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Todos los atributos de Dios

Info11/15/2013
ATRIBUTOS DIVINOS:


INMUTABILIDAD DE DIOS

Ser inmutable es ser siempre el mismo, sin experimentar ningún tipo de cambio o mutación. No cambian ni Dios, ni sus designios. Así nos dice la Sagrada Escritura:

“El proyecto del Señor subsiste siempre, sus planes prosiguen a lo largo de los siglos” (Sal. 32, 11).

“Hace tiempo que fundaste la tierra, y los cielos son la obra de tus manos; ellos perecerán, pero tú permaneces. Todos se gastan como la ropa, los cambias como un vestido, y se mudan, pero Tú eres el mismo, tus años no se acaban” (Sal. 101, 26-27).

“Porque Yo, Yavé, en nada he cambiado” (Mal. 3, 6).

“Todo don valioso, todo regalo precioso viene de la alto y ha bajado del Padre de las Luces, en Quien no hay cambio, ni variación” (St. 1, 17).

¿Por qué es importante para nosotros darnos cuenta de la inmutabilidad divina? ¿Por qué es importante convencernos de que Dios no cambia? ¿Qué significado tiene el poema de Santa Teresa sobre la paciencia: “Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta”?

Dios es siempre el mismo. Dios siempre ama la virtud y siempre detesta el pecado. Cuando perdona y ama al pecador arrepentido, es el pecador el que cambia, no Dios.

Por eso, cuando la Biblia dice, por ejemplo, que Dios se arrepintió de haber creado a los seres humanos, o cuando habla de la ira divina, son términos que el escritor sagrado usa en forma figurativa, pudiéramos decir “humanizada”, que no deben tomarse en forma literal.

Los designios de Dios son estables. Si Dios hace un milagro, no es que está cambiando sus planes, sino que El desde siempre dispuso las leyes de la naturaleza y desde siempre previó las excepciones que El mismo haría.

Dios es el mismo en el Antiguo Testamento, en el Nuevo Testamento y en la actualidad. ¡No nos confundamos! El Dios del Antiguo Testamento no es un Dios “castigador”, como suele escucharse en algunos corrillos cristianos –o de parte de algunos de nosotros- al compararlo con Jesucristo Dios en el Nuevo Testamento.

Si, como dice San Juan, “Dios es Amor”, y Dios no cambia, Dios desde siempre ha sido Amor, es Amor y seguirá siendo Amor para siempre.

En efecto, nos dice el Catecismo (cf. #218) que el pueblo del Antiguo Testamento pudo descubrir que la razón que Dios tuvo para revelársele y para escogerlo como Su Pueblo, fue precisamente su Amor Infinito e Inmutable, apreciación que recoge la Biblia muy claramente: “Te ha elegido por el amor que te tiene y para cumplir el juramento hecho a tus padres” (Dt. 7, 8) … “porque amaba a tus padres” (Dt. 4, 37) … “sólo con tus padres estableció Yavé lazos de amor” (Dt. 10 ,15).

Y si estos enunciados de amor del libro del Deuteronomio fueran insuficientes para convencernos que Dios es Amor siempre, ¿qué decir de la clemencia y la misericordia de Yavé, Quien no cesó de salvar al Pueblo de Israel, a pesar de sus repetidas infidelidades y reclamos?

Y ¿qué decir de las declaraciones de amor que Dios, como Esposo fidelísimo, hace a su Esposa infiel, a su Pueblo –prefiguración de su Iglesia- a través de uno de sus Profetas? “Por eso ahora la voy a conquistar, la llevaré al desierto y allí le hablaré a su corazón…

Y allí ella me responderá como cuando era joven. Aquel día, dice Yavé, ya no me llamarás más ‘Señor mío’, sino que me dirás ‘Esposo mío’ … Yo te desposaré para siempre. Justicia y rectitud nos unirán, junto con el amor y la ternura. Yo te desposaré con mutua fidelidad, y conocerán Quién es Yavé” (Os. 2, 16…23.

Entonces … ¿Quién es Yavé?

El mismo Dios de ayer, de hoy y de siempre, el Dios que es Amor –y que es todo lo demás que es, con todos sus atributos- y que es así, tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento, como hoy y como siempre, para toda la eternidad. “Dios no se muda”, dice bien Santa Teresa de Jesús. Dios es siempre el mismo. He allí la Inmutabilidad de Dios.

ETERNIDAD DE DIOS

La Eternidad de Dios es una consecuencia de su Inmutabilidad. Y esto es así porque cuando hablamos de “eternidad” estamos hablando de “no-tiempo”. El tiempo es en sí mismo “cambio”, medición de movimiento. El tiempo comenzó con la creación del universo cambiante. Dios no cambia, todo lo creado cambia.

Ahora bien, debido a nuestra inteligencia y lenguaje limitadísimos, tenemos que hablar de pasado, futuro y presente de Dios: decimos, por ejemplo, “Dios siempre fue y siempre será”. O bien, “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”. Pero, en realidad, estrictamente hablando, en Dios no hay ni pasado ni futuro.

Dios es Eterno porque no cambia, porque es Inmutable. Para Dios, no hay sucesión de tiempo, ni medición de duración. Para Dios hay sólo un “eterno presente”. Dios simplemente “es”.

De allí que al darnos su nombre “Yo Soy”, en seguida nos dice que “Yo Soy” es su nombre “para siempre” (Ex. 3, 14-15).

Otras citas de la Biblia sobre la Eternidad de Dios:

“Antes que nacieran las montañas y aparecieran la tierra y el mundo, Tú ya eras Dios y lo eres para siempre” (Sal. 89, 2).

“Tú siempre eres el mismo y tus días no tienen fin” (Sal. 101, 28).

“Mil años para Ti son como un día, un ayer, un instante de la noche” (Sal. 89, 4).

“Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, El que Es, el que era y el que ha de venir, el Señor del Universo” (Ap. 1, 8).

“Alábenlo todos los vivientes, porque El es nuestro Dios y Señor, y nuestro Padre para siempre … Alaben al Rey de los Siglos” (Tob. 13, 4 y 7b).

“Al Rey de los Siglos, al Dios Unico que vive más allá de lo que perece y de lo que se ve, a El honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén” (1 Tim. 1, 17).

Si Dios es Eterno, entonces nunca hubo un momento en que Dios no existiera. También significa que Dios nunca dejará de existir. Dios no tuvo principio, ni tendrá fin.

Sólo Dios es eterno: sin principio ni fin. De allí que, a pesar de que a veces se diga que el alma es eterna o que los Angeles son eternos, en realidad es más apropiado hablar de los Angeles como seres inmortales, mas no eternos, pues inmortal significa que no tendrá fin, pero que sí tuvo principio. Y los Angeles son seres creados; no existen desde la eternidad.

Asimismo, es preferible hablar de nuestra alma inmortal, pues no muere, sino que se separa del cuerpo al morir la persona humana, pero hubo un momento, el de nuestra concepción, en que fue creada por Dios, es decir, en que tuvo un principio.

Para tener una idea de lo que es la Eternidad de Dios, pensemos que a si alguien se le ocurriera tomar un solo granito de arena y ponerlo en el mar, y hacer ese movimiento sólo cada mil años, llegaría un momento en que se acabaría la arena. Ese tiempo larguísimo que tomaría esta absurda tarea es ¡nada! si la comparamos con la Eternidad de la existencia de Dios.

De allí que San Pedro, el primer Papa, nos pueda decir: “Delante del Señor, un día es como mil años y mil años son como un día” (2 Pe. 3, 8).

UNICIDAD DE DIOS

Unicidad no es lo mismo que unidad. Unidad significa que Dios es uno. Unicidad significa que es único.

Un ser puede ser uno sin ser único. Si en el mundo no existiera sino un solo ser humano, ése sería no solamente un ser humano, sino que sería el único.

Dios, entonces, es uno y, además, es único, pues existe solamente un Dios. No existe más que un solo y verdadero Dios.

Desde el comienzo de la humanidad ha habido la tendencia a negar este atributo divino. Harto conocido es el politeísmo, error que admite varios o muchos dioses.

El Politeísmo se presenta en varias formas:

Demonolatría: culto a espíritus malignos (considerados buenos y malos) común en griegos y romanos, subsiste hoy en algunos orientales y en Oceanía, y revitalizada en nuestros días por el New Age (canalizaciones, comunicación con supuestos “ángeles”, maestros ascendidos, etc.)

Sabeísmo: culto a los astros, corriente en Persia, con algunos adeptos en Grecia.

Antropolatría: culto a los hombres (Júpiter y Saturno en Grecia, los emperadores en Roma y los antepasados en China). También revitalizada por el New Age (culto a maestros y gurúes).

Zoolatría: culto a los animales, propio de Caldea, Egipto y la India.

Fetichismo: culto a la naturaleza inanimada, como los ríos, la tierra, el fuego, árboles, ídolos, etc., practicado por los egipcios y aún hoy por algunas tribus indígenas y africanas. Idem con el New Age (por ejemplo, Gaia o madre tierra)

Otro error con respecto de la unicidad de Dios es el dualismo, por medio del cual se admite un doble principio supremo: uno del bien, del que proceden todos los bienes, y otro, del mal, del que proceden todos los males.

Dualismos hay el persa, el egipcio, el hindú, etc. En la actualidad se encuentra muy revitalizado este error también con el New Age, haciendo ver que el bien y el mal forman parte de una misma unidad dualista (yin/yan).

En el campo teológico, está el Maniqueísmo, herejía dualista introducida en Persia por Mani, contra la cual luchó arduamente San Agustín, proponía dos deidades: Dios y Satanás.

Entre las sectas modernas, el mayor y más fantasioso atrevimiento dualista lo trae el Mormonismo, el cual -entre otros muchos errores- iguala a Cristo y Satanás.

Citas bíblicas sobre la Unicidad de Dios:

Antiguo Testamento:

“Y porque lo has visto, ahora sabes que Yavé es Dios y que no hay otro fuera de El” (Dt. 4, 35).

“Escucha, Israel: Yavé, nuestro Dios, es Yavé- único” (Dt. 6, 4).

“Ven ahora que Yo, sólo Yo soy, y que no hay más Dios que Yo. Yo doy la muerte y la vida, y hiero, y soy Yo mismo el que sano, y no hay quien se libre de mi mano” (Dt. 32, 39).

“Así habla el Rey de Israel y su redentor, Yavé de los Ejércitos: ‘Yo soy el primero y el último; no hay otro Dios fuera de Mí. ¿Quién es igual a Mí? Que se pare y lo diga, que me cuente y me demuestre que anunció lo que debía pasar y nos dijo con anticipación las cosas futuras. No se asusten ni tengan miedo ¿no es cierto que se lo había anunciado desde hace tiempo? Ustedes ahora son mis testigos: ¿hay acaso otro Dios fuera de Mí? ¡No! No existe otra Roca, que Yo sepa’” (Is. 44, 6-8).

“Yo soy Yavé, y no hay otro igual, fuera de Mí no hay ningún otro Dios” (Is. 45, 5).

Nuevo Testamento:

“Jesús le contestó: ‘El primer mandamiento es Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es un único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu inteligencia y con todas tus fuerzas” (Mc. 12, 29-30).

“Esta es la vida eterna: conocerte a Ti, único Dios verdadero, y al que Tú has enviado, Jesús, el Cristo” (Jn.17, 3)

“Sabemos que un ídolo no es nada en realidad y que no hay más Dios que el Unico” (1 Cor. 8, 4b).

“Un solo cuerpo y un mismo espíritu, pues ustedes han sido llamados a una misma vocación y una misma esperanza. Un solo Señor, una sola Fe, un solo Bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todos, que actúa por todos y está en todos” (Ef. 4, 4-6).

Aunque la unidad y la unicidad de Dios consta en todos los Concilios desde el de Nicea (325), en el cual se redactó el Credo Niceno-Constantinopolitano, el Concilio Vaticano I (1870) declara firmemente:

“Si alguno negare al único y verdadero Dios, Señor y Creador de las cosas visibles e invisibles, sea anatema” (Denz. 1801).

(“Anatema”: en el A.T. aquello que es o que debe ser separado; luego, pasó a significar la excomunión o exclusión de la Iglesia; actualmente se usa en declaraciones para significar aquello que la Iglesia rechaza).

OMNIPRESENCIA DE DIOS

“Omnis” viene del latín “todo”. Es así como Omnipresencia significa que Dios está siempre presente en todas partes.

Y cuando decimos que está en todas partes, no es que una parte de Dios esté en un sitio y otra en otro: Dios está Todo El en todas partes.

Entonces, si no podemos hablar de tiempo refiriéndonos a Dios, tampoco podemos hablar de espacio, pues la presencia de Dios no tiene límites.

De allí que el sabio Rey Salomón, en su oración al dedicar el Templo de Jerusalén, exclamara: “Si los cielos invisibles no pueden contenerte, ¿cómo permanecerás en esta Casa que yo te he construido?” (1 Rey. 8, 27)

El santuario de Dios es el infinito. Esto es un gran consuelo. Tal vez lo tomamos como algo ordinario, pero ¿nos damos cuenta de que por la Omnipresencia divina podemos recurrir a Dios en cualquier lugar, pues El está allí donde nosotros estemos? En cualquier parte de nuestro mundo Dios está con todos y cada uno de nosotros, para ayudarnos, para compadecerse de nosotros, para que nos refugiemos en El, para comunicarnos con El en oración.

Es así entonces como no hay un sitio donde Dios no esté. El mismo nos lo dice en la Biblia: “Los ojos de Yavé están en cualquier lugar, observan a los malos y a los buenos” (Prov. 15, 3).

Pero si la Omnipresencia divina es un consuelo para nosotros, también es un aviso. Dios lo ve todo, lo observa todo … hasta nuestros más ocultos pensamientos, deseos e intenciones: buenos y malos. Y además los conoce desde siempre, antes de que tengan lugar en nuestro presente. Y no hay caso en tratar de escapar a su presencia. Bien lo dice el Salmista:

1 “Señor, tú me examinas y conoces,

2 sabes si me siento o me levanto,
Tú conoces de lejos lo que pienso.

3 Ya esté caminando o en la cama me escudriñas,
eres testigo de todos mis pasos.

4 Aún no está en mi lengua la palabra
cuando ya tú, Señor, la conoces entera.

5 Me aprietas por detrás y por delante
y colocas tu mano sobre mí.

6 Me supera ese prodigio de saber,
son alturas que no puedo alcanzar.

7 ¿A dónde iré lejos de tu espíritu,
a dónde huiré lejos de tu rostro?

8 Si escalo los cielos, tú allí estás,
si me acuesto entre los muertos,
allí también estás.

9 Si le pido las alas a la aurora
para irme a la otra orilla del mar,

10 también allá tu mano me conduce
y me tiene tomado tu derecha.

11 Si digo entonces:
"¡Que me oculten, al menos, las tinieblas
y la luz se haga noche sobre mí!"

12 Mas para ti ni son oscuras las tinieblas
y la noche es luminosa como el día.

13 Pues eres tú quien formó mis riñones,
quien me tejió en el seno de mi madre.

14 Te doy gracias por tantas maravillas,
admirables son tus obras
y mi alma bien lo sabe.

15 Mis huesos no te estaban ocultos
cuando yo era formado en el secreto,
o bordado en lo profundo de la tierra.

16 Tus ojos veían todos mis días,
todos ya estaban escritos en tu libro
y contados antes que existiera uno de ellos”.


(Sal. 138, 1-16)

Si Dios nos conoce con ese conocimiento infinito y detallado, ¿nos damos cuenta, entonces, que nuestros pecados los cometemos en presencia de Dios? Si nos avergonzamos de nuestros pecados ante nuestros semejantes, ¿cómo no avergonzarnos ante Dios que todo lo ve? ¿Cómo pretender escondernos de El para pecar?

Lo dice también el Profeta Jeremías: “¿Puede un hombre esconderse en un escondite sin que Yo lo vea? El cielo y la tierra ¿no los lleno Yo?, dice Yavé?” (Jer. 23, 24).

Cuando San Pablo en Atenas, sintiendo gran malestar, pues la ciudad estaba llena de ídolos, al serle requerida una explicación a sus enseñanzas por parte de filósofos griegos, comienza a hablarles del “Dios desconocido”, al que los atenienses –en medio de tantos ídolos- también habían dedicado un altar, en ese famoso discurso en el Areópago proclama:

“El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, siendo Señor del Cielo y de la tierra, no vive en santuarios fabricados por hombres … En realidad Dios no está lejos de cada uno de nosotros, pues en El vivimos, nos movemos y existimos” (Hech. 7, 24 y 28).

Nos está hablando el Apóstol de los Gentiles precisamente de la Omnipresencia de Dios, presencia divina que es indispensable para que podamos vivir, movernos y existir. Es decir, Dios nos da el ser y también nos lo conserva, ya que su presencia está en todo lo creado.

Como resumen de lo que significa la Omnipresencia de Dios, tomemos este breve párrafo de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino:

“Dios está en todas partes:

por potencia, en cuanto a que todos están sometidos a su poder;

por presencia, en cuanto a que todo está patente y como desnudo a sus ojos;

por esencia, en cuanto está en todos como causa de su ser.”


Ahora bien, además de esta presencia común y natural de Dios en todo lo creado, mediante la cual nos mantiene vivos, nos tiene ante su mirada divina y nos somete a su poder infinito, se dan otros tipos de presencia divina sobrenaturales, a saber:

Presencia de inhabitación en el alma:

“¿No saben ustedes que son Templo de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” (1 Cor. 3, 16).

Es una presencia especial de Dios en el alma que participa de la gracia divina, y en virtud de esta participación, habita en ella en forma sobrenatural la Santísima Trinidad.

Ahora bien, en los seres que no están en gracia, Dios está presente solamente dándoles el ser. Y esto es así porque el pecador no permite que la gracia divina lo penetre, está cerrado a la vida de Dios en su alma. Su alma está muerta en vida, es decir, está muerta a la vida sobrenatural, aunque tiene vida natural.

Presencia Personal o Hipostática:
Esta presencia se da solamente en Jesucristo. Es lo que se denomina en Teología “Unión Hipostática”: la humanidad de Jesucristo y la divinidad de Dios unidas. Por medio de esta unión, Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre.

Presencia Sacramental o Eucarística:
Es la presencia real de Jesucristo, con todo su Ser de Hombre y todo su Ser de Dios, en la Eucaristía, bajo las especies de pan y de vino.

Presencia de Visión Beatífica:
Es la presencia propia del Cielo. Si bien Dios está presente en todas partes, no en todas partes se deja ver. Sólo en el Cielo lo veremos tal cual es.

“Ahora vemos como en un mal espejo y en forma confusa, pero entonces será cara a cara. Ahora solamente conozco en parte, pero entonces le conoceré a El como El me conoce a Mí” (1 Cor. 13, 12-13).

OMNISCIENCIA DE DIOS

Si “omnis” significa “todo” y “sciéntia” significa “conocimiento”, la “Omnisciencia” divina significa que Dios lo sabe todo. Y cuando decimos “todo”, es absolutamente todo. Hasta nuestros más ocultos pensamientos, Dios los conoce mejor que nosotros, y los conoce antes de que siquiera se nos puedan ocurrir.

Dios, entonces, conoce todas las cosas: conoce todo lo que ha existido y lo que puede llegar a existir, todo lo que se ha hecho y todo lo que pueda llegar a ser hecho.

Dios conoce perfectísimamente todas las cosas. Y las conoce, no de una manera confusa o general, sino con un conocimiento clarísimo y singular, el cual llega hasta las más mínimas diferencias y detalles.

Esto significa que Dios conoce íntimamente todo lo material y lo espiritual: conoce una partícula de polvo que pueda atascar un mecanismo delicado y conoce igualmente el sentimiento secreto de una persona.

Los textos de la Sagrada Escritura son abundantes y elocuentes:

“Mira el Señor de lo alto de los cielos, y contempla a los hijos de los hombres.

Del lugar en que vive está observando a todos los que habitan en la tierra; El, que solo formó sus corazones, El, que escudriña todas sus acciones”.
(Sal. 32, 13-15)

“Tú sabes, Señor, si me he extraviado, pues no te están escondidos mis errores”. (Sal. 68, 6)

"El mundo infernal y la muerte están a la vista de Yavé, ¡cuánto más los corazones de los hombres” (Prov. 15, 11).

“Porque El reconoció a los que son falsos” (Job 11, 11).

“En efecto, la palabra de Dios es viva y eficaz, más penetrante que espada de doble filo, y penetra hasta donde se dividen el alma y el espíritu, los huesos y los tuétanos, haciendo un discernimiento de los deseos y los pensamientos más íntimos”. (Hb. 4, 12)

“No hay criatura a la que su luz no pueda penetrar; todo queda desnudo y al descubierto a los ojos de Aquél al que rendiremos cuentas” (Hb. 4, 13).

El cuenta las estrellas una a una y llama a cada una por su nombre” (Sal. 146, 4).
“Incluso los cabellos de sus cabezas están contados” (Lc. 12, 7).

Ahora bien, la forma de conocer de Dios y nuestra manera de conocer son bien diferentes. El ser humano va conociendo una cosa tras otra, lentamente, algo parecido a como un niño que comienza a hablar, palabra tras palabra.

No así Dios. Dios conoce todas las cosas de una sola vez. Y las conoce así desde toda la eternidad. El conoce a todos los que hemos vivido, cada árbol y cada planta, cada pensamiento nuestro. Y todo esto, en un instante.

Los especialistas requieren casi una vida para obtener conocimiento en una determinada especialidad. Dios lo conoce todo … todo, todo … instantánea y completamente.

“Me llegó una palabra de Yavé: Antes de formarte en el seno materno te conocía; antes de que tú nacieras, Yo te consagré, y te destiné a ser profeta de las naciones” (Jer. 1, 4-5).

Dios inclusive conoce lo que hubiera sucedido en un caso dado, pero que no llegó a suceder. Por ejemplo, Dios sabe qué hubiera sido de una persona si en vez de haber estudiado para ser Médico, hubiera estudiado Ingeniería.

Otro ejemplo: Dios conoce también lo que hubiera sido de una persona con vocación sacerdotal que, no siguiendo el llamado de Dios, decidió seguir otro camino. Aplicando esto a un caso del Evangelio, Dios supo qué hubiera sido del joven rico si hubiera dejado sus bienes y hubiera seguido a Jesús, quien lo llamó para ser uno de sus discípulos. (cf. Mt. 19, 16-26).

Este conocimiento de Dios que incluye todas las otras alternativas posibles de un instante concreto de la vida de cada uno de nosotros y de la historia de la humanidad lo hace Juez infinitamente Justo, pues al conocer todo, toma en consideración todas las posibilidades. Este tipo de conocimiento divino está descrito por Cristo en el Evangelio, cuando se refiere a dos ciudades donde había hecho muchos milagros:

"¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y Sidón se hubiesen hecho los milagros que se han realizado en ustedes, seguramente se habrían arrepentido, poniéndose vestidos de penitencia y cubriéndose de ceniza. Yo se lo digo: Tiro y Sidón serán tratadas con menos rigor que ustedes en el día del juicio” (Mt. 11, 21-22).

Dios sabe cómo dirigir todo de la mejor manera para llevar a cabo su plan de salvación para cada uno de nosotros. La Sabiduría Infinita de Dios es el funcionamiento de su Omnisciencia.

Dios conoce perfectamente todas las cosas, “por que todo queda desnudo y al descubierto a sus ojos” (Hb. 4, 13), “incluso lo que ha de acontecer por libre acción de las criaturas” (Concilio Vaticano I).

“Yo ya sé que el Rey de los Egipcios no los dejará salir, si no es obligado por la fuerza. Por esto Yo extenderé mi mano y azotaré a Egipto con toda clase de males extraordinarios, de manera que él mismo los echará fuera”
(Ex. 3, 19-20).

“Señor, Tú me examinas y conoces, sabes si me siento o me levanto, Tú conoces de lejos lo que pienso. Ya esté caminando o en la cama, me escudriñas; eres testigo de todos mis pasos. Aún no está en mi lengua la palabra, cuando ya tú, Señor, la conoces entera” (Sal. 138, 1-4).

“Pero hay entre ustedes algunos que no creen. Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que creían y quién lo iba a entregar” (Jn. 6, 64-65).

“En verdad te digo que hoy, esta misma noche, antes de que cante el gallo por segunda vez, me habrás negados tres veces” (Mc. 14, 30).

OMNIPOTENCIA DE DIOS

Dios puede hacer todo lo que desee o decida hacer. Decidir y hacer es para Dios un mismo acto (cf. Sal. 147, 5). Dios no puede hacer lo que no desee hacer. No puede hacer algo malo; tampoco puede contradecirse o crear algo contradictorio (un círculo cuadrado, por ejemplo).

Por ser omnipotente, Dios es el Todopoderoso. Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica que, de todos los atributos divinos, sólo la omnipotencia es nombrada en el Credo o Símbolo de los Apóstoles. (Catecismo de la Iglesia Católica #268). Y lo menciona dos veces. Por algo será … (ver Esencia Física de Dios)

Veamos: la Omnipotencia Divina no es un concepto lejano o poco importante para nuestra vida cristiana. Tampoco puede ser un concepto intimidante (por ejemplo, temer el infinito poder de Dios). Por el contrario, nos dice el Catecismo, que confesar ese atributo divino “tiene gran alcance para nuestra vida”.

Y nos explica por qué. Porque Dios ha creado todo, rige todo y lo puede todo. Es decir su Omnipotencia es universal, o sea que abarca todo. Pero, adicionalmente, no olvidemos que ese poder divino es amoroso, porque Dios es nuestro Padre (cf. Mt. 6, 9), y misterioso porque sólo lo descubrimos en la fe y se manifiesta en nuestra debilidad (2 Co. 12, 9 y 1 Co. 1, 18).

Demostrar el poder infinito de Dios es innecesario. Sólo con conocer algo del universo extraterrestre y del planeta tierra, quedamos admirados. Por las distancias que nos separan de otros planetas, así como el tiempo que tardan las naves espaciales en llegar a ellos, podemos intuir el poder divino.

Para darnos una idea de la inmensidad del poder de Dios, pensemos que algunos de esos astros son tanto más grandes que el sol, que si ocuparan el espacio de éste, tardaríamos en observar su levante desde la tierra más el tiempo que el que el sol tarda en levantarse y ponerse.

Dios, por supuesto, puede hacer cosas que son imposibles para los hombres. Son los milagros, en los que las leyes de la naturaleza puestas por Dios mismo, son suspendidas y/o superadas por El.

Aparte de los milagros de Jesús, en la Biblia tenemos muchísimos más ejemplos del poder divino.

Los tres jóvenes preservados del fuego en el horno ardiente (Dn. 3) o Daniel librado de los leones en el foso (Dn. 6, 10-24). Y San Pedro librado del la prisión (Hch. 12, 1-19).

Como puede verse por los relatos, en estos tres casos, Dios ejerció su Omnipotencia a través de Angeles. Pero Dios tiene muchísimas maneras de actuar con su poder infinito por medio de otros o también directamente: el paso del Mar Rojo, las maravillas en los 40 años del pueblo de Israel por el desierto, etc.

La Omnipotencia Divina aparece no sólo presente en muchas narraciones bíblicas, sino expresamente apoyada con textos específicos:

"Y dijo Yavé a Abraham: ¿Por qué se ha reído Sara? ¿Por qué ha dicho: Cómo voy a tener un hijo ahora que soy vieja? ¿Hay acaso algo imposible para Yavé?” (Gn. 18, 13-14).

“Yavé hace cuanto quiere en los cielos, en la tierra, en el mar y en todos los abismos” (Sal. 134, 6).

“Tú has hecho los cielos y la tierra con el gran poder de tu brazo; nada es imposible para Ti” (Jer. 32, 17).

“Yo soy Yavé, Dios de todos lo vivientes. ¿Hay algo imposible para mí? (Jer. 32, 27).

“Respondió Job diciendo: Sé que lo puedes todo y que no hay nada que te cohiba” (Job, 42, 2).

“Pues todo el mundo es delante de ti como un grano de arena en la balanza y como una gota de rocío de la mañana, que cae sobre la tierra. Pero tienes piedad de todos, porque todo lo puedes” (Sb. 11, 23-24).

“Para los hombres esto es imposible, mas para Dios todo es posible” (Mt. 19, 26).

“Porque para Dios nada es imposible” (Lc. 1, 37).

Aclaremos un poco más lo posible y lo imposible para Dios. Dios puede realizar todo lo que sea intrínsecamente (metafísicamente) posible, o sea, puede hacer todo aquello que no implique una contradicción. Por ejemplo, no es posible que la luz de una vela esté prendida y apagada a la vez, porque esto encierra una contradicción.

Por lo tanto, las contradicciones no están comprendidas dentro de la Omnipotencia Divina. Y es más correcto decir que tales cosas no pueden ser hechas, en vez de decir que Dios no puede hacerlas.

Dios no puede “negarse a Sí mismo” (2 Tim. 2, 13). Dios no puede no existir. Tampoco Dios puede pecar. Porque Dios no puede fallar en su acción o realizar una acción defectuosa.

Ahora bien, la mayor muestra de la Omnipotencia Divina está en la Misericordia de Dios y en el poder de perdonar los pecados.

Lo dijo Jesucristo al curar al paralítico y ser criticado secretamente por los maestros de la Ley: “Qué es más fácil: decir ‘Queden perdonados tus pecados’ o ‘Levántate y anda’. Sepan, pues, que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados” (Mt. 9, 5-7).

Lo dice el Libro de la Sabiduría: “Tienes piedad de todos, porque todo lo puedes” (Sb. 11, 24).

Y esto lo corrobora la Liturgia de la Iglesia en una oración de la Santa Misa: “Dios manifiesta en grado máximo su Omnipotencia, perdonando y usando de su Misericordia”.

Así que, aunque nos impresionen y sobrecojan las muestras que conocemos del poder infinito de Dios, el perdonar nuestros pecados, sanar nuestra alma enferma a causa de éstos e irnos purificando de sus consecuencias para llevarnos a la santidad es la muestra máxima de la Omnipotencia Divina.

MISERICORDIA INFINITA DE DIOS

Que Dios es infinitamente misericordioso significa que perdona a todos los pecadores verdaderamente arrepentidos. Es decir, Dios perdona enseguida cualquier pecado o pecados cuando nos arrepentimos de veras.

“Tan cierto como que estoy vivo, palabra de Yavé, que no deseo la muerte del malvado, sino que renuncie a su mala conducta y viva” (Ez. 33, 11).

Dios nos muestra su Misericordia en la forma como busca al pecador, bien sea a través de beneficios o de sufrimientos. También nos la muestra por su disposición a perdonar, sin importar la gravedad, ni la frecuencia del pecado, requiriendo sólo el arrepentimiento (cf. Sal. 50, 18-19).

En la Sagrada Escritura vemos las variadas formas en que Dios muestra su Misericordia con el pecador:

Como el Buen Pastor que busca la oveja perdida hasta encontrarla (cf. Lc. 15, 4-7).

Dios envió el Profeta Natán a David para reprenderlo y para que se arrepintiera de sus pecados (cf. 2 Sam. 1-14 y Sal. 50).

Jesús busca a la Samaritana (cf. Jn. 4, 1-30).

Al hijo pródigo lo deja caer en calamidades y en la indigencia para que regrese a casa (cf. 15, 11-32).

Defiende a la mujer adúltera (cf. Jn. 8, 1-11).

Recibió con compasión a la mujer pecadora (cf. Lc. 7, 36-47).

Perdonó al buen ladrón, arrepentido y crucificado a su lado (cf. Lc. 23, 39-43). Sobre este caso hay que decir que Dios sí puede perdonar a un pecador al final de su vida, si está verdaderamente arrepentido. Pero todos los autores espirituales desaconsejan dejar el arrepentimiento para el final.

Con respecto al ladrón arrepentido, éste es un caso único en la Sagrada Escritura. Si analizamos los demás ejemplos de arrepentimiento, no son en el último instante de la vida de los pecadores. Sobre este caso, San Agustín muy sabiamente apunta que Dios perdonó a un hombre en el último momento para que nadie caiga en desesperanza, pero perdonó sólo a uno, para que nadie caiga en presunción, que son los dos pecados contra la esperanza: uno que consiste en no tener esperanza y otro que consiste en abusar de la esperanza.

Como vemos por estas muestras de pecados y pecadores de la Sagrada Escritura, Dios está dispuesto a perdonar al más grande pecador, si se arrepiente, no importa que el pecado sea lo más horrible:

“Vengan para que arreglemos cuentas. Aunque sus pecados sean colorados, quedarán blancos como la nieve; aunque sean rojos como púrpura, se volverán como lana blanca” (Is. 1, 18).

"Un corazón contrito y humillado Tú Sañor no lo desprecias" (Sal 50, 19).

Se alegra tanto con el arrepentimiento del pecador que nos dice:

“Hay más alegría en el Cielo por un pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse” (Lc. 15, 7).

Nadie se condena porque ha cometido pecados muy graves, pero muchos podrían condenarse por cometer pecados de los que no se arrepienten.

Hemos visto cómo Dios nos muestra su Misericordia Infinita en varios pasajes de la Escritura. He aquí otros pasajes que enuncian esa Misericordia Divina:

“Pero Tú eres un Dios de perdón, lleno de piedad y ternura, que tardas en enojarte y eres rico en bondad” (Neh. 9, 17b).

“¿Qué Dios hay como Tú, que borra la falta y que perdona el crimen; que no se encierra para siempre en su enojo, sino que le gusta perdonar” (Miq. 7, 18).

“Rasguen su corazón y no sus vestidos, y vuelvan a Yavé su Dios, porque El es bondadoso y compasivo; le cuesta enojarse y grande es su misericordia; envía la desgracia, pero luego perdona” (Joel 2, 13).

“Yo sabía que Tú eres un Dios clemente y misericordioso, paciente y lleno de bondad, siempre dispuesto a perdonar”
(Jon. 4, 2b).

“Tú eres, Señor, bueno e indulgente, lleno de amor con los que te invocan” (Sal. 86, 5).

“El Señor es ternura y compasión, lento a la cólera y lleno de amor; si se querella, no es para siempre; si guarda rencor, es sólo por un rato. No nos trata según nuestros pecados, ni nos paga según nuestras ofensas. Cuanto se alzan los cielos sobre la tierra, tan alto es su amor con los que le temen. Como el oriente está lejos del occidente, así aleja de nosotros nuestras culpas” (Sal. 103, 8-12).

“Porque el Señor es compasivo y misericordioso, perdona los pecados y salva en el día de la angustia” (Si. 2, 11).

“Pues cuánta es su grandeza, tanta es su misericordia” (Si. 2, 22b).

“¡Cuán grande es la misericordia del Señor y su perdón con los que se convierten a El!” (Si. 17, 29).

“El Señor es clemente y compasivo, tardo a la cólera y grande en Amor (Sal. 145, 8).

“Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación: (Lc. 1, 50).

“Sean misericordiosos, como es misericordioso el Padre de ustedes” (Lc. 6, 36).

“Pero Dios es rico en misericordia. ¡Con qué amor tan inmenso nos amó! Estábamos muertos por nuestras faltas y nos hizo revivir con Cristo. ¡Por pura gracia ustedes han sido salvados!” (Ef. 2, 4-5).

JUSTICIA INFINITA DE DIOS

Dios premia todo lo bueno y castiga todos los malos actos. Pero hay que tener claro que nos premia o nos castiga sólo parcialmente durante nuestra vida terrena, porque el premio o castigo pleno tendrá lugar en la otra vida.

La Sagrada Escritura tiene muchísimos ejemplos de castigos en esta vida:

El Diluvio (Gn. 6, 5-7; 10; 17; 22-23).

La destrucción de Sodoma y Gomorra (cf. Gn. 18, 20-21; 19; 13; 24-25).

Muerte del Sumo Sacerdote Helí y de sus hijos (cf. 1 Sam.3, 12-14; 4, 11, 17-18).

Muerte del hijo de David con Betsabé (cf. 2 Sam. 12, 14-19).

Muerte de otro hijo de David, Absalón, quien originó una guerra civil, pero fue derrotado por las milicias del rey (cf. 2 Sam. 17, 1; 12, 14; 18, 9-10, 14b-15).

Pero hay que tomar en cuenta que la Justicia Infinita de Dios será plena sólo en la vida eterna, pues es frecuente la objeción de que los malos no son castigados aquí y por el contrario los que tratan de obrar bien pueden sufrir una serie de inconvenientes y calamidades.

Ante esta argumentación hay que decir que Dios nunca prometió que los rectos recibirían su recompensa en esta vida. Lo que sí nos dijo fue que éstos recibirán felicidad eterna en el Cielo y que los malos serán castigados.

Dios en esta vida da bienes y males a unos y otros, premios y correcciones a unos y otros. Bien lo dice el Señor: “Hace lucir el sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores” (Mt. 5, 45).

Sin embargo, tenemos que creer firmemente que Dios es infinitamente Justo y que su justicia sobrepasa nuestros humanos juicios y las apariencias en esta vida, y que El premiará justísimamente a los buenos y castigará justísimamente a los malos.

“Si ustedes quieren obedecerme, comerán lo mejor de la tierra; pero si ustedes insisten en desobedecerme, será la espada la que los devore” (Is. 1, 19).

Por eso hay que recordar siempre que esta vida no es el final, es sólo pasajera y muy breve: lo verdaderamente importante y perdurable viene después, y es en ese después cuando Dios ejecutará su justicia definitiva.

“El pagará a cada uno de acuerdo con sus obras. Dará Vida Eterna a quien haya seguido el camino de la gloria, del honor, de la inmortalidad, siendo constante en hacer el bien; y, en cambio, habrá sentencia de reprobación para quienes no han seguido la verdad, sino más bien la injusticia. Habrá sufrimientos y angustias para todos los seres humanos que hayan hecho el mal … La gloria, en cambio, el honor y la paz serán para todos los que han hecho el bien” (Rom. 2, 6-10).

Dios premia la más pequeña buena acción y castiga el más pequeño pecado. Ninguna acción, buena o mala, por pequeña que sea quedará fuera del juicio divino.

“El que dé un pequeño vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, no quedará sin recompensa” (Mt. 10, 42).

“Yo les digo que en el día del juicio tendrán que dar cuenta hasta de lo dicho que no podían justificar” En otras traducciones: “hasta de las palabras ociosas” “hasta de lo dicho inútilmente” (Mt. 12, 36).

Dios juzga según la intención de cada cual. Dios ve el corazón y no la apariencia. Y así será su juicio.

“Los hombres juzgan por las apariencias, pero Dios juzga el corazón” (1Sam. 16, 7).

“Porque todos ésos han dado de lo que les sobra, mientras que ella, no teniendo recursos, ha echado todo lo que tenía para vivir” (Lc. 21, 4).

“Este servidor conocía la voluntad de su patrón: si no ha cumplido las órdenes de su patrón, recibirá un severo castigo. En cambio si es otro que hizo, sin saber, algo que merece azotes, recibirá menos golpes” (Lc. 12, 47-48).

Ahora veamos citas bíblicas sobre la Justicia Divina:

“Porque eres justo en todo lo que haces, todos tus caminos son rectos, tus obras son verdaderas y todos tus juicios son irreprochables” (Dn.3, 27).

“Tú eres justo, Señor, y rectos son tus juicios” (Sal. 119, 137).

“Porque el Señor es justo y ama la justicia, los que son rectos contemplarán su rostro” (Sal. 11, 7).

“Hermanos: no se tomen la justicia por su cuenta, dejen que sea Dios quien castigue, como dice la Escritura: ‘Mía es la venganza, Yo daré lo que se merece’, dice el Señor” (Rm. 12, 19).

Esencia Física de Dios


La esencia física de Dios son sus atributos, o cualidades, o perfecciones, todas ellas elevadas al infinito. Ahora bien, el tener que describir los atributos de Dios en forma separada no quita nada a la absoluta simplicidad divina, la cual –como hemos dicho- consiste en que en Dios, puro y simple Espíritu, no hay partes ni componentes.

El problema está en que asumir a Dios y explicarlo es sumamente difícil para los seres humanos, que somos limitados en saber y en lenguaje para expresar la infinita perfección de Dios.

Bien dijo San Agustín (354-430), Obispo de Hipona, Doctor de la Iglesia, uno de los últimos representantes de la Patrística, que Dios no sería Dios si no fuera muchísimo mayor que la capacidad de comprensión de los seres humanos.

Todos los atributos divinos Dios los posee sin medida: todos son infinitos. Esto que parece evidente y harto conocido es muy importante de retener y de saber aplicar en nuestra vida espiritual, porque algunos en nuestro tiempo han querido destacar ciertos atributos divinos, como la Misericordia, por ejemplo, y opacar otros, como sucede con la Justicia Divina. Y uno de los más sorprendentes errores es el pretender esconder o soslayar su Omnipotencia, oponiéndola a su Bondad.

Pero ... ¿nos damos cuenta que en el Credo de los Apóstoles el único atributo de Dios que se menciona es su Omnipotencia? ¿nos damos cuenta que Dios Todopoderoso se menciona no una vez, sino dos? “Creo en Dios Padre Todopoderoso ... está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso”.

Y, observemos, siempre unido a Padre. ¿Por qué? Porque la mayor muestra de la Omnipotencia Divina es la Misericordia y el poder de perdonar nuestros pecados.

No podemos adaptar la medida de los atributos divinos a nuestra conveniencia, ni quitar y poner atributos a Dios, según nuestro capricho. La esencia física de Dios no depende del conocimiento que tengamos de ésta o de nuestra aceptación, porque Dios es lo que es independientemente de nuestra ignorancia y de nuestros deseos. De allí la importancia de conocer adecuadamente los atributos divinos.

Que no nos suceda como los ciegos de aquella fábula que tocando cada uno una parte de un elefante, creyeron ver en cada parte la totalidad del animal: el que palpó una pata pensó que un elefante era como un árbol; el que tomó contacto con la trompa pensó que era como una serpiente; el que tocó el colmillo creyó que un elefante era como un cuerno. Ninguno de los ciegos pudo saber cómo era el animal, pues sólo pudo apreciar una de sus partes.

Nosotros estaríamos en una posición similar, si quisiéramos percibir, retener o admitir sólo alguna o algunas de los atributos divinos. Si bien no podemos captar la inmensidad infinita de Dios, pues es demasiado grande para nuestra capacidad mental, podemos –sin embargo- revisar todos sus atributos y saber que todos ellos los posee en medida infinita.

En la antigüedad, los Persas pensaban que Dios era fuego … y Dios es luz, ciertamente. Los Caldeos, en cambio, pensaban que era una bellísima estrella … y Dios es ciertamente hermosísimo. Ahora bien, estos conceptos insuficientes y reduccionistas de Dios no son errores prevalentes sólo en las antiguas civilizaciones. En efecto, se da el caso en nuestros días que muchos de nuestros contemporáneos, influidos por los conceptos New Age, piensan que Dios es mera energía. Pero Dios es muchísimo más que energía, Dios es Todopoderoso … o más precisamente: Dios es la Omnipotencia misma.

Esencia Metafísica de Dios


La esencia de Dios, o lo que se llama en Teología “la esencia metafísica de Dios” es su “aseidad”. Aseidad viene del latín “a se” (por Sí, por Sí mismo) que nos indica que Dios existe por Sí mismo.

Dios no necesita de nada ni de nadie para existir, Dios se basta a Sí mismo, es decir, Dios es auto-existente y auto-suficiente.

Como Dios es infinito y perfecto, ningún ser creado puede comprender plenamente su naturaleza. Dios, por tanto, resulta incomprensible, inaccesible a nosotros, seres humanos imperfectos y limitados. Así dice San Pablo de Dios: “Al Unico Soberano, Rey de Reyes y Señor de los Señores, al único inmortal, que vive en una Luz inaccesible y que ningún hombre ha visto ni puede ver, a El sea el honor y el poder por siempre jamás” (1 Tim. 6, 15-16).
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