Eran más o menos las tres de la tarde cuando apareció Pablo Echarri en el puesto de diarios donde laburo. Me llevé una grata sorpresa al reconocerlo y cuando yo estaba por saludarlo sacó un celular anticuado y se puso a hablar muy bajito. A cada rato me hacía una seña con la mano como diciendo que espere, mientras se formaba una cola de clientes detrás suyo que no tardaron en reconocerlo también.
La gente quería saludarlo, y Pablo se limitó a sonreír tímidamente en torno suyo. No me animaba a atender al resto por temor a quedar mal con él, así que esperé a que terminara su conversación. Viendo que pasaron cinco minutos y la gente detrás suyo se impacientaba, me dispuse a atender a una anciana de la fila. Pero Pablo Echarri se interpuso y se me acercó, sin despegar el celular del oído.
"Dame un miente" me dijo en voz baja sin mirarme a los ojos y a dos centímetros de mi cara.
"Un que?" le pregunto yo echandome hacia atrás. No entendia de lo que estaba hablando.
De repente se cruzaron nuestras miradas. Pablo me observaba con incredulidad, como si estuviese hablando de algo obvio. Pude notar que se encontraba muy pálido, con unos ojos vidriosos y las ojeras muy marcadas. Los labios le temblaban mientras conversaba por celular. Al tenerlo cerca advertí que éste era en realidad una caja de Marlboro de 20. Quería preguntarle si se sentía bien pero me contuve ya que no quería ofenderlo.
"Un miente" dijo y me señaló la pila de Clarines que tenía sobre el mostrador. Yo tomé un ejemplar y se lo dí, y acto seguido me pidió una silla porque "quería atarse los cordones". Noté que tenía puestos zapatos de hebilla, muy sucios y naturalmente sin cordon alguno para atar.
Le di un banquito que tenia por ahi, se sentó y desplegó el diario. Se lo puso a olfatear como un perro.
Estaba bloqueando la salida, pero me daba vergüenza pedirle que se corra. Guardó la caja de cigarrillos y dijo en voz alta que lo llamaban de "Hollywood", sonrió y me guiño ambos ojos repetidas veces.
Se quedó abstraido leyendo las páginas, y de repente arrancó un par -los clasificados- y me los dio
"Esto no me sirve ya"- dijo, "Esto es aburrido" y me dio los policiales y el suplemento de negocios. La gente rodeaba incrédula al actor mientras este desmenuzaba frenéticamente el diario.
De repente Echarri chifló y me señaló el Banco Río que está en frente del puesto. Me dijo que ahí estaba su mujer, y me ordenó expresamente que le avisara si venia.
En efecto, Nancy Duplaa estaba dentro del banco esperando en la cola de un cajero. Un tumulto de gente la rodeaba y conversaba con ella.
Pablo irrumpió en carcajadas mientras leía el suplemento de fúnebres y subrayaba los nombres con una birome toda mordida, como si fuera una sopa de letras. La anciana detrás de él le preguntó si se encontraba bien y le apoyó una mano en el hombro, pero la sacó aterrada cuando Echarri se puso a gruñir y a temblar. Los clientes se retiraron espantados y quedamos los dos solos.
Echarri se dispuso a leer el sector de tiras cómicas y bostezó. Me preguntó en qué página estaba Gaturro a lo que yo le dije que Nik solo dibujaba para La Nación, pero por desgracia ya no me quedaban más ejemplares. Acto seguido me pidió algo con dibujos porque "no tenia ganas de leer".
La verdad yo quería terminar con ésto rápido así que le pregunté si se iba a llevar el diario, porque Nancy ya estaba saliendo del banco.
Al decirle esto se levantó de golpe y se precipitó adentro del puesto antes de que yo pudiese reaccionar. Apoyó un dedo en sus labios y explicó que ella no podía verlo a él leyendo el Clarín porque se iba a "armar la gorda".
Nancy Duplaa se acercó y me preguntó si había visto al marido. Me sorprendió lo excedida de peso que estaba, con sus largos cabellos muy enmarañados y desteñidos. Echarri desde adentro del puesto me dijo en voz baja que si decía algo yo era boleta. Me puse muy nervioso. Después me dijo que era joda pero que me quede en el molde por la "amistad que nos une".
Nancy Duplaa sacó un billete de 500 pesos y me pidió que se lo cambiara porque los cajeros no tenían cambio. Le di 5 billetes de 100, y ella me dijo muy apenada que necesitaba mas chicos. Le di 10 de 50 pero también se opuso. Me explicó ofendida que quería todo el cambio en monedas de 1 peso y si no accedía iba a ir con el primer oficial que encontrara y me iba a denunciar "por abuso sexual agravado".
Desde adentro del puesto Pablo Echarri soltó una carcajada. Estaba leyendo un ejemplar de Condorito.
"Conque lo tiene ahí adentro"- dijo Nancy. Yo no sabía que decirle. Me dijo que era un mentiroso y que "en Estados Unidos los canillitas son mas educados" y que yo "guardaba las monedas de un peso para revenderlas". Se metió adentro furiosa y yo me corrí, pero por fortuna me ignoró y fue directo al marido.
Lo sacó del puesto tirándolo de la oreja y ambos se alejaron. Estuve un rato abstraído reflexionando sobre el extraño acontecimiento, y caí en la cuenta de que se habían olvidado el billete de 500 pesos.
Salí del puesto con la intención de devolverlo pero ya habían desaparecido. Al mirarlo me dí cuenta que era un billete de dos pesos pintado con marcador verde.
No se los vió nunca más por el barrio.