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Un país en la oscuridad - Paul Auster

Info11/26/2008


Nueva novela de Paul Auster
Un país en la oscuridad

Mercedes Estramil

AL IGUAL QUE el clima, Paul Auster suele desmentir pronósticos. Después de un comienzo feliz con aquella trilogía neoyorquina de inspiración borgeana y de un puñado de correctas novelas, Auster urdió algunos plomazos suyos y de otros (Tombuctú, Creía que mi padre era Dios, El libro de las ilusiones), justificables apenas para mantenerse en el candelero de la profesionalidad y ser el neoyorkino más leído en el mundo.

En ese punto, cuando cada nuevo título hacía temblar y afilar las hachas críticas, sorprendió con un ejercicio de muñecas rusas llamado La noche del oráculo (2003), donde se daba el gusto de dejar por la mitad una historia (o varias), mostrando que ni la ficción ni la vida logran la redondez. Bajó la apuesta con Brooklyn Follies (2005), y la volvió a subir con Viajes por el Scriptorium (2006), un libro sobre la vida de los personajes de ficción y sobre la responsabilidad de los escritores. El juego metaliterario tuvo un curso firme en estas últimas novelas, protagonizadas por hombres que salían de enfermedades o entraban en una vejez sin memoria, en las que el autor confirmaba que lo suyo eran las tramas imaginativas, la prosa no brillante pero sí fluida, y el tono melancólico con esperanzas.

Un hombre en la oscuridad (2008) sigue la senda de ese Auster que lo hace fácil, pero lo hace bien. En esta nueva versión de la nocturnidad y lo inconcluso, otro hombre quebrado empieza refugiándose en ficciones y termina reflexionando sobre realidades. El estilo es más depurado, menos jugado al laberinto ingenioso, y el resultado más demoledor.

UN CRÍTICO. August Brill es un viudo de 72 años, paralítico, que vive con su hija, divorciada, y con una nieta cuyo ex novio fue asesinado. Ese plantel de corazones destrozados se compensa con una dieta de ficciones: Brill fue crítico literario y ahora cubre las horas de insomnio inventando historias que no escribe. Su hija en cambio arma una biografía sobre Rose Hawthorne (la hija conversa y piadosa del autor de La letra escarlata), y su nieta analiza viejos filmes de humanistas como Vittorio De Sica, Jean Renoir, Satyajit Ray y Yasujiro Ozu. Por supuesto, cada una de estas aficiones tiene su profunda razón de ser y desde una zona en apariencia digresiva cohesionan una novela que va virando en colores, protagonismos y enfoques.

Al comienzo prima la historia que se inventa Brill: trata sobre Owen Brick, un mago de treinta años, casado, que un día despierta en un pozo convertido en cabo del ejército e inmerso en un 2007 donde se libra la Segunda Guerra de Secesión estadounidense, y donde tendrá la ocasión de ser otro: héroe, desertor, amante de una mujer fatal, asesino, etc. Primero renuente a aceptar la existencia de ese mundo paralelo, sin conocer a Coleridge ni a Borges, Owen termina sin embargo "convencido" por el peso de los hechos de que un hombre, August Brill está soñando la guerra. Brill no supone a su vez que esté siendo soñado (Auster riza el rizo pero sigue siendo novelista de la clase media económica e intelectual estadounidense), pero es consciente de la cualidad pesadillesca de su pasado, de sus malas inversiones y de que con sus actuales fantasías sólo está colocando en el destino la carga de sus errores.

Así, la realidad paralela en la que se ve su personaje sin ser culpable ni responsable por ella, podría equipararse a la vida alternativa de infidelidades que alejaron a Brill de su esposa y lo llevaron a un segundo y desastroso matrimonio. En su ficción, sin embargo, prodiga al adulterio una mirada compasiva y les da a los amantes un final trágico pero compartido.

Tras ese quiebre Un hombre en la oscuridad se mete en los recuerdos familiares de Brill, como si terminada la fantasía reconstructora hubiera que ingresar en la vida real y gris para el balance verdadero. Ayudado por su nieta y su hija este intelectual que es y no es "alguien" (recensionista crítico, pero que no llega a Escritor) repasa su pasado y lo pone en perspectiva con indulgencia, quizá porque después de todo su vida se termina "mientras el peregrino mundo sigue girando", según dice el verso de la buena pero mediocre Rose Hawthorne.

LA GUERRA EN CASA. No es sorpresa que Auster (1947, Nueva Jersey) desprecia a George W. Bush, tanto como Richard Ford o los fallecidos Norman Mailer o Susan Sontag, voces opositoras que reinterpretaron contra corriente incluso la caída de las Torres Gemelas. Lo ha tildado de fascista, y atribuye a los errores de juicio de su gobierno el inicio de la debacle norteamericana, perceptible afuera y adentro del país. En principio no parece que Un hombre en la oscuridad hable de eso, pero sí.

La historia sobre Owen Brick imaginada por Brill transcurre en un país que no sufrió el 11 S ni invadió Iraq. En cambio, varios Estados luchan por la independencia contra los federados liderados por Bush. No es el terror del terrorismo foráneo sino el de la guerra en casa, miedo que subyace tras el deseo de llevarla siempre afuera: "Norteamérica está en guerra, desde luego. Sólo que no la libramos aquí. Todavía no, en cualquier caso", dice Owen. Referencias en varios niveles a la real situación las dan la explicación causal de la guerra (un solo hombre la fabrica, y es un intelectual frustrado) y la solución planteada para "salvar" a EEUU (matar a un desconocido).

De igual modo la "secesión" no es más que una imagen de una ruptura interior, más profunda que la electoral republicanos/ demócratas. Auster parece incluso tomarse en sorna algunos de los postulados independentistas, que parecen sacados de añejas utopías revolucionarias: "Política exterior: no injerencia... Política interior: seguridad social para todos, no más petróleo, no más coches ni aviones, un incremento del cuatrocientos por cien en el salario del profesorado (para atraer a la profesión a los estudiantes más dotados), estricto control de armamento, educación gratuita y formación profesional para los pobres...".

Como dato escondido que moldea en ausencia toda la novela, Iraq aparece recién en las últimas páginas. No en un episodio bélico, sino bajo la forma eufemística de un daño colateral sufrido por un civil estadounidense secuestrado en Irak. Más allá de lo que le ocurre a ese personaje secundario y de lo que eso incide en las historias principales, importan las posibles razones por las que ese chico, objetor de conciencia hasta no hace mucho, decide ir a trabajar a un país extranjero invadido por el suyo. Son las razones de la frustración: sentirse un joven escritor fracasado, perder a la novia, necesidad de ser alguien y ganar dinero. Auster no hace un alegato pacifista ni moralista ni convierte su novela en ensayo. Su visión es la de una humanidad que no aprende y sólo se redime en un radio muy cercano a su individualismo: la propia familia y amores, la propia creación.

Tiene sentido que le dedique esta novela, donde el Holocausto es aludido en historias tangenciales, al escritor israelí David Grossman y a su familia. Pero tiene sentido por una guerra más cercana: el hijo menor de Grossman fue un sargento muerto a los veinte años bajo un misil de Hezbollah en la Segunda Guerra del Líbano en 2006. Grossman había comenzado apoyando la ofensiva israelí; luego defendió el cese del fuego y las negociaciones de paz. De esa oscuridad de la noche que cae de golpe sobre el hombre -un accidente, la guerra, la pérdida de los seres queridos- es de lo que habla la novela de Auster, y de cómo seguir adelante incluso con poca luz.

UN HOMBRE EN LA OSCURIDAD, de Paul Auster. Editorial Anagrama, Montevideo, 2008. Distribuye Gussi. 207 págs.







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