La explosión de un llanto contenido inundó la carpa del "aguante"
Tras conocerse la condena, los militantes de villa Moreno y los familiares de las víctimas se fundieron en un abrazo infinito.
¿Por qué se llora? ¿Por tristeza? ¿Por felicidad? A veces el llanto es la única síntesis posible entre ambas caras de la vida. Expresión inevitable de una emoción, ¿para qué intentar explicarlo? Una ovación corona las condenas a Sergio "El quemado" Rodríguez y a su banda demencial como un gol que nadie hubiera querido gritar. Bombos, platillos, cantos, lágrimas, abrazos. La esperanza, también inevitable, celebra la extraña sensación que —a veces, como ahora— puede aportar la justicia como consuelo ante lo irremediable.
Jere, Mono y Patom sonríen dibujados en cientos de remeras de distintos colores, estampados en pechos de todas las edades, haciendo latir esos corazones. De alguna manera están vivos, aunque nunca sabrán —o quién sabe— de este logro colectivo que durante 35 meses alumbraron desde el dolor más profundo. Porque, entre tantas otras cosas, el fallo por la masacre que los arrancó de esta existencia puede leerse como una victoria política de una parte de la sociedad rosarina que insiste en luchar por una vida más digna que la que ofrece este mercado hipócrita de violencia y boludez extremas.
Bajo el sol.
Cerca de las 11.30 de ayer, y luego de 22 días de acampe en el ingreso a Tribunales por calle Balcarce, los familiares y allegados a las víctimas del triple crimen cortaron el tránsito para reunirse a escuchar el veredicto del juicio oral a los acusados. Mientras el sol se ponía de punta y partía en dos el pavimento, con media calzada protegida por la sombra de los árboles de la plaza del Foro, durante una hora se fueron reuniendo más de 200 personas para compartir ese momento previsto para las 12.30.
Entre tantas sensaciones encontradas reinaba la esperanza, expresada a través de cánticos empujados por bombos de murga que hacían flamear banderas de distintos movimientos sociales y políticos: además de las del M 26 de Junio y el Frente Popular Darío Santillán donde militaban Jere, Mono y Patom, las del Frente para la Ciudad Futura, Cuba MST, Unidos y Organizados, Patria Grande.
La espera se extendió hasta las 12.27, cuando se oyó la primera señal de lo que ocurría en la sala de audiencias donde se estaba por leer el fallo. Entonces todos se fueron acercando hasta la carpa donde se había instalado una pantalla para ver lo que ocurría en el salón. Sin embargo, lo importante no estaba en la imagen sino en el sonido.
Con la mirada en el piso, abrazados en grupos de tres o cuatro, los asistentes escucharon atentamente la voz del juez Gustavo Salvador que salía por los bafles. Los 32 años de condena anunciados para Rodríguez desataron una ovación de gritos y bombos que algunos pidieron acallar para que se pudiera escuchar el resto del fallo.
Las altísimas penas impuestas por el tribunal aportaban una mezcla de alivio y sorpresa que se sintetizaba en lágrimas y aplausos. Emoción. Y más cantos sobre justicia y lucha.
Sueño. "Me habré dormido a las 5 y me desperté a las 6. A casi todos nos pasó lo mismo. Nos tirábamos en los colchones y nos levantabámos enseguida", cuenta casi una hora después de leído el fallo Pablo, militante del M 26 en villa Moreno y, por ende, amigo de Jere, Mono y Patom.
"Anoche fue un momento muy especial. Nos dijimos gracias y nos dimos fuerza", reseña este docente treintañero sobre las horas previas en la carpa por donde desde el 12 de noviembre circularon familiares, amigos y vecinos de los chicos. Sus ojos rojos de emoción muestran no sólo el escueto sueño conciliado durante las últimas 22 noches sino también los 35 meses de trabajo compartido para que el triple crimen no quedara impune.
"No fue fácil, pienso en los testigos que declararon y pusieron la cara ante esa banda sin saber qué iba a pasar. Hoy suponíamos que iban a ser condenados, pero no estábamos seguros de que las penas estuvieran a la altura de lo que fue esa masacre", resume, aliviado a pesar del cansancio.
"Primero nadie creía que fueran a apresar a los culpables; luego nadie creía que fueran a seguir presos y terminaran yendo a juicio. Pero todo eso se fue logrando", señala Nenu, otro militante del M 26. Detrás de ese logro político rescata tanto el compromiso de los militantes como el de los habitantes de villa Moreno, pero también el apoyo de vecinos de toda la ciudad que se fueron acercando durante estos días.
Es que este triple crimen marcó un mojón en la historia rosarina, donde la mayoría de los homicidios siguen impunes. De alguna manera, el camino recorrido por los allegados a Jere, Mono y Patom hasta escuchar este veredicto marque un inicio antes que una meta. Y así tal vez la justicia que la sociedad reclama aparezca cuando, además de la queja y la manifestación, se generalicen la conciencia y el trabajo organizado como herramientas contra lo injusto; que, se sabe, sigue rigiendo en muchos barrios donde —mal que le pese a las estadísticas— el narcotráfico sigue reclutando pibitos a quienes inocula su sanguinaria racionalidad.
Construcción.
¿Se puede celebrar la justicia cuando no es más que un consuelo ante el vacío? Difícil responderlo con palabras. Tal vez por eso existe el llanto, que brota sin preguntar. La vida tampoco pregunta, sólo propone y obliga a hacerle frente. A veces es demasiado cruel, pero entre varios puede ser mejor.
Entre varios se construye el amor y se comparte a lo largo de los días. Esa construcción puede ser tan fuerte hasta incluso capaz de extraer justicia allí donde se supone que reina la impunidad. Y puede ser tan mágica al punto de mantener vivos a tres chicos absurdamente asesinados por lo peor de este mundo, justo cuando ellos se preparaban para intentar mejorarlo.
Tras conocerse la condena, los militantes de villa Moreno y los familiares de las víctimas se fundieron en un abrazo infinito.
¿Por qué se llora? ¿Por tristeza? ¿Por felicidad? A veces el llanto es la única síntesis posible entre ambas caras de la vida. Expresión inevitable de una emoción, ¿para qué intentar explicarlo? Una ovación corona las condenas a Sergio "El quemado" Rodríguez y a su banda demencial como un gol que nadie hubiera querido gritar. Bombos, platillos, cantos, lágrimas, abrazos. La esperanza, también inevitable, celebra la extraña sensación que —a veces, como ahora— puede aportar la justicia como consuelo ante lo irremediable.
Jere, Mono y Patom sonríen dibujados en cientos de remeras de distintos colores, estampados en pechos de todas las edades, haciendo latir esos corazones. De alguna manera están vivos, aunque nunca sabrán —o quién sabe— de este logro colectivo que durante 35 meses alumbraron desde el dolor más profundo. Porque, entre tantas otras cosas, el fallo por la masacre que los arrancó de esta existencia puede leerse como una victoria política de una parte de la sociedad rosarina que insiste en luchar por una vida más digna que la que ofrece este mercado hipócrita de violencia y boludez extremas.
Bajo el sol.
Cerca de las 11.30 de ayer, y luego de 22 días de acampe en el ingreso a Tribunales por calle Balcarce, los familiares y allegados a las víctimas del triple crimen cortaron el tránsito para reunirse a escuchar el veredicto del juicio oral a los acusados. Mientras el sol se ponía de punta y partía en dos el pavimento, con media calzada protegida por la sombra de los árboles de la plaza del Foro, durante una hora se fueron reuniendo más de 200 personas para compartir ese momento previsto para las 12.30.
Entre tantas sensaciones encontradas reinaba la esperanza, expresada a través de cánticos empujados por bombos de murga que hacían flamear banderas de distintos movimientos sociales y políticos: además de las del M 26 de Junio y el Frente Popular Darío Santillán donde militaban Jere, Mono y Patom, las del Frente para la Ciudad Futura, Cuba MST, Unidos y Organizados, Patria Grande.
La espera se extendió hasta las 12.27, cuando se oyó la primera señal de lo que ocurría en la sala de audiencias donde se estaba por leer el fallo. Entonces todos se fueron acercando hasta la carpa donde se había instalado una pantalla para ver lo que ocurría en el salón. Sin embargo, lo importante no estaba en la imagen sino en el sonido.
Con la mirada en el piso, abrazados en grupos de tres o cuatro, los asistentes escucharon atentamente la voz del juez Gustavo Salvador que salía por los bafles. Los 32 años de condena anunciados para Rodríguez desataron una ovación de gritos y bombos que algunos pidieron acallar para que se pudiera escuchar el resto del fallo.
Las altísimas penas impuestas por el tribunal aportaban una mezcla de alivio y sorpresa que se sintetizaba en lágrimas y aplausos. Emoción. Y más cantos sobre justicia y lucha.
Sueño. "Me habré dormido a las 5 y me desperté a las 6. A casi todos nos pasó lo mismo. Nos tirábamos en los colchones y nos levantabámos enseguida", cuenta casi una hora después de leído el fallo Pablo, militante del M 26 en villa Moreno y, por ende, amigo de Jere, Mono y Patom.
"Anoche fue un momento muy especial. Nos dijimos gracias y nos dimos fuerza", reseña este docente treintañero sobre las horas previas en la carpa por donde desde el 12 de noviembre circularon familiares, amigos y vecinos de los chicos. Sus ojos rojos de emoción muestran no sólo el escueto sueño conciliado durante las últimas 22 noches sino también los 35 meses de trabajo compartido para que el triple crimen no quedara impune.
"No fue fácil, pienso en los testigos que declararon y pusieron la cara ante esa banda sin saber qué iba a pasar. Hoy suponíamos que iban a ser condenados, pero no estábamos seguros de que las penas estuvieran a la altura de lo que fue esa masacre", resume, aliviado a pesar del cansancio.
"Primero nadie creía que fueran a apresar a los culpables; luego nadie creía que fueran a seguir presos y terminaran yendo a juicio. Pero todo eso se fue logrando", señala Nenu, otro militante del M 26. Detrás de ese logro político rescata tanto el compromiso de los militantes como el de los habitantes de villa Moreno, pero también el apoyo de vecinos de toda la ciudad que se fueron acercando durante estos días.
Es que este triple crimen marcó un mojón en la historia rosarina, donde la mayoría de los homicidios siguen impunes. De alguna manera, el camino recorrido por los allegados a Jere, Mono y Patom hasta escuchar este veredicto marque un inicio antes que una meta. Y así tal vez la justicia que la sociedad reclama aparezca cuando, además de la queja y la manifestación, se generalicen la conciencia y el trabajo organizado como herramientas contra lo injusto; que, se sabe, sigue rigiendo en muchos barrios donde —mal que le pese a las estadísticas— el narcotráfico sigue reclutando pibitos a quienes inocula su sanguinaria racionalidad.
Construcción.
¿Se puede celebrar la justicia cuando no es más que un consuelo ante el vacío? Difícil responderlo con palabras. Tal vez por eso existe el llanto, que brota sin preguntar. La vida tampoco pregunta, sólo propone y obliga a hacerle frente. A veces es demasiado cruel, pero entre varios puede ser mejor.
Entre varios se construye el amor y se comparte a lo largo de los días. Esa construcción puede ser tan fuerte hasta incluso capaz de extraer justicia allí donde se supone que reina la impunidad. Y puede ser tan mágica al punto de mantener vivos a tres chicos absurdamente asesinados por lo peor de este mundo, justo cuando ellos se preparaban para intentar mejorarlo.