Por: Clodovaldo Hernández
El presidente Maduro ha revelado que el gobierno podría hacer fluir los recursos del fondo chino y del Fonden para financiar a empresas privadas que quieran industrializar el país aguas abajo, como se dice técnicamente. Tal vez sean ideas conspiranoicas que uno abriga, pero luego de oír el anuncio, dio la impresión de que a varios de los líderes capitalistas que estaban presentes en la reunión con el jefe de Estado se les pusieron los ojos achinados de la emoción.
Con la velocidad de cálculo que caracteriza a todo capitán de empresa (desde un buhonero- bachaquero hasta los que salen en la revista Forbes), los dialogantes carraspearon con ruidos de máquina registradora y sobre sus cabezas danzaron símbolos de dólar, euros y yuanes. Es que cuando se quiere emocionar a un capitalista no hay recurso más efectivo que mostrarle un puñado de lechugas verdes, no importa si son americanas, europeas o asiáticas.
Salivando a mares, varios de los fedecamaradas presentes deben haber comenzado a pensar en que este diálogo como que va a resultarles más “productivo” de lo que ninguno de ellos se había imaginado alguna vez, ni siquiera en sus más delirantes sueños.
Está claro que el Presidente dijo que la asistencia crediticia será para impulsar una economía menos dependiente de la renta petrolera, pero varios síntomas parecen indicar que muchos de nuestros sagaces empresarios deben haber recordado –muy por el contrario- la época de Corpoindustria y la Corporación Venezolana de Fomento, aquellos felices tiempos de la IV República, cuando el Estado les concedió a richachones de toda laya generosos préstamos para ser pagados en cuotas olvidadizas, sin inicial, con bajos intereses y larguísimos períodos de gracia (más que gracia, morisqueta). “¡Mosca con esa gente, Plesidente, mile que pelo que come manteca, mete la lengua en tapala”, diría un sabio chino.
