junio de 1903 en Bruselas, Bélgica, y a los 10 días de su nacimiento su madre fallece por complicaciones derivadas del parto. Su infancia huérfana de madre transcurre, sin embargo, bajo el amparo de un padre protector y culto que se preocupó profundamente de dar la mejor educación a su hija e impulsó siempre su talento. A los diez años la joven Marguerite sabía hablar latín y griego, y el amor por la cultura clásica era ya la gran herencia que la escritora recibía de su progenitor, quien fue la pieza clave de su proceso de formación. De familia aristocrática, tuvo una infancia feliz y acomodada, marcada por numerosos viajes (que realizó con su familia por Europa y Oriente Próximo) y por su delicada pasión por la literatura.

Con sólo 18 años escribe su primer libro de poemas Le jardín des chimères (1921) y a los 25 su padre le propone, como regalo de Navidad, publicar su poema Ícaro. Ambos emprenden la búsqueda de un nombre de escritora para acompañar dicha publicación y establecen que Marg Yourcenar sería a partir de entonces el nombre indicado. Este hecho demuestra la relación tan especial que tenían padre e hija y señala que la infancia de la que a partir de entonces sería Marguerite Yourcenar no fue común. Vendrían después muchas publicaciones en una larga y prolífica vida literaria, obras que fueron muestra de su destreza narrativa y que construirían, por un lado, una nueva forma de hacer y contar la literatura y, por otro, una manera diferente de entender el género y las relaciones entre hombres y mujeres.




La crítica considera que Yourcenar fue la primera escritora en la historia en superar la escritura singularizada por el género y una de las más osadas, al tratar de derribar y reinventar el universo de la sexualidad. Una de sus constantes favoritas fue la de reinterpretar los mitos de la Grecia antigua y adaptarlos a la vida moderna. De este planteamiento surgió su obra más importante y tal vez uno de los escritos fundamentales de la literatura del siglo XX: Memorias de Adriano, un manuscrito comenzado en la década de los años 20 que verá la luz en el año 1951 y que gozará de un éxito y un reconocimiento atemporal.



El otro gran tema de su legado fue el de la ambigüedad sexual y el de la búsqueda homoerótica. Alexis o el tratado del inútil cobarde (1929), El denario del sueño (1929), Ariadna y el aventurero (1932), Electra o la caída de las máscaras (1954), Como el agua que fluye (1982), Un hombre oscuro (1982)… Son en sí mismas novelas que tratarían de explorar el erotismo desde múltiples perspectivas, no desde la visión heteronormativa exclusivamente. Aunque en todos los casos sus personajes fueran masculinos, se tratara bien de hombres bien de mujeres andróginas, de tal modo que la subversión de la sexualidad y de la homosexualidad se realizara desde la exploración de lo masculino, lo cierto es que la escritora trató el tema de la sexualidad de forma honesta y subversiva. Una de las citas de Marguerite más célebres, cuyo eco todavía resuena es: “El amor no tiene género, no tiene más que un cuerpo y ese cuerpo está igualmente imantado por la belleza, toda la belleza, tome la forma curva de un seno de mujer o la línea dura de un muslo de jovencito“.



A finales de los años 20 fallece su padre y con este acontecimiento su vida dará un giro radical. Marguerite entrega su vida a la escritura, a los viajes y al amor, toda una aventura hedonista que se materializará en la transformación que hará de su cuerpo. De esta forma, termina en París y hace lo posible por masculinizar su rostro y sus formas; un corte a la garçonne, luce vestimentas masculinas y camina y fuma con determinación poco femenina. Frecuenta con asiduidad diversos círculos bohemios y se convierte en una habitual de los bares lésbicos y del ambiente gay de París. La noche de la capital francesa, con sus oscuros locales y sus personajes de vida profunda y fragmentada, será el refugio en el que Marguerite cuestionará el papel que le corresponde como sujeto y como mujer. París es, en este momento, sinónimo de libertad y su vida nocturna representa un escenario de liberación y de apertura ideológica.

En una de estas noches parisinas conoce a la escritora a la norteamericana Grace Friks, la mujer con la que comenzará una relación que se prolongará el resto de sus vidas. Casi cuarenta años de convivencia serían el resultado de este encuentro entre las dos mujeres. A pesar de que Marguerite tendrá otros encuentros en lo sucesivo, especialmente en los primeros meses de la relación, momento en el que mantiene un romance con una mujer casada, y haciendo cada una su vida en diferente continente, como consecuencia del impacto de la Segunda Guerra Mundial, Marguerite decide aceptar la invitación que Grace le había lanzado meses antes y emprende el viaje hacia Estados Unidos. Lo que pretendía ser un reencuentro otoñal entre dos amigas se convierte en una mudanza definitiva, que dará pie a una relación matrimonial, salvando algunas distancias. Grace y Marguerite se instalaron en el condado de Maine, adquirieron una casa en común que convertirían en su residencia permanente y definitiva, y a partir de aquí formarán un tándem profesional en el que la belga escribiría e impartiría en la universidad clases de literatura comparada y su pareja norteamericana haría de secretaría, editora, correctora y administrativa.




Aunque la escritora obtuviese la ciudadanía norteamericana en 1947, siempre escribió en francés. Tradujo múltiples obras al idioma galo y su prolífica obra cuenta en su haber con obras de la más variada tipología. Marguerite Yourcenar fue una gran escritora y una ilustre mujer de letras, pero sobre todo fue una mujer contemporánea que trascendió y que, en especial, contó el mundo más allá de su contexto histórico. Nunca fue una lesbiana militante, ni se definió tampoco como tal en ningún momento, pero lo cierto es que en una época de hostilidad e inestabilidad social profunda, en una sociedad cruzada por los prejuicios y sacudida por los movimientos sociales, su forma de vida y sus conceptos, contribuyeron a construir una voz femenina muy alternativa, diferente, que rompió el molde tradicional que envolvía el concepto de género y depuraba lo femenino y lo masculino.

En 1974 su querida Grace contrae un cáncer del sistema linfático que la llevará a la muerte a finales de 1979. Tras la muerte de esta, sin embargo, la nueva década de los 80 comienza para Marguerite llena de desafíos personales y retos emocionales. La escritora conocerá a Jerry Wilson, un fotógrafo norteamericano cuarenta años más joven que ella que le permitirá vivir una nueva historia de amor. Jerry, curiosamente, fue la persona con la que transcurriría sus últimos años de vida y con la que viviría momentos que la escritora describió con entusiasmo y pasión renovadas, y llegaría a decir de él que era “el hombre de su vida”. Con Jerry visitó los países que no le fue posible visitar con Grace y disfrutó de una vejez dinámica y vivaz. Jerry Wilson, no obstante, muere el 8 de febrero de 1986 de sida. Unos años después, la escritora fallece de un ataque al corazón el 17 de diciembre de 1987, poco tiempo después de convertirse en la primera mujer en formar parte de la Academia de la Lengua francesa desde su creación, en 1634.

Un dato curioso: 2037 marcó Marguerite Yourcenar como el año en el que podrán abrirse los archivos privados que contienen el material de sus diarios íntimos y de su correspondencia amorosa. Para ese momento está programada la revelación de la apasionada y agitada vida sentimental de una de las más grandes exponentes de las letras contemporáneas, con nombres propios y detalles concretos. Por el momento, dicho material se halla precintado y custodiado por la Houghton Library de la Universidad de Harvard.








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