Buenos días, hoy les presento un cuento que escribí hace rato ya. A primera vista dirás que hijo de mil puta como va a subir un post tan largo, claro podría haberlo subido en partes pero es medio cabeza hacer eso así que subí los cinco capítulos de una así los vas leyendo como y cuando gustes. Todavía estoy charlando con mi contador y con los hermanos Botbol para la segunda parte del post de Casados con Hijos porque probablemente haga colapsar el sistema Bitcoin. Toro Bravo I Una camioneta último modelo emergió de la oscura y desierta calle. Juan arrojó el cigarrillo apenas fumado al suelo y lo retorció contra la húmeda vereda. El Tío Jorge había llegado. —Tío— saludó Juan cuando la ventanilla polarizada que se detuvo a lado suyo descendió emitiendo un zumbido mecánico. El motor rugía como una bestia. A través de la ventanilla emergió una mano cargada de anillos, que sostenía un abultado sobre y un llavero con cientos de llaves. —Ahí dentro tenés los planos del edificio— dijo una voz adulta dentro del coche. Juan tomó el sobre y las llaves, contemplándolas embobado, como si fuera un regalo de navidad. —Como te dije, seguridad es un laburo fácil incluso para vos— le explicó el Tío Jorge—. Tenés que tener la vista clavada siempre en los monitores de las cámaras. Cada tanto patrullá un poquito, así estirás esas piernas acalambradas de tanto hacerte la paja. Y la paga es buena, no me digas que no. Juan asintió sabíendo que la paga no era realmente buena. Pero iba a entrar por fin en el negocio familiar. Y por algo se empezaba. —Che ¿Y qué hago si se mete alguien? —Me llamás. Por cierto, casi me olvido... Jorge metió la cabeza dentro del coche, y hurgó en la guantera agitando papeles y cajitas con pildoras. Juan se dió cuenta de que su tío no estaba solo: dos chicas ligeras de ropa dormían acurrucadas en el asiento trasero. Juan no pudo distinguirlas bien en la penumbra, pero parecían mucho menores que él. El tío se incorporó y sacó un revolver y una funda de cuero. Mieeerda. Este es mi tío. Juan pudo ver su deslumbrada sonrisa reflejada en los lentes de sol de Jorge. Leyendo la expresión de su sobrino, y con una muestra de increíble velocidad a pesar de su sobrepeso, Jorge sacó medio cuerpo de la ventanilla y agarró a Juan del cogote. —¿Vos querés hacerte el cowboy no? ¿Vos te pensas que le voy a dar un chumbo cargado a un pendejo como vos? ¿Sabés el garrón que me comería yo, tu tutor responsable, si llegas a cargarte a un negro? —Pero para qu- —Uso disuasorio— ¿Entendiste? Juan realmente no entendió, pero obedeció. El tío parecía tener razón. Siempre la tenía. No se llega a ser el dueño de una de las bodegas más importantes del país, sino del mundo, cuestionando a tus superiores. Sabias palabras del Tío. Jorge vaciló, relajó la gorda mano y le dio unas palmaditas en la nuca. —Por eso si hay quilombo o notás algo raro, no llamás a la cana. Me llamás a mí. Y cuando venga el capataz a la mañana, ahí te tomás el palo —Está bien ¿Y después me pasás a buscar? —Te tomás el colectivo como cualquier laburador. — dijo tajante.— Me voy yendo, cuidame al Toro. Y escuchame una cosa. —Sí —Hacés bien trabajando para la familia. Vas a llegar lejos, pibe. Bien lejos. Tu viejo estaría orgulloso. —Gracias. El tío olfateó un par de veces. —Y no fumés adentro de la fábrica. Es peligroso. Además, a la larga es un vicio caro. Las putas rinden más. Yo te voy a llevar un día de estos. Vas a ver lo que es bueno.— hizo un ademán hacia el asiento trasero con la cabeza, y enseñó unos dientes amarillentos amontonados en una mueca grotesca e infantil. La sonrisa del éxito. La ventanilla ascendió, y la camioneta se alejó silenciosamente calle abajo. Juan despegó su pie del cigarrillo, y observó detenidamente la zapatilla mugrienta, más agujero que lona. Alzó la vista, contemplando el imponente complejo de edificios que comprendían la bodega y la embotelladora de vino Toro Bravo. Una monstruosa edificación victoriana, antigua, centenaria quizás, que se erigía sobre un predio inmenso, arbolado y rodeado por una cerca de concreto y rejas puntiagudas como picas. Vas a tener que pasar toda la noche ahí adentro. La mansión le parecía realmente tétrica a la luz de la luna. —Vamos, Juan.— se dijo, tratando de disipar el miedo—. Es tu primer día de laburo. Y ahora vas a poder dejar de vestirte como un ciruja. Eso fue suficiente para juntar fuerzas, y encaminarse lomenos temeroso que pudo hacia el majestuoso portón de hierro. Tardó un rato en encontrar la llave. El tío había cambiado todas las cerraduras mecánicas por unas magnéticas de última tecnología, para mayor seguridad, y aunque las llaves estaban numeradas, eran todas idénticas. De esas que parecen monedas de plástico. Menos una, clásica y algo oxidada, sin rótulo. Cuando oyó el victorioso pitido electrónico de la cerradura, empujó, y el ciclópeo portón enrejado por fin cedió, Juan se encontró en un imponente jardín que antecedía al complejo Toro Bravo. El lamento lejano de un perro (¿O un lobo?) lo sobresaltó. Más que jardín, a Juan le parecía una jungla sacada de una peli de Del Toro. Mientras transitaba el serpenteante y oscuro sendero flanqueado por frondosos plátanos y nudosos olmos, Juan se imaginaba que era en realidad el edificio el que se acercaba a él, como una ola titánica a punto de llevarse puesto a un botecito, y eso lo inquietaba. Más lo inquietaba la estructura angular que brotaba a un lado de la mansión, como un cáncer cutáneo lleno de cemento, coronada por varias chimeneas del tamaño del Obelisco. Aunque sin su ajetreo circundante, sin sus coches. Sin nadie. A medida que acortaba camino, notó que aunque todas las luces estaban apagadas, tal como su tío le había advertido (No recibimos subsidio nosotros, chiquito.) una de las ventanas abovedadas del último piso del edificio de corte gótico dejaba entrever una tenue y parpadeante luz amarillenta. Palpó el revolver para disipar su escalofrío, y se dio cuenta de que sus temores eran algo infundados, porque en realidad no era la primera vez que Juan entraba al complejo Toro Bravo. De chico solía pasarse los veranos jugando en el extenso jardín, y no tenía miedo. Claro que siempre de día, y junto a su papá. Cuando él trabajaba con el Tío en la fábrica, antes de que se accidentara con mamá en la ruta. Antes de que Juan quedara huérfano a los cinco años. Pero no lo recordaba al jardín en tan penoso estado. El Tío Jorge, por más grande y exitoso emprendedor que fuera, era un descuidado, sin duda. Y la luz, probablemente otro descuido, el de un obrero o del empleado de limpieza. Y además, no tenés munición, genio. Pensó. El temor volvió, pero por lo menos ya se encontraba frente a la puerta doble de madera del edificio administrativo, antigua, remachada, y adornada con bajo relieves de uvas y sarmientos. Sólo tenía que entrar, buscar la caja de las luces (¡¿Por qué no traje la puta linterna?!) que según el plano, se encontraba tras la entrada, y ya podía ponerse a trabajar. Rozó la cerradura magnética con la llave N°2. La puerta, con una burlona y chirriante bienvenida, lo invitó con brazos abiertos a adentrarse en las tinieblas que le aguardaban. Juan caminó a ciegas unos metros, y hubiese deseado no acordarse que tenía el encendedor encima, sobre todo cuando los mecanismos neumáticos de la puerta doble la hicieron cerrarse súbitamente detrás suyo. Cuando Juan accionó el pedernal, y la chispa produjo la ignición del metano que escupía el encendedor, ya era demasiado tarde, sí; pero cuando los demenciales y furiosos ojos rojos, coronados por un gigantesco par de cuernos puntiagudos como estacas, se materializaron en la oscuridad, ni hablar. Aterrado y a oscuras, Juan se abalanzó gritando hacia la salida, golpeándose la cabeza contra la puerta remachada, y el encendedor, el llavero, su celular, y él mismo se desparramaron por el suelo de baldosa. Buscó a tientas el llavero, y se incorporó tratando de no mirar al monstruo cornudo que acechaba a sus espaldas. Temblando, trató de abrir la puerta con cada una de las llaves, pero a cada pasada que hacía se encendía un LED rojo y la cerradura emitía un pitido condenatorio. No había caso, la N°2 hija de puta no se dejaba encontrar. —¡VAMOS, POR FAVOR! El llavero se le escurrió de las manos temblorosas, y Juan se dio por vencido. Se dio vuelta enfrentando el abismo, desenfundó el revolver .38, disparó una andanada de clics, y aguardó la embestida. Que nunca sucedió. En su lugar lo encegueció una luz azulada, y oyó un golpeteo vibrante a un par de baldosas de distancia y luego un timbre familiar. Iluminado tenuemente por la pantalla del celular caído, el toro, que hasta hacía unos segundos Juan pensó que le devoraría la cara, se veía amenazador, tan amenazador como puede ser un animal embalsamado. Debajo, una insignia que le colgaba del cuello rezaba: ‹‹EL VINO DE LOS CAMPEONES.›› Juan quedó tan petrificado como el animal relleno de paja que se erguía impasible a metros suyo, y luego soltó una carcajada histérica. Sintió que el alma se le volvía a meter por la nariz. Recriminó su estupidez mientras levantaba el celular. Comprobó que lo estaba llamando Matías. Su mejor amigo de la infancia, el compañero de jodas, el mejor wing derecho que se pueda tener en la cancha, el que se afana a todas las minas, gracias viejo, me salvaste de tener que tirar los calzoncillos a la basura. Aún así, se alejó unos respetuosos pasos del toro embalsamado, esperó unos segundos para recobrar el aire, y atendió. —Juani ¿Qué contás, viejo? Dos horas para atender loco ¿Interrumpo algo? —Estoy laburando, salame— a Juan no le salía ponerse serio ahora: escuchar la voz de su mejor amigo, cuando hasta hace un rato pensaba que iba a morir empalado por un toro en su primer día de trabajo, lo llenaba de júbilo. —Ya sé, ya sé. Escuchame, abrime que estoy acá afuera. —¿Acá? Pero escuchame vos... —Dale boludo, abrime, que se viene una tormeeenta... —No, no, Mati, por favor. Sabés que este es un laburo serio, y encima de la familia. —Por eso, boludo, todo tranqui. Yo estoy al pedo, y encima mirá si vas a hacer mucho a estas horas, dejate de joder. Matías significaba quilombo, pero también compañía, en un lugar francamente tenebroso, donde no recibió una muy grata bienvenida para empezar. Pero el Tío Jorge... —Dale que viene Romi también —agregó Matías. —Me dijo que está llegando. A Juan casi se le cae el llavero de vuelta cuando se puso a buscar la N°2. —Ahí voy. Ni cuando cruzó el jardín para abrirle a Matías, y ni siquiera cuando charlaba y reía con su amigo de camino al edificio, advirtió Juan que la tercera ventana abovedada del último piso del ala este del edificio administrativo se encontraba ahora a oscuras. II —Ah, la pelota — exclamó Matías cuando Juan presionó la palanquita de la caja de las luces. Iluminado por una araña colosal de innumerables caireles dorados, que colgaba sobre ellos, el hall principal brillaba majestuoso. Las baldosas, blancas y negras, se intercalaban inmaculadas como en un tablero de ajedrez. Al fondo, y más arriba, se extendía un pequeño mirador de barandas de madera, donde vigilaban dos brillantes armaduras. Desde allí descendían a la planta baja dos escaleras. Al pie del mirador, se erguía imperturbable el toro disecado. Juan desplegó los planos de la finca sobre una mesa cubierta por un fino mantel, abarrotada de copas vacías, sacacorchos, y unos panfletos que rezaban: . ‹‹INVIERTA EN CALIDAD. INVIERTA EN EL MEJOR VINO DEL MERCADO.›› —¿Y esto se supone que es una fábrica? — observando los innumerables cuadros de óleo destellante que colgaban de las blancas paredes —. Parece una mansión. —Es que es una mansión. Según tengo entendido esto solía ser una quinta, en la época en que Floresta era un descampado — explicó Juan —. Y no toqués eso. De hecho, no toqués nada, porque se supone que no tenés que estar acá. Matías, que manoseaba una Venus en miniatura, instalada sobre un marmóreo capitel al otro lado de la sala, pareció no escuchar. —Lo que no entiendo es por qué construyeron una vinería en Buenos Aires. Las uvas se plantan cerca de los Andes, en San Juan o por ahí. No acá. Juan despegó los ojos del plano y posó la vista en Matías, . Ambos se quedaron mirando uno al otro bajo la amarillenta luz de la araña. Esta noche se estaba sacando todos los números para ser la más extraña de su vida. —¿Cómo mierda sabés de estas cosas?— preguntó curioso —Ayer rendí oral de geografía en la nocturna, por eso —. se excusó Matías — ¿No puedo saber, che? —¿Y cómo te fue? —Y... más o menos. Pero yo de alcoholes soy todo una enciclopedia, no me digas que no —. sentenció con orgullo su amigo.— Además no soy tan boludo como parezco— sentenció con orgullo su amigo. —Tenés razon.— reflexionó Juan —. En lo de los viñedos por lo menos. Capaz los dueños de ese entonces ya tenían campos en los Andes, y la quinta era solo una quinta, y esta vinería se construyó mucho después. Qué se yo, mi tío debe saber. —Sí, puede que tengas razón. Bueno, fijate donde esta el baño que me tengo que echar un cloro. No aguanto más. —Ahí me fijo. Según el plano ellos se encontraban en la Sala de Recepción y agasajo. Un pasillo paralelo a la puerta recorría la mansión de punta a punta. Hacia la izquierda conducía hacia la fábrica, hacia el lado contrario a las bodegas. Los baños, y la sala de monitoreo, donde Juan debía pasar la mayor parte del tiempo, se encontraban escaleras arriba. —Dale, boludo —Los baños están el primer piso.— confirmó Juan —. Subimos los dos. Mientras subían las anchas escaleras, Matías explicó: —Tienen que traer las uvas desde la loma del orto para hacer el vino acá. Eso explica por qué el vino es tan berreta. Te lo pintan como un Rutini, y resulta que lo tenés que bajar con media botella de Fanta y dos latas de Speed para que pase. Aunque es mucho más barato que un Rutini, claro. Esa osada lección de alquimia etílica turbó a Juan, porque la consideraba un insulto al legado de su familia (por lo menos al del Tío Jorge). Pero lo cierto es que nunca había tomado un Toro Bravo. A decir verdad, en raras ocasiones tomaba alcohol. Solo se puso en curda una vez, con cerveza, y cuando casi se fracturó ambas tibias tirándose de lo alto de un árbol de Parque Chacabuco junto a Matías, tarareando ambos el tema principal de Indiana Jones; supo que era más que suficiente. Pero no era por aquella aventura que recordaba esa vertiginosa noche: Aquella vez había conocido a Romina Dupont. “¿Estás bien?” le había preguntado preocupada, con esos grandes y angustiados ojos negros que lo volvían loco. Esa noche habían salido a festejar el egreso del secundario (o por lo menos para su amigo Matías, no tener que seguir cursando). En realidad, Juan y Romina ya se conocían, porque eran compañeros de clase, pero hasta ese entonces nuncas se habían hablado. En esos cinco años Juan no había juntado el valor suficiente. Ella sí se hablaba con otros chicos, incluso con Mati; hasta le habia parecía que algo se fraguó entre ellos, y Juan se había resignado, por un largo tiempo, a sospechar lo peor. “¿Estás bien?” “Sí, sí. No, no. Yo puedo solo.” No podía. Y Juan recordaba que solo había bastado el contacto de las tiernas manos de ella con las suyas para recuperar la sobriedad. Romina no había ayudado a Matías a levantarse. Lo había ayudado a él. A partir de ahí, el resto fue más fácil con la chica con la que hubiera deseado casarse y vivir por siempre. Desde un par de urinales de distancia, le llegó la voz de Matías: — Esto sí que es vida, Juani. Tenés vino ilimitado, y todo un lujo de baño donde podés quebrar sin que te joda nadie. Y encima te dan un chumbo. Alto laburo pegaste. Matías no se equivocaba: una docena de urinales se extendían desde la puerta hasta el fondo, empotrados sobre paredes recubiertas de mosaicos coloniales. Las pastillas de los urinales, seguramente de buena marca, expelían un generoso aroma a lavanda a medida que las desgastaban. Bajo la amarillenta luz de los focos de tungsteno (antiguos, y poco comunes en baños públicos como aquel), a Juan le pareció una estancia confortablemente tenebrosa, como el baño de un hotel embrujado. Agradeció el no estar solo. —Sí, sabelo — contestó Juan. Se abrochó la bragueta, y se dirigió al lavabo, de finísima porcelana. Mientras Juan se lavaba las manos, Matías se metió en una cabina de madera laqueada, con esas puertecitas que parecían sacadas de un saloon del Viejo Oeste, que rechinaron al cerrarse. A Juan le parecían pintorescas, aunque ciertamente poco útiles a la hora de brindar privacidad. Cuando Juan se secaba las manos con unas toallas bordadas con cuernos, Matías le dijo, desde la cabina: —¿Sos boludo no? —¿Qué pasa? Juan no comprendía. —No, no, sos boludo en serio, Juani. Va a venir Romina y vos te hacés el tarado. Desde que me abriste la reja no dijiste nada del tema. Ni un agradecimiento, loco. Estás esquivo, hermano ¿Qué te pasa? Juan pensó en contarle lo del toro, pero ese no era el problema. Lo cierto es que el día anterior la había pasado peor. —Y, pasa que...vos sabés, tuve un quilombo con ella.—tragó saliva—. Los papás, viste. —Sí, ya sé. Pero vos caés a la casa con la pinta de ciruja que tenés, sin estudio y sin laburo, y lógico que se pongan así. Pero lo importante es que te viene a ver. A Juan se le encendieron los ojos. —¿Cómo que sabés? Si no te lo conté a vos. —Porque me contó ella— explicó Matías desde la cabina, pero dándose cuenta del error que cometió, agregó: —Igual está todo bien che, ella y yo somos amigos, y hablamos. No hay nada malo en eso. Cuando venga, yo me voy, si querés, y los dejo solos. Semejante mansión tienen para los dos, encima... por si surge algo. Yo también iba a traer una minita, pero arrugó. —Sos un hijo de remil puta ¿Hablás con ella de esas cosas a mis espaldas, buitrero chanta?— vociferó Juan a la cabina. —¡Te estaba haciendo la gamba! Los veía tan felices a ustedes. Además no me interesa Romina.— juró Matías. —No me importa, andate de acá, y decile a ésa que no venga. —Loco, parecés una mina. Además Romi ya debe estar por— —¡Andate y dejame laburar tranquilo!— lo interrumpió Juan. —¡Pero bancá loco, que no hay papel acá! Juan le pegó una furiosa patada a la puerta de la cabina, oyó complaciente el grito ahogado de Matías, y salió del baño. —Cuando termines, bajamos, te abro la puerta, y te vas — le ordenó Juan desde afuera. Desobedeciendo al Tío, Juan encendió un cigarrillo y se puso a fumar. No lo podía creer. No pasaban ni veinticuatro horas desde que cortó con Romina, y su mejor amigo, si es que se le puede seguir llamando así, le estaba poniendo unos cuernos tan grandes como los del animal momificado del hall. ¿Dónde estaba el honor, la amistad? Probablemente por haber estado ensimismado, decidiendo la inevitable venganza (sin duda molería a golpes a ese traidor hijo de puta en el jardín, incluso sabiendo que éste era mucho más fuerte que él) junto a la puerta del baño, Juan tardó más de la cuenta en notar que al final del pasillo un perro, o por lo menos la sombra de uno, agitaba la cola y luego se esfumaba tras la escalera. Tan enojado estaba Juan, que no se sobresaltó. Lo primero que se lo ocurrió fue seguirlo. Al avanzar por el pasillo, pudo oír los tenues golpecitos de las patas del can contra las baldosas de la planta baja, y el tenue eco de ese jadeo propio de los perros. Justo cuando Juan bajó al hall, el extraño visitante dobló hacia el pasillo Este. El Tío nada había dicho sobre animales, vivos o rellenos de paja, pero pareció lógico que en un predio tan grande haya perros guardianes. La cuestión era que el bicho estaba adentro del edificio, donde podía llegar a ensuciar o romper algo, y eso habría sido un serio problema para Juan y su futuro laboral. Decidió que era mejor sacarlo al jardín: luego se ocuparía de Matías. Por suerte al perro se le había ocurrido meterse en la primer habitación a la vuelta del Hall. Un cartel grabado en madera informaba que era una despensa. A pesar de la oscuridad, pudo vislumbrar vagamente al can, que se apoyaba sobre sus cuartos traseros en el umbral de la puerta. Una ventana al fondo recortaba su encorvada y peluda silueta. Sus ojos brillantes lo observaban espectantes. El perro, amarronado, de pinta callejera y, honestamente, muy pequeño para ser guardián, empezó a ladrar y a escupir frenético sin quitarle la vista de encima. ¿Cómo puedo tener tanta mala leche? Recién es el primer día de laburo, y ya quiero renunciar. —Tranquilo, no te voy a lastimar —trató de calmarlo Juan. Pero el perrito no le ladraba precisamente a él. Cuando la dura porra golpeó su nuca, y el cigarrillo se le deslizó de los labios impactando contra el suelo en una erupción de chispas, pudo ver por unos segundos cómo el perro se echaba a la carrera asustado hacia el fondo del pasillo, en dirección a la bodega. Y antes de caer desvanecido oyó detrás suyo una voz nasal y desconocida, que parecía hablarle a un tercero. —Decile que ya lo tenemos. III Cuando Juan despertó, no le tomó mucho tiempo percatarse de las ataduras que estrangulaban sus muñecas y tobillos. Recostado contra una pared del hall, de a poco volvía en sí Seguía siendo de noche: ¿Cuánto tiempo había pasado? Sintió algo pastoso y sucio en la boca. ¿Una media? Oyó un par de truenos, y las gotas de lluvia repiqueteando en las ventanas a su espalda. El ladrido angustioso de un perro retumbaban desde algún lugar lejano. Dos hombres se encontraban en la misma estancia, a un par de metros. Uno de ellos, calvo y fornido, salpicaba las paredes a baldazos. No era agua lo que chorreaba del balde: Juan podía oler el penetrante vaho del combustible. O para ser más precisos: alcohol etílico. El otro hombre, delgado y morocho, con una remera de los Redondos de Ricota, hablaba por celular. Asentía a cada rato. De repente el hombre del celular cortó, miró hacia Juan, sonrió, y le hizo una seña al fortachón: —Mirá, el paquete ya se despertó. Ambos hombres miraron a Juan, burlones. —Bien. Ahora andá a callar a ese perro que me tiene las pelotas llenas. El flacucho guardó el celular en el bolsillo, y se alejó regañando a través el pasillo Este. Juan quiso gritar, pero de su boca surgió un gemido amordazado. Al cabo de un rato, el fortachón había terminado con el último balde, y lo arrojó junto a otros ya vacíos. Se acercó a Juan, y éste lo pudo apreciar mejor. Fornido, ataviado de una camisa blanca arremangada, sucia, y los brazos surcados de tatuajes. La cabeza rapada y pálida, brillaba como si se la hubieran pulido. Le faltaba la gorra, y era Popeye. A Juan le pareció que soñaba. Todo era tan irreal. Te quedaste dormido en el trabajo, eso pasa. — deseó creer—Los nervios te hacen soñar con toros y ladrones. El captor metió una mano en uno de los bolsillos de sus jeans, y sacó una píldora cubierta de bolitas de pelusa de tela azul. —Bueno, flaco— dijo con voz nasal el pelado mientras le sacaba la media de la boca—. ahora te vas a tomar esto, te vas a dormir, y terminamos el asunto. Si te resistís, va a ser peor. Liberada su boca de la mordaza, Juan gritó hasta quedarse afónico. —No nos pongamos difíciles — dijo el fortachón sin inmutarse, y sacudió la suciedad de la píldora mientras agarraba a Juan del cogote y se inclinaba para introducirla. Juan se sacudió de su presa, e instintivamente mordió la mano de su captor, en el tierno espacio entre el pulgar y el índice. Paladeó sin quererlo, el gusto de la sangre. Un cálido triunfo. —LA CONCHA DE TU MADRE, TE VOY A MATAR PENDEJO DE MIERDA— maldijo el gigante. Y antes de que Popeye pudiera siquiera reaccionar, algo estalló sobre su cabeza. Un bombazo que por un segundo Juan confundió con un relámpago, y una lluvia de vidrio y líquido violeta bañó el rostro del captor, que comprimió en una mueca de sorpresa y dolor. El pelado se dejó caer como un saco de espinaca, y atónito, Juan contempló en su lugar una mano empuñando el pico de una botella rota. Matías. —Qué desperdicio de escabio ¿Estás bien? Su amigo lo desató y lo ayudó a incorporarse. Ambos ataron al captor, que seguía inconsciente. Apestaba a Toro Bravo Cosecha 1998. —¿Bueno, estamos a mano eh? Juan asintió y escupió la sangre de Popeye. Matías observó los baldes y las paredes enchastradas de alcohol. A Juan lo entristeció un poco descubrir que el hermoso pelaje del Toro no se salvó de los baldazos. Junto a los baldes yacía un puñado de jeringas llenas. Juan tomó una y la vació. Alcohol. —¿Qué carajo pasó? Juan le explicó lo del perro y el porrazo. —¿Y vos dónde estabas?— lo interrogó Juan —Me fui a dar una vuelta por la fabrica, a buscar unos vinitos para consumo personal, y de paso te iba a convidar para bajarte los humos un cacho. —Menos mal, sino no la contábamos. — y agregó: —Pensar que te iba a cagar a trompadas. Perdoname. —Jaja, vos a mí, cagón, encima que me tuve que limpiar el culo con los planos esos que dejaste en el baño— dijo Matías mientras tomaba la porra del captor caído, pero al ver la expresión asesina de Juan, se apresuró a señalarle: —Mirá, el pelado de Lost tenía tu chumbo. Juan tomó el revólver, y oyeron el ladrido ahogado del perro. —¡Pará!— se detuvo Juan —¡Eran dos!¡El otro se fue por el pasillo a buscar al perro! Siguiendo los ladridos del animal que llegaban desde el fondo del pasillo, Juan y Matías se movieron con cautela. Llegaron hasta una escalerita lateral que iba hacia abajo. Según Juan recordaba del plano, allí se encontraba la bodega. Bajaron por la escalera de piedra, y se encontraron en una larga estancia abovedada a oscuras, con cientos de estanterías llenas de botellas. No encontraron señales del perro o del intruso. Llegaron hasta el fondo, y se toparon con otra escalera más pequeña, de caracol. A través de la angosta abertura llegaba a ellos el eco de los ladridos. Esta estancia adoquinada, más baja, larga y evidentemente en desuso, estaba flanqueada por hileras de cientos de grandes toneles. La bodega inferior estaba sumida a oscuras también, pero divisaron un rayo de luz redondeado saliendo del último tonel de la fila izquierda. Parecía roto, o abierto. Los ladridos cesaron. —¿Y si llamamos a la cana?— sugirió Matías en un susurro. —No, no. Voy a llamar a mi Tío primero. Por lo que ví, éstos no estaban armados. Se encaminaron lentamente hacia la luz, y, revolver enfundado, se asomaron. Juan creía que su asunto con el bicho disecado era el claro candidato romperla en el Concurso de Cosas Más Extrañas Que Te Pueden Pasar en el Primer Día de Trabajo, pero lo que presenció a continuación se llevó todos los premios, y por ovación del público. Desde el interior del tonel los aguardaba el centellante acero de una escopeta de dos cañones. Los agujeros gemelos, como temblorosas fosas nasales de un toro furioso, apuntaban a sus ingenuas cabezas. Hacia el final del prolongado cañón descansaba un decrépito rostro barbudo apoyado sobre un hombro esquelético. Un solo ojo lechoso, coronado por una tupida ceja gris, los observaba fijamente. Bajo la luz de una gastada bombilla que colgaba dentro del tonel, Juan pudo apreciar que el anciano, sentado como indio, sostenía el arma solo con el brazo izquierdo. Con el otro apresaba el cuello del morocho de la remera de los Redondos. Un pequeño puñal presionaba, amenazante, la sudorosa piel de su cuello. El perrito que los había traído a la trampa tironeaba de su remera, y gruñía. El morocho, aterrado, también los miraba. Los ocupantes del tonel, sentados sobre un colchón sucio y deshecho, parecían tensas estatuas. Alrededor de ellos, en la pared interior del tonel, colgaban almanaques descoloridos y de años remotos, fotos de mujeres ligeras de ropa, estampitas de los santos más variados, y banderines de un cuadro de fútbol que Juan no pudo, o no tuvo realmente el interés de identificar en ese momento. Un centenar de velas consumidas abarrotaban el fondo del tonel. —Ayúdenme—dijo en un sollozo ahogado el morocho, aunque no parecía percatarse que Juan y Matías poco podían hacer teniendo una escopeta a dos centímetros de la cara. —Cerrá el pico—le respondió el anciano con una voz grave y áspera, sin quitarle el ojo de encima a los chicos—. O te abro otro. Un celular empezó a sonar. El bolsillo del jean del Ricotero se alumbró: pero su dueño estaba ocupado en ese momento. Cuando el celular dejó de sonar, Matías, el más valiente de los dos, preguntó: —¿Quién es usted? —¿Les parece que están en posición de hacer ustedes las preguntas?—retrucó el viejo sin despegarse de la escopeta. Juan palpó el revolver. Tenía el resto del cuerpo afuera del tonel. Tal vez si lo asomaba un poco, al menos para inclinar la balanza a su favor... —...soltalo— ordenó el viejo leyendo sus movimientos (o sus pensamientos). Juan obedeció resignado. El celular sonó de nuevo. El anciano abrió el otro ojo, y solo le basto observar el revólver caído para decir: —Decime, purrete ¿Qué pensabas hacer con un revolver descargado? ¿Será posible que cada nueva camada de chorros sea más boluda que la anterior? —Usted no entiende, no somos chorros.—trató de explicarle Juan lo más tranquilo que pudo. —Si, claro, piensan que soy un viejo senil. Ahora vienen con el camelo de que son unos santitos. Unas víctimas de la sociedad— los fulminó como si fueran dos pedazos de excremento—. Me van a hacer enojar, muchachos. Y me pongo muy malo cuando me enojo—miró al perrito— ¿No, Teseo? El can asintió tironeando con más fuerza la remera del morocho. —Bueno, ahora que nos entendemos, tengo una proposición que hacerles: Olvido que interrumpieron mi tranquila velada, me levanto, voy junto a mi amigo éste que tengo acá, y con ustedes los novios juntitos adelante vamos a la comisaria más cercana. Ó... bueno, habrán notado que hay suficiente espacio en el jardín para tres tumbas nuevas. Ambos chicos, y seguramente también el Ricotero si no hubiera tenido miedo de clavarse la hoja del cuchillo, tragaron saliva. —Pero tal vez esté un poco viejo y cuente mal. Díganme ¿No serán acaso cuatro tumbas? Porque sigo oyendo y oliendo bien. Sé que hay otro ¿Dónde está? —miró al Ricotero— ¿Será el que está llamando ahora? Matías levantó una envalentonada mano, como esas veces en el secundario, durante un examen sorpresa, en que tenía que informarle a la profesora que no había estudiado absolutamente nada. Pero esta vez sabía. —Está en el hall. Lo atamos. El rostro demacrado del viejo se contorsionó en una mueca de maliciosa incredulidad. —¿A ustedes la merca se la adulteran con talco o son pelotudos de nacimiento? ¿Qué clase de imbéciles delincuentes redomados son ustedes? —Le estamos diciendo que no somos ladrones—insistió Juan— Yo soy el Guardia de Seguridad. —¿Guardia de seguridad? Juan le enseñó el llavero que colgaba de sus pantalones —Yo soy Juan, el sobrino del dueño, Jorge Corsini. Y éste es Matías Seineldín, que me salvó de éste.—Juan señaló al morocho— Y del otro que tenemos arriba. Esos sí son chorros. El viejo barbudo bajó la monstruosa escopeta. La mano derecha seguía apresando al morocho. —Por favor, no me mate. Tengo familia.— imploró con angustia. —Cerrá el culo vos —ordenó el viejo. Se asomó por fuera del tonel y casi roza a Juan con su bulbosa nariz. Sus ojos grises recorrieron todo el rostro del joven, como si fueran el cabezal de una impresora. De repente, sus arrugados pómulos se sonrojaron. —Bueno, es hora de presentarme: Yo soy Arturo, el casero. Y ésta—con la mano libre contorneó la reducida e improvisada estancia—... es mi casa. Y hizo una reverencia. —Bienvenidos.Y debo pedirles perdón, Juan Corsini y compañía. ¿Casero? El Tío no le había dicho nada a Juan sobre un casero. Pero a decir verdad, a estas alturas había muchas cosas que el Tío no le había contado. —Y así que sobrino del dueño ¿eh...?— repitió Arturo, y luego estalló en una risotada gangosa. Juan y Matías observaban al extraño habitante del tonel sin entender nada. Y agregó, palmeando con una huesuda mano el hombro de Juan, diminuto en comparación: —¡Vos sos el dueño! IV Sentado sobre el colchón, Arturo les contó rápidamente la historia de Toro Bravo tal como la recordaba. Algunas cosas Juan ya las sabía. Por ejemplo, que su papá se llamaba Carlos, y que era por lo menos uno de los dueños de la vinería. —Tu tío nunca fue dueño de nada, más allá de su propio culo.—explicó Arturo mientras acariciaba a Teseo. Al fondo el Ricotero, atado de pies a cabeza, observaba la escena asustado. “Ni siquiera es tu tío. Era el hermanastro de Carlos. Sería tu... tiastr...bueno, como sea. Tus abuelos lo adoptaron de muy chico, aunque no tanto lamentablemente. Quién sabe de dónde vino esa mala hierba. Aún así, tu padre siempre lo quiso mucho, era un hermano menor para él, pero conocía muy bien sus ademanes violentos, su propensión al despilfarro, y su desmedida ambición, que se acrecentaban a medida que él crecía”. Huérfano como yo. “El hecho de que tus abuelos no le confiaran un cargo directivo siempre lo frustró. Sólo le dieron migajas, y eso era más de lo que merecía, si me lo preguntás.” Juan meneó la cabeza. El Tío era su tío. Sí, podía ser algo violento a veces (Lo hago por tu bien, chiquito), podía ser tener gustos algo turbios, pero era un empresario muy serio y ordenado. O por lo menos eso quería creer. Y ¿Cómo un vagabundo que vivía dentro de un tonel tenía la cara para hablar de cordura? Juan atinó a decírselo, pero miró la escopeta que descansaba sobre el regazo raquítico del anciano y recapacitó. Mejor seguirle el juego. El anciano continuó: “Yo conocía a tu papá desde que nació en esta misma mansión, como vos. De joven lo llevaba a Lobos —en este punto Arturo acarició la escopeta de dos cañones—. Un buen muchacho.” El casero hurgó en una caja de cartón y sacó un porta retrato. Viejo, pero con un poco más de pelo, Arturo se sostenía del hombro de un hombre sonriente, y flacucho como Juan. Descartando la diferencia de edad y las canas, tanto él como el hombre de la foto eran idénticos. “Cuando naciste, Juan, Toro Bravo se encontraba en el mejor de los momentos. Te conocí, aunque tal vez no lo recuerdes. Yo solía vigilarte mientras jugabas en el bosque de la finca” Juan creía recordarlo, pero aquellos tiempos eran turbulentos, y prefería no hurgar en ellos. “Por ese entonces tu padre se había asociado con Jorge, y se le ocurrió prestar oídos a algunas de sus novedosas ideas de expansión del mercado. Un gran error. Se cerraron los viñedos del interior, e impulsado por el tipo cambio barato, Toro Bravo se dedicó exclusivamente a la importación de bebidas. Al poco tiempo, tus padres murieron en ese accidente de mierda.” El viejo bajó la cabeza e hizo una venerable pausa. “Vos, y Jorge como tu tutor, quedaron como los últimos miembros vivos de la familia, aunque el único heredero efectivo, como te imaginarás, es Juan Corsini.” Súbitamente, Arturo se levantó y les pidió a los chicos que lo siguieran. Mientras todavía digería la información, Juan notó lo alto que era. Debía medir dos metros, fácil. Camino entre los toneles a la luz de una linterna antigua, y se detuvo frente al que parecía estar en peor estado. Golpeó la mohosa madera con los nudillos, y escucharon un ruido seco. El anciano palpó el grifo de bronce del tonel, y del mameluco de trabajo que tenía puesto sacó un destornillador. Removió delicadamente los cuatro tornillos. —Jorge quedó a cargo de la empresa. Por esa época construyó la vinería fea que está anexada a la mansión, donde embotellan ese meo destilado que venden ahora. Poco tiempo después el hijo de puta me echó, pero nunca me fuí. Tenía que cuidar ésto. Cuando el último tornillo cayó al suelo de adoquines con un impaciente tintineo, Arturo desprendió el grifo con cuidado, y el haz de la linterna dejó ver una pequeña ranura. —Probá con esa— el viejo le señalo la llave oxidada del llavero, la que desentonaba con las otras. Juan introdujo la llave, y la giró. Oyó un clack apagado. Acto seguido, el anciano apartó la tapa del tonel, y a los tres los recibió una ráfaga de húmedo hedor. Dentro del tonel se amontonaban un par de lingotes de oro, una cajita con joyas, algunas armas de colección, cuadros, cartas, y fotos viejas. Juan y Matías lo contemplaron boquiabiertos. Para un joven cualquiera, eso era toda una fortuna. Juan se inclinó, agarró un cuadro y lo contempló. Era un retrato de un hombre de avanzada edad. Recio, y de mirada seria, vestía un pintoresco uniforme de matador. —Si no me equivoco, ese es Aldo, el abuelo de tu abuelo, y fundador de la firma. Él diseñó esta mansión hace más de un siglo— observó Arturo. Juan asintió. Ya había visto su nombre en los planos. —No es mucho, pero es el legado de tu familia. Esto, y toda la puta manzana.— dijo el viejo sonriendo y dibujando un circulo con la escopeta. Juan casi se desmaya de la impresión. Guardia de seguridad a dueño en su primer día de trabajo. Nada mal. Pero lo arremetió la duda. Tal vez lo que estaban haciendo era ilegal. Ese tesoro era tanto de él como del tío. El cuadro y la llave confirmaban que Arturo era realmente el casero, y no un ocupa, cierto, pero: ¿Por qué creerle todo el resto del cuento? —Tu tío no tiene que saber nada ¿Entendido? Esto queda entre nosotros, por ahora. Tenés que entender que no podés confiar en ese gordo hijo de puta. Tenés que entender que, ahora que sos mayor, puede buscar cualquier método legal, o ilegal, para sacarte del medio. No te va a dar un mango, y no creo que te deje vivir en paz tampoco. —Bueno, estoy trabajando para él ahora — observó Juan. —“Laburando para él”— respondió fastidiado—¿Qué hacés laburando para él, cuando él debería estar laburando para vos? Un tipo que para defenderte te da un revolver descargado...—de pronto el anciano adquirió una expresión seria y se quedó en silencio. Sí, el anciano podía tener razón en eso, pero... ¿Cómo podía saber Juan que toda la historia era cierta? ¿Por qué un viejo con esa pinta de ciruja podía saber más que el Tío sobre sucesiones y cuestiones legales? ¿Y eso de que Jorge no era su tío? Tal vez el cuento del hermanastro se lo había inventado por la bronca del despido ¿Tendría que informarle al Tío Jorge que el ex casero vivía con su perro dentro de un tonel de la bodega del segundo subsuelo? Por lo pronto, debía retornar su deber de guardia de seguridad y arreglar este despelote. —Tengo que llamar a mi tío, por el tema de los ladrones éstos. —Lo que no entiendo —dijo de repente Matías, que hasta hace un momento parecía embobado por la riqueza dentro del tonel — es lo de los baldes. —Y las jeringas— recordó Juan. —¿De qué hablan?— preguntó Arturo despabilándose de su letargo. —Después de que me pegaran y me ataran, vi cómo los chorros rociaban de alcohol las paredes del hall. No se robaron nada de valor. Nada. Y encontré unas jeringas llenas de alcohol. Recuerdo que hablaban con alguien. Arturo se quedó un rato acariciando su tupida barba gris. De repente se le iluminaron los ojos. —Hacé esto— dijo finalmente —. Llamá a Jorge, pero hablale sólo del tipo que tienen arriba. De éste no hablés.—señaló con un pulgar el tonel del fondo—. Y no mencionés los baldes. Juan obedeció, aunque no sin ciertas dudas. —Tío. —Ah ¿Qué hacés, campeón? — del otro lado de la línea, el Tío sonaba más afectuoso que de costumbre— ¿Cómo anda todo? Juan le explicó lo que pasó, pero solo describió al Popeye. —¿Te ataron? No lo puedo creer. Este país está cada vez peor. —Ya está todo bien, por suerte. Lo pude reducir con el arma que me diste. Disuasión.— adoptó un tono similar al del Tío. —Bien hecho... ¿Y no había nadie más, no? —No, sólo él. Pero ya está todo controlado. —Bueno, bueno, escuchame: vos quedate tranquilo, que ya voy para allá con la policía. Esperame. Juan cortó, y miró a Arturo y Matías. —Ahora viene mi tío ¿Qué hacemos? Y apenas terminó de hablar, al fondo del pasillo, desde adentro del tonel del casero, sonó un celular. El celular del Ricotero. Los tres corrieron hacia el habitáculo de Arturo. El viejo les ordenó desatarle una mano al maleante, donde depositaron el celular. Arturo le sacó la mordaza y le encajó los dos cañones en los huevos. —Atendé y actuá naturalmente. Decile a tu jefe que todavía no hiciste lo que te pidió. Si llegás a decir algo, o a levantar la más mínima sospecha, hoy mismo patrocino tu meteórica carrera como soprano del Coro Kennedy. El morocho asintió aterrado, y Juan y Matías acercaron los oídos al celular lo más que pudieron. —¡¿Qué pasó?! ¡¿Por qué no atendías?! A través de la distorsión del parlante, Juan reconoció ese gangoso, imperioso, estridente y ahora escalofriante timbre. El Tío Jorge. No cabía duda. —Perdón, patrón, surgió una complicación. Matías le hizo una seña al rehén, y le mostró el revolver .38. Arturo le presionó aún más los genitales. —El pibe...el pibe tenía un revolver— agregó. —...LES DIJE MIL VECES QUE NO ESTABA CARGADO, MANGA DE IMBÉCILES.— bramó el tío —Sí, señor, disculpe. —Pero por suerte... no te vió. —la voz jadeaba, tratando de calmarse—Hablé con el. Yo estoy yendo para allá ¿Dónde estás ahora?¿Rociaron todo por lo menos? —Estoy escondido en la bodega. Sí, señor, eso lo hicimos. Espero sus órdenes. —Más te vale. La puta madre, cómo puede ser que no sean capaces de agarrar a un pendejo de mierda desarmado ¿Puede ser que tenga que hacer todo yo? Voy inmediatamente. Cuando el de remera cortó, lo volvieron a atar. —Tenías razón— le dijo Juan a Arturo. —Toda la razón. Arturo asintió, volvió a apuntar al morocho, que parecía harto ya de tanto maltrato. —Ahora vas a cantar—le dijo Matías— ¿Qué es lo tenían ordenado hacer ustedes dos? El morocho señaló con la cabeza a Juan. —Prender fuego todo— y titubeó, como si temiera decir lo próximo—:Con él adentro. Juan se contuvo de molerlo a golpes. El plan era diabólico, ingenioso. Un cigarrillo, un fósforo, una chispa perdida en un entorno inflamable (y con un poquito de ayuda, claro). Un guardia, el sobrino del dueño, en su primer día de trabajo, que se olvida de activar el sistema contra incendios de la fábrica, porque, por Dios, nadie le dijo que lo hiciera. Puertas automáticas que pueden convertir el edificio en una prisión. Un cadáver chamuscado, con las venas reventadas de alcohol. Un trágico accidente. Una jugosa póliza de seguro. Y un obstáculo menos en la línea sucesoria. —Juani.—dijo Mati. —Sí. —Tu tío es un hijo de puta. V Juan, Matías, Arturo y Teseo se habían instalado junto a los dos intrusos maniatados en la Sala de Monitoreo del primer piso. Observaban atentamente los monitores, esperando la llegada del Tío Jorge. Resolvieron llamar a la policía apenas llegue. Luego lo inmovilizarían. Viendo cómo Arturo preparaba la escopeta, Juan aclaró: —Recuerden que lo necesitamos vivo junto con los otros dos, para que puedan declarar. Después que la cana se encargue de él. Por mí que se pudra en la cárcel por el resto de su vida. Arturo cerró el mecanismo de la escopeta, en un chasquido amenazador que aterró a los dos rehenes. —Sólo por si la cosa se nos va de las manos. Matías se acercó a Juan y posó una mano sobre su hombro. —A la mierda la nocturna, cuando todo esto acabe, nombrame vicepresidente. Me la debés. —O mejor Control de Calidad— sugirió Juan, y ambos se rieron. —Miren— advirtió Arturo, inclinado frente a uno de los monitores, y los chicos se acercaron. La pantalla mostraba el enrejado frontal, y un coche negro estacionado. La lluvia torrencial formaba una bruma enceguecedora. Una gorda y blanca figura abría y cerraba la puerta de un golpe, y abría con esfuerzo la gran reja. Otro monitor mostraba al Tío Jorge corriendo agitado bajo la lluvia a través del camino principal del jardín. —Menos mal que te iba a traer a la cana ¿No?— ironizó Matías. Cumpliéndose lo que habían predicho de antemano, el Tío sacó un celular del bolsillo y discó. No era el celular de Juan el que sonaba. Arturo apuntó con la escopeta al hombre de la remera de los Redondos. —Hacé lo tuyo. El hombre atendió, y dijo lo más tranquilo que pudo: —Ya tenemos asegurado al paquete, señor. Paquete. Desde el monitor de la cámara del jardín, Juan observó su porcina mueca de complacencia y no pudo más que horrorizarse. El tipo que lo había criado desde los cinco años, que más bien que mal lo había alimentado, le había comprado sus juguetes (con ciertas privaciones, claro), le había bancado la educación, (pública, pero en fin), y le alquilaba el departamento donde vivía (tal vez para no tener que verlo), al que supo ver (a pesar de ciertas cosas que le hacían ruido) como un modelo de éxito, de posible socio cuando él fuera adulto, tal vez algún día llamarlo padre, porque era el único que conoció; ese tipo ahora quería verlo muerto. ¿Un tío huérfano apiadándose de su sobrino huérfano? No en la agenda del Tío Jorge. Juan oyó las pesadas puertas de madera de abajo abrirse de par en par. —¡Muchachos!— una voz gangosa y alegre venía del primer piso. —Vos quedate acá.—le dijo Juan a Arturo, y este asintió. Vos también, Matías—. Voy a bajar solo. —¡Ya llegué! El alcohol se está secando— advirtió preocupado— ¡Apúrense! Juan bajó por una de las escaleras laterales. El Tío, parado en medio del hall, no había advertido aún a Juan. Estaba concentrado en su celular de último modelo. Golpeteaba impaciente el suelo de baldosas con su reluciente mocasín recién lustrado. El pelo negro siempre engominado, corona de su gorda cabeza, era ahora una enmarañada catástrofe. Su lujosa cazadora blanca, ahora gris, chorreaba agua a cántaros, escupiendo innumerables gotas contra el suelo. Una lástima. Pero sabía que tarde o temprano tenía que tomar cartas en el asunto. “La mejor forma de lograr algo es hacerlo uno mismo.” Sabias palabras suyas. Raro haberlas olvidado. Terminada su tarea, se pegaría una vuelta por la lavandería, sin dudas. Luego, un buen baño caliente, como a él le gusta en días como éstos. Y al mediodía, una escapada a su mesa favorita en Rodizzio. ¿Cazuela de mariscos?¿Parrillada para uno? ¿Por qué no ambas? ¡Hoy se festejaba a lo grande! —Tío. Jorge apartó la vista del aparato y miró hacia la escalera. Sus infantiles facciones se arrugaron espantadas, como si hubiera visto una aparición. Este Tío no se parecía en nada al Tío de las ventanillas polarizadas, al de las putas menores de edad en el asiento trasero del coche. La pantalla táctil del celular se hizo añicos al estrellarse contra la baldosa. —¿Juan? — preguntó en un tono de incredulidad y protesta— ¿Pero qué está pasando? —Yo sí sé lo que está pasando. La rasurada papada del Tío se agitaba frenéticamente. —Lo único que quiero saber es por q- Pero antes de que Juan pudiera terminar, el Tío sacó del bolsillo de la cazadora una pequeña Walther automática. —Lo único que tenés que saber, es que esta sí tiene balas— dijo, burlón, volviendo a ser el Tío de siempre. —Ésta también— la aspera voz provenía a espaldas de Juan, más arriba. El anciano casero se erguía firme sobre sus dos metros en el mirador, entre las dos relucientes armaduras. La escopeta de dos cañones se asomaba por encima de la baranda de madera. —Soltala, Jorge— ordenó. El Tío alzó la vista y lo miró con los ojos abiertos. —¡Vos!— acusó con un grito ahogado. Alternó la vista con ambos, pero la pistola seguía apuntando a Juan. Por un momento titubeó, pero luego sonrió. —No la voy a soltar un carajo. Me necesitan vivo. Si me matan ¡Ustedes van en cana! ¡Por asalto a la propiedad!.— sentenció complacido. —Y vos me pegás un tiro a mí, y estamos en la misma — retrucó Juan. —Bueno, viendo que estamos en tablas, yo me voy a ir retirando. Si se mueven, disparo. Quedan avisados. —Ya llamamos a la policía antes de que llegaras, Jorge.— informó Arturo. —Dale, tirala. Ya hiciste demasiado mal por hoy— dijo Juan. El Tío hizo puchero con sus diminutos labios, y miró a ambos lados, inquieto. Juan le hacía acordar a un bulldog empapado que había visto en una publicidad de un antiviral de una revista. Por primera vez, le daba lástima. —Tío. Vamos. —Te voy a borrar esa cara de mocoso de un tiro si no te callás. —Pero soy tu sobrino... Efectivamente no funcionó, y Juan tuvo la certeza que el Tío iba a dispararle. Pero éste desvió el brazo hacia un costado y gatilló. Antes de oír el grito desgarrador de Matías, que había bajado las escaleras sigilosamente para reducir a Jorge por sorpresa, Juan se abalanzó contra el Tío para arrebatarle el arma. Arturo bajó corriendo las escaleras hacia donde agonizaba Matías. Teseo siguió a su amo al galope. Juan forcejeó. A pesar de su sobrepeso, o por causa de éste, el Tío rechazaba con facilidad a su sobrino, un flacucho insolente que aún no había rebasado la veintena.. El Tío retomó el control de la automática, y agarró a su sobrino del cogote, y antes de que Arturo le pudiera echar mano, apretó la boca del cañón contra la sien de Juan. Jadeante, empezó a retroceder de espaldas a la puerta remachada. —Esto es culpa mía —le dijo el Tío—. Culpa mía. Ahora nos vamos a casa, y vamos a hablar. Vamos a hacer lo que tendríamos que haber hecho hace años ¿Qué te parece? Y después de hablar, te vas a ir a la cama sin comer, por portarte mal, por hacer quedar mal al Tío Jorge, que tan bueno fue con vos ¡Que te da trabajo, aunque seas un inútil!— tiró de una oreja a Juan. El Tío temblaba al hablar. Tenía el rostro pegado al de su sobrino, y lo miraba como si fuera un nene. Ahora no estaba empapado de agua, sino de sudor. Y Juan se estaba quedando sin aire. El Tío está loquísimo ¿Por qué no te diste cuenta antes? — Y vamos a cerrar las ventanitas porque hace muuucho frío, y tal vez mi pobre sobrino se olvide de cerrar la llave de gas, porque es un poquito distraído ¿No, Juani?— su rechonchos labios se curvaron en una forzada y patética mueca de congoja ¿Por qué no te diste cuenta antes? De repente, el Tío gritó como fiera lastimada. Juan agradeció a Dios que la presa de su cuello se liberara, y vio cómo la Walther se le resbalaba de sus gordos y pequeños dedos. Teseo se estaba aferrando a su tobillo, gruñendo. El Tío Jorge pataleó y lo sarandeó por el aire, pero el perro no se soltaba. Arturo le pegó un culatazo en el vientre, y el Tío chilló de dolor. Juan vió a Matías tirado en el piso, en posición fetal. No se movía. Está muerto. Mi mejor amigo está muerto. Furioso, le pegó un puñetazo en la cara al desorientado Tío, y este cayó de espaldas. Sobre el toro embalsamado. Juan vió crecer del hombro izquierdo de su Tío un escalofriante cuernito rojo. La cazadora blanca se tiñó de sangre. El cuerno empezó a crecer, conforme atravesaba la carne sobre el omóplato; y su esternón, que, como macabra percha de ropa, era lo único que evitaba la caída del gordo. El Tío intentó incorporarse, pero debido al ángulo en el que estaba recostado, solo lograba tambalearse, y el cuerno, a su vez, clavarse aún más. El aullido, que profirió cuando giró lentamente la cabeza para ver lo que le salía del hombro, atronó en toda la gran sala y Juan juró que había logrado mover la araña, cuyas sinuosas sombras le parecieron bailar como poseídas. —¡Me caigo, por favor, ME CAIGO, AYÚDENME! Juan, consciente de que el Tío no debía morir, aún, pasó por al lado del cuerpo de Matías —ya voy a despedirte, amigo—, tomó una silla, y la colocó debajo de las agitadas posaderas del Tío. Cuando logró sentarse, éste imploró a gritos que le saquen el cuerno. Juan lo ignoró, y se precipitó hacia donde estaba Matías. El corazón le latía como un tambor de guerra. La pierna derecha de su amigo estaba manchada de sangre. — La bala solo le rozó la pierna— le avisó Arturo—. Se debe haber desmayado el pobre. Juan suspiró aliviado. Había pensado lo peor. Su atención volvió ahora hacia el Tío. Arturo trataba de sacarle el cuerno, y el Tío pataleaba como un bebé que no quiere la comida que le da su mamá. Se acercó a ayudar. Ambos agarraron al Tío por la espalda y tiraron hacia ellos. Al retirarse el cuerno, un chorro de sangre regó el costado derecho de la papada del Tío. —NO, NO. VUELVANLO A PONER. El Tío Jorge gimió cuando el cuerno se volvía a introducir, pero por lo menos eso detuvo la hemorragia. Se quedó cabizbajo. Respiraba agitado, pero a simple vista se encontraba fuera de peligro. Sentado sobre sus cuartos traseros, y sin quitarle la vista de encima al Tío, Teseo, el perrito, montó guardia. Arturo y Juan cargaron el cuerpo inconsciente de Matías y lo depositaron sobre una mesa de la Sala de Monitoreo. Arturo presionó un botón de la consola, y como Juan pudo comprobar a través de los monitores, todas las puertas magnéticas se abrieron. —Voy a tener que llamar a una ambulancia también— dijo Arturo. Al notar la angustia de Juan, agregó:— Para el gordo. Quedate tranquilo, se desmayó por la impresión nomás. Y tengo que decirlo, tu amigo tiene unos huevos tremendos. Juan apretó la mano inerte de Matías. La cosa no salió como se lo imaginaban, pero estaban todos enteros. Y Arturo exclamó sorprendido. —¿Qué pasa?— preguntó Juan Arturo señaló el monitor. —¿Quién es? Juan se acercó a la consola, y a través del monitor de la reja de la calle vio un rostro triste, de ojos grandes y negros. Los mismos ojos angustiados que volvían loco a Juan. —Es la novia.— Juan oyó una voz familiar. Ambos se dieron vuelta al mismo tiempo. —Buena, matador—. le dijo Matías—. Bajá, dale. —Pero me tengo que quedar para la declaración. —Nosotros nos hacemos cargo de todo— dijo Arturo.— Vos tenés un asunto más importante ahora. —Apurate, boludo, que la pobre se está mojando.— dijo Matías—. Y pasame un pucho, loco, que me comí un corchazo por vos. Juan bajó corriendo por las escaleras y cruzó el hall, pasando al lado del Tío, que respiraba pesadamente, inmóvil en su silla, y de Teseo, que seguía vigilando a su presa. Abrió la puerta, y vislumbró bien a lo lejos la diminuta figura de Romina Dupont, sin dudas empapada hasta las medias, tras la reja frontal. Ya en el umbral de la puerta del hall, Juan se dio vuelta—debía hacerlo—, y miró al Tío Jorge. Sus pequeños ojos, abiertos de par en par, ignoraban a su sobrino: miraban a un punto indeterminado, como perdidos. A simple vista, cualquiera habría podido decir que su mirada era simplemente inexpresiva, pero lo cierto es que a Juan se le hacía familiar. Una mirada de angustiosa impotencia, de una incombustible furia y bravura, reprimidas, retenidas tras una irreversible máscara de cuero rígido. Una mirada de toro embalsamado. Supo entonces qué había pasado realmente hace catorce años, en una ruta lejana. Juan le habló por última vez. —Vos lo hiciste— no era una pregunta, porque no necesitaba respuesta, y tampoco la tuvo. Más que enfurecerlo, sintió que la certeza lo liberaba. Le dio la espalda al Tío Jorge, y se echó a correr a las apuradas bajo la lluvia, para encontrarse con su chica. Bajo la luz de la mañana, la vinería ya no le daba tanto miedo como antes. FIN. Esto fue todo amigos, hasta la próxima.
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