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Nazis, a la caza del Santo Grial

Info12/2/2014
¿La copa sagrada donde bebió Jesús? ¿Una esmeralda caída de la frente de Lucifer? Persiguiendo el mito más fascintante de la historia, el Tercer Reich envió expediciones científico-esotéricas a lugares tan diversos del planeta como el Tíbet, Francia, Bolivia y la Argentina. Una historia escrita con violencia, delirios de grandeza y una gran imaginación.



Otto Rahn no sentía los dedos. Bajo los guantes de vellón la piel se amorataba, pero él no pensaba en los síntomas de congelamiento. La mente se le perdía en el inmenso monte Wilden Kaiser: tres años antes había sido nombrado obersturmführer –una especie de teniente coronel– pero no con la misión de matar, sino para hurgar en bibliotecas de viejos monasterios, descifrar textos germánicos y rasguñar el fondo de la olla de la historia en busca de aquello que nadie sabe y sólo pocos imaginan. Ahora, acorralado por el mismo régimen nazi, se llevaba a otro mundo lo que había descubierto en éste sobre el Santo Grial.

¿Qué cosa era el bendito Grial? ¿Un invento? ¿La copa sagrada que recogió la sangre de Cristo en la cruz o una esmeralda caída de la frente de Lucifer? ¿O por ahí un puñado de tablillas de piedra o de madera con caracteres rúnicos, como él mismo había sospechado alguna vez? ¿Y si el Grial fuera, en cambio, un acontecimiento de la vida interior, una chispa, algo imposible de tocar?

Como sea, Rahn no pudo seguir buscándolo. Apareció congelado en marzo de 1939 al filo de los glaciares en el Tirol austríaco. El diario oficial Bolkischer Beobatcher decía que “su rostro reflejaba una gran paz” y que había muerto practicando la “endura” cátara, una forma ritual de suicidio. Tenía 35 años y su figura se había vuelto célebre entre los nazis por el relato de sus viajes místicos y sus hallazgos. Pero en off se decía otra cosa: que sus compañeros habían descubierto el eslabón judío en su familia y que él temía a la demencia nazi: “Me preocupa muy seriamente mi patria. Soy un hombre tolerante, pero no puedo vivir en mi hermoso país. ¿En qué se ha convertido?”.

El viaje iniciático
Rahn fue contratado por el gobierno alemán en 1936. Para entonces, ya había hecho por su cuenta un primer viaje al castillo de Montsegur, en el sur de Francia, buscando el Santo Grial y otros rastros de la rebelión que llevó a los cátaros a ser exterminados por la Iglesia oficial, a partir de 1209. Su libro Cruzada contra el Grial, producto de aquella aventura, cautivó tanto al jefe de las SS, Heinrich Himmler, que no tardó en reclutarlo para sus filas.

Algunas teorías racistas de aquellos años sostenían que en el Tíbet estaba el origen del pueblo ario. Y Himmler vio en el joven Rahn a la persona indicada para hallar una serie de objetos míticos, mágicos, que él creía que probarían la superioridad racial del pueblo alemán. Persiguiendo esa locura, creó la Ahnenerbe, una organización elitista de arqueólogos, biólogos y lingüistas al servicio del ocultismo nazi, que irradió expediciones científicas por todo el mapa: además del Tíbet, Irak, Francia, España, Finlandia, Perú, Bolivia, Paraguay, Argentina…

La sección estaba a cargo del temible Wolfran von Sievers, el único miembro de la Ahnenerbe que fue condenado a muerte en los juicios de Nüremberg, por proveer de prisioneros al régimen para sus experimentos médicos: a partir de 1940, la organzación se había puesto al servicio del Holocausto, dejando su pátina científica y concentrando su trabajo en encontrar rasgos que identificaran a los judíos, una suerte de tipología física para reconocerlos rápidamente.

“Hubo muchas expediciones alemanas… decían buscar elementos raciales, pero en el fondo también buscaban elementos espirituales”, reflexiona el escritor y diplomático de carrera Abel Posse, quien exploró los viajes de la Ahnenerbe en su novela El viajero de Agartha (Emece).

“La obsesión nazi por los símbolos y reliquias proviene de una idea muy concreta: que el espíritu del hombre ha sido trampeado por el judeo-cristianismo, y esto lo transforma en un hombre disminuido, alejado de la naturaleza y atrapado por los intereses y el dinero. Es un viejo tema el de la rebeldía pagana… El nazismo recoge esta voluntad pagana muy latente en la germanidad en general; un deseo legítimo si no fuera porque lo tomaron para sí nada menos que los nazis.”


sudamerica

Próxima estación: Uritorco
El Tercer Reich también apuntó sus cañones hacia Sudamérica. Entre sus académicos estaba Edmund Kiss, un ocultista convencido de que la vieja capital andina de Tiwanaku había sido levantada por unos colonos nórdicos llegados a Bolivia navegando un millón de años atrás. Kiss disuadió a la Ahnenerbe para que financiara la ida a Bolivia junto a una veintena de científicos y soldados, algo que se vio interrumpido por el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Pero la cosa no terminó allí. “Hacia fines de los años treinta, otra expedición secreta del nazismo llegó a la Argentina tras la pista del Grial”, asegura el escritor y periodista Jorge Camarasa, autor junto a Carlos Basso Prieto del libro América nazi (Aguilar). “El grupo llegó en barco a Buenos Aires y enseguida viajó a Córdoba con gran cantidad de excavadoras y grúas y un equipo de soldados y científicos. Se instalaron cerca de Capilla del Monte, y ahí empezaron a hurgar en el cerro Uritorco. Aún se ven los restos oxidados de aquellas máquinas perdidos por las sierras”.

En su libro, Camarasa relata que el Uritorco había sido un lugar sagrado para los comechingones, un pueblo originario arrasado por los españoles. “Según los cronistas de Indias, estos indígenas tenían rasgos distintos a los esperados: eran altos, de ojos claros, barbudos… justo lo que buscaban los nazis. La idea del Grial guardado en el Uritorco y custodiado por los indígenas partía de una lectura libre de algunas leyendas medievales que daban cuenta del supuesto traslado del vaso sagrado a América del Sur a finales del siglo XIII”.

alemania

En agosto de 1984 el Uritorco fue escenario de una nueva búsqueda, esta vez encabezada por “Los nuevos lobos” o “Los hijos del Grial”, como se autodenominaron. En un artículo publicado en un periódico local, y firmado por el investigador Jaime E. Cañas, puede leerse el diálogo con un supuesto miembro de aquella expedición.
“Se trata de un pequeño y bien entrenado team que podríamos calificar de ex SS y nuevos neonazis serios −se lee en la nota−. Y puedo afirmar que son los mejores especialistas en investigaciones suprahistóricas, algo así como las zonas oscuras de la historia que no tienen explicación oficial ni racional.”

¿La misión neonazi encontró algo de valor? –preguntó Cañas–. “No lo sabremos nunca. Esta gente se mueve con otros parámetros y además se han sumado a estas búsquedas otros grupos mesiánicos con bastante influencia en el campo financiero y político. Estaríamos en una especie de guerrilla esotérica peleando por el Santo Grial o la Paloma cátara”.

Para el profesor de Historia y becario del Conicet Boris Matías Grinchpun, “todas son reiteraciones de un mito universal bastante exitoso. El mito del Grial tiene muchos elementos raciales y fue apropiado por otros grupos además de los nazis. Si bien al finalizar la Segunda Guerra, las expediciones de la Ahnenerbe se detuvieron por algunos años, porque los nazis estaban preocupados por sobrevivir, el Santo Grial se mantuvo como una presencia importante dentro de los círculos neonazis e incluso adquirió una trascendencia mayor”.
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