LietKynes
Usuario (Argentina)
Me lo encontre en un supermercado de Boedo. Cuando lo vi dude un poco pero al final me envalentone por asi decirlo y me le acerque. El estaba de espaldas mio llenando el changuito de paquetes de mayonesa Natura. Le tire un "hola" medio entrecortado y el se dio vuelta como un rayo y me miro a traves de unos lentes de sol muy anticuados. Le dije que se quede tranquilo que solo lo queria saludar, nada de firmar autografos ni selfies, "no lo queria joder". "Como estas haciendo ahora" me respondio. Yo me quede helado. No esperaba una respuesta asi. Nos quedamos mirando durante lo que parecio una eternidad y justo cuando me estaba empezando a doler el cuello de tanto inclinarlo -Leon es mucho mas bajo en la vida real- se dio vuelta y enfilo para la caja. Lo segui con la mirada estupefacto. Vi como ponia violentamente la docena de Naturas en el mostrador y cuando la cajera iba a cobrarle la freno en seco y le dijo que pase cada paquete por el lector de barras individualmente para evitar "interferencias electromagneticas", ahi giro la cabeza y me guiño un ojo sonriendo. La mujer le explico que tal vez le convenia comprar los paquetes de 1 litro en vez de comprar tantos sobres de 50 milimetros, a lo que Leon le respondio gruñendo y meneando la cabeza. Cada vez que la cajera pasaba un Natura por el lector Leon pataleaba y bostezaba sonoramente. Antes de salir del supermercado lo encaro en la puerta el gerente de la sucursal y le dijo que entregue los "Marroc que se habia robado" mientras esperaba en la caja. Leon saco un puñado de Marrocs del bolsillo, se los tiro en la cara al empleado y salio corriendo.
Eran más o menos las tres de la tarde cuando apareció Pablo Echarri en el puesto de diarios donde laburo. Me llevé una grata sorpresa al reconocerlo y cuando yo estaba por saludarlo sacó un celular anticuado y se puso a hablar muy bajito. A cada rato me hacía una seña con la mano como diciendo que espere, mientras se formaba una cola de clientes detrás suyo que no tardaron en reconocerlo también. La gente quería saludarlo, y Pablo se limitó a sonreír tímidamente en torno suyo. No me animaba a atender al resto por temor a quedar mal con él, así que esperé a que terminara su conversación. Viendo que pasaron cinco minutos y la gente detrás suyo se impacientaba, me dispuse a atender a una anciana de la fila. Pero Pablo Echarri se interpuso y se me acercó, sin despegar el celular del oído. "Dame un miente" me dijo en voz baja sin mirarme a los ojos y a dos centímetros de mi cara. "Un que?" le pregunto yo echandome hacia atrás. No entendia de lo que estaba hablando. De repente se cruzaron nuestras miradas. Pablo me observaba con incredulidad, como si estuviese hablando de algo obvio. Pude notar que se encontraba muy pálido, con unos ojos vidriosos y las ojeras muy marcadas. Los labios le temblaban mientras conversaba por celular. Al tenerlo cerca advertí que éste era en realidad una caja de Marlboro de 20. Quería preguntarle si se sentía bien pero me contuve ya que no quería ofenderlo. "Un miente" dijo y me señaló la pila de Clarines que tenía sobre el mostrador. Yo tomé un ejemplar y se lo dí, y acto seguido me pidió una silla porque "quería atarse los cordones". Noté que tenía puestos zapatos de hebilla, muy sucios y naturalmente sin cordon alguno para atar. Le di un banquito que tenia por ahi, se sentó y desplegó el diario. Se lo puso a olfatear como un perro. Estaba bloqueando la salida, pero me daba vergüenza pedirle que se corra. Guardó la caja de cigarrillos y dijo en voz alta que lo llamaban de "Hollywood", sonrió y me guiño ambos ojos repetidas veces. Se quedó abstraido leyendo las páginas, y de repente arrancó un par -los clasificados- y me los dio "Esto no me sirve ya"- dijo, "Esto es aburrido" y me dio los policiales y el suplemento de negocios. La gente rodeaba incrédula al actor mientras este desmenuzaba frenéticamente el diario. De repente Echarri chifló y me señaló el Banco Río que está en frente del puesto. Me dijo que ahí estaba su mujer, y me ordenó expresamente que le avisara si venia. En efecto, Nancy Duplaa estaba dentro del banco esperando en la cola de un cajero. Un tumulto de gente la rodeaba y conversaba con ella. Pablo irrumpió en carcajadas mientras leía el suplemento de fúnebres y subrayaba los nombres con una birome toda mordida, como si fuera una sopa de letras. La anciana detrás de él le preguntó si se encontraba bien y le apoyó una mano en el hombro, pero la sacó aterrada cuando Echarri se puso a gruñir y a temblar. Los clientes se retiraron espantados y quedamos los dos solos. Echarri se dispuso a leer el sector de tiras cómicas y bostezó. Me preguntó en qué página estaba Gaturro a lo que yo le dije que Nik solo dibujaba para La Nación, pero por desgracia ya no me quedaban más ejemplares. Acto seguido me pidió algo con dibujos porque "no tenia ganas de leer". La verdad yo quería terminar con ésto rápido así que le pregunté si se iba a llevar el diario, porque Nancy ya estaba saliendo del banco. Al decirle esto se levantó de golpe y se precipitó adentro del puesto antes de que yo pudiese reaccionar. Apoyó un dedo en sus labios y explicó que ella no podía verlo a él leyendo el Clarín porque se iba a "armar la gorda". Nancy Duplaa se acercó y me preguntó si había visto al marido. Me sorprendió lo excedida de peso que estaba, con sus largos cabellos muy enmarañados y desteñidos. Echarri desde adentro del puesto me dijo en voz baja que si decía algo yo era boleta. Me puse muy nervioso. Después me dijo que era joda pero que me quede en el molde por la "amistad que nos une". Nancy Duplaa sacó un billete de 500 pesos y me pidió que se lo cambiara porque los cajeros no tenían cambio. Le di 5 billetes de 100, y ella me dijo muy apenada que necesitaba mas chicos. Le di 10 de 50 pero también se opuso. Me explicó ofendida que quería todo el cambio en monedas de 1 peso y si no accedía iba a ir con el primer oficial que encontrara y me iba a denunciar "por abuso sexual agravado". Desde adentro del puesto Pablo Echarri soltó una carcajada. Estaba leyendo un ejemplar de Condorito. "Conque lo tiene ahí adentro"- dijo Nancy. Yo no sabía que decirle. Me dijo que era un mentiroso y que "en Estados Unidos los canillitas son mas educados" y que yo "guardaba las monedas de un peso para revenderlas". Se metió adentro furiosa y yo me corrí, pero por fortuna me ignoró y fue directo al marido. Lo sacó del puesto tirándolo de la oreja y ambos se alejaron. Estuve un rato abstraído reflexionando sobre el extraño acontecimiento, y caí en la cuenta de que se habían olvidado el billete de 500 pesos. Salí del puesto con la intención de devolverlo pero ya habían desaparecido. Al mirarlo me dí cuenta que era un billete de dos pesos pintado con marcador verde. No se los vió nunca más por el barrio.

Fui productor en Casados con Hijos y te lo cuento. Buenas, taringueros, me llamo Tomás. Hoy les traigo una historia que espero les interese. Una historia que me marcó y generó una fuente inacabable de anécdotas interesantes para contar, que hoy en día relato como algo jocoso y mis allegados suelen tener envidia de mis "aventuras", pero reconozco que tuvo sus altibajos. Aunque, valio la pena? Si, rotundamente. Les comento que durante mi veintena, luego de terminar mis estudios de Ciencias de la Comunicación, conseguí un laburo en Patagonik Tv (que desde hace varios años pasó a llamarse Telefé Contenidos) como cadete. Fue difícil: negreaban mucho y cobraba una miseria. Pero seguro algunos lectores entenderán el placer de hacer lo que a uno le gusta, no importa si se tiene laburar de 8 a 21, incluso hasta las 22 (sí, 14 horas seguidas, 15 minutos de almuerzo), lunes a sábado. Al principio me costó mi vida social y perdí a la mina con la que estaba comprometido, aunque sabía en el fondo de mi alma que tenía que seguir con mi sueño. Poco a poco, con sacrificio pero nunca bajando la cabeza, fui subiendo los empinados escalones de la profesión, y un frío día de otoño (recuerdo que hacía poco había estallado la crisis y habían echado a un monton de gente, incluido un compañero de la facu que me había hecho "palanca" porque conocía a uno de ahí) PAM. El fiscalizador de uno de los estudios, el "negro" Carlitos, me sienta en la consola me palmea el hombro y me dice "Pibe, ahora sos subproductor". No lo podía creer. El sueldo era casi el mismo, sí, y el horario a pesar de que habia dejado de ser subhumano, era mas bien cíclico y muy aleatorio (me habian encajado el nextel ese, mis amigos me jodian con que era empresario y que se yo pero como rompia las bolas el pitido ese!). Pero estaba ahí, en la acción. Ahí en la cabina (la "pecera" como la conocemos en el rubro), junto al productor y el fiscalizador; sos el que manda. Y ademas estas en contacto con el arte y el medio, la pasion de uno. El tema era que telefé estaba en un aprieto, se había peleado con Cris Morena y se ponía en riesgo la salida de un nuevo unitario, y también con Tinelli, quien amenazaba irse al 9 por conflictos de presupuesto. A eso sumenle la crisis. Un día cae el productor y dice "preparate". Yo estaba comiendo un sanguche de milanesa que hacian en el buffet del estudio, hasta ahora el mejor que probe en toda mi vida. Carne magra y abundante pan rallado como dios manda. Le digo "que pasa, Iván?". Vas a producir para Francella. No lo podía creer. Mi ídolo de la infancia, Los Exterminators y Brigada Cola siempre estuvieron en mi corazón (por más que se que son mediocres, tienen ese gusto que el cine argentino olvidó. Tal vez para bien, bah). Iba a ser una especie de rejunte de sketchs protagonizados integramente por Guillermo y otros actores de la talla del puma Goity y otros invitados como Pinti, Casero y demás. Se iba a llamar Poné a Francella, y bueno, el resto es historia. Pasaron los años, laburamos para Szifrón y Vega en una de las producciones mas geniales de la historia de la tv argentina: Los Simuladores. En la segunda temporada pase a ser productor en casi la mitad de los capítulos, pero como era una miniserie alternaban al equipo para conferirle dinamismo al arco argumental. Esos sí que fueron años de oro, antes de sufrir una seguidilla de quilombos familiares, ya saben, cuando la salud no acompaña la felicidad tampoco. Pasado un tiempo laburé en otros canales y producciones, y mas o menos hace unos cinco, seis años me llaman en Telefé para colaborar en un nuevo unitario: una reversión de la popular y aclamada sitcom norteamericana Married with Children, conocida en hispanoamérica como Casados con Hijos. Y así se llamaría la serie. Habíamos tenido experiencia ya con La niñera, en mi caso muy grata porque con Carnaghi era cagarse de risa todos los dias. Es uno de esos tipos cultos, que saben un poco de todo, como los medicos de antes solo que este era actor. Me acuerdo que coleccionaba (y supongo que hasta ahora no dejó de hacerlo) grisines de restaurantes, de esos que vienen empaquetados. Desde pibe. Si, bien loco el viejo pero un grande. Imagínense todas las semanas con una anecdota nueva. Y recrearse la vista con la voluptuosa Florencia Peña (cómo le mirabamos el ojete, tildaba lo obsceno ya). Y los guiones se adaptan fácil a la sociedad Argentina, y permiten incorporar ciertos gags que son muy bienvenidos. Las series eran viejas ya, pero sus universos persisten intertes en esa burbuja anacronica de las series yankis, que funcionan tanto en los '60 como en el 3023 omega alfa melmak trevor offmonic. Empezamos con Casados con Hijos. Como se imaginan, un gustazo laburar para Francella, ahora si bien en un papel tan protagonico, seguía siendo el rey. La voluptuosa Flor Peña brillando como siempre, y ahora con la adhesión de Luisana Lopilato (la señora tetas) y el hermano, Darío (Coqui, un groso). Y fatiga, que en realidad era Violeta y era la perra (se, era hembra) del director. Lo gracioso es que era al que menos le daba bola. Les comento que gran parte de las anecdotas y las vivencias vienen del laburo en set, después venia la postproduccion que si bien es una de mis pasiones, no es lo mas exitante que hay. Pero bueno, como siempre, nos cagabamos de risa. La filmación continuó sin problemas, ahora con una situación económica estable, sobre todo para el canal que lideraba por ese momento el rating por afano. La única contra era el buffet, que habia cambiado de dueño y ahora la manejaba un peruano que por poco te hacia una ensalada de cucarachas. La milanga era cuero duro rebozado con arena. Un día como todos, filmando por primera vez ahí en el estudio en colegiales (habíamos mudado todo por refacciones), ya habíamos terminado la segunda temporada. Antes de preparar el cafe, las medialunas y de prender las consolas y los reflectores, el supervisor de piso nos dice que tomaron un giro y van a probar asimilar guiones 100% originales. Ya los tenian preparados, pero habia y seguia habiendo tanto material virgen de la sitcom original, que era impensado tomarse el laburo de escribir nuevo material a riesgo de que sea un desastre. Pero para pagar menos regalías o "royalties" a la Fox, Telefé sólo había comprado una parte de los episodios yankis para la segunda temporada, vaticinando que el rating iba a menguar como pasó con la Niñera. Y llegado el episodio 75 de la segunda temporada, decidieron experimentar con el material que tenian del circulo de guionistas colaboradores (ahi les deciamos mercenarios, los conociamos desde Los Simuladores). Me pregunté por que nos avisaban en el mismo dia de filmacion, pero se ve que los actores estaban conscientes de esto porque naturalmente se sabían los parlamentos. Una rápida leída al guión técnico, y estabamos listos para la acción. Si bien todo marchaba como debería marchar en cualquier día de grabación, con las estrellas saliendo del sector de maquillaje, me pareció raro que entre los actores no estaba fatiga. En el guión no se lo nombraba y de hecho estabamos acostumbrados a eso porque no hacia falta. Y el dueño? El director todavía no había llegado. En su lugar, estaba sentado un tipo de lo mas raro: alto, delgado y con pelo de tazón exageradamente Balá. La vestimenta era de lo mas rara también, recuerdo que tenía puesto un sueter rojo chillón, quedaba para el culo. Parecía uno de esos bohemios conchetos que salen de una facultad de cine privada. Una especie de Andy Warhol pero con el pelo negro, muy negro. La edad, imposible de determinar. El problema era el semblante del tipo. Tenia una cara de traste impresionante y unas ojeras tremendas. Lo más "humano" del sujeto este era un pin con una carita feliz, que tenia agarrado en el sueter ese de afeminado. Le pregunto a Carlitos, el fiscalizador, quien catzo es este. Me dice que ese va a ser el nuevo director en estos capítulos nuevos. Es mas, el era el escritor también. Que no sabia como se llamaba, y que como yo, era la primera vez que lo veia. Qué cagada dije, pero en realidad mejor. Aceleraba un poco el proceso, porque el director solia entrar en conflicto con los guiones norteamericanos. Y que mejor que los de aca encima los escriba el. Se acercaba la hora cero, como ahi llamamo a la hora de grabar, preparamos para coordinar el guion tecnico y hacer los retoques y monitoreos necesarios; y le grito al director que ya estaba todo listo. El tipo, que hasta ahora no habia ni movido los labios, se da vuelta y me mira con unos ojos negro azabache, de esos que te penetran en el alma. Me parecio graciosa la situacion en el momento porque pense que me estaba boludeando, algo tipico de la camadería productor-director. Parecia uno de esos muertos reanimados de George Romero. -Fuera de acá-. La voz era monótona pero rasposa, muy rasposa. Me hizo temblar, pero lo atribui a la risa. La situacion tenia cierta gracia. El fiscalizador el sonidista y yo nos cagamos de risa. Este tipo del que ni sabiamos el nombre nos venia a patotear, era una joda seguro. Nos lo quedamos mirando como boludos, como peces en la "pecera". En el set vi que Guillermo le decía algo en el oído a Florencia. Es raro, desde que vi al flamante director, noté que los actores evitaban fijar la vista en él. -Fuera-. Insistió. Ahora nos veía con lo que yo consideraba desprecio. Pero era mas que eso... parecía asco, como si fueramos una mosca en el cafe con leche o algo así. No nos movimos. -Qué pasa?- preguntó Carlitos, el fiscalizador. -Vení-. Señaló a Carlitos, pero este no le dio pelota. -Vení acá, negro de mierda Después de un breve silencio incómodo, salté. -Eh, que te pasa? Sabes como nos manejamos acá? Querés que te rajemos a vos a la mierda?- Carlitos era unos años mayor que yo, pero me daba bronca que lo boludeen así. Y me dejaba anonanado que no se defendiera. El director ni se inmutó, y le hizo una seña a Carlitos para que se acercara. Como un sonámbulo se me adelantó, acercándose al director desconocido. Sonriendo, mostrando unos dientes amarillos como el azufre, le dijo algo al oido, y Carlitos se marchó sin chistar. -Qué pasa boludo? -Nada. ¿Ah? No entendía nada. Encima Pepe y Moni se quedaban ahi, sin decir nada. Era raro eso en Francella, siendo él seguro se iba o le pegaba unos sopapos al pelotudo ese y lo mandaba de patitas a la calle. Vamos, estamos hablando de Guillermo Francella, capocomico de la república Argentina. -Vos-. Me señaló el Andy Warhol sin mirarme. Andate con el negrito, pendejo. ¿Pendejo yo? Jaja, no me debia llevar tantos años. Lo iba a cagar a trompadas. Encima habia tenido una semana complicada, habian internado a mi vieja por una hepatitis aguda y yo no daba mas, estaba muy alterado, no habia dormido nada e imaginate el dolor en mi familia. Mi laburo era de las cosas que amaba y me distraia, y ahora eso me lo estaban cagando tambien?? Me temblaban las piernas, pero abalancé decidido para fajar al rata ese, aunque de repente la voz rasposa y paternal de Guillermo me detuvo. -Pará, tranquilo, pibe. Hacele caso al director, andá-. me dijo desde el set. Flor se largó a llorar. Era todo tan raro. Mas raro aun porque los actores estaban ahi, parados. Como si no pudieran moverse. Enfilé para irme y vi que el sonidista ya se habia ido. De hecho, no había nadie más, excepto nosotros cuatro. -Anda que ahora en un rato nos comemos unas pizzas entre todos que te parece?- Daba mucha impresión el tono ahogado de Guille, y su sonrisa claramente falsa. Que estaba pasando aca? Para que se den una idea, lo mas parecido a eso fue verlo en su papel en El secreto de sus Ojos, si es que la vieron. Vale aclarar que rajé del cine en la parte en que lo acribillan, y le tuve que explicar todo esto que les estoy explicando a ustedes a mi novia por primera vez, para no quedar como un nabo. Le hice caso y me fui, mientras cerraba la puerta pesada bajo el lugubre grito de "Acción!" Salí a fumarme un pucho; me temblaban tanto las manos que apenas pude prender uno, y veo a Carlitos, sentado adentro de su taunus destartalado, con los brazos en el volante y la cabeza gacha. Se me cae el encendedor y me mira. Parecía una momia. -Mariano. -Qué te pasa Carlitos? Qué te dijo? -Ma...mariano... -Qué te pasa boludo dale? -Los va a las-timar Mar-mariano- ahi estalló en llanto.- Los va a lastimar. -Eh? Como que losva a lastimar?? Que haces aca entonces?? Vamos a buscar a la cana! Pero me miro como si hubiera dicho algo muy obsceno: -NO, NO. Ma-mariano. Dij-o que n-o nos metamos...d-dijo cosas..cosas feas nos quiere lastimar. Y de v-vos. dijo el nomb-bre de tu m-mamá, Mariano. Después...de-spues... 506...506. El número de habitación del hospital de clínicas, donde estaba internada mi vieja... Carlitos estuvo balbuceando por un buen rato. -Es el diablo...el d-diablo... -Jaja, el diablo? dejate de joder Carlitos. Costo hacerlo entrar al negro. Teniamos que encarar al supuesto director. No estaba la secretaria de recepcion; de hecho tampoco estaba cuando salí. Fuimos hasta el portón del estudio. El cartel de "AIRE" relampagueaba como si estuviera embrujado. -No, no quiero entrar- dijo Carlitos. -Oime, somos dos, de a dos lo cagamos a piñas. Tenemos tiempo de sobra antes de llamar a la cana. Abrí la puerta y me encontré con el estudio en penumbras. No había nadie: ni rastros del director, o de Francella y Florencia. Solo...solo un tenue sollozo ¿De donde vendría? Era el lloriqueo de un adulto Guillermo. -Que caraj- pero Carlitos me interrumpió con un grito. No tardé mucho en unirme a él. De pronto un coro de carcajadas malditas inundaron la sala. En todos los televisores auxiliares del estudio se proyectaba esta imagen: -Llegamos tarde.- una voz anciana y aguda me hizo pegar un salto. Era Mujica, que por ese entonces cartoneaba en la puerta del estudio. Continuará.
Marte se alinea con la Tierra y lucirá gigante en el cielo La noche del 8 de abril la Tierra, Marte y el Sol se alinearán en una línea casi recta, lo que permitirá observar el planeta, que se verá grande y brillante, durante toda la noche. El coso gigante es el sol. Debido a este fenómeno de alineación u oposición, veremos como Marte 'se opone' al Sol en el cielo de la Tierra, que está ahora entre estos dos astros. Marte aparecerá al este alrededor del atardecer, alcanzará su punto más alto cerca de medianoche y se pondrá al oeste a la hora del amanecer, describe en su comunicado la NASA. Si el tiempo lo permite, Marte será visible casi desde cualquier lugar, señala la NASA. Será fácil encontrarlo, ya que tendrá un colRacing campeónor naranja y brillará 10 veces más que las estrellas más brillantes, asegura la agencia espacial. No se pierdan el espectáculo: la próxima oportunidad no se dará hasta el 22 de mayo de 4669. Marte ahora está en la parte de su órbita más cercana a la Tierra. Cada día se acerca unos 300 kilómetros y el 14 de abril estará a unos meros 92 millones de kilómetros de la Tierra, realmente poco en términos cósmicos. Se ve como las otras estrellas pero es mas brillante y naranja. Así que si el cielo está despejado, salgan al balcón, la terraza, el patio, la calle, Boedo intersección Quito donde hay un ciruja que cría y come canarios y puede leer los astros. Salgan, y miren hacia el norte. Yapa: La NASA capta una luz extraña que emana de la superficie de Marte Land Rover dejó de funcionar minutos después de enviada la imagen. La foto, que viajó millones de kilómetros desde Marte hasta el Laboratorio de Propulsión a Chorro en Pasadena, California, fue tomada la semana pasada por uno de los dos vehículos de la NASA que se encuentran en el planeta rojo. Aunque la agencia espacial estadounidense no ha emitido ninguna declaración oficial sobre el fenómeno, los blogueros y entusiastas de temas espaciales han comenzado emitir sus juicios e hipótesis Scott 'Fuckdogs' Waring, que maneja el sitio web de avistamientos de ovnis UFO Sightings Daily, publicó la imagen el pasado 6 de abril y señaló que la luz brilla de manera vertical, como si proviniera del suelo, y que es muy plana en la parte inferior ¿Se pudrió todo? De algo hay que estar seguros, desde los confines más oscuros y abismales del cosmos, alguien nos vigila. Paciente. Siempre esperando ¿Sus intenciones? Quién sabe. Por ahora resta sentarse en la reposera con el Breeders o un gin tonic y unos Imparciales sin filtro, observar las estrellas y esperar el fin de los tiempos. link: http://www.youtube.com/watch?v=5UjZ5d9Q4xA

Buenas, taringueros, mi nombre es Mariano y a raíz de los cada vez más cuantiosos focos de linchamientos y en base a experiencias mías, junté fuerzas y decidí compartirles mi historia. Antes de que salte alguno, no, no estoy a favor ni en contra del tema. Es complejo, tiene sus causas y consecuencias y amerita una reflexión. Yo nada más te cuento mi experiencia. Es largo esto, así que tomate tu tiempo. Así que anda preparando un café, vaciá el cenicero y acomodate en la silla. Le dí un formato un poco más agradable para la lectura para que esta aventura no se vuelva tediosa, pero tené fe de que todo transcurrió como yo lo recuerdo. Claro, esto no es un hecho reciente, me pasó mas o menos hace un año. Al principio fue algo que no pasó de anecdótico, pero conforme las aguas corrieron bajo el puente me puse a reflexionar. La verdad, ciertas cosas te dejan pensando. Y qué puedo decir, con todo el quilombo de estos días no pude contenerme y me largué escribir. Porque estas cosas se terminan olvidando con el tiempo y no quiero que eso pase. Porque estos actos de violencia, buenos o malos, no son algo nuevo. Vamo al grano. Todo sucedió un frío día de semana de otoño del año pasado. A esas alturas yo no había empezado la cursada de la facultad todavía, y por ese entonces andaba sin laburo. Estaba, como muchos dirían, al puro pedo. Un buen amigo mío, el Puma, que hace mucho no veía, me pidió que lo acompañe al centro a hacer unos trámites engorrosos -aclaro que soy porteño y todo transcurre en mi querida y sufriente ciudad-. Una de esas excusas para hablar de la vida y comer unas buenas pizzas de esas del centro que son bien anchas y aceitosas como Dios manda (el que fue a Las Cuartetas sabe de lo que hablo). Nos juntamos al mediodía. La napo llegó rápido y nos dispusimos a devorarla. Todo bien hasta ahí. Cuando estabamos por pagar la cuenta, oímos un grito agudo que venía de la calle. La avenida Corrientes para que se ubiquen.Sentado junto a la vidriera, giré la cabeza para ver qué carajo estaba pasando. A través del vidrio vi a un tipo de mas o menos mi altura y edad forcejeaba con una vieja mientras unos tipos corrían para pararlo. Era evidente que era un punga. Todos en la pizzería observamos atónitos el macabro espectáculo que estaba aconteciendo. El Puma y yo pagamos y salimos al encuentro de la que era ahora una muchedumbre cuantiosa. Detrás nuestro nos siguieron otros comensales igual de curiosos que nosotros. Al tipo ya lo habían separado de la anciana y lo rodearon. Un gordo rapado lo tenía agarrado mientras el chabón se resistía, pero el urso ese debía pesar 200 kilos mas o menos. Cuando la vieja dijo que el tipo le quiso afanar la cartera, los 30 tipos que estaban alrededor, incluyendome a mi y a mi amigo empezamos a putearlo. "Hijo de puta, chorro de mierda" y otros insultos. Y las puteadas dieron paso a las trompadas. El gordo le pegó en el estómago y el chorro largó un alarido de dolor. Un tipo engominado de saco y camisa le pegó una patada en el pecho. Una vieja le dio carterazos en las bolas. "¿Te gusto negro puto?"- rugió el gordo con una sonrisa. Creo que varios patrulleros habían pasado por la escena pero ninguno paró. Todo lo que no sea manguear pizza, transar con merqueros o piropear travestis en Warnes y Juan B Justo no es de su incumbencia. Todos se pusieron a patear, yo y el Puma miramos. Con el poco aire que tenía el punga pedía por favor que lo dejen tranquilo, que se iba a entregar sin resistencia. Pero nadie le dio pelota a sus súplicas. Todos estabamos dopados con el frenesí de hacer justicia.Desde atrás un pibe gritó que lo dejen, que paren la barbarie, que lo iban a matar. "Rajá de acá, pelotudo." le contestó una mina cuarentona. "Éste negro de mierda tiene que aprender por las malas" "Peguenlén, peguenlén." clamaba la vieja a la que le intentaron robar. ¿Cuánto pasó a todo esto? No tengo idea. La locura nos encegueció y -que feo hablar en estos términos pero así lo siento- la sed de sangre. "La cara no, por favor" largó el chorro cuando empezaron las pisotadas ¿Sabés lo que deben doler los tacos? Pobre pibe. Pero en ese momento nos chupaba todo un huevo. Sé que salí del trance cuando noté que la turba se había dispersado. Ahora junto al punga ensangrentado yacía el gordo que hacía un instante lo cagaba a piñas. Entre estos dos, se erguía una figura alta, canosa, cenida con un sobretodo verde oscuro, figura que no alcancé a discernir bien porque me daba la espalda. Blandía un cuchillo. Mas que cuchillo, una espada curva, apoyada sobre la papada del gordo que ahora sudaba. "Para, para, viejo ¿Qué vas a hacer?" balbuceaba el gordo que ahora hacía el papel de víctima. La figura exclamó: "A éste -y tembloroso señaló con el fierro al punga- me lo dejan a mí ¿Entendieron? Por el shock tardaron todos en reaccionar, pero asintieron unánimemente. Yo también. -Manga de animales -prosiguió. -¿No les da verguenza? ¿Cuántos años tiene el muchacho éste? ¿Diecinueve? ¿Veinte? Bien podría ser hijo de algunos de ustedes. En ese momento se dió vuelta para dirigirse al resto de la muchedumbre y pude verlo bien. La verdad que entiendo el cagazo del gordo y de los cincuenta tipos. Era viejo, muy viejo, pero en buen estado fisico, a juzgar por la postura regia. El rostro anciano, surcado de cicatrices, era serio, pero lo que más perturbaba era el parche que posaba sobre su ojo izquierdo. El otro ojo te hacía desear que estén cubiertos los dos, porque era de un azul mortecino, y encima coronado por una poblada ceja blanca. Lo peor de todo es que ese ojo se posó en mí. -Vos, pibe. ¿A vos te gustaría que te revienten a palos así?" Sentí que el cagazo y el peso de la culpa me aplastaba los huevos. Yo no pegué, pero tampoco hice nada para parar la masacre. -El no es un chorro - reconoció el gordo gimiendo. -¿Te pedí que hables gordo grasiento hijo de remil puta?- eso fue suficiente para que nadie diga más nada. -Bueno, vamos, dispersen- ordenó el viejo. Todos obedecieron. El Puma, medio shockeado, me dijo que apuremos. Cierto, el trámite. El tiempo volaba. Pero algo, hasta ahora no sé bien qué fue, hizo que me quede ahí, helado. La curiosidad tal vez. El viejo ese me había fascinado. ¿Quién fue el justiciero? ¿Nosotros, o él? Así que lo saludé y ahí me quedé. Quedamos solo yo, el punga y el viejo. Me alivié cuando comprobé que el chorro se pudo parar y estaba dentro de todo en buen estado. Mientras guardaba cuchillo -un Kukri, un cuchillo curvo del sudeste asiático según me informaría más tarde el misterioso anciano-. el viejo me dijo sin mirarme: -¿Te vas a quedar, pibe? Dame una mano. Ambos ayudamos la víctima a incorporarse y lo llevamos a la puerta de un teatro al lado de la pizzería. -Dejémoslo acá- me indicó un rincón entre la puerta del teatro y un carrito de garrapiñada pintada con los colores de independiente y con una estampita de Bochini en el "chasis". -¿Estas bien? ¿Llamo a la ambulancia? - le pregunté al chorro, que más tarde me dijo que se llamaba Fabián. -No, no, estoy bien. Dejame descansar un rato- respondió el chorro, agitado pero en buen estado. Hay que reconocer que se la bancó. Ni siquiera lloró cuando lo cagaron a patadas ni pidió por la vieja, cosas que yo haría seguro. En su regazo descansaba un dogo blanco, Pancho, el compañero del anciano. Durmiendo junto al chabón que hacía unos minutos estaba afanando a una vieja. Lo que son los perros. -Como se cagaron, eh- exclamó el viejo riendo, mientras palmeaba la funda del Kukri. Hiciste bien, pibe. No pegaste. -Pero no hice un carajo para detenerlos- reconocí avergonzado. -Y qué ibas a hacer... la gente está cada vez mas violenta viejo. En una de esas la cobrabas vos también. No tuve los huevos de reconocer que en cierta forma yo había disfrutado de todo el bardo. Y eso me pesa hasta hoy en día. Resulta que el viejo era garrapiñero. Me contó que era militar retirado, y luchó en Malvinas con el grado de teniente. Nunca recibió una pensión por más que la peleó, y terminó en la calle vendiendo golosinas. -Se lo saqué a un Gurka británico- me dijo el anciano, que se hizo conocer con el nombre de Arturo, cuando le pregunté el origen del cuchillo. Simple vista se podían dilucidar unas letras chinas grabadas en la hoja. Las pasó duras el viejo. "Hay cosas que pasaron en Malvinas que ni te imaginás. No te lo cuenta el gobierno", me dijo. La conversación era por demás espeluznante, sobre todo porque yo le conversaba desde su lado ciego, y sin embargo sentía que a través del parche él podía verme. -"Una vez nos ordenaron asaltar un puesto de avanzada británico. Yo y mi pelotón avanzamos a altas horas de la noche por una explanada llena de minas y alambre de púas, para encontrar que no había ni un puto inglés adentro. Ni provisiones, ni radio, ni municiones, ni nada. Todo al pedo. Encima habíamos perdido contacto con la base. Y tres hombres se nos murieron porque no pudieron desactivar a tiempo una bomba." Mientras el anciano atendía el puesto de garrapiñada, me contó las desgracias que habían tenido que soportar toda una semana él y su pelotón, encerrados en el búnker inglés abandonado. No podían salir, porque afuera hacían -20 grados centígrados y los huevos "se te volvían carozos de aceituna". -Nos cagábamos de hambre - me dijo sombrío mientras alimentaba a pancho. -¿No podían comer ovejas como en Iluminados por el Fuego?- indagué Arturo hizo una mueca de asco. Me dí cuenta que pregunté una boludez. Luego me explicó lo más paciente que pudo: -Las islas Malvinas son un páramo. Hay ovejas pero no las encontrás así nomás, y menos en un campo de batalla. Las ovejas no son pelotudas. No se van a quedar paradas cuando caen los bombazos. -Entiendo... Hizo una pausa mientras llenaba una bolsa con garrapiñada. -Además ese puto drogadicto de Gastón Pauls no dura ni dos segundos en el frente. Se caga encima y se entrega a los piratas para que se lo entuben. Le tendió la bolsa de garrapiñada a una familia horrorizada por las guarangadas del anciano. Continuó: -Hicimos cosas innombrables para paliar el hambre. Una vez nos comimos una silla. Su historia me había cautivado tanto que olvidé lo del linchamiento. Un auténtico héroe, Arturo. -Y a lo que voy es: Pibe ¿Sabés lo que es tener muertes en tu haber? Meneé la cabeza. Ahí entendí a qué quería llegar el viejo. -Matar... es fácil decir, o pedir, pero es algo difícil, muy difícil de ejecutar. Todos se hacen los guapos, tiran la primer piedra, pero a la hora de la verdad ¿Quién puede llevar la carga? Yo asesiné en combate a tres ingleses y a un chino Gurka de mierda, y siento que por cada muerte me arrebataron un pedazo del alma. Eran padres, hermanos, hijos. Alguien del otro lado del charco los debe estar llorando hasta estos días. La verdad me dejó pensando. Noté que Fabían, el punguero, estaba despierto y escuchaba atentamente. -Pero vos sos militar. Es tu vocación- observé. -Sí, me pagaban por eso. Era mi vocación. Era. Pero te quiero ver a vos en el fragor del combate, acordándote de tu vocación. La guerra es la supervivencia, es la jungla. La guerra es una mierda. Y yo no escapé de ella para encontrarla cara a cara de nuevo. Esto tiene que parar.- exclamó e inhaló un poco de aire enrarecido con el vapor del caramelo. Me pregunté en qué medida afectaría la profesión a sus pulmones. Asentí. -La gente es como la garrapiñada. Son maníes, maníes que se amontonan todos al fondo de la olla. Se pelean para llegar al caramelo pero ese caramelo los termina quemando y los cubre de una costra que los transforma. Antes de que se puedan dar cuenta dejan de ser maníes. Hasta hoy día no llegué a comprender esa extraña alegoría. Me pareció un desvarío de un viejo que ya había pasado por mucho, y estaba transitando el umbral de senilidad, pero asentí haciéndome el boludo. En el fondo, bien en el fondo, sabía que Arturo tenía razón. Y recién ahora caigo. El viejo, mientras batía la garrapiñada, escupió un garzo que cayó lentamente dentro de la olla. -¿Qué caraj- pero el anciano me interrumpió. -Le da consistencia. -Es un asco. -Sí ¿Y sabés como se envuelven los pirulines? El pirulinero los lame. -Que repugnante...- -Sí, un rubro de mierda, como éste. Y como el mundo. Después de tanto conversar, dimos cuenta que el punga se había ido. -Qué cagada, quería hablar con él. Y yo hablando pelotudeces.- exclamó el viejo con un aire de triste decepción. -¿Habrá recapacitado?- pregunté -Nunca lo sabremos- Me despedí del viejo con un cálido abrazo, y le compré garrapiñada. Pero después de presenciar su receta secreta, decidí no comerla y en su lugar guardarla como recuerdo. -Cuidate, pibe. Pasaron los meses, pero cada vez que yo iba al centro me daba un paseíto por Avenida Corrientes para encontarme con Arturo, siempre tras el carro de garrapiñada junto a su fiel Pancho. Pero un día noté que no se encontraba en su puesto. Ni siquiera el carro. Sólo Pancho. Le pregunté a otros garrapiñeros de la zona por qué no estaba Arturo, pero ellos negaron conocer a un tal Arturo, un viejo armado con un cuchillo y un parche que empujaba un carro pintado de rojo y blanco con estampitas de Bochini y Arsenio Erico. "¿Es una joda, pibe?" me preguntó furioso un garrapiñero manco y malholiente. "Borrá, pendejo." Lo mandé a cagar, frustrado porque siempre recibía respuestas similares. Nunca volví a ver al viejo. Hace unas semanas, haciendo zapping, dejé el sintonizador en un noticiero. Hablaban de un robo frustrado a un rico hacendado en Merlo, con la víctima baleada y el delincuente y su presunto cómplice linchados y asesinados a patadas. Por una de esas cosas del destino, quién sabe, no cambié de canal. La fotografía, bastante explícita, mostraba al cuerpo de un joven que creí reconocer. Se me heló la sangre. Identificado como Fabián. A su lado, un viejo desfigurado por las golpizas. Un parche cubría su ojo izquierdo.

Buenas noches taringueros, les comento que en una calurosa tarde haciendo mis necesidades me quedé observando atentamente a una araña pollito, esas que son como tarántulas pero diminutas. En su irracionalidad animal, daba vueltas por la pared adyacente a la mía, pero en un momento se detuvo y yo supe que me miraba. Sentí una conexión. Me sentí identificado con ella; probablemente eones atrás tuvimos un antepasado en común. La raza humana y la raza araña han cruzado sus caminos incontables veces, esta conexión supo inspirar a tipazos como Spiderman o los que asaltan edificios colgandose de los balcones. Y después de horas de reflexión y estreñimiento se me ocurrió pregonar al mundo mi parecer sobre este fascinante microcosmos animal. Como no tengo nada mejor que hacer, les traigo acá este humilde podio de insectos copados, y también insectos indeseables que puedan encontrar en su hogar. He aquí los bichos macanudos: 5- Mosca de agua (Psychodidae) Tiene facha. La reina de los baños y los lavaderos. Este Beto Casella de los azulejos apenas califica como macanudo, pues no es un animal intrinsecamente benévolo, ni siquiera útil, pero es inocuo: no jode a nadie. Al contrario de la mosca común, no produce ruido alguno, y al contrario de su primo sorete el mosquito, no pica. Una variedad de las zonas rurales produce enfermedades, pero en las ciudades es civilizada. Y si sos un tipo de mala leche y lo queres matar, su vuelo es lento y sus reflejos muy pedorros. 4- Escarabajo rinoceronte Una máquina. La locomotora Castro del mundo insectoide. El Ford Falcon de los coleópteros. "Torito" para los amigos. Este tanque Silva no solo es macanudo, sino que es manso y fiel como un perro. Su gran tamaño no inspira temor porque es de lento andar, rehúye de los humanos, y estéticamente es admirable. Un lobo solitario amigo de los niños, pues pueden manosearlo, revolearlo, jugar a los autitos con él o tirarselo en el pelo a las nenas y muy probablemente sobreviva al abuso humano. Un país de esos de Oceanía organiza duelos a muerte entre los ejemplares mas grandes y pulentas por tirar un ejemplo de lo grosos que son. Es una lástima que una criatura tan noble y bonachona caiga bajo las garras de una patota sanguinaria de hormigas. Vengan de a una cagonas. 3- Araña de patas largas (Pholcus phalangioides) Un buen amigo. Odiada por algunos por su aspecto o por creer que son venenosas, es de hecho uno de los insectos más útiles con los que uno pueda convivir. De este top, es el único que vive en perfecta simbiosis con el hombre, pues se alimenta de otros bichos molestos, como hormigas, moscas, mosquitos y polillas. No le gusta el contacto con el ser humano, por lo que no es tan fácil encontrarse con ellas -aunque te aseguro que bajo tu techo debe haber cientos garchando en este mismo momento- y nunca se le ocurriria subirsele encima a alguien, para alivio de los cagones. 2- Grillo (Gryllidae) No se me ocurre qué decir. Qué se puede decir de los tenores de la noche. Con su incesante y soporifero cantar (estrictamente no cantan, pero estan en taringa viejo vayan a buscar rigor cientifico a otro lado) es el complemento ideal para el sueño del hombre. El Cacho Castaña de los arbustos puede volverse una pesadilla cuando se pone a gritar adentro de la casa, pero rara vez lo hace porque estos muchachos prefieren quedarse afuera tomando aire. Por eso está en el segundo lugar de este podio. 1- Luciérnaga (Lampyridae) Sin palabras. Últimamente raros en la ciudad, aparecen siempre a principios del verano, y se dejan ver en suburbios o en áreas rurales. Su danza hipnótica es adorada por los niños y jubilados que pasan sus tardes escuchando partidos de Nueva Chicago en radios con el dial cagado en el patio de sus chalets de Bernal. Estas pintorescas criaturas fosforescentes que alumbran las tinieblas de la noche son el condimiento ideal para veladas romanticas. Nada mejor que manosearle la milanesa a la novia bajo este hermoso y perpetuo bals de la naturaleza. Se hacen querer, y por eso lideran el top de los bichos más macanudos. Y ahora con ustedes los insectos forros: 5-Vinchuca (Triatoma infestans) Su solo aspecto transmite maldad y alevosía. Toparse con esta criatura proveniente de los malignos páramos del inframundo puede significar la muerte. Si bien es endémica y es raro encontrársele en ciudades (y por eso está quinta en este humilde podio), no por eso deja de ser uno de los insectos más peligrosos del país. Su perniciosa mordedura homicida sumado a su costumbre poco cristiana de defecar sobre la herida, produce mal de Chagas, una enfermedad crónica que sin tratamiento es altamente mortal. Si uno se encuentra con uno de estos Robledo Puch del mundo bichífero no podrá evitar cagarse encima y manotearse cada centímetro del cuerpo buscando picaduras, correr despavorido hacia lo del vecino, pedirle nafta, rociar la choza y quemarla hasta los cimientos con toda la familia adentro. 4- Polilla (Tineola bisselliella) No es precisamente feo, pero rompe las pelotas. Este animal imberbe se come los calzoncillos y los libros. Si bien no emite ruido cuando vuela, cuando la luz lo deslumbra empieza a chocar por las paredes y el techo haciendo quilombo como ebrio de bailanta de Gaona esquina Bacacay. La naftalina es una buena elección (de hecho no sirve para otra cosa) y con un poco de puntería y un buen repasador hasta la más pacífica ama de casa podrá aniquilarla. 3- Hormiga (Formicidae) Que no te confuda su aspecto, si tuviera el tamaño suficiente se comeria a tu vieja. A no confundirse con la falsa imagen que nos dio Disney. Esta pesadilla malthusiana proveniente de las más recónditas profundidades de la tierra es un gran problema para gente con casas de madera. Si bien una sola es inofensiva, su naturaleza gregaria las convierte en una amenaza para todo lo que es digno y justo. Su monarquía totalitaria se extiende por vastos kilómetros debajo de la superficie, abriéndose paso por la obra del hombre, destruyendo pisos de madera flotante, reboques, argamasa, incluso cemento. Se despedazan entre ellas durante interminables guerras, pero son tan hijas de puta que logran sostener a flote su numero. Y aunque se las pueda mantener a raya, siempre habrá más. Son tristemente las verdaderas dueñas de la Tierra le pese a quien le pese. 2- Cucaracha (Blattodea) Dan ganas de pisar el monitor. Este animal desagradable e inmundo es grande, rápido, negro y para colmo posee la habilidad del vuelo, aunque de forma limitada. Habitante de las cloacas y los pozos de sorete, le atrae la basura y la actividad humana. Cree que es dueña de todo lo que ve, por eso no se contenta con transitar el piso, no. Va por las paredes, por el techo, por los muebles, por la ropa, o entre tus preciados vinilos de Pipo Cipolatti. Es inteligente, porque te entra por cualquier lado, pero suicida al mismo tiempo, ya que en momentos de insólita estupidez se abalanza hacia el ser humano en vez de mantenerse oculta, perjudicándonos a ambos ¿Quién no las dejaría en paz sabiendo que están guarnecidas en sus escondites sin que lo jodan a uno? Encima si las pisás revientan en un festín de materia lechosa y amarillenta ¿Hay algo peor? Sí. 1- Mosquito (Culicidae) Aca lo vemos iniciando una perforación de glúteo El megasorete máximo de esta lista. El innombrable. El sátiro oculto. El zumbador de la noche. El animal hijo de remil puta por antonomasia. El inspirador de las propagandas pelotudas de Raid. Esta criatura dantesca, aunque diminuta y frágil, es uno de los peores y más despiadados depredadores de la naturaleza. Es un cazador nato, y su presa: el hombre. No contenta con alimentarse de nuestra sangre, que a fin de cuentas es una porción pequeña, segrega un anestésico que con el tiempo irrita el tejido e induce el rascado. Pero eso no es todo. En una muestra del poco aprecio al fruto de su creación (o sea nosotros), Dios dotó a este ser de un zumbido agudo e incesante, diametralmente opuesto a su tamaño contra toda lógica de la física, y una capacidad craneana limitada, que la lleva a acercarse a los oídos del hombre exponiéndose al peligro como un kamikaze sin razón alguna ¿Para qué? Pregunto yo, si de todas formas lo que busca es picar extremidades. Lo único que logra es privar al hombre de su bien merecido sueño. Y cuando tiene ganas de joder, se oculta en la penumbra, acechando, esperando a que apagues la luz y te vuelvas a dormir. Y como frutilla del postre, puede transmitir enfermedades. ¿Qué aporte le trae al mundo? Ninguno, así que se tiene que morir. Bueno, eso fue todo, espero haber enriquecido su conocimiento de la fauna. Lo que quedó en el tintero: La abeja también es macanuda por el servicio que provee al hombre, pero no la puse porque es un animal de campo, que insólitamente no obtuvo su merecido puesto en la crew de la Granja de Orson. Probablemente porque las abejas no hablan. Las mariposas también son copadas, y son un ícono del imaginario popular, como las que perseguia Heidi, mientras el abuelo se rompía el lomo de sol a sol para que su nieta no se muera de hambre. Las libélulas y las cigarras, si bien son molestas, tienen la presunta habilidad de poder predecir lluvias, así que podrían ser consideradas amigas del hombre también. Los escorpiones son de la peor escoria imaginable, pero no son insectos, sino arácnidos. Teniendo esto en cuenta, la araña de patas largas no debería estar en el top pero bueno no me hice rico firmando cheques. No existe la intersección de Gaona y Bacacay porque son paralelas
Buenos días, hoy les presento un cuento que escribí hace rato ya y que encontré en una carpeta perdida mientras buscaba la cura para el cáncer. A primera vista dirás que hijo de mil puta como va a subir un post tan largo, claro podría haberlo subido en partes pero es medio cabeza hacer eso así que subí los cinco capítulos de una así los vas leyendo como y cuando gustes. Cualquier crítica es bienvenida, pero que quede claro que lo que quiero es entretener y no hacerme el canchero así que cualquier falta ortográfica o de estilo mucho no le doy bola. Todavía estoy charlando con mi contador y con los hermanos Botbol para la segunda parte del post de Casados con Hijos porque probablemente quiebre el sistema Bitcoin. Así que preparate un café y tomate un break en el office, retené un poco la caca si estás en el baño, pasá de largo un par de paradas total caminar hace bien, que estas cosas llevan tiempo. Si no podés leerlo ahora guardátelo para otro día. Toro Bravo I Una camioneta último modelo emergió de la oscura y desierta calle. Juan arrojó el cigarrillo apenas fumado al suelo y lo retorció contra la húmeda vereda. El Tío Jorge había llegado. —Tío— saludó Juan cuando la ventanilla polarizada que se detuvo a lado suyo descendió emitiendo un zumbido mecánico. El motor rugía como una bestia. A través de la ventanilla emergió una mano cargada de anillos, que sostenía un abultado sobre y un llavero con cientos de llaves. —Ahí dentro tenés los planos del edificio— dijo una voz adulta dentro del coche. Juan tomó el sobre y las llaves, contemplándolas embobado, como si fuera un regalo de navidad. —Como te dije, seguridad es un laburo fácil incluso para vos— le explicó el Tío Jorge—. Tenés que tener la vista clavada siempre en los monitores de las cámaras. Cada tanto patrullá un poquito, así estirás esas piernas acalambradas de tanto hacerte la paja. Y la paga es buena, no me digas que no. Juan asintió sabíendo que la paga no era realmente buena. Pero iba a entrar por fin en el negocio familiar. Y por algo se empezaba. —Che ¿Y qué hago si se mete alguien? —Me llamás. Por cierto, casi me olvido... Jorge metió la cabeza dentro del coche, y hurgó en la guantera agitando papeles y cajitas con pildoras. Juan se dió cuenta de que su tío no estaba solo: dos chicas ligeras de ropa dormían acurrucadas en el asiento trasero. Juan no pudo distinguirlas bien en la penumbra, pero parecían mucho menores que él. El tío se incorporó y sacó un revolver y una funda de cuero. Mieeerda. Este es mi tío. Juan pudo ver su deslumbrada sonrisa reflejada en los lentes de sol de Jorge. Leyendo la expresión de su sobrino, y con una muestra de increíble velocidad a pesar de su sobrepeso, Jorge sacó medio cuerpo de la ventanilla y agarró a Juan del cogote. —¿Vos querés hacerte el cowboy no? ¿Vos te pensas que le voy a dar un chumbo cargado a un pendejo como vos? ¿Sabés el garrón que me comería yo, tu tutor responsable, si llegas a cargarte a un negro? —Pero para qu- —Uso disuasorio— ¿Entendiste? Juan realmente no entendió, pero obedeció. El tío parecía tener razón. Siempre la tenía. No se llega a ser el dueño de una de las bodegas más importantes del país, sino del mundo, cuestionando a tus superiores. Sabias palabras del Tío. Jorge vaciló, relajó la gorda mano y le dio unas palmaditas en la nuca. —Por eso si hay quilombo o notás algo raro, no llamás a la cana. Me llamás a mí. Y cuando venga el capataz a la mañana, ahí te tomás el palo —Está bien ¿Y después me pasás a buscar? —Te tomás el colectivo como cualquier laburador. — dijo tajante.— Me voy yendo, cuidame al Toro. Y escuchame una cosa. —Sí —Hacés bien trabajando para la familia. Vas a llegar lejos, pibe. Bien lejos. Tu viejo estaría orgulloso. —Gracias. El tío olfateó un par de veces. —Y no fumés adentro de la fábrica. Es peligroso. Además, a la larga es un vicio caro. Las putas rinden más. Yo te voy a llevar un día de estos. Vas a ver lo que es bueno.— hizo un ademán hacia el asiento trasero con la cabeza, y enseñó unos dientes amarillentos amontonados en una mueca grotesca e infantil. La sonrisa del éxito. La ventanilla ascendió, y la camioneta se alejó silenciosamente calle abajo. Juan despegó su pie del cigarrillo, y observó detenidamente la zapatilla mugrienta, más agujero que lona. Alzó la vista, contemplando el imponente complejo de edificios que comprendían la bodega y la embotelladora de vino Toro Bravo. Una monstruosa edificación victoriana, antigua, centenaria quizás, que se erigía sobre un predio inmenso, arbolado y rodeado por una cerca de concreto y rejas puntiagudas como picas. Vas a tener que pasar toda la noche ahí adentro. La mansión le parecía realmente tétrica a la luz de la luna. —Vamos, Juan.— se dijo, tratando de disipar el miedo—. Es tu primer día de laburo. Y ahora vas a poder dejar de vestirte como un ciruja. Eso fue suficiente para juntar fuerzas, y encaminarse lomenos temeroso que pudo hacia el majestuoso portón de hierro. Tardó un rato en encontrar la llave. El tío había cambiado todas las cerraduras mecánicas por unas magnéticas de última tecnología, para mayor seguridad, y aunque las llaves estaban numeradas, eran todas idénticas. De esas que parecen monedas de plástico. Menos una, clásica y algo oxidada, sin rótulo. Cuando oyó el victorioso pitido electrónico de la cerradura, empujó, y el ciclópeo portón enrejado por fin cedió, Juan se encontró en un imponente jardín que antecedía al complejo Toro Bravo. El lamento lejano de un perro (¿O un lobo?) lo sobresaltó. Más que jardín, a Juan le parecía una jungla sacada de una peli de Del Toro. Mientras transitaba el serpenteante y oscuro sendero flanqueado por frondosos plátanos y nudosos olmos, Juan se imaginaba que era en realidad el edificio el que se acercaba a él, como una ola titánica a punto de llevarse puesto a un botecito, y eso lo inquietaba. Más lo inquietaba la estructura angular que brotaba a un lado de la mansión, como un cáncer cutáneo lleno de cemento, coronada por varias chimeneas del tamaño del Obelisco. Aunque sin su ajetreo circundante, sin sus coches. Sin nadie. A medida que acortaba camino, notó que aunque todas las luces estaban apagadas, tal como su tío le había advertido (No recibimos subsidio nosotros, chiquito.) una de las ventanas abovedadas del último piso del edificio de corte gótico dejaba entrever una tenue y parpadeante luz amarillenta. Palpó el revolver para disipar su escalofrío, y se dio cuenta de que sus temores eran algo infundados, porque en realidad no era la primera vez que Juan entraba al complejo Toro Bravo. De chico solía pasarse los veranos jugando en el extenso jardín, y no tenía miedo. Claro que siempre de día, y junto a su papá. Cuando él trabajaba con el Tío en la fábrica, antes de que se accidentara con mamá en la ruta. Antes de que Juan quedara huérfano a los cinco años. Pero no lo recordaba al jardín en tan penoso estado. El Tío Jorge, por más grande y exitoso emprendedor que fuera, era un descuidado, sin duda. Y la luz, probablemente otro descuido, el de un obrero o del empleado de limpieza. Y además, no tenés munición, genio. Pensó. El temor volvió, pero por lo menos ya se encontraba frente a la puerta doble de madera del edificio administrativo, antigua, remachada, y adornada con bajo relieves de uvas y sarmientos. Sólo tenía que entrar, buscar la caja de las luces (¡¿Por qué no traje la puta linterna?!) que según el plano, se encontraba tras la entrada, y ya podía ponerse a trabajar. Rozó la cerradura magnética con la llave N°2. La puerta, con una burlona y chirriante bienvenida, lo invitó con brazos abiertos a adentrarse en las tinieblas que le aguardaban. Juan caminó a ciegas unos metros, y hubiese deseado no acordarse que tenía el encendedor encima, sobre todo cuando los mecanismos neumáticos de la puerta doble la hicieron cerrarse súbitamente detrás suyo. Cuando Juan accionó el pedernal, y la chispa produjo la ignición del metano que escupía el encendedor, ya era demasiado tarde, sí; pero cuando los demenciales y furiosos ojos rojos, coronados por un gigantesco par de cuernos puntiagudos como estacas, se materializaron en la oscuridad, ni hablar. Aterrado y a oscuras, Juan se abalanzó gritando hacia la salida, golpeándose la cabeza contra la puerta remachada, y el encendedor, el llavero, su celular, y él mismo se desparramaron por el suelo de baldosa. Buscó a tientas el llavero, y se incorporó tratando de no mirar al monstruo cornudo que acechaba a sus espaldas. Temblando, trató de abrir la puerta con cada una de las llaves, pero a cada pasada que hacía se encendía un LED rojo y la cerradura emitía un pitido condenatorio. No había caso, la N°2 hija de puta no se dejaba encontrar. —¡VAMOS, POR FAVOR! El llavero se le escurrió de las manos temblorosas, y Juan se dio por vencido. Se dio vuelta enfrentando el abismo, desenfundó el revolver .38, disparó una andanada de clics, y aguardó la embestida. Que nunca sucedió. En su lugar lo encegueció una luz azulada, y oyó un golpeteo vibrante a un par de baldosas de distancia y luego un timbre familiar. Iluminado tenuemente por la pantalla del celular caído, el toro, que hasta hacía unos segundos Juan pensó que le devoraría la cara, se veía amenazador, tan amenazador como puede ser un animal embalsamado. Debajo, una insignia que le colgaba del cuello rezaba: ‹‹EL VINO DE LOS CAMPEONES.›› Juan quedó tan petrificado como el animal relleno de paja que se erguía impasible a metros suyo, y luego soltó una carcajada histérica. Sintió que el alma se le volvía a meter por la nariz. Recriminó su estupidez mientras levantaba el celular. Comprobó que lo estaba llamando Matías. Su mejor amigo de la infancia, el compañero de jodas, el mejor wing derecho que se pueda tener en la cancha, el que se afana a todas las minas, gracias viejo, me salvaste de tener que tirar los calzoncillos a la basura. Aún así, se alejó unos respetuosos pasos del toro embalsamado, esperó unos segundos para recobrar el aire, y atendió. —Juani ¿Qué contás, viejo? Dos horas para atender loco ¿Interrumpo algo? —Estoy laburando, salame— a Juan no le salía ponerse serio ahora: escuchar la voz de su mejor amigo, cuando hasta hace un rato pensaba que iba a morir empalado por un toro en su primer día de trabajo, lo llenaba de júbilo. —Ya sé, ya sé. Escuchame, abrime que estoy acá afuera. —¿Acá? Pero escuchame vos... —Dale boludo, abrime, que se viene una tormeeenta... —No, no, Mati, por favor. Sabés que este es un laburo serio, y encima de la familia. —Por eso, boludo, todo tranqui. Yo estoy al pedo, y encima mirá si vas a hacer mucho a estas horas, dejate de joder. Matías significaba quilombo, pero también compañía, en un lugar francamente tenebroso, donde no recibió una muy grata bienvenida para empezar. Pero el Tío Jorge... —Dale que viene Romi también —agregó Matías. —Me dijo que está llegando. A Juan casi se le cae el llavero de vuelta cuando se puso a buscar la N°2. —Ahí voy. Ni cuando cruzó el jardín para abrirle a Matías, y ni siquiera cuando charlaba y reía con su amigo de camino al edificio, advirtió Juan que la tercera ventana abovedada del último piso del ala este del edificio administrativo se encontraba ahora a oscuras. II —Ah, la pelota — exclamó Matías cuando Juan presionó la palanquita de la caja de las luces. Iluminado por una araña colosal de innumerables caireles dorados, que colgaba sobre ellos, el hall principal brillaba majestuoso. Las baldosas, blancas y negras, se intercalaban inmaculadas como en un tablero de ajedrez. Al fondo, y más arriba, se extendía un pequeño mirador de barandas de madera, donde vigilaban dos brillantes armaduras. Desde allí descendían a la planta baja dos escaleras. Al pie del mirador, se erguía imperturbable el toro disecado. Juan desplegó los planos de la finca sobre una mesa cubierta por un fino mantel, abarrotada de copas vacías, sacacorchos, y unos panfletos que rezaban: . ‹‹INVIERTA EN CALIDAD. INVIERTA EN EL MEJOR VINO DEL MERCADO.›› —¿Y esto se supone que es una fábrica? — observando los innumerables cuadros de óleo destellante que colgaban de las blancas paredes —. Parece una mansión. —Es que es una mansión. Según tengo entendido esto solía ser una quinta, en la época en que Floresta era un descampado — explicó Juan —. Y no toqués eso. De hecho, no toqués nada, porque se supone que no tenés que estar acá. Matías, que manoseaba una Venus en miniatura, instalada sobre un marmóreo capitel al otro lado de la sala, pareció no escuchar. —Lo que no entiendo es por qué construyeron una vinería en Buenos Aires. Las uvas se plantan cerca de los Andes, en San Juan o por ahí. No acá. Juan despegó los ojos del plano y posó la vista en Matías, . Ambos se quedaron mirando uno al otro bajo la amarillenta luz de la araña. Esta noche se estaba sacando todos los números para ser la más extraña de su vida. —¿Cómo mierda sabés de estas cosas?— preguntó curioso —Ayer rendí oral de geografía en la nocturna, por eso —. se excusó Matías — ¿No puedo saber, che? —¿Y cómo te fue? —Y... más o menos. Pero yo de alcoholes soy todo una enciclopedia, no me digas que no —. sentenció con orgullo su amigo.— Además no soy tan boludo como parezco— sentenció con orgullo su amigo. —Tenés razon.— reflexionó Juan —. En lo de los viñedos por lo menos. Capaz los dueños de ese entonces ya tenían campos en los Andes, y la quinta era solo una quinta, y esta vinería se construyó mucho después. Qué se yo, mi tío debe saber. —Sí, puede que tengas razón. Bueno, fijate donde esta el baño que me tengo que echar un cloro. No aguanto más. —Ahí me fijo. Según el plano ellos se encontraban en la Sala de Recepción y agasajo. Un pasillo paralelo a la puerta recorría la mansión de punta a punta. Hacia la izquierda conducía hacia la fábrica, hacia el lado contrario a las bodegas. Los baños, y la sala de monitoreo, donde Juan debía pasar la mayor parte del tiempo, se encontraban escaleras arriba. —Dale, boludo —Los baños están el primer piso.— confirmó Juan —. Subimos los dos. Mientras subían las anchas escaleras, Matías explicó: —Tienen que traer las uvas desde la loma del orto para hacer el vino acá. Eso explica por qué el vino es tan berreta. Te lo pintan como un Rutini, y resulta que lo tenés que bajar con media botella de Fanta y dos latas de Speed para que pase. Aunque es mucho más barato que un Rutini, claro. Esa osada lección de alquimia etílica turbó a Juan, porque la consideraba un insulto al legado de su familia (por lo menos al del Tío Jorge). Pero lo cierto es que nunca había tomado un Toro Bravo. A decir verdad, en raras ocasiones tomaba alcohol. Solo se puso en curda una vez, con cerveza, y cuando casi se fracturó ambas tibias tirándose de lo alto de un árbol de Parque Chacabuco junto a Matías, tarareando ambos el tema principal de Indiana Jones; supo que era más que suficiente. Pero no era por aquella aventura que recordaba esa vertiginosa noche: Aquella vez había conocido a Romina Dupont. “¿Estás bien?” le había preguntado preocupada, con esos grandes y angustiados ojos negros que lo volvían loco. Esa noche habían salido a festejar el egreso del secundario (o por lo menos para su amigo Matías, no tener que seguir cursando). En realidad, Juan y Romina ya se conocían, porque eran compañeros de clase, pero hasta ese entonces nuncas se habían hablado. En esos cinco años Juan no había juntado el valor suficiente. Ella sí se hablaba con otros chicos, incluso con Mati; hasta le habia parecía que algo se fraguó entre ellos, y Juan se había resignado, por un largo tiempo, a sospechar lo peor. “¿Estás bien?” “Sí, sí. No, no. Yo puedo solo.” No podía. Y Juan recordaba que solo había bastado el contacto de las tiernas manos de ella con las suyas para recuperar la sobriedad. Romina no había ayudado a Matías a levantarse. Lo había ayudado a él. A partir de ahí, el resto fue más fácil con la chica con la que hubiera deseado casarse y vivir por siempre. Desde un par de urinales de distancia, le llegó la voz de Matías: — Esto sí que es vida, Juani. Tenés vino ilimitado, y todo un lujo de baño donde podés quebrar sin que te joda nadie. Y encima te dan un chumbo. Alto laburo pegaste. Matías no se equivocaba: una docena de urinales se extendían desde la puerta hasta el fondo, empotrados sobre paredes recubiertas de mosaicos coloniales. Las pastillas de los urinales, seguramente de buena marca, expelían un generoso aroma a lavanda a medida que las desgastaban. Bajo la amarillenta luz de los focos de tungsteno (antiguos, y poco comunes en baños públicos como aquel), a Juan le pareció una estancia confortablemente tenebrosa, como el baño de un hotel embrujado. Agradeció el no estar solo. —Sí, sabelo — contestó Juan. Se abrochó la bragueta, y se dirigió al lavabo, de finísima porcelana. Mientras Juan se lavaba las manos, Matías se metió en una cabina de madera laqueada, con esas puertecitas que parecían sacadas de un saloon del Viejo Oeste, que rechinaron al cerrarse. A Juan le parecían pintorescas, aunque ciertamente poco útiles a la hora de brindar privacidad. Cuando Juan se secaba las manos con unas toallas bordadas con cuernos, Matías le dijo, desde la cabina: —¿Sos boludo no? —¿Qué pasa? Juan no comprendía. —No, no, sos boludo en serio, Juani. Va a venir Romina y vos te hacés el tarado. Desde que me abriste la reja no dijiste nada del tema. Ni un agradecimiento, loco. Estás esquivo, hermano ¿Qué te pasa? Juan pensó en contarle lo del toro, pero ese no era el problema. Lo cierto es que el día anterior la había pasado peor. —Y, pasa que...vos sabés, tuve un quilombo con ella.—tragó saliva—. Los papás, viste. —Sí, ya sé. Pero vos caés a la casa con la pinta de ciruja que tenés, sin estudio y sin laburo, y lógico que se pongan así. Pero lo importante es que te viene a ver. A Juan se le encendieron los ojos. —¿Cómo que sabés? Si no te lo conté a vos. —Porque me contó ella— explicó Matías desde la cabina, pero dándose cuenta del error que cometió, agregó: —Igual está todo bien che, ella y yo somos amigos, y hablamos. No hay nada malo en eso. Cuando venga, yo me voy, si querés, y los dejo solos. Semejante mansión tienen para los dos, encima... por si surge algo. Yo también iba a traer una minita, pero arrugó. —Sos un hijo de remil puta ¿Hablás con ella de esas cosas a mis espaldas, buitrero chanta?— vociferó Juan a la cabina. —¡Te estaba haciendo la gamba! Los veía tan felices a ustedes. Además no me interesa Romina.— juró Matías. —No me importa, andate de acá, y decile a ésa que no venga. —Loco, parecés una mina. Además Romi ya debe estar por— —¡Andate y dejame laburar tranquilo!— lo interrumpió Juan. —¡Pero bancá loco, que no hay papel acá! Juan le pegó una furiosa patada a la puerta de la cabina, oyó complaciente el grito ahogado de Matías, y salió del baño. —Cuando termines, bajamos, te abro la puerta, y te vas — le ordenó Juan desde afuera. Desobedeciendo al Tío, Juan encendió un cigarrillo y se puso a fumar. No lo podía creer. No pasaban ni veinticuatro horas desde que cortó con Romina, y su mejor amigo, si es que se le puede seguir llamando así, le estaba poniendo unos cuernos tan grandes como los del animal momificado del hall. ¿Dónde estaba el honor, la amistad? Probablemente por haber estado ensimismado, decidiendo la inevitable venganza (sin duda molería a golpes a ese traidor hijo de puta en el jardín, incluso sabiendo que éste era mucho más fuerte que él) junto a la puerta del baño, Juan tardó más de la cuenta en notar que al final del pasillo un perro, o por lo menos la sombra de uno, agitaba la cola y luego se esfumaba tras la escalera. Tan enojado estaba Juan, que no se sobresaltó. Lo primero que se lo ocurrió fue seguirlo. Al avanzar por el pasillo, pudo oír los tenues golpecitos de las patas del can contra las baldosas de la planta baja, y el tenue eco de ese jadeo propio de los perros. Justo cuando Juan bajó al hall, el extraño visitante dobló hacia el pasillo Este. El Tío nada había dicho sobre animales, vivos o rellenos de paja, pero pareció lógico que en un predio tan grande haya perros guardianes. La cuestión era que el bicho estaba adentro del edificio, donde podía llegar a ensuciar o romper algo, y eso habría sido un serio problema para Juan y su futuro laboral. Decidió que era mejor sacarlo al jardín: luego se ocuparía de Matías. Por suerte al perro se le había ocurrido meterse en la primer habitación a la vuelta del Hall. Un cartel grabado en madera informaba que era una despensa. A pesar de la oscuridad, pudo vislumbrar vagamente al can, que se apoyaba sobre sus cuartos traseros en el umbral de la puerta. Una ventana al fondo recortaba su encorvada y peluda silueta. Sus ojos brillantes lo observaban espectantes. El perro, amarronado, de pinta callejera y, honestamente, muy pequeño para ser guardián, empezó a ladrar y a escupir frenético sin quitarle la vista de encima. ¿Cómo puedo tener tanta mala leche? Recién es el primer día de laburo, y ya quiero renunciar. —Tranquilo, no te voy a lastimar —trató de calmarlo Juan. Pero el perrito no le ladraba precisamente a él. Cuando la dura porra golpeó su nuca, y el cigarrillo se le deslizó de los labios impactando contra el suelo en una erupción de chispas, pudo ver por unos segundos cómo el perro se echaba a la carrera asustado hacia el fondo del pasillo, en dirección a la bodega. Y antes de caer desvanecido oyó detrás suyo una voz nasal y desconocida, que parecía hablarle a un tercero. —Decile que ya lo tenemos. III Cuando Juan despertó, no le tomó mucho tiempo percatarse de las ataduras que estrangulaban sus muñecas y tobillos. Recostado contra una pared del hall, de a poco volvía en sí Seguía siendo de noche: ¿Cuánto tiempo había pasado? Sintió algo pastoso y sucio en la boca. ¿Una media? Oyó un par de truenos, y las gotas de lluvia repiqueteando en las ventanas a su espalda. El ladrido angustioso de un perro retumbaban desde algún lugar lejano. Dos hombres se encontraban en la misma estancia, a un par de metros. Uno de ellos, calvo y fornido, salpicaba las paredes a baldazos. No era agua lo que chorreaba del balde: Juan podía oler el penetrante vaho del combustible. O para ser más precisos: alcohol etílico. El otro hombre, delgado y morocho, con una remera de los Redondos de Ricota, hablaba por celular. Asentía a cada rato. De repente el hombre del celular cortó, miró hacia Juan, sonrió, y le hizo una seña al fortachón: —Mirá, el paquete ya se despertó. Ambos hombres miraron a Juan, burlones. —Bien. Ahora andá a callar a ese perro que me tiene las pelotas llenas. El flacucho guardó el celular en el bolsillo, y se alejó regañando a través el pasillo Este. Juan quiso gritar, pero de su boca surgió un gemido amordazado. Al cabo de un rato, el fortachón había terminado con el último balde, y lo arrojó junto a otros ya vacíos. Se acercó a Juan, y éste lo pudo apreciar mejor. Fornido, ataviado de una camisa blanca arremangada, sucia, y los brazos surcados de tatuajes. La cabeza rapada y pálida, brillaba como si se la hubieran pulido. Le faltaba la gorra, y era Popeye. A Juan le pareció que soñaba. Todo era tan irreal. Te quedaste dormido en el trabajo, eso pasa. — deseó creer—Los nervios te hacen soñar con toros y ladrones. El captor metió una mano en uno de los bolsillos de sus jeans, y sacó una píldora cubierta de bolitas de pelusa de tela azul. —Bueno, flaco— dijo con voz nasal el pelado mientras le sacaba la media de la boca—. ahora te vas a tomar esto, te vas a dormir, y terminamos el asunto. Si te resistís, va a ser peor. Liberada su boca de la mordaza, Juan gritó hasta quedarse afónico. —No nos pongamos difíciles — dijo el fortachón sin inmutarse, y sacudió la suciedad de la píldora mientras agarraba a Juan del cogote y se inclinaba para introducirla. Juan se sacudió de su presa, e instintivamente mordió la mano de su captor, en el tierno espacio entre el pulgar y el índice. Paladeó sin quererlo, el gusto de la sangre. Un cálido triunfo. —LA CONCHA DE TU MADRE, TE VOY A MATAR PENDEJO DE MIERDA— maldijo el gigante. Y antes de que Popeye pudiera siquiera reaccionar, algo estalló sobre su cabeza. Un bombazo que por un segundo Juan confundió con un relámpago, y una lluvia de vidrio y líquido violeta bañó el rostro del captor, que comprimió en una mueca de sorpresa y dolor. El pelado se dejó caer como un saco de espinaca, y atónito, Juan contempló en su lugar una mano empuñando el pico de una botella rota. Matías. —Qué desperdicio de escabio ¿Estás bien? Su amigo lo desató y lo ayudó a incorporarse. Ambos ataron al captor, que seguía inconsciente. Apestaba a Toro Bravo Cosecha 1998. —¿Bueno, estamos a mano eh? Juan asintió y escupió la sangre de Popeye. Matías observó los baldes y las paredes enchastradas de alcohol. A Juan lo entristeció un poco descubrir que el hermoso pelaje del Toro no se salvó de los baldazos. Junto a los baldes yacía un puñado de jeringas llenas. Juan tomó una y la vació. Alcohol. —¿Qué carajo pasó? Juan le explicó lo del perro y el porrazo. —¿Y vos dónde estabas?— lo interrogó Juan —Me fui a dar una vuelta por la fabrica, a buscar unos vinitos para consumo personal, y de paso te iba a convidar para bajarte los humos un cacho. —Menos mal, sino no la contábamos. — y agregó: —Pensar que te iba a cagar a trompadas. Perdoname. —Jaja, vos a mí, cagón, encima que me tuve que limpiar el culo con los planos esos que dejaste en el baño— dijo Matías mientras tomaba la porra del captor caído, pero al ver la expresión asesina de Juan, se apresuró a señalarle: —Mirá, el pelado de Lost tenía tu chumbo. Juan tomó el revólver, y oyeron el ladrido ahogado del perro. —¡Pará!— se detuvo Juan —¡Eran dos!¡El otro se fue por el pasillo a buscar al perro! Siguiendo los ladridos del animal que llegaban desde el fondo del pasillo, Juan y Matías se movieron con cautela. Llegaron hasta una escalerita lateral que iba hacia abajo. Según Juan recordaba del plano, allí se encontraba la bodega. Bajaron por la escalera de piedra, y se encontraron en una larga estancia abovedada a oscuras, con cientos de estanterías llenas de botellas. No encontraron señales del perro o del intruso. Llegaron hasta el fondo, y se toparon con otra escalera más pequeña, de caracol. A través de la angosta abertura llegaba a ellos el eco de los ladridos. Esta estancia adoquinada, más baja, larga y evidentemente en desuso, estaba flanqueada por hileras de cientos de grandes toneles. La bodega inferior estaba sumida a oscuras también, pero divisaron un rayo de luz redondeado saliendo del último tonel de la fila izquierda. Parecía roto, o abierto. Los ladridos cesaron. —¿Y si llamamos a la cana?— sugirió Matías en un susurro. —No, no. Voy a llamar a mi Tío primero. Por lo que ví, éstos no estaban armados. Se encaminaron lentamente hacia la luz, y, revolver enfundado, se asomaron. Juan creía que su asunto con el bicho disecado era el claro candidato romperla en el Concurso de Cosas Más Extrañas Que Te Pueden Pasar en el Primer Día de Trabajo, pero lo que presenció a continuación se llevó todos los premios, y por ovación del público. Desde el interior del tonel los aguardaba el centellante acero de una escopeta de dos cañones. Los agujeros gemelos, como temblorosas fosas nasales de un toro furioso, apuntaban a sus ingenuas cabezas. Hacia el final del prolongado cañón descansaba un decrépito rostro barbudo apoyado sobre un hombro esquelético. Un solo ojo lechoso, coronado por una tupida ceja gris, los observaba fijamente. Bajo la luz de una gastada bombilla que colgaba dentro del tonel, Juan pudo apreciar que el anciano, sentado como indio, sostenía el arma solo con el brazo izquierdo. Con el otro apresaba el cuello del morocho de la remera de los Redondos. Un pequeño puñal presionaba, amenazante, la sudorosa piel de su cuello. El perrito que los había traído a la trampa tironeaba de su remera, y gruñía. El morocho, aterrado, también los miraba. Los ocupantes del tonel, sentados sobre un colchón sucio y deshecho, parecían tensas estatuas. Alrededor de ellos, en la pared interior del tonel, colgaban almanaques descoloridos y de años remotos, fotos de mujeres ligeras de ropa, estampitas de los santos más variados, y banderines de un cuadro de fútbol que Juan no pudo, o no tuvo realmente el interés de identificar en ese momento. Un centenar de velas consumidas abarrotaban el fondo del tonel. —Ayúdenme—dijo en un sollozo ahogado el morocho, aunque no parecía percatarse que Juan y Matías poco podían hacer teniendo una escopeta a dos centímetros de la cara. —Cerrá el pico—le respondió el anciano con una voz grave y áspera, sin quitarle el ojo de encima a los chicos—. O te abro otro. Un celular empezó a sonar. El bolsillo del jean del Ricotero se alumbró: pero su dueño estaba ocupado en ese momento. Cuando el celular dejó de sonar, Matías, el más valiente de los dos, preguntó: —¿Quién es usted? —¿Les parece que están en posición de hacer ustedes las preguntas?—retrucó el viejo sin despegarse de la escopeta. Juan palpó el revolver. Tenía el resto del cuerpo afuera del tonel. Tal vez si lo asomaba un poco, al menos para inclinar la balanza a su favor... —...soltalo— ordenó el viejo leyendo sus movimientos (o sus pensamientos). Juan obedeció resignado. El celular sonó de nuevo. El anciano abrió el otro ojo, y solo le basto observar el revólver caído para decir: —Decime, purrete ¿Qué pensabas hacer con un revolver descargado? ¿Será posible que cada nueva camada de chorros sea más boluda que la anterior? —Usted no entiende, no somos chorros.—trató de explicarle Juan lo más tranquilo que pudo. —Si, claro, piensan que soy un viejo senil. Ahora vienen con el camelo de que son unos santitos. Unas víctimas de la sociedad— los fulminó como si fueran dos pedazos de excremento—. Me van a hacer enojar, muchachos. Y me pongo muy malo cuando me enojo—miró al perrito— ¿No, Teseo? El can asintió tironeando con más fuerza la remera del morocho. —Bueno, ahora que nos entendemos, tengo una proposición que hacerles: Olvido que interrumpieron mi tranquila velada, me levanto, voy junto a mi amigo éste que tengo acá, y con ustedes los novios juntitos adelante vamos a la comisaria más cercana. Ó... bueno, habrán notado que hay suficiente espacio en el jardín para tres tumbas nuevas. Ambos chicos, y seguramente también el Ricotero si no hubiera tenido miedo de clavarse la hoja del cuchillo, tragaron saliva. —Pero tal vez esté un poco viejo y cuente mal. Díganme ¿No serán acaso cuatro tumbas? Porque sigo oyendo y oliendo bien. Sé que hay otro ¿Dónde está? —miró al Ricotero— ¿Será el que está llamando ahora? Matías levantó una envalentonada mano, como esas veces en el secundario, durante un examen sorpresa, en que tenía que informarle a la profesora que no había estudiado absolutamente nada. Pero esta vez sabía. —Está en el hall. Lo atamos. El rostro demacrado del viejo se contorsionó en una mueca de maliciosa incredulidad. —¿A ustedes la merca se la adulteran con talco o son pelotudos de nacimiento? ¿Qué clase de imbéciles delincuentes redomados son ustedes? —Le estamos diciendo que no somos ladrones—insistió Juan— Yo soy el Guardia de Seguridad. —¿Guardia de seguridad? Juan le enseñó el llavero que colgaba de sus pantalones —Yo soy Juan, el sobrino del dueño, Jorge Corsini. Y éste es Matías Seineldín, que me salvó de éste.—Juan señaló al morocho— Y del otro que tenemos arriba. Esos sí son chorros. El viejo barbudo bajó la monstruosa escopeta. La mano derecha seguía apresando al morocho. —Por favor, no me mate. Tengo familia.— imploró con angustia. —Cerrá el culo vos —ordenó el viejo. Se asomó por fuera del tonel y casi roza a Juan con su bulbosa nariz. Sus ojos grises recorrieron todo el rostro del joven, como si fueran el cabezal de una impresora. De repente, sus arrugados pómulos se sonrojaron. —Bueno, es hora de presentarme: Yo soy Arturo, el casero. Y ésta—con la mano libre contorneó la reducida e improvisada estancia—... es mi casa. Y hizo una reverencia. —Bienvenidos.Y debo pedirles perdón, Juan Corsini y compañía. ¿Casero? El Tío no le había dicho nada a Juan sobre un casero. Pero a decir verdad, a estas alturas había muchas cosas que el Tío no le había contado. —Y así que sobrino del dueño ¿eh...?— repitió Arturo, y luego estalló en una risotada gangosa. Juan y Matías observaban al extraño habitante del tonel sin entender nada. Y agregó, palmeando con una huesuda mano el hombro de Juan, diminuto en comparación: —¡Vos sos el dueño! IV Sentado sobre el colchón, Arturo les contó rápidamente la historia de Toro Bravo tal como la recordaba. Algunas cosas Juan ya las sabía. Por ejemplo, que su papá se llamaba Carlos, y que era por lo menos uno de los dueños de la vinería. —Tu tío nunca fue dueño de nada, más allá de su propio culo.—explicó Arturo mientras acariciaba a Teseo. Al fondo el Ricotero, atado de pies a cabeza, observaba la escena asustado. “Ni siquiera es tu tío. Era el hermanastro de Carlos. Sería tu... tiastr...bueno, como sea. Tus abuelos lo adoptaron de muy chico, aunque no tanto lamentablemente. Quién sabe de dónde vino esa mala hierba. Aún así, tu padre siempre lo quiso mucho, era un hermano menor para él, pero conocía muy bien sus ademanes violentos, su propensión al despilfarro, y su desmedida ambición, que se acrecentaban a medida que él crecía”. Huérfano como yo. “El hecho de que tus abuelos no le confiaran un cargo directivo siempre lo frustró. Sólo le dieron migajas, y eso era más de lo que merecía, si me lo preguntás.” Juan meneó la cabeza. El Tío era su tío. Sí, podía ser algo violento a veces (Lo hago por tu bien, chiquito), podía ser tener gustos algo turbios, pero era un empresario muy serio y ordenado. O por lo menos eso quería creer. Y ¿Cómo un vagabundo que vivía dentro de un tonel tenía la cara para hablar de cordura? Juan atinó a decírselo, pero miró la escopeta que descansaba sobre el regazo raquítico del anciano y recapacitó. Mejor seguirle el juego. El anciano continuó: “Yo conocía a tu papá desde que nació en esta misma mansión, como vos. De joven lo llevaba a Lobos —en este punto Arturo acarició la escopeta de dos cañones—. Un buen muchacho.” El casero hurgó en una caja de cartón y sacó un porta retrato. Viejo, pero con un poco más de pelo, Arturo se sostenía del hombro de un hombre sonriente, y flacucho como Juan. Descartando la diferencia de edad y las canas, tanto él como el hombre de la foto eran idénticos. “Cuando naciste, Juan, Toro Bravo se encontraba en el mejor de los momentos. Te conocí, aunque tal vez no lo recuerdes. Yo solía vigilarte mientras jugabas en el bosque de la finca” Juan creía recordarlo, pero aquellos tiempos eran turbulentos, y prefería no hurgar en ellos. “Por ese entonces tu padre se había asociado con Jorge, y se le ocurrió prestar oídos a algunas de sus novedosas ideas de expansión del mercado. Un gran error. Se cerraron los viñedos del interior, e impulsado por el tipo cambio barato, Toro Bravo se dedicó exclusivamente a la importación de bebidas. Al poco tiempo, tus padres murieron en ese accidente de mierda.” El viejo bajó la cabeza e hizo una venerable pausa. “Vos, y Jorge como tu tutor, quedaron como los últimos miembros vivos de la familia, aunque el único heredero efectivo, como te imaginarás, es Juan Corsini.” Súbitamente, Arturo se levantó y les pidió a los chicos que lo siguieran. Mientras todavía digería la información, Juan notó lo alto que era. Debía medir dos metros, fácil. Camino entre los toneles a la luz de una linterna antigua, y se detuvo frente al que parecía estar en peor estado. Golpeó la mohosa madera con los nudillos, y escucharon un ruido seco. El anciano palpó el grifo de bronce del tonel, y del mameluco de trabajo que tenía puesto sacó un destornillador. Removió delicadamente los cuatro tornillos. —Jorge quedó a cargo de la empresa. Por esa época construyó la vinería fea que está anexada a la mansión, donde embotellan ese meo destilado que venden ahora. Poco tiempo después el hijo de puta me echó, pero nunca me fuí. Tenía que cuidar ésto. Cuando el último tornillo cayó al suelo de adoquines con un impaciente tintineo, Arturo desprendió el grifo con cuidado, y el haz de la linterna dejó ver una pequeña ranura. —Probá con esa— el viejo le señalo la llave oxidada del llavero, la que desentonaba con las otras. Juan introdujo la llave, y la giró. Oyó un clack apagado. Acto seguido, el anciano apartó la tapa del tonel, y a los tres los recibió una ráfaga de húmedo hedor. Dentro del tonel se amontonaban un par de lingotes de oro, una cajita con joyas, algunas armas de colección, cuadros, cartas, y fotos viejas. Juan y Matías lo contemplaron boquiabiertos. Para un joven cualquiera, eso era toda una fortuna. Juan se inclinó, agarró un cuadro y lo contempló. Era un retrato de un hombre de avanzada edad. Recio, y de mirada seria, vestía un pintoresco uniforme de matador. —Si no me equivoco, ese es Aldo, el abuelo de tu abuelo, y fundador de la firma. Él diseñó esta mansión hace más de un siglo— observó Arturo. Juan asintió. Ya había visto su nombre en los planos. —No es mucho, pero es el legado de tu familia. Esto, y toda la puta manzana.— dijo el viejo sonriendo y dibujando un circulo con la escopeta. Juan casi se desmaya de la impresión. Guardia de seguridad a dueño en su primer día de trabajo. Nada mal. Pero lo arremetió la duda. Tal vez lo que estaban haciendo era ilegal. Ese tesoro era tanto de él como del tío. El cuadro y la llave confirmaban que Arturo era realmente el casero, y no un ocupa, cierto, pero: ¿Por qué creerle todo el resto del cuento? —Tu tío no tiene que saber nada ¿Entendido? Esto queda entre nosotros, por ahora. Tenés que entender que no podés confiar en ese gordo hijo de puta. Tenés que entender que, ahora que sos mayor, puede buscar cualquier método legal, o ilegal, para sacarte del medio. No te va a dar un mango, y no creo que te deje vivir en paz tampoco. —Bueno, estoy trabajando para él ahora — observó Juan. —“Laburando para él”— respondió fastidiado—¿Qué hacés laburando para él, cuando él debería estar laburando para vos? Un tipo que para defenderte te da un revolver descargado...—de pronto el anciano adquirió una expresión seria y se quedó en silencio. Sí, el anciano podía tener razón en eso, pero... ¿Cómo podía saber Juan que toda la historia era cierta? ¿Por qué un viejo con esa pinta de ciruja podía saber más que el Tío sobre sucesiones y cuestiones legales? ¿Y eso de que Jorge no era su tío? Tal vez el cuento del hermanastro se lo había inventado por la bronca del despido ¿Tendría que informarle al Tío Jorge que el ex casero vivía con su perro dentro de un tonel de la bodega del segundo subsuelo? Por lo pronto, debía retornar su deber de guardia de seguridad y arreglar este despelote. —Tengo que llamar a mi tío, por el tema de los ladrones éstos. —Lo que no entiendo —dijo de repente Matías, que hasta hace un momento parecía embobado por la riqueza dentro del tonel — es lo de los baldes. —Y las jeringas— recordó Juan. —¿De qué hablan?— preguntó Arturo despabilándose de su letargo. —Después de que me pegaran y me ataran, vi cómo los chorros rociaban de alcohol las paredes del hall. No se robaron nada de valor. Nada. Y encontré unas jeringas llenas de alcohol. Recuerdo que hablaban con alguien. Arturo se quedó un rato acariciando su tupida barba gris. De repente se le iluminaron los ojos. —Hacé esto— dijo finalmente —. Llamá a Jorge, pero hablale sólo del tipo que tienen arriba. De éste no hablés.—señaló con un pulgar el tonel del fondo—. Y no mencionés los baldes. Juan obedeció, aunque no sin ciertas dudas. —Tío. —Ah ¿Qué hacés, campeón? — del otro lado de la línea, el Tío sonaba más afectuoso que de costumbre— ¿Cómo anda todo? Juan le explicó lo que pasó, pero solo describió al Popeye. —¿Te ataron? No lo puedo creer. Este país está cada vez peor. —Ya está todo bien, por suerte. Lo pude reducir con el arma que me diste. Disuasión.— adoptó un tono similar al del Tío. —Bien hecho... ¿Y no había nadie más, no? —No, sólo él. Pero ya está todo controlado. —Bueno, bueno, escuchame: vos quedate tranquilo, que ya voy para allá con la policía. Esperame. Juan cortó, y miró a Arturo y Matías. —Ahora viene mi tío ¿Qué hacemos? Y apenas terminó de hablar, al fondo del pasillo, desde adentro del tonel del casero, sonó un celular. El celular del Ricotero. Los tres corrieron hacia el habitáculo de Arturo. El viejo les ordenó desatarle una mano al maleante, donde depositaron el celular. Arturo le sacó la mordaza y le encajó los dos cañones en los huevos. —Atendé y actuá naturalmente. Decile a tu jefe que todavía no hiciste lo que te pidió. Si llegás a decir algo, o a levantar la más mínima sospecha, hoy mismo patrocino tu meteórica carrera como soprano del Coro Kennedy. El morocho asintió aterrado, y Juan y Matías acercaron los oídos al celular lo más que pudieron. —¡¿Qué pasó?! ¡¿Por qué no atendías?! A través de la distorsión del parlante, Juan reconoció ese gangoso, imperioso, estridente y ahora escalofriante timbre. El Tío Jorge. No cabía duda. —Perdón, patrón, surgió una complicación. Matías le hizo una seña al rehén, y le mostró el revolver .38. Arturo le presionó aún más los genitales. —El pibe...el pibe tenía un revolver— agregó. —...LES DIJE MIL VECES QUE NO ESTABA CARGADO, MANGA DE IMBÉCILES.— bramó el tío —Sí, señor, disculpe. —Pero por suerte... no te vió. —la voz jadeaba, tratando de calmarse—Hablé con el. Yo estoy yendo para allá ¿Dónde estás ahora?¿Rociaron todo por lo menos? —Estoy escondido en la bodega. Sí, señor, eso lo hicimos. Espero sus órdenes. —Más te vale. La puta madre, cómo puede ser que no sean capaces de agarrar a un pendejo de mierda desarmado ¿Puede ser que tenga que hacer todo yo? Voy inmediatamente. Cuando el de remera cortó, lo volvieron a atar. —Tenías razón— le dijo Juan a Arturo. —Toda la razón. Arturo asintió, volvió a apuntar al morocho, que parecía harto ya de tanto maltrato. —Ahora vas a cantar—le dijo Matías— ¿Qué es lo tenían ordenado hacer ustedes dos? El morocho señaló con la cabeza a Juan. —Prender fuego todo— y titubeó, como si temiera decir lo próximo—:Con él adentro. Juan se contuvo de molerlo a golpes. El plan era diabólico, ingenioso. Un cigarrillo, un fósforo, una chispa perdida en un entorno inflamable (y con un poquito de ayuda, claro). Un guardia, el sobrino del dueño, en su primer día de trabajo, que se olvida de activar el sistema contra incendios de la fábrica, porque, por Dios, nadie le dijo que lo hiciera. Puertas automáticas que pueden convertir el edificio en una prisión. Un cadáver chamuscado, con las venas reventadas de alcohol. Un trágico accidente. Una jugosa póliza de seguro. Y un obstáculo menos en la línea sucesoria. —Juani.—dijo Mati. —Sí. —Tu tío es un hijo de puta. V Juan, Matías, Arturo y Teseo se habían instalado junto a los dos intrusos maniatados en la Sala de Monitoreo del primer piso. Observaban atentamente los monitores, esperando la llegada del Tío Jorge. Resolvieron llamar a la policía apenas llegue. Luego lo inmovilizarían. Viendo cómo Arturo preparaba la escopeta, Juan aclaró: —Recuerden que lo necesitamos vivo junto con los otros dos, para que puedan declarar. Después que la cana se encargue de él. Por mí que se pudra en la cárcel por el resto de su vida. Arturo cerró el mecanismo de la escopeta, en un chasquido amenazador que aterró a los dos rehenes. —Sólo por si la cosa se nos va de las manos. Matías se acercó a Juan y posó una mano sobre su hombro. —A la mierda la nocturna, cuando todo esto acabe, nombrame vicepresidente. Me la debés. —O mejor Control de Calidad— sugirió Juan, y ambos se rieron. —Miren— advirtió Arturo, inclinado frente a uno de los monitores, y los chicos se acercaron. La pantalla mostraba el enrejado frontal, y un coche negro estacionado. La lluvia torrencial formaba una bruma enceguecedora. Una gorda y blanca figura abría y cerraba la puerta de un golpe, y abría con esfuerzo la gran reja. Otro monitor mostraba al Tío Jorge corriendo agitado bajo la lluvia a través del camino principal del jardín. —Menos mal que te iba a traer a la cana ¿No?— ironizó Matías. Cumpliéndose lo que habían predicho de antemano, el Tío sacó un celular del bolsillo y discó. No era el celular de Juan el que sonaba. Arturo apuntó con la escopeta al hombre de la remera de los Redondos. —Hacé lo tuyo. El hombre atendió, y dijo lo más tranquilo que pudo: —Ya tenemos asegurado al paquete, señor. Paquete. Desde el monitor de la cámara del jardín, Juan observó su porcina mueca de complacencia y no pudo más que horrorizarse. El tipo que lo había criado desde los cinco años, que más bien que mal lo había alimentado, le había comprado sus juguetes (con ciertas privaciones, claro), le había bancado la educación, (pública, pero en fin), y le alquilaba el departamento donde vivía (tal vez para no tener que verlo), al que supo ver (a pesar de ciertas cosas que le hacían ruido) como un modelo de éxito, de posible socio cuando él fuera adulto, tal vez algún día llamarlo padre, porque era el único que conoció; ese tipo ahora quería verlo muerto. ¿Un tío huérfano apiadándose de su sobrino huérfano? No en la agenda del Tío Jorge. Juan oyó las pesadas puertas de madera de abajo abrirse de par en par. —¡Muchachos!— una voz gangosa y alegre venía del primer piso. —Vos quedate acá.—le dijo Juan a Arturo, y este asintió. Vos también, Matías—. Voy a bajar solo. —¡Ya llegué! El alcohol se está secando— advirtió preocupado— ¡Apúrense! Juan bajó por una de las escaleras laterales. El Tío, parado en medio del hall, no había advertido aún a Juan. Estaba concentrado en su celular de último modelo. Golpeteaba impaciente el suelo de baldosas con su reluciente mocasín recién lustrado. El pelo negro siempre engominado, corona de su gorda cabeza, era ahora una enmarañada catástrofe. Su lujosa cazadora blanca, ahora gris, chorreaba agua a cántaros, escupiendo innumerables gotas contra el suelo. Una lástima. Pero sabía que tarde o temprano tenía que tomar cartas en el asunto. “La mejor forma de lograr algo es hacerlo uno mismo.” Sabias palabras suyas. Raro haberlas olvidado. Terminada su tarea, se pegaría una vuelta por la lavandería, sin dudas. Luego, un buen baño caliente, como a él le gusta en días como éstos. Y al mediodía, una escapada a su mesa favorita en Rodizzio. ¿Cazuela de mariscos?¿Parrillada para uno? ¿Por qué no ambas? ¡Hoy se festejaba a lo grande! —Tío. Jorge apartó la vista del aparato y miró hacia la escalera. Sus infantiles facciones se arrugaron espantadas, como si hubiera visto una aparición. Este Tío no se parecía en nada al Tío de las ventanillas polarizadas, al de las putas menores de edad en el asiento trasero del coche. La pantalla táctil del celular se hizo añicos al estrellarse contra la baldosa. —¿Juan? — preguntó en un tono de incredulidad y protesta— ¿Pero qué está pasando? —Yo sí sé lo que está pasando. La rasurada papada del Tío se agitaba frenéticamente. —Lo único que quiero saber es por q- Pero antes de que Juan pudiera terminar, el Tío sacó del bolsillo de la cazadora una pequeña Walther automática. —Lo único que tenés que saber, es que esta sí tiene balas— dijo, burlón, volviendo a ser el Tío de siempre. —Ésta también— la aspera voz provenía a espaldas de Juan, más arriba. El anciano casero se erguía firme sobre sus dos metros en el mirador, entre las dos relucientes armaduras. La escopeta de dos cañones se asomaba por encima de la baranda de madera. —Soltala, Jorge— ordenó. El Tío alzó la vista y lo miró con los ojos abiertos. —¡Vos!— acusó con un grito ahogado. Alternó la vista con ambos, pero la pistola seguía apuntando a Juan. Por un momento titubeó, pero luego sonrió. —No la voy a soltar un carajo. Me necesitan vivo. Si me matan ¡Ustedes van en cana! ¡Por asalto a la propiedad!.— sentenció complacido. —Y vos me pegás un tiro a mí, y estamos en la misma — retrucó Juan. —Bueno, viendo que estamos en tablas, yo me voy a ir retirando. Si se mueven, disparo. Quedan avisados. —Ya llamamos a la policía antes de que llegaras, Jorge.— informó Arturo. —Dale, tirala. Ya hiciste demasiado mal por hoy— dijo Juan. El Tío hizo puchero con sus diminutos labios, y miró a ambos lados, inquieto. Juan le hacía acordar a un bulldog empapado que había visto en una publicidad de un antiviral de una revista. Por primera vez, le daba lástima. —Tío. Vamos. —Te voy a borrar esa cara de mocoso de un tiro si no te callás. —Pero soy tu sobrino... Efectivamente no funcionó, y Juan tuvo la certeza que el Tío iba a dispararle. Pero éste desvió el brazo hacia un costado y gatilló. Antes de oír el grito desgarrador de Matías, que había bajado las escaleras sigilosamente para reducir a Jorge por sorpresa, Juan se abalanzó contra el Tío para arrebatarle el arma. Arturo bajó corriendo las escaleras hacia donde agonizaba Matías. Teseo siguió a su amo al galope. Juan forcejeó. A pesar de su sobrepeso, o por causa de éste, el Tío rechazaba con facilidad a su sobrino, un flacucho insolente que aún no había rebasado la veintena.. El Tío retomó el control de la automática, y agarró a su sobrino del cogote, y antes de que Arturo le pudiera echar mano, apretó la boca del cañón contra la sien de Juan. Jadeante, empezó a retroceder de espaldas a la puerta remachada. —Esto es culpa mía —le dijo el Tío—. Culpa mía. Ahora nos vamos a casa, y vamos a hablar. Vamos a hacer lo que tendríamos que haber hecho hace años ¿Qué te parece? Y después de hablar, te vas a ir a la cama sin comer, por portarte mal, por hacer quedar mal al Tío Jorge, que tan bueno fue con vos ¡Que te da trabajo, aunque seas un inútil!— tiró de una oreja a Juan. El Tío temblaba al hablar. Tenía el rostro pegado al de su sobrino, y lo miraba como si fuera un nene. Ahora no estaba empapado de agua, sino de sudor. Y Juan se estaba quedando sin aire. El Tío está loquísimo ¿Por qué no te diste cuenta antes? — Y vamos a cerrar las ventanitas porque hace muuucho frío, y tal vez mi pobre sobrino se olvide de cerrar la llave de gas, porque es un poquito distraído ¿No, Juani?— su rechonchos labios se curvaron en una forzada y patética mueca de congoja ¿Por qué no te diste cuenta antes? De repente, el Tío gritó como fiera lastimada. Juan agradeció a Dios que la presa de su cuello se liberara, y vio cómo la Walther se le resbalaba de sus gordos y pequeños dedos. Teseo se estaba aferrando a su tobillo, gruñendo. El Tío Jorge pataleó y lo sarandeó por el aire, pero el perro no se soltaba. Arturo le pegó un culatazo en el vientre, y el Tío chilló de dolor. Juan vió a Matías tirado en el piso, en posición fetal. No se movía. Está muerto. Mi mejor amigo está muerto. Furioso, le pegó un puñetazo en la cara al desorientado Tío, y este cayó de espaldas. Sobre el toro embalsamado. Juan vió crecer del hombro izquierdo de su Tío un escalofriante cuernito rojo. La cazadora blanca se tiñó de sangre. El cuerno empezó a crecer, conforme atravesaba la carne sobre el omóplato; y su esternón, que, como macabra percha de ropa, era lo único que evitaba la caída del gordo. El Tío intentó incorporarse, pero debido al ángulo en el que estaba recostado, solo lograba tambalearse, y el cuerno, a su vez, clavarse aún más. El aullido, que profirió cuando giró lentamente la cabeza para ver lo que le salía del hombro, atronó en toda la gran sala y Juan juró que había logrado mover la araña, cuyas sinuosas sombras le parecieron bailar como poseídas. —¡Me caigo, por favor, ME CAIGO, AYÚDENME! Juan, consciente de que el Tío no debía morir, aún, pasó por al lado del cuerpo de Matías —ya voy a despedirte, amigo—, tomó una silla, y la colocó debajo de las agitadas posaderas del Tío. Cuando logró sentarse, éste imploró a gritos que le saquen el cuerno. Juan lo ignoró, y se precipitó hacia donde estaba Matías. El corazón le latía como un tambor de guerra. La pierna derecha de su amigo estaba manchada de sangre. — La bala solo le rozó la pierna— le avisó Arturo—. Se debe haber desmayado el pobre. Juan suspiró aliviado. Había pensado lo peor. Su atención volvió ahora hacia el Tío. Arturo trataba de sacarle el cuerno, y el Tío pataleaba como un bebé que no quiere la comida que le da su mamá. Se acercó a ayudar. Ambos agarraron al Tío por la espalda y tiraron hacia ellos. Al retirarse el cuerno, un chorro de sangre regó el costado derecho de la papada del Tío. —NO, NO. VUELVANLO A PONER. El Tío Jorge gimió cuando el cuerno se volvía a introducir, pero por lo menos eso detuvo la hemorragia. Se quedó cabizbajo. Respiraba agitado, pero a simple vista se encontraba fuera de peligro. Sentado sobre sus cuartos traseros, y sin quitarle la vista de encima al Tío, Teseo, el perrito, montó guardia. Arturo y Juan cargaron el cuerpo inconsciente de Matías y lo depositaron sobre una mesa de la Sala de Monitoreo. Arturo presionó un botón de la consola, y como Juan pudo comprobar a través de los monitores, todas las puertas magnéticas se abrieron. —Voy a tener que llamar a una ambulancia también— dijo Arturo. Al notar la angustia de Juan, agregó:— Para el gordo. Quedate tranquilo, se desmayó por la impresión nomás. Y tengo que decirlo, tu amigo tiene unos huevos tremendos. Juan apretó la mano inerte de Matías. La cosa no salió como se lo imaginaban, pero estaban todos enteros. Y Arturo exclamó sorprendido. —¿Qué pasa?— preguntó Juan Arturo señaló el monitor. —¿Quién es? Juan se acercó a la consola, y a través del monitor de la reja de la calle vio un rostro triste, de ojos grandes y negros. Los mismos ojos angustiados que volvían loco a Juan. —Es la novia.— Juan oyó una voz familiar. Ambos se dieron vuelta al mismo tiempo. —Buena, matador—. le dijo Matías—. Bajá, dale. —Pero me tengo que quedar para la declaración. —Nosotros nos hacemos cargo de todo— dijo Arturo.— Vos tenés un asunto más importante ahora. —Apurate, boludo, que la pobre se está mojando.— dijo Matías—. Y pasame un pucho, loco, que me comí un corchazo por vos. Juan bajó corriendo por las escaleras y cruzó el hall, pasando al lado del Tío, que respiraba pesadamente, inmóvil en su silla, y de Teseo, que seguía vigilando a su presa. Abrió la puerta, y vislumbró bien a lo lejos la diminuta figura de Romina Dupont, sin dudas empapada hasta las medias, tras la reja frontal. Ya en el umbral de la puerta del hall, Juan se dio vuelta—debía hacerlo—, y miró al Tío Jorge. Sus pequeños ojos, abiertos de par en par, ignoraban a su sobrino: miraban a un punto indeterminado, como perdidos. A simple vista, cualquiera habría podido decir que su mirada era simplemente inexpresiva, pero lo cierto es que a Juan se le hacía familiar. Una mirada de angustiosa impotencia, de una incombustible furia y bravura, reprimidas, retenidas tras una irreversible máscara de cuero rígido. Una mirada de toro embalsamado. Supo entonces qué había pasado realmente hace catorce años, en una ruta lejana. Juan le habló por última vez. —Vos lo hiciste— no era una pregunta, porque no necesitaba respuesta, y tampoco la tuvo. Más que enfurecerlo, sintió que la certeza lo liberaba. Le dio la espalda al Tío Jorge, y se echó a correr a las apuradas bajo la lluvia, para encontrarse con su chica. Bajo la luz de la mañana, la vinería ya no le daba tanto miedo como antes. FIN. Esto fue todo amigos, si les gustó puedo subir más como éste. Hasta la próxima.
Buenos días, hoy les presento un cuento que escribí hace rato ya. A primera vista dirás que hijo de mil puta como va a subir un post tan largo, claro podría haberlo subido en partes pero es medio cabeza hacer eso así que subí los cinco capítulos de una así los vas leyendo como y cuando gustes. Todavía estoy charlando con mi contador y con los hermanos Botbol para la segunda parte del post de Casados con Hijos porque probablemente haga colapsar el sistema Bitcoin. Toro Bravo I Una camioneta último modelo emergió de la oscura y desierta calle. Juan arrojó el cigarrillo apenas fumado al suelo y lo retorció contra la húmeda vereda. El Tío Jorge había llegado. —Tío— saludó Juan cuando la ventanilla polarizada que se detuvo a lado suyo descendió emitiendo un zumbido mecánico. El motor rugía como una bestia. A través de la ventanilla emergió una mano cargada de anillos, que sostenía un abultado sobre y un llavero con cientos de llaves. —Ahí dentro tenés los planos del edificio— dijo una voz adulta dentro del coche. Juan tomó el sobre y las llaves, contemplándolas embobado, como si fuera un regalo de navidad. —Como te dije, seguridad es un laburo fácil incluso para vos— le explicó el Tío Jorge—. Tenés que tener la vista clavada siempre en los monitores de las cámaras. Cada tanto patrullá un poquito, así estirás esas piernas acalambradas de tanto hacerte la paja. Y la paga es buena, no me digas que no. Juan asintió sabíendo que la paga no era realmente buena. Pero iba a entrar por fin en el negocio familiar. Y por algo se empezaba. —Che ¿Y qué hago si se mete alguien? —Me llamás. Por cierto, casi me olvido... Jorge metió la cabeza dentro del coche, y hurgó en la guantera agitando papeles y cajitas con pildoras. Juan se dió cuenta de que su tío no estaba solo: dos chicas ligeras de ropa dormían acurrucadas en el asiento trasero. Juan no pudo distinguirlas bien en la penumbra, pero parecían mucho menores que él. El tío se incorporó y sacó un revolver y una funda de cuero. Mieeerda. Este es mi tío. Juan pudo ver su deslumbrada sonrisa reflejada en los lentes de sol de Jorge. Leyendo la expresión de su sobrino, y con una muestra de increíble velocidad a pesar de su sobrepeso, Jorge sacó medio cuerpo de la ventanilla y agarró a Juan del cogote. —¿Vos querés hacerte el cowboy no? ¿Vos te pensas que le voy a dar un chumbo cargado a un pendejo como vos? ¿Sabés el garrón que me comería yo, tu tutor responsable, si llegas a cargarte a un negro? —Pero para qu- —Uso disuasorio— ¿Entendiste? Juan realmente no entendió, pero obedeció. El tío parecía tener razón. Siempre la tenía. No se llega a ser el dueño de una de las bodegas más importantes del país, sino del mundo, cuestionando a tus superiores. Sabias palabras del Tío. Jorge vaciló, relajó la gorda mano y le dio unas palmaditas en la nuca. —Por eso si hay quilombo o notás algo raro, no llamás a la cana. Me llamás a mí. Y cuando venga el capataz a la mañana, ahí te tomás el palo —Está bien ¿Y después me pasás a buscar? —Te tomás el colectivo como cualquier laburador. — dijo tajante.— Me voy yendo, cuidame al Toro. Y escuchame una cosa. —Sí —Hacés bien trabajando para la familia. Vas a llegar lejos, pibe. Bien lejos. Tu viejo estaría orgulloso. —Gracias. El tío olfateó un par de veces. —Y no fumés adentro de la fábrica. Es peligroso. Además, a la larga es un vicio caro. Las putas rinden más. Yo te voy a llevar un día de estos. Vas a ver lo que es bueno.— hizo un ademán hacia el asiento trasero con la cabeza, y enseñó unos dientes amarillentos amontonados en una mueca grotesca e infantil. La sonrisa del éxito. La ventanilla ascendió, y la camioneta se alejó silenciosamente calle abajo. Juan despegó su pie del cigarrillo, y observó detenidamente la zapatilla mugrienta, más agujero que lona. Alzó la vista, contemplando el imponente complejo de edificios que comprendían la bodega y la embotelladora de vino Toro Bravo. Una monstruosa edificación victoriana, antigua, centenaria quizás, que se erigía sobre un predio inmenso, arbolado y rodeado por una cerca de concreto y rejas puntiagudas como picas. Vas a tener que pasar toda la noche ahí adentro. La mansión le parecía realmente tétrica a la luz de la luna. —Vamos, Juan.— se dijo, tratando de disipar el miedo—. Es tu primer día de laburo. Y ahora vas a poder dejar de vestirte como un ciruja. Eso fue suficiente para juntar fuerzas, y encaminarse lomenos temeroso que pudo hacia el majestuoso portón de hierro. Tardó un rato en encontrar la llave. El tío había cambiado todas las cerraduras mecánicas por unas magnéticas de última tecnología, para mayor seguridad, y aunque las llaves estaban numeradas, eran todas idénticas. De esas que parecen monedas de plástico. Menos una, clásica y algo oxidada, sin rótulo. Cuando oyó el victorioso pitido electrónico de la cerradura, empujó, y el ciclópeo portón enrejado por fin cedió, Juan se encontró en un imponente jardín que antecedía al complejo Toro Bravo. El lamento lejano de un perro (¿O un lobo?) lo sobresaltó. Más que jardín, a Juan le parecía una jungla sacada de una peli de Del Toro. Mientras transitaba el serpenteante y oscuro sendero flanqueado por frondosos plátanos y nudosos olmos, Juan se imaginaba que era en realidad el edificio el que se acercaba a él, como una ola titánica a punto de llevarse puesto a un botecito, y eso lo inquietaba. Más lo inquietaba la estructura angular que brotaba a un lado de la mansión, como un cáncer cutáneo lleno de cemento, coronada por varias chimeneas del tamaño del Obelisco. Aunque sin su ajetreo circundante, sin sus coches. Sin nadie. A medida que acortaba camino, notó que aunque todas las luces estaban apagadas, tal como su tío le había advertido (No recibimos subsidio nosotros, chiquito.) una de las ventanas abovedadas del último piso del edificio de corte gótico dejaba entrever una tenue y parpadeante luz amarillenta. Palpó el revolver para disipar su escalofrío, y se dio cuenta de que sus temores eran algo infundados, porque en realidad no era la primera vez que Juan entraba al complejo Toro Bravo. De chico solía pasarse los veranos jugando en el extenso jardín, y no tenía miedo. Claro que siempre de día, y junto a su papá. Cuando él trabajaba con el Tío en la fábrica, antes de que se accidentara con mamá en la ruta. Antes de que Juan quedara huérfano a los cinco años. Pero no lo recordaba al jardín en tan penoso estado. El Tío Jorge, por más grande y exitoso emprendedor que fuera, era un descuidado, sin duda. Y la luz, probablemente otro descuido, el de un obrero o del empleado de limpieza. Y además, no tenés munición, genio. Pensó. El temor volvió, pero por lo menos ya se encontraba frente a la puerta doble de madera del edificio administrativo, antigua, remachada, y adornada con bajo relieves de uvas y sarmientos. Sólo tenía que entrar, buscar la caja de las luces (¡¿Por qué no traje la puta linterna?!) que según el plano, se encontraba tras la entrada, y ya podía ponerse a trabajar. Rozó la cerradura magnética con la llave N°2. La puerta, con una burlona y chirriante bienvenida, lo invitó con brazos abiertos a adentrarse en las tinieblas que le aguardaban. Juan caminó a ciegas unos metros, y hubiese deseado no acordarse que tenía el encendedor encima, sobre todo cuando los mecanismos neumáticos de la puerta doble la hicieron cerrarse súbitamente detrás suyo. Cuando Juan accionó el pedernal, y la chispa produjo la ignición del metano que escupía el encendedor, ya era demasiado tarde, sí; pero cuando los demenciales y furiosos ojos rojos, coronados por un gigantesco par de cuernos puntiagudos como estacas, se materializaron en la oscuridad, ni hablar. Aterrado y a oscuras, Juan se abalanzó gritando hacia la salida, golpeándose la cabeza contra la puerta remachada, y el encendedor, el llavero, su celular, y él mismo se desparramaron por el suelo de baldosa. Buscó a tientas el llavero, y se incorporó tratando de no mirar al monstruo cornudo que acechaba a sus espaldas. Temblando, trató de abrir la puerta con cada una de las llaves, pero a cada pasada que hacía se encendía un LED rojo y la cerradura emitía un pitido condenatorio. No había caso, la N°2 hija de puta no se dejaba encontrar. —¡VAMOS, POR FAVOR! El llavero se le escurrió de las manos temblorosas, y Juan se dio por vencido. Se dio vuelta enfrentando el abismo, desenfundó el revolver .38, disparó una andanada de clics, y aguardó la embestida. Que nunca sucedió. En su lugar lo encegueció una luz azulada, y oyó un golpeteo vibrante a un par de baldosas de distancia y luego un timbre familiar. Iluminado tenuemente por la pantalla del celular caído, el toro, que hasta hacía unos segundos Juan pensó que le devoraría la cara, se veía amenazador, tan amenazador como puede ser un animal embalsamado. Debajo, una insignia que le colgaba del cuello rezaba: ‹‹EL VINO DE LOS CAMPEONES.›› Juan quedó tan petrificado como el animal relleno de paja que se erguía impasible a metros suyo, y luego soltó una carcajada histérica. Sintió que el alma se le volvía a meter por la nariz. Recriminó su estupidez mientras levantaba el celular. Comprobó que lo estaba llamando Matías. Su mejor amigo de la infancia, el compañero de jodas, el mejor wing derecho que se pueda tener en la cancha, el que se afana a todas las minas, gracias viejo, me salvaste de tener que tirar los calzoncillos a la basura. Aún así, se alejó unos respetuosos pasos del toro embalsamado, esperó unos segundos para recobrar el aire, y atendió. —Juani ¿Qué contás, viejo? Dos horas para atender loco ¿Interrumpo algo? —Estoy laburando, salame— a Juan no le salía ponerse serio ahora: escuchar la voz de su mejor amigo, cuando hasta hace un rato pensaba que iba a morir empalado por un toro en su primer día de trabajo, lo llenaba de júbilo. —Ya sé, ya sé. Escuchame, abrime que estoy acá afuera. —¿Acá? Pero escuchame vos... —Dale boludo, abrime, que se viene una tormeeenta... —No, no, Mati, por favor. Sabés que este es un laburo serio, y encima de la familia. —Por eso, boludo, todo tranqui. Yo estoy al pedo, y encima mirá si vas a hacer mucho a estas horas, dejate de joder. Matías significaba quilombo, pero también compañía, en un lugar francamente tenebroso, donde no recibió una muy grata bienvenida para empezar. Pero el Tío Jorge... —Dale que viene Romi también —agregó Matías. —Me dijo que está llegando. A Juan casi se le cae el llavero de vuelta cuando se puso a buscar la N°2. —Ahí voy. Ni cuando cruzó el jardín para abrirle a Matías, y ni siquiera cuando charlaba y reía con su amigo de camino al edificio, advirtió Juan que la tercera ventana abovedada del último piso del ala este del edificio administrativo se encontraba ahora a oscuras. II —Ah, la pelota — exclamó Matías cuando Juan presionó la palanquita de la caja de las luces. Iluminado por una araña colosal de innumerables caireles dorados, que colgaba sobre ellos, el hall principal brillaba majestuoso. Las baldosas, blancas y negras, se intercalaban inmaculadas como en un tablero de ajedrez. Al fondo, y más arriba, se extendía un pequeño mirador de barandas de madera, donde vigilaban dos brillantes armaduras. Desde allí descendían a la planta baja dos escaleras. Al pie del mirador, se erguía imperturbable el toro disecado. Juan desplegó los planos de la finca sobre una mesa cubierta por un fino mantel, abarrotada de copas vacías, sacacorchos, y unos panfletos que rezaban: . ‹‹INVIERTA EN CALIDAD. INVIERTA EN EL MEJOR VINO DEL MERCADO.›› —¿Y esto se supone que es una fábrica? — observando los innumerables cuadros de óleo destellante que colgaban de las blancas paredes —. Parece una mansión. —Es que es una mansión. Según tengo entendido esto solía ser una quinta, en la época en que Floresta era un descampado — explicó Juan —. Y no toqués eso. De hecho, no toqués nada, porque se supone que no tenés que estar acá. Matías, que manoseaba una Venus en miniatura, instalada sobre un marmóreo capitel al otro lado de la sala, pareció no escuchar. —Lo que no entiendo es por qué construyeron una vinería en Buenos Aires. Las uvas se plantan cerca de los Andes, en San Juan o por ahí. No acá. Juan despegó los ojos del plano y posó la vista en Matías, . Ambos se quedaron mirando uno al otro bajo la amarillenta luz de la araña. Esta noche se estaba sacando todos los números para ser la más extraña de su vida. —¿Cómo mierda sabés de estas cosas?— preguntó curioso —Ayer rendí oral de geografía en la nocturna, por eso —. se excusó Matías — ¿No puedo saber, che? —¿Y cómo te fue? —Y... más o menos. Pero yo de alcoholes soy todo una enciclopedia, no me digas que no —. sentenció con orgullo su amigo.— Además no soy tan boludo como parezco— sentenció con orgullo su amigo. —Tenés razon.— reflexionó Juan —. En lo de los viñedos por lo menos. Capaz los dueños de ese entonces ya tenían campos en los Andes, y la quinta era solo una quinta, y esta vinería se construyó mucho después. Qué se yo, mi tío debe saber. —Sí, puede que tengas razón. Bueno, fijate donde esta el baño que me tengo que echar un cloro. No aguanto más. —Ahí me fijo. Según el plano ellos se encontraban en la Sala de Recepción y agasajo. Un pasillo paralelo a la puerta recorría la mansión de punta a punta. Hacia la izquierda conducía hacia la fábrica, hacia el lado contrario a las bodegas. Los baños, y la sala de monitoreo, donde Juan debía pasar la mayor parte del tiempo, se encontraban escaleras arriba. —Dale, boludo —Los baños están el primer piso.— confirmó Juan —. Subimos los dos. Mientras subían las anchas escaleras, Matías explicó: —Tienen que traer las uvas desde la loma del orto para hacer el vino acá. Eso explica por qué el vino es tan berreta. Te lo pintan como un Rutini, y resulta que lo tenés que bajar con media botella de Fanta y dos latas de Speed para que pase. Aunque es mucho más barato que un Rutini, claro. Esa osada lección de alquimia etílica turbó a Juan, porque la consideraba un insulto al legado de su familia (por lo menos al del Tío Jorge). Pero lo cierto es que nunca había tomado un Toro Bravo. A decir verdad, en raras ocasiones tomaba alcohol. Solo se puso en curda una vez, con cerveza, y cuando casi se fracturó ambas tibias tirándose de lo alto de un árbol de Parque Chacabuco junto a Matías, tarareando ambos el tema principal de Indiana Jones; supo que era más que suficiente. Pero no era por aquella aventura que recordaba esa vertiginosa noche: Aquella vez había conocido a Romina Dupont. “¿Estás bien?” le había preguntado preocupada, con esos grandes y angustiados ojos negros que lo volvían loco. Esa noche habían salido a festejar el egreso del secundario (o por lo menos para su amigo Matías, no tener que seguir cursando). En realidad, Juan y Romina ya se conocían, porque eran compañeros de clase, pero hasta ese entonces nuncas se habían hablado. En esos cinco años Juan no había juntado el valor suficiente. Ella sí se hablaba con otros chicos, incluso con Mati; hasta le habia parecía que algo se fraguó entre ellos, y Juan se había resignado, por un largo tiempo, a sospechar lo peor. “¿Estás bien?” “Sí, sí. No, no. Yo puedo solo.” No podía. Y Juan recordaba que solo había bastado el contacto de las tiernas manos de ella con las suyas para recuperar la sobriedad. Romina no había ayudado a Matías a levantarse. Lo había ayudado a él. A partir de ahí, el resto fue más fácil con la chica con la que hubiera deseado casarse y vivir por siempre. Desde un par de urinales de distancia, le llegó la voz de Matías: — Esto sí que es vida, Juani. Tenés vino ilimitado, y todo un lujo de baño donde podés quebrar sin que te joda nadie. Y encima te dan un chumbo. Alto laburo pegaste. Matías no se equivocaba: una docena de urinales se extendían desde la puerta hasta el fondo, empotrados sobre paredes recubiertas de mosaicos coloniales. Las pastillas de los urinales, seguramente de buena marca, expelían un generoso aroma a lavanda a medida que las desgastaban. Bajo la amarillenta luz de los focos de tungsteno (antiguos, y poco comunes en baños públicos como aquel), a Juan le pareció una estancia confortablemente tenebrosa, como el baño de un hotel embrujado. Agradeció el no estar solo. —Sí, sabelo — contestó Juan. Se abrochó la bragueta, y se dirigió al lavabo, de finísima porcelana. Mientras Juan se lavaba las manos, Matías se metió en una cabina de madera laqueada, con esas puertecitas que parecían sacadas de un saloon del Viejo Oeste, que rechinaron al cerrarse. A Juan le parecían pintorescas, aunque ciertamente poco útiles a la hora de brindar privacidad. Cuando Juan se secaba las manos con unas toallas bordadas con cuernos, Matías le dijo, desde la cabina: —¿Sos boludo no? —¿Qué pasa? Juan no comprendía. —No, no, sos boludo en serio, Juani. Va a venir Romina y vos te hacés el tarado. Desde que me abriste la reja no dijiste nada del tema. Ni un agradecimiento, loco. Estás esquivo, hermano ¿Qué te pasa? Juan pensó en contarle lo del toro, pero ese no era el problema. Lo cierto es que el día anterior la había pasado peor. —Y, pasa que...vos sabés, tuve un quilombo con ella.—tragó saliva—. Los papás, viste. —Sí, ya sé. Pero vos caés a la casa con la pinta de ciruja que tenés, sin estudio y sin laburo, y lógico que se pongan así. Pero lo importante es que te viene a ver. A Juan se le encendieron los ojos. —¿Cómo que sabés? Si no te lo conté a vos. —Porque me contó ella— explicó Matías desde la cabina, pero dándose cuenta del error que cometió, agregó: —Igual está todo bien che, ella y yo somos amigos, y hablamos. No hay nada malo en eso. Cuando venga, yo me voy, si querés, y los dejo solos. Semejante mansión tienen para los dos, encima... por si surge algo. Yo también iba a traer una minita, pero arrugó. —Sos un hijo de remil puta ¿Hablás con ella de esas cosas a mis espaldas, buitrero chanta?— vociferó Juan a la cabina. —¡Te estaba haciendo la gamba! Los veía tan felices a ustedes. Además no me interesa Romina.— juró Matías. —No me importa, andate de acá, y decile a ésa que no venga. —Loco, parecés una mina. Además Romi ya debe estar por— —¡Andate y dejame laburar tranquilo!— lo interrumpió Juan. —¡Pero bancá loco, que no hay papel acá! Juan le pegó una furiosa patada a la puerta de la cabina, oyó complaciente el grito ahogado de Matías, y salió del baño. —Cuando termines, bajamos, te abro la puerta, y te vas — le ordenó Juan desde afuera. Desobedeciendo al Tío, Juan encendió un cigarrillo y se puso a fumar. No lo podía creer. No pasaban ni veinticuatro horas desde que cortó con Romina, y su mejor amigo, si es que se le puede seguir llamando así, le estaba poniendo unos cuernos tan grandes como los del animal momificado del hall. ¿Dónde estaba el honor, la amistad? Probablemente por haber estado ensimismado, decidiendo la inevitable venganza (sin duda molería a golpes a ese traidor hijo de puta en el jardín, incluso sabiendo que éste era mucho más fuerte que él) junto a la puerta del baño, Juan tardó más de la cuenta en notar que al final del pasillo un perro, o por lo menos la sombra de uno, agitaba la cola y luego se esfumaba tras la escalera. Tan enojado estaba Juan, que no se sobresaltó. Lo primero que se lo ocurrió fue seguirlo. Al avanzar por el pasillo, pudo oír los tenues golpecitos de las patas del can contra las baldosas de la planta baja, y el tenue eco de ese jadeo propio de los perros. Justo cuando Juan bajó al hall, el extraño visitante dobló hacia el pasillo Este. El Tío nada había dicho sobre animales, vivos o rellenos de paja, pero pareció lógico que en un predio tan grande haya perros guardianes. La cuestión era que el bicho estaba adentro del edificio, donde podía llegar a ensuciar o romper algo, y eso habría sido un serio problema para Juan y su futuro laboral. Decidió que era mejor sacarlo al jardín: luego se ocuparía de Matías. Por suerte al perro se le había ocurrido meterse en la primer habitación a la vuelta del Hall. Un cartel grabado en madera informaba que era una despensa. A pesar de la oscuridad, pudo vislumbrar vagamente al can, que se apoyaba sobre sus cuartos traseros en el umbral de la puerta. Una ventana al fondo recortaba su encorvada y peluda silueta. Sus ojos brillantes lo observaban espectantes. El perro, amarronado, de pinta callejera y, honestamente, muy pequeño para ser guardián, empezó a ladrar y a escupir frenético sin quitarle la vista de encima. ¿Cómo puedo tener tanta mala leche? Recién es el primer día de laburo, y ya quiero renunciar. —Tranquilo, no te voy a lastimar —trató de calmarlo Juan. Pero el perrito no le ladraba precisamente a él. Cuando la dura porra golpeó su nuca, y el cigarrillo se le deslizó de los labios impactando contra el suelo en una erupción de chispas, pudo ver por unos segundos cómo el perro se echaba a la carrera asustado hacia el fondo del pasillo, en dirección a la bodega. Y antes de caer desvanecido oyó detrás suyo una voz nasal y desconocida, que parecía hablarle a un tercero. —Decile que ya lo tenemos. III Cuando Juan despertó, no le tomó mucho tiempo percatarse de las ataduras que estrangulaban sus muñecas y tobillos. Recostado contra una pared del hall, de a poco volvía en sí Seguía siendo de noche: ¿Cuánto tiempo había pasado? Sintió algo pastoso y sucio en la boca. ¿Una media? Oyó un par de truenos, y las gotas de lluvia repiqueteando en las ventanas a su espalda. El ladrido angustioso de un perro retumbaban desde algún lugar lejano. Dos hombres se encontraban en la misma estancia, a un par de metros. Uno de ellos, calvo y fornido, salpicaba las paredes a baldazos. No era agua lo que chorreaba del balde: Juan podía oler el penetrante vaho del combustible. O para ser más precisos: alcohol etílico. El otro hombre, delgado y morocho, con una remera de los Redondos de Ricota, hablaba por celular. Asentía a cada rato. De repente el hombre del celular cortó, miró hacia Juan, sonrió, y le hizo una seña al fortachón: —Mirá, el paquete ya se despertó. Ambos hombres miraron a Juan, burlones. —Bien. Ahora andá a callar a ese perro que me tiene las pelotas llenas. El flacucho guardó el celular en el bolsillo, y se alejó regañando a través el pasillo Este. Juan quiso gritar, pero de su boca surgió un gemido amordazado. Al cabo de un rato, el fortachón había terminado con el último balde, y lo arrojó junto a otros ya vacíos. Se acercó a Juan, y éste lo pudo apreciar mejor. Fornido, ataviado de una camisa blanca arremangada, sucia, y los brazos surcados de tatuajes. La cabeza rapada y pálida, brillaba como si se la hubieran pulido. Le faltaba la gorra, y era Popeye. A Juan le pareció que soñaba. Todo era tan irreal. Te quedaste dormido en el trabajo, eso pasa. — deseó creer—Los nervios te hacen soñar con toros y ladrones. El captor metió una mano en uno de los bolsillos de sus jeans, y sacó una píldora cubierta de bolitas de pelusa de tela azul. —Bueno, flaco— dijo con voz nasal el pelado mientras le sacaba la media de la boca—. ahora te vas a tomar esto, te vas a dormir, y terminamos el asunto. Si te resistís, va a ser peor. Liberada su boca de la mordaza, Juan gritó hasta quedarse afónico. —No nos pongamos difíciles — dijo el fortachón sin inmutarse, y sacudió la suciedad de la píldora mientras agarraba a Juan del cogote y se inclinaba para introducirla. Juan se sacudió de su presa, e instintivamente mordió la mano de su captor, en el tierno espacio entre el pulgar y el índice. Paladeó sin quererlo, el gusto de la sangre. Un cálido triunfo. —LA CONCHA DE TU MADRE, TE VOY A MATAR PENDEJO DE MIERDA— maldijo el gigante. Y antes de que Popeye pudiera siquiera reaccionar, algo estalló sobre su cabeza. Un bombazo que por un segundo Juan confundió con un relámpago, y una lluvia de vidrio y líquido violeta bañó el rostro del captor, que comprimió en una mueca de sorpresa y dolor. El pelado se dejó caer como un saco de espinaca, y atónito, Juan contempló en su lugar una mano empuñando el pico de una botella rota. Matías. —Qué desperdicio de escabio ¿Estás bien? Su amigo lo desató y lo ayudó a incorporarse. Ambos ataron al captor, que seguía inconsciente. Apestaba a Toro Bravo Cosecha 1998. —¿Bueno, estamos a mano eh? Juan asintió y escupió la sangre de Popeye. Matías observó los baldes y las paredes enchastradas de alcohol. A Juan lo entristeció un poco descubrir que el hermoso pelaje del Toro no se salvó de los baldazos. Junto a los baldes yacía un puñado de jeringas llenas. Juan tomó una y la vació. Alcohol. —¿Qué carajo pasó? Juan le explicó lo del perro y el porrazo. —¿Y vos dónde estabas?— lo interrogó Juan —Me fui a dar una vuelta por la fabrica, a buscar unos vinitos para consumo personal, y de paso te iba a convidar para bajarte los humos un cacho. —Menos mal, sino no la contábamos. — y agregó: —Pensar que te iba a cagar a trompadas. Perdoname. —Jaja, vos a mí, cagón, encima que me tuve que limpiar el culo con los planos esos que dejaste en el baño— dijo Matías mientras tomaba la porra del captor caído, pero al ver la expresión asesina de Juan, se apresuró a señalarle: —Mirá, el pelado de Lost tenía tu chumbo. Juan tomó el revólver, y oyeron el ladrido ahogado del perro. —¡Pará!— se detuvo Juan —¡Eran dos!¡El otro se fue por el pasillo a buscar al perro! Siguiendo los ladridos del animal que llegaban desde el fondo del pasillo, Juan y Matías se movieron con cautela. Llegaron hasta una escalerita lateral que iba hacia abajo. Según Juan recordaba del plano, allí se encontraba la bodega. Bajaron por la escalera de piedra, y se encontraron en una larga estancia abovedada a oscuras, con cientos de estanterías llenas de botellas. No encontraron señales del perro o del intruso. Llegaron hasta el fondo, y se toparon con otra escalera más pequeña, de caracol. A través de la angosta abertura llegaba a ellos el eco de los ladridos. Esta estancia adoquinada, más baja, larga y evidentemente en desuso, estaba flanqueada por hileras de cientos de grandes toneles. La bodega inferior estaba sumida a oscuras también, pero divisaron un rayo de luz redondeado saliendo del último tonel de la fila izquierda. Parecía roto, o abierto. Los ladridos cesaron. —¿Y si llamamos a la cana?— sugirió Matías en un susurro. —No, no. Voy a llamar a mi Tío primero. Por lo que ví, éstos no estaban armados. Se encaminaron lentamente hacia la luz, y, revolver enfundado, se asomaron. Juan creía que su asunto con el bicho disecado era el claro candidato romperla en el Concurso de Cosas Más Extrañas Que Te Pueden Pasar en el Primer Día de Trabajo, pero lo que presenció a continuación se llevó todos los premios, y por ovación del público. Desde el interior del tonel los aguardaba el centellante acero de una escopeta de dos cañones. Los agujeros gemelos, como temblorosas fosas nasales de un toro furioso, apuntaban a sus ingenuas cabezas. Hacia el final del prolongado cañón descansaba un decrépito rostro barbudo apoyado sobre un hombro esquelético. Un solo ojo lechoso, coronado por una tupida ceja gris, los observaba fijamente. Bajo la luz de una gastada bombilla que colgaba dentro del tonel, Juan pudo apreciar que el anciano, sentado como indio, sostenía el arma solo con el brazo izquierdo. Con el otro apresaba el cuello del morocho de la remera de los Redondos. Un pequeño puñal presionaba, amenazante, la sudorosa piel de su cuello. El perrito que los había traído a la trampa tironeaba de su remera, y gruñía. El morocho, aterrado, también los miraba. Los ocupantes del tonel, sentados sobre un colchón sucio y deshecho, parecían tensas estatuas. Alrededor de ellos, en la pared interior del tonel, colgaban almanaques descoloridos y de años remotos, fotos de mujeres ligeras de ropa, estampitas de los santos más variados, y banderines de un cuadro de fútbol que Juan no pudo, o no tuvo realmente el interés de identificar en ese momento. Un centenar de velas consumidas abarrotaban el fondo del tonel. —Ayúdenme—dijo en un sollozo ahogado el morocho, aunque no parecía percatarse que Juan y Matías poco podían hacer teniendo una escopeta a dos centímetros de la cara. —Cerrá el pico—le respondió el anciano con una voz grave y áspera, sin quitarle el ojo de encima a los chicos—. O te abro otro. Un celular empezó a sonar. El bolsillo del jean del Ricotero se alumbró: pero su dueño estaba ocupado en ese momento. Cuando el celular dejó de sonar, Matías, el más valiente de los dos, preguntó: —¿Quién es usted? —¿Les parece que están en posición de hacer ustedes las preguntas?—retrucó el viejo sin despegarse de la escopeta. Juan palpó el revolver. Tenía el resto del cuerpo afuera del tonel. Tal vez si lo asomaba un poco, al menos para inclinar la balanza a su favor... —...soltalo— ordenó el viejo leyendo sus movimientos (o sus pensamientos). Juan obedeció resignado. El celular sonó de nuevo. El anciano abrió el otro ojo, y solo le basto observar el revólver caído para decir: —Decime, purrete ¿Qué pensabas hacer con un revolver descargado? ¿Será posible que cada nueva camada de chorros sea más boluda que la anterior? —Usted no entiende, no somos chorros.—trató de explicarle Juan lo más tranquilo que pudo. —Si, claro, piensan que soy un viejo senil. Ahora vienen con el camelo de que son unos santitos. Unas víctimas de la sociedad— los fulminó como si fueran dos pedazos de excremento—. Me van a hacer enojar, muchachos. Y me pongo muy malo cuando me enojo—miró al perrito— ¿No, Teseo? El can asintió tironeando con más fuerza la remera del morocho. —Bueno, ahora que nos entendemos, tengo una proposición que hacerles: Olvido que interrumpieron mi tranquila velada, me levanto, voy junto a mi amigo éste que tengo acá, y con ustedes los novios juntitos adelante vamos a la comisaria más cercana. Ó... bueno, habrán notado que hay suficiente espacio en el jardín para tres tumbas nuevas. Ambos chicos, y seguramente también el Ricotero si no hubiera tenido miedo de clavarse la hoja del cuchillo, tragaron saliva. —Pero tal vez esté un poco viejo y cuente mal. Díganme ¿No serán acaso cuatro tumbas? Porque sigo oyendo y oliendo bien. Sé que hay otro ¿Dónde está? —miró al Ricotero— ¿Será el que está llamando ahora? Matías levantó una envalentonada mano, como esas veces en el secundario, durante un examen sorpresa, en que tenía que informarle a la profesora que no había estudiado absolutamente nada. Pero esta vez sabía. —Está en el hall. Lo atamos. El rostro demacrado del viejo se contorsionó en una mueca de maliciosa incredulidad. —¿A ustedes la merca se la adulteran con talco o son pelotudos de nacimiento? ¿Qué clase de imbéciles delincuentes redomados son ustedes? —Le estamos diciendo que no somos ladrones—insistió Juan— Yo soy el Guardia de Seguridad. —¿Guardia de seguridad? Juan le enseñó el llavero que colgaba de sus pantalones —Yo soy Juan, el sobrino del dueño, Jorge Corsini. Y éste es Matías Seineldín, que me salvó de éste.—Juan señaló al morocho— Y del otro que tenemos arriba. Esos sí son chorros. El viejo barbudo bajó la monstruosa escopeta. La mano derecha seguía apresando al morocho. —Por favor, no me mate. Tengo familia.— imploró con angustia. —Cerrá el culo vos —ordenó el viejo. Se asomó por fuera del tonel y casi roza a Juan con su bulbosa nariz. Sus ojos grises recorrieron todo el rostro del joven, como si fueran el cabezal de una impresora. De repente, sus arrugados pómulos se sonrojaron. —Bueno, es hora de presentarme: Yo soy Arturo, el casero. Y ésta—con la mano libre contorneó la reducida e improvisada estancia—... es mi casa. Y hizo una reverencia. —Bienvenidos.Y debo pedirles perdón, Juan Corsini y compañía. ¿Casero? El Tío no le había dicho nada a Juan sobre un casero. Pero a decir verdad, a estas alturas había muchas cosas que el Tío no le había contado. —Y así que sobrino del dueño ¿eh...?— repitió Arturo, y luego estalló en una risotada gangosa. Juan y Matías observaban al extraño habitante del tonel sin entender nada. Y agregó, palmeando con una huesuda mano el hombro de Juan, diminuto en comparación: —¡Vos sos el dueño! IV Sentado sobre el colchón, Arturo les contó rápidamente la historia de Toro Bravo tal como la recordaba. Algunas cosas Juan ya las sabía. Por ejemplo, que su papá se llamaba Carlos, y que era por lo menos uno de los dueños de la vinería. —Tu tío nunca fue dueño de nada, más allá de su propio culo.—explicó Arturo mientras acariciaba a Teseo. Al fondo el Ricotero, atado de pies a cabeza, observaba la escena asustado. “Ni siquiera es tu tío. Era el hermanastro de Carlos. Sería tu... tiastr...bueno, como sea. Tus abuelos lo adoptaron de muy chico, aunque no tanto lamentablemente. Quién sabe de dónde vino esa mala hierba. Aún así, tu padre siempre lo quiso mucho, era un hermano menor para él, pero conocía muy bien sus ademanes violentos, su propensión al despilfarro, y su desmedida ambición, que se acrecentaban a medida que él crecía”. Huérfano como yo. “El hecho de que tus abuelos no le confiaran un cargo directivo siempre lo frustró. Sólo le dieron migajas, y eso era más de lo que merecía, si me lo preguntás.” Juan meneó la cabeza. El Tío era su tío. Sí, podía ser algo violento a veces (Lo hago por tu bien, chiquito), podía ser tener gustos algo turbios, pero era un empresario muy serio y ordenado. O por lo menos eso quería creer. Y ¿Cómo un vagabundo que vivía dentro de un tonel tenía la cara para hablar de cordura? Juan atinó a decírselo, pero miró la escopeta que descansaba sobre el regazo raquítico del anciano y recapacitó. Mejor seguirle el juego. El anciano continuó: “Yo conocía a tu papá desde que nació en esta misma mansión, como vos. De joven lo llevaba a Lobos —en este punto Arturo acarició la escopeta de dos cañones—. Un buen muchacho.” El casero hurgó en una caja de cartón y sacó un porta retrato. Viejo, pero con un poco más de pelo, Arturo se sostenía del hombro de un hombre sonriente, y flacucho como Juan. Descartando la diferencia de edad y las canas, tanto él como el hombre de la foto eran idénticos. “Cuando naciste, Juan, Toro Bravo se encontraba en el mejor de los momentos. Te conocí, aunque tal vez no lo recuerdes. Yo solía vigilarte mientras jugabas en el bosque de la finca” Juan creía recordarlo, pero aquellos tiempos eran turbulentos, y prefería no hurgar en ellos. “Por ese entonces tu padre se había asociado con Jorge, y se le ocurrió prestar oídos a algunas de sus novedosas ideas de expansión del mercado. Un gran error. Se cerraron los viñedos del interior, e impulsado por el tipo cambio barato, Toro Bravo se dedicó exclusivamente a la importación de bebidas. Al poco tiempo, tus padres murieron en ese accidente de mierda.” El viejo bajó la cabeza e hizo una venerable pausa. “Vos, y Jorge como tu tutor, quedaron como los últimos miembros vivos de la familia, aunque el único heredero efectivo, como te imaginarás, es Juan Corsini.” Súbitamente, Arturo se levantó y les pidió a los chicos que lo siguieran. Mientras todavía digería la información, Juan notó lo alto que era. Debía medir dos metros, fácil. Camino entre los toneles a la luz de una linterna antigua, y se detuvo frente al que parecía estar en peor estado. Golpeó la mohosa madera con los nudillos, y escucharon un ruido seco. El anciano palpó el grifo de bronce del tonel, y del mameluco de trabajo que tenía puesto sacó un destornillador. Removió delicadamente los cuatro tornillos. —Jorge quedó a cargo de la empresa. Por esa época construyó la vinería fea que está anexada a la mansión, donde embotellan ese meo destilado que venden ahora. Poco tiempo después el hijo de puta me echó, pero nunca me fuí. Tenía que cuidar ésto. Cuando el último tornillo cayó al suelo de adoquines con un impaciente tintineo, Arturo desprendió el grifo con cuidado, y el haz de la linterna dejó ver una pequeña ranura. —Probá con esa— el viejo le señalo la llave oxidada del llavero, la que desentonaba con las otras. Juan introdujo la llave, y la giró. Oyó un clack apagado. Acto seguido, el anciano apartó la tapa del tonel, y a los tres los recibió una ráfaga de húmedo hedor. Dentro del tonel se amontonaban un par de lingotes de oro, una cajita con joyas, algunas armas de colección, cuadros, cartas, y fotos viejas. Juan y Matías lo contemplaron boquiabiertos. Para un joven cualquiera, eso era toda una fortuna. Juan se inclinó, agarró un cuadro y lo contempló. Era un retrato de un hombre de avanzada edad. Recio, y de mirada seria, vestía un pintoresco uniforme de matador. —Si no me equivoco, ese es Aldo, el abuelo de tu abuelo, y fundador de la firma. Él diseñó esta mansión hace más de un siglo— observó Arturo. Juan asintió. Ya había visto su nombre en los planos. —No es mucho, pero es el legado de tu familia. Esto, y toda la puta manzana.— dijo el viejo sonriendo y dibujando un circulo con la escopeta. Juan casi se desmaya de la impresión. Guardia de seguridad a dueño en su primer día de trabajo. Nada mal. Pero lo arremetió la duda. Tal vez lo que estaban haciendo era ilegal. Ese tesoro era tanto de él como del tío. El cuadro y la llave confirmaban que Arturo era realmente el casero, y no un ocupa, cierto, pero: ¿Por qué creerle todo el resto del cuento? —Tu tío no tiene que saber nada ¿Entendido? Esto queda entre nosotros, por ahora. Tenés que entender que no podés confiar en ese gordo hijo de puta. Tenés que entender que, ahora que sos mayor, puede buscar cualquier método legal, o ilegal, para sacarte del medio. No te va a dar un mango, y no creo que te deje vivir en paz tampoco. —Bueno, estoy trabajando para él ahora — observó Juan. —“Laburando para él”— respondió fastidiado—¿Qué hacés laburando para él, cuando él debería estar laburando para vos? Un tipo que para defenderte te da un revolver descargado...—de pronto el anciano adquirió una expresión seria y se quedó en silencio. Sí, el anciano podía tener razón en eso, pero... ¿Cómo podía saber Juan que toda la historia era cierta? ¿Por qué un viejo con esa pinta de ciruja podía saber más que el Tío sobre sucesiones y cuestiones legales? ¿Y eso de que Jorge no era su tío? Tal vez el cuento del hermanastro se lo había inventado por la bronca del despido ¿Tendría que informarle al Tío Jorge que el ex casero vivía con su perro dentro de un tonel de la bodega del segundo subsuelo? Por lo pronto, debía retornar su deber de guardia de seguridad y arreglar este despelote. —Tengo que llamar a mi tío, por el tema de los ladrones éstos. —Lo que no entiendo —dijo de repente Matías, que hasta hace un momento parecía embobado por la riqueza dentro del tonel — es lo de los baldes. —Y las jeringas— recordó Juan. —¿De qué hablan?— preguntó Arturo despabilándose de su letargo. —Después de que me pegaran y me ataran, vi cómo los chorros rociaban de alcohol las paredes del hall. No se robaron nada de valor. Nada. Y encontré unas jeringas llenas de alcohol. Recuerdo que hablaban con alguien. Arturo se quedó un rato acariciando su tupida barba gris. De repente se le iluminaron los ojos. —Hacé esto— dijo finalmente —. Llamá a Jorge, pero hablale sólo del tipo que tienen arriba. De éste no hablés.—señaló con un pulgar el tonel del fondo—. Y no mencionés los baldes. Juan obedeció, aunque no sin ciertas dudas. —Tío. —Ah ¿Qué hacés, campeón? — del otro lado de la línea, el Tío sonaba más afectuoso que de costumbre— ¿Cómo anda todo? Juan le explicó lo que pasó, pero solo describió al Popeye. —¿Te ataron? No lo puedo creer. Este país está cada vez peor. —Ya está todo bien, por suerte. Lo pude reducir con el arma que me diste. Disuasión.— adoptó un tono similar al del Tío. —Bien hecho... ¿Y no había nadie más, no? —No, sólo él. Pero ya está todo controlado. —Bueno, bueno, escuchame: vos quedate tranquilo, que ya voy para allá con la policía. Esperame. Juan cortó, y miró a Arturo y Matías. —Ahora viene mi tío ¿Qué hacemos? Y apenas terminó de hablar, al fondo del pasillo, desde adentro del tonel del casero, sonó un celular. El celular del Ricotero. Los tres corrieron hacia el habitáculo de Arturo. El viejo les ordenó desatarle una mano al maleante, donde depositaron el celular. Arturo le sacó la mordaza y le encajó los dos cañones en los huevos. —Atendé y actuá naturalmente. Decile a tu jefe que todavía no hiciste lo que te pidió. Si llegás a decir algo, o a levantar la más mínima sospecha, hoy mismo patrocino tu meteórica carrera como soprano del Coro Kennedy. El morocho asintió aterrado, y Juan y Matías acercaron los oídos al celular lo más que pudieron. —¡¿Qué pasó?! ¡¿Por qué no atendías?! A través de la distorsión del parlante, Juan reconoció ese gangoso, imperioso, estridente y ahora escalofriante timbre. El Tío Jorge. No cabía duda. —Perdón, patrón, surgió una complicación. Matías le hizo una seña al rehén, y le mostró el revolver .38. Arturo le presionó aún más los genitales. —El pibe...el pibe tenía un revolver— agregó. —...LES DIJE MIL VECES QUE NO ESTABA CARGADO, MANGA DE IMBÉCILES.— bramó el tío —Sí, señor, disculpe. —Pero por suerte... no te vió. —la voz jadeaba, tratando de calmarse—Hablé con el. Yo estoy yendo para allá ¿Dónde estás ahora?¿Rociaron todo por lo menos? —Estoy escondido en la bodega. Sí, señor, eso lo hicimos. Espero sus órdenes. —Más te vale. La puta madre, cómo puede ser que no sean capaces de agarrar a un pendejo de mierda desarmado ¿Puede ser que tenga que hacer todo yo? Voy inmediatamente. Cuando el de remera cortó, lo volvieron a atar. —Tenías razón— le dijo Juan a Arturo. —Toda la razón. Arturo asintió, volvió a apuntar al morocho, que parecía harto ya de tanto maltrato. —Ahora vas a cantar—le dijo Matías— ¿Qué es lo tenían ordenado hacer ustedes dos? El morocho señaló con la cabeza a Juan. —Prender fuego todo— y titubeó, como si temiera decir lo próximo—:Con él adentro. Juan se contuvo de molerlo a golpes. El plan era diabólico, ingenioso. Un cigarrillo, un fósforo, una chispa perdida en un entorno inflamable (y con un poquito de ayuda, claro). Un guardia, el sobrino del dueño, en su primer día de trabajo, que se olvida de activar el sistema contra incendios de la fábrica, porque, por Dios, nadie le dijo que lo hiciera. Puertas automáticas que pueden convertir el edificio en una prisión. Un cadáver chamuscado, con las venas reventadas de alcohol. Un trágico accidente. Una jugosa póliza de seguro. Y un obstáculo menos en la línea sucesoria. —Juani.—dijo Mati. —Sí. —Tu tío es un hijo de puta. V Juan, Matías, Arturo y Teseo se habían instalado junto a los dos intrusos maniatados en la Sala de Monitoreo del primer piso. Observaban atentamente los monitores, esperando la llegada del Tío Jorge. Resolvieron llamar a la policía apenas llegue. Luego lo inmovilizarían. Viendo cómo Arturo preparaba la escopeta, Juan aclaró: —Recuerden que lo necesitamos vivo junto con los otros dos, para que puedan declarar. Después que la cana se encargue de él. Por mí que se pudra en la cárcel por el resto de su vida. Arturo cerró el mecanismo de la escopeta, en un chasquido amenazador que aterró a los dos rehenes. —Sólo por si la cosa se nos va de las manos. Matías se acercó a Juan y posó una mano sobre su hombro. —A la mierda la nocturna, cuando todo esto acabe, nombrame vicepresidente. Me la debés. —O mejor Control de Calidad— sugirió Juan, y ambos se rieron. —Miren— advirtió Arturo, inclinado frente a uno de los monitores, y los chicos se acercaron. La pantalla mostraba el enrejado frontal, y un coche negro estacionado. La lluvia torrencial formaba una bruma enceguecedora. Una gorda y blanca figura abría y cerraba la puerta de un golpe, y abría con esfuerzo la gran reja. Otro monitor mostraba al Tío Jorge corriendo agitado bajo la lluvia a través del camino principal del jardín. —Menos mal que te iba a traer a la cana ¿No?— ironizó Matías. Cumpliéndose lo que habían predicho de antemano, el Tío sacó un celular del bolsillo y discó. No era el celular de Juan el que sonaba. Arturo apuntó con la escopeta al hombre de la remera de los Redondos. —Hacé lo tuyo. El hombre atendió, y dijo lo más tranquilo que pudo: —Ya tenemos asegurado al paquete, señor. Paquete. Desde el monitor de la cámara del jardín, Juan observó su porcina mueca de complacencia y no pudo más que horrorizarse. El tipo que lo había criado desde los cinco años, que más bien que mal lo había alimentado, le había comprado sus juguetes (con ciertas privaciones, claro), le había bancado la educación, (pública, pero en fin), y le alquilaba el departamento donde vivía (tal vez para no tener que verlo), al que supo ver (a pesar de ciertas cosas que le hacían ruido) como un modelo de éxito, de posible socio cuando él fuera adulto, tal vez algún día llamarlo padre, porque era el único que conoció; ese tipo ahora quería verlo muerto. ¿Un tío huérfano apiadándose de su sobrino huérfano? No en la agenda del Tío Jorge. Juan oyó las pesadas puertas de madera de abajo abrirse de par en par. —¡Muchachos!— una voz gangosa y alegre venía del primer piso. —Vos quedate acá.—le dijo Juan a Arturo, y este asintió. Vos también, Matías—. Voy a bajar solo. —¡Ya llegué! El alcohol se está secando— advirtió preocupado— ¡Apúrense! Juan bajó por una de las escaleras laterales. El Tío, parado en medio del hall, no había advertido aún a Juan. Estaba concentrado en su celular de último modelo. Golpeteaba impaciente el suelo de baldosas con su reluciente mocasín recién lustrado. El pelo negro siempre engominado, corona de su gorda cabeza, era ahora una enmarañada catástrofe. Su lujosa cazadora blanca, ahora gris, chorreaba agua a cántaros, escupiendo innumerables gotas contra el suelo. Una lástima. Pero sabía que tarde o temprano tenía que tomar cartas en el asunto. “La mejor forma de lograr algo es hacerlo uno mismo.” Sabias palabras suyas. Raro haberlas olvidado. Terminada su tarea, se pegaría una vuelta por la lavandería, sin dudas. Luego, un buen baño caliente, como a él le gusta en días como éstos. Y al mediodía, una escapada a su mesa favorita en Rodizzio. ¿Cazuela de mariscos?¿Parrillada para uno? ¿Por qué no ambas? ¡Hoy se festejaba a lo grande! —Tío. Jorge apartó la vista del aparato y miró hacia la escalera. Sus infantiles facciones se arrugaron espantadas, como si hubiera visto una aparición. Este Tío no se parecía en nada al Tío de las ventanillas polarizadas, al de las putas menores de edad en el asiento trasero del coche. La pantalla táctil del celular se hizo añicos al estrellarse contra la baldosa. —¿Juan? — preguntó en un tono de incredulidad y protesta— ¿Pero qué está pasando? —Yo sí sé lo que está pasando. La rasurada papada del Tío se agitaba frenéticamente. —Lo único que quiero saber es por q- Pero antes de que Juan pudiera terminar, el Tío sacó del bolsillo de la cazadora una pequeña Walther automática. —Lo único que tenés que saber, es que esta sí tiene balas— dijo, burlón, volviendo a ser el Tío de siempre. —Ésta también— la aspera voz provenía a espaldas de Juan, más arriba. El anciano casero se erguía firme sobre sus dos metros en el mirador, entre las dos relucientes armaduras. La escopeta de dos cañones se asomaba por encima de la baranda de madera. —Soltala, Jorge— ordenó. El Tío alzó la vista y lo miró con los ojos abiertos. —¡Vos!— acusó con un grito ahogado. Alternó la vista con ambos, pero la pistola seguía apuntando a Juan. Por un momento titubeó, pero luego sonrió. —No la voy a soltar un carajo. Me necesitan vivo. Si me matan ¡Ustedes van en cana! ¡Por asalto a la propiedad!.— sentenció complacido. —Y vos me pegás un tiro a mí, y estamos en la misma — retrucó Juan. —Bueno, viendo que estamos en tablas, yo me voy a ir retirando. Si se mueven, disparo. Quedan avisados. —Ya llamamos a la policía antes de que llegaras, Jorge.— informó Arturo. —Dale, tirala. Ya hiciste demasiado mal por hoy— dijo Juan. El Tío hizo puchero con sus diminutos labios, y miró a ambos lados, inquieto. Juan le hacía acordar a un bulldog empapado que había visto en una publicidad de un antiviral de una revista. Por primera vez, le daba lástima. —Tío. Vamos. —Te voy a borrar esa cara de mocoso de un tiro si no te callás. —Pero soy tu sobrino... Efectivamente no funcionó, y Juan tuvo la certeza que el Tío iba a dispararle. Pero éste desvió el brazo hacia un costado y gatilló. Antes de oír el grito desgarrador de Matías, que había bajado las escaleras sigilosamente para reducir a Jorge por sorpresa, Juan se abalanzó contra el Tío para arrebatarle el arma. Arturo bajó corriendo las escaleras hacia donde agonizaba Matías. Teseo siguió a su amo al galope. Juan forcejeó. A pesar de su sobrepeso, o por causa de éste, el Tío rechazaba con facilidad a su sobrino, un flacucho insolente que aún no había rebasado la veintena.. El Tío retomó el control de la automática, y agarró a su sobrino del cogote, y antes de que Arturo le pudiera echar mano, apretó la boca del cañón contra la sien de Juan. Jadeante, empezó a retroceder de espaldas a la puerta remachada. —Esto es culpa mía —le dijo el Tío—. Culpa mía. Ahora nos vamos a casa, y vamos a hablar. Vamos a hacer lo que tendríamos que haber hecho hace años ¿Qué te parece? Y después de hablar, te vas a ir a la cama sin comer, por portarte mal, por hacer quedar mal al Tío Jorge, que tan bueno fue con vos ¡Que te da trabajo, aunque seas un inútil!— tiró de una oreja a Juan. El Tío temblaba al hablar. Tenía el rostro pegado al de su sobrino, y lo miraba como si fuera un nene. Ahora no estaba empapado de agua, sino de sudor. Y Juan se estaba quedando sin aire. El Tío está loquísimo ¿Por qué no te diste cuenta antes? — Y vamos a cerrar las ventanitas porque hace muuucho frío, y tal vez mi pobre sobrino se olvide de cerrar la llave de gas, porque es un poquito distraído ¿No, Juani?— su rechonchos labios se curvaron en una forzada y patética mueca de congoja ¿Por qué no te diste cuenta antes? De repente, el Tío gritó como fiera lastimada. Juan agradeció a Dios que la presa de su cuello se liberara, y vio cómo la Walther se le resbalaba de sus gordos y pequeños dedos. Teseo se estaba aferrando a su tobillo, gruñendo. El Tío Jorge pataleó y lo sarandeó por el aire, pero el perro no se soltaba. Arturo le pegó un culatazo en el vientre, y el Tío chilló de dolor. Juan vió a Matías tirado en el piso, en posición fetal. No se movía. Está muerto. Mi mejor amigo está muerto. Furioso, le pegó un puñetazo en la cara al desorientado Tío, y este cayó de espaldas. Sobre el toro embalsamado. Juan vió crecer del hombro izquierdo de su Tío un escalofriante cuernito rojo. La cazadora blanca se tiñó de sangre. El cuerno empezó a crecer, conforme atravesaba la carne sobre el omóplato; y su esternón, que, como macabra percha de ropa, era lo único que evitaba la caída del gordo. El Tío intentó incorporarse, pero debido al ángulo en el que estaba recostado, solo lograba tambalearse, y el cuerno, a su vez, clavarse aún más. El aullido, que profirió cuando giró lentamente la cabeza para ver lo que le salía del hombro, atronó en toda la gran sala y Juan juró que había logrado mover la araña, cuyas sinuosas sombras le parecieron bailar como poseídas. —¡Me caigo, por favor, ME CAIGO, AYÚDENME! Juan, consciente de que el Tío no debía morir, aún, pasó por al lado del cuerpo de Matías —ya voy a despedirte, amigo—, tomó una silla, y la colocó debajo de las agitadas posaderas del Tío. Cuando logró sentarse, éste imploró a gritos que le saquen el cuerno. Juan lo ignoró, y se precipitó hacia donde estaba Matías. El corazón le latía como un tambor de guerra. La pierna derecha de su amigo estaba manchada de sangre. — La bala solo le rozó la pierna— le avisó Arturo—. Se debe haber desmayado el pobre. Juan suspiró aliviado. Había pensado lo peor. Su atención volvió ahora hacia el Tío. Arturo trataba de sacarle el cuerno, y el Tío pataleaba como un bebé que no quiere la comida que le da su mamá. Se acercó a ayudar. Ambos agarraron al Tío por la espalda y tiraron hacia ellos. Al retirarse el cuerno, un chorro de sangre regó el costado derecho de la papada del Tío. —NO, NO. VUELVANLO A PONER. El Tío Jorge gimió cuando el cuerno se volvía a introducir, pero por lo menos eso detuvo la hemorragia. Se quedó cabizbajo. Respiraba agitado, pero a simple vista se encontraba fuera de peligro. Sentado sobre sus cuartos traseros, y sin quitarle la vista de encima al Tío, Teseo, el perrito, montó guardia. Arturo y Juan cargaron el cuerpo inconsciente de Matías y lo depositaron sobre una mesa de la Sala de Monitoreo. Arturo presionó un botón de la consola, y como Juan pudo comprobar a través de los monitores, todas las puertas magnéticas se abrieron. —Voy a tener que llamar a una ambulancia también— dijo Arturo. Al notar la angustia de Juan, agregó:— Para el gordo. Quedate tranquilo, se desmayó por la impresión nomás. Y tengo que decirlo, tu amigo tiene unos huevos tremendos. Juan apretó la mano inerte de Matías. La cosa no salió como se lo imaginaban, pero estaban todos enteros. Y Arturo exclamó sorprendido. —¿Qué pasa?— preguntó Juan Arturo señaló el monitor. —¿Quién es? Juan se acercó a la consola, y a través del monitor de la reja de la calle vio un rostro triste, de ojos grandes y negros. Los mismos ojos angustiados que volvían loco a Juan. —Es la novia.— Juan oyó una voz familiar. Ambos se dieron vuelta al mismo tiempo. —Buena, matador—. le dijo Matías—. Bajá, dale. —Pero me tengo que quedar para la declaración. —Nosotros nos hacemos cargo de todo— dijo Arturo.— Vos tenés un asunto más importante ahora. —Apurate, boludo, que la pobre se está mojando.— dijo Matías—. Y pasame un pucho, loco, que me comí un corchazo por vos. Juan bajó corriendo por las escaleras y cruzó el hall, pasando al lado del Tío, que respiraba pesadamente, inmóvil en su silla, y de Teseo, que seguía vigilando a su presa. Abrió la puerta, y vislumbró bien a lo lejos la diminuta figura de Romina Dupont, sin dudas empapada hasta las medias, tras la reja frontal. Ya en el umbral de la puerta del hall, Juan se dio vuelta—debía hacerlo—, y miró al Tío Jorge. Sus pequeños ojos, abiertos de par en par, ignoraban a su sobrino: miraban a un punto indeterminado, como perdidos. A simple vista, cualquiera habría podido decir que su mirada era simplemente inexpresiva, pero lo cierto es que a Juan se le hacía familiar. Una mirada de angustiosa impotencia, de una incombustible furia y bravura, reprimidas, retenidas tras una irreversible máscara de cuero rígido. Una mirada de toro embalsamado. Supo entonces qué había pasado realmente hace catorce años, en una ruta lejana. Juan le habló por última vez. —Vos lo hiciste— no era una pregunta, porque no necesitaba respuesta, y tampoco la tuvo. Más que enfurecerlo, sintió que la certeza lo liberaba. Le dio la espalda al Tío Jorge, y se echó a correr a las apuradas bajo la lluvia, para encontrarse con su chica. Bajo la luz de la mañana, la vinería ya no le daba tanto miedo como antes. FIN. Esto fue todo amigos, hasta la próxima.

Hola Taringa, les muestro mi retrato del usuario @-gdw86. Su rostro agraciado merece ser inmortalizado por mi pluma. Se preguntarán que se necesita para reproducir en sus casas dicha imagen. Necesitarán: -Computadora. Puede ser la misma que usan para navegar en Taringa. -MS Paint. Viene con los windows. -Mouse. -Perseverancia y manejo de perspectiva. -Musica copada. El manejo de perspectiva es facil, y se entrena con la práctica. La pueden practicar con objetos faciles de dibujar, como una fruta o un motor de combustible líquido. Como ejemplo podemos tomar la imagen del susodicho: Como ven no es nada dificil. El fondo lo omiti porque todavia no se dibujar sillas. En cambio pueden poner el fondo que ustedes quieran. Eso es lo bueno del dibujo, poder retratar cosas que ni en pedo existen. Podes usarla como wallpaper. La firma es opcional. No te olvides de dejar puntos.