Harina: la droga invisible de las corporaciones
Según afirma Andrea Miranda, médica nutricionista y directora de la Sociedad Argentina de Estética y Nutrición Integral, existe un síndrome, es decir un conjunto de signos y síntomas, denominado abstinencia a los carbohidratos (harinas), más frecuentemente de aparición en personas que hacen dietas estrictas exentas de hidratos de carbono (cereales, panes, pastas, fideos, arroz, azúcar y pan).
Para poder explicar esta manifestación, hay que mencionar que en el cerebro existe un área o sistema de recompensa, en donde la protagonista es la dopamina, un neurotransmisor que emite la señal del placer. Cuando esta aumenta, la persona experimenta más satisfacción. Estudios científicos comprobaron que los hidratos generan esa sensación, al igual que otras drogas como cocaína, heroína, morfina y nicotina.
El problema surge cuando se siente ese placer al mismo tiempo que se produce una disminución en los receptores de dopamina, lo que conlleva a mayor consumo para lograr el mismo placer.
"Cada vez necesitas comer más harinas o hidratos para lograr el mismo efecto del placer. Y cuando no hay hidratos (dietas estrictas y restrictivas sin hidratos), la dopamina disminuye a niveles muy bajos o nulos generando el síndrome de abstinencia", agrega Miranda.
"El ritmo de vida que se vive hoy, favorece el desequilibrio bioquímico del cerebro. La carencia de neurotransmisores como la serotonina, sumado a la vida sedentaria y la disponibilidad de comidas poco saludables, hacen que muchas personas desarrollen esta conducta compensatoria que se vuelve adictiva", explica María Alejandra Rodríguez Zía, endocrinóloga y especialista en medicina orthomolecular.
La búsqueda compulsiva de carbohidratos puros, como son las harinas refinadas, tiene que ver con una necesidad del organismo de acceder de modo inmediato a energía de fácil disponibilidad.
"Cuando ocurre esta demanda, es porque el cuerpo no recibió de manera equilibrada a lo largo del día ese suministro", insiste Rodríguez Zía.
Dentro de los síntomas que se pueden encontrar en el síndrome de abstinencia a las harinas están las cefaleas intensas, irritabilidad, fatiga, desgano, náuseas, cansancio y cetosis (ante la ausencia de glucosa por falta de ingesta de carbohidratos, el cuerpo empieza a quemar la grasa para obtener energía generando cetosis). Estos signos pueden llegar a durar entre dos y siete días.
Para ambas especialistas, la harina es totalmente adictiva. Incluso, Rodríguez Zía entiende que el hombre, en la antiguedad, vivía sin comer harinas de ningún tipo, por lo que eliminarla es totalmente posible. Aunque para Miranda, los hidratos son necesarios para generar glucosa en el organismo y producir energía vital para la vida. En ese sentido, asegura que lo mejor no es dejar de consumir este tipo de alimentos, sino saber elegir los más adecuados.
Para evitar el síndrome de abstinencia, las expertas en nutrición recomiendan incorporar todos los grupos de alimentos en la alimentación diaria e ingerir comidas que sean verdaderamente nutritivas, como carnes, verduras, frutas, huevos, legumbres, lácteos y semillas. Además, subrayan la importancia de no realizar dietas exprés que eliminen los hidratos de carbono o harinas y consultar siempre con un profesional médico nutricionista.
Cómo vencen las ganas de comer harinas
» Controlar la calidad y la cantidad de los hidratos que se consumen.
» Un plan de alimentación balanceado que incluya todos los grupos de alimentos, ayuda a mantener el control.
» Planificar cuatro comidas principales, con dos colaciones al día, con opciones light.
» Realizar otras actividades que saquen del foco de la comida.
» Servir solo la porción que se va a comer.
» No llevar fuentes con comida a la mesa.
» Cerrar los paquetes de galletitas una vez quitada la cantidad saludable a consumir.
» Comprar solo lo que se va a comer.00
En opinión de Michael Pollan, uno de los periodistas especializados en alimentación más relevantes del momento –autor de los libros superventas "El detective en el supermercado" y "El dilema del omnívoro"–, se propuso elaborar una breve, pero intensa, historia de la cocina. Una reivindicación de las bondades de esta actividad milenaria, que ahora ve la luz en España: " Cocinar: una historia natural de la transformación" es uno de los ensayos más interesantes en lo que respecta a la alimentación de los últimos años. Y el entusiasmo que recorre sus páginas, llenas de vivencias narradas en primera persona, se multiplica cuando es el propio Pollan el que cuenta sus descubrimientos al otro lado del teléfono, desde su casa en la bahía de San Francisco.
Después de 1880 no ha habido ningún desarrollo que haya hecho que la comida sea más saludable
Para Pollan la cocina no es sólo una herramienta, ni un entretenimiento, es una actividad que define nuestra especie. “Cocinar nos hizo humanos”, asegura el escritor con rotundidad. “Si no hubiéramos descubierto nunca cómo cocinar, no nos reconoceríamos a nosotros mismos. Es cocinar lo que nos dio más energía que la que tenían otros animales, porque ellos gastan mucha energía para digerir los alimentos y nosotros no. Así que pudimos gastar esa energía en tener un cerebro más grande, que nos permitió desarrollar habilidades cognitivas que el resto de animales no tienen”.
La historia de la cocina camina paralela a la historia de la humanidad. Fue la cocina con fuego la que permitió que el Homo Sapiens se distinguiera del resto de primates, y la revolución neolítica no puede entenderse sin la invención de la cerámica y, con ella, la capacidad para cocer los alimentos que fue, según Pollan, condición indispensable para el desarrollo de la agricultura y el sedentarismo. La civilización, en definitiva, nació en torno a una olla.
Con el tiempo se fueron sucediendo todo tipo de innovaciones, fruto del ingenio humano: aprendimos a moler los cereales y hornear el pan, logramos controlar la fermentación para fabricar alcohol, queso y todo tipo de encurtidos, descubrimos que la salazón podía hacer que aguantaran más los alimentos…
Todos estos inventos tenían, según Pollan, algo en común: “Las formas de cocinar, las nuevas formas de procesar los alimentos que la humanidad fue descubriendo, hacían que la comida fuera más saludable”. Pero todo cambió con la llegada de la industrialización. “Entonces”, asegura Pollan, “empezamos a procesar la comida de forma que la hacía menos saludable. El punto de inflexión fue el refinado de la harina y nuestra habilidad para separar el almidón del germen y el salvado, las partes más nutritivas del grano, que se eliminan cuando se muele.
Esto ocurrió en 1880. No veo que después haya habido ningún desarrollo que haya hecho que la comida sea más saludable. Ha habido desarrollos que la han hecho, quizás, más interesante. Si vas a un restaurante de cocina molecular verás nuevas técnicas, pero no es algo que haya contribuido a la salud y la felicidad de la humanidad”.
Pollan es muy crítico con el papel de la industria alimentaria que, asegura, es la principal responsable de que hayamos abandonado la cocina. Las grandes cadenas alimentarias, explica, nos han empujado a aceptar sin rechistar los productos procesados, bajo la promesa de que ahorraríamos tiempo y nos libraríamos de una actividad engorrosa que, gracias a ellos, nunca más tendríamos que realizar. Y es cierto, cada vez cocinamos menos, pero a cambio nuestra salud se resiente.
Para Pollan, no hay nada de altruista en los procederes de las grandes corporaciones: “La industria alimentaria nos ha animado a abandonar la cocina porque gana más dinero cuanto más procesada esté la comida. Es muy difícil ganar dinero vendiendo comida sin procesar; basta hablar con cualquier agricultor, es una manera muy difícil de ganarse la vida. Cuanto más proceses la comida, cuanto más baratos sean los ingredientes que utilices y más complejo sea el resultado, y más grasa, azúcar y sal añadas, más dinero ganas”.
Todo forma parte de una estrategia diseñada de forma explícita para que comamos más. “Puedes hablar de la libertad de elección y la responsabilidad individual”, admite Pollan, “pero no sabemos qué hay en esa comida. Hemos sido manipulados. Es muy difícil tener la libertad de elegir cuando no tenemos la información.
La comida ha sido manipulada de formas muy inteligentes para que sea adictiva y sea muy difícil dejar de comer. La industria usa internamente términos como “adictividad” o blitz point [algo así como una “explosión de sabor”], snackability [cuán apetecible es algo para picotear]… Están trabajando de forma deliberada para crear comida que no podamos parar de comer. Y saben cómo hacerlo, básicamente mezclando sal, azúcar y grasa"