El Río de la Plata fue visitado por los españoles desde 1516, cuando lo descubre la expedición al mando de Juan Díaz de Solís. La más importante de todas las expediciones fue la de Sebastián Caboto. Este último, hipnotizado por la leyenda de la Sierra de la Plata y del Rey Blanco, había desviado su curso hacia las islas Molucas, en Asia, para adentrarse por el Plata en busca de grandes riquezas. Lo único que consiguió fue hambre y más leyendas. Solamente los mitos llegaron a España.
La corona española decidió poblar la zona para defenderla de las ambiciones de los portugueses; pero el principal motivo de enviar un adelantado con mil quinientos hombres y trece barcos no era otro que el de alcanzar la mítica Sierra de la Plata.
La expedición partió el 24 de agosto de 1535 desde Sanlúcar de Barrameda, al mando de don Pedro de Mendoza. Éste tenía el título de Adelantado y su labor consistía en fundar tres poblaciones y emprender la conquista de la mítica región del Rey Blanco. No sólo eso, también tenía que organizar un gobierno duradero.
En la expedición iban muchas mujeres, aparte de los soldados. Algunas de ellas fueron conocidas por sus nombres: Isabel de Guevara, autora de una carta en la cual cuenta la labor de las mujeres en la conquista; la Maldonada y María Dávila, compañera y amante de don Pedro de Mendoza, quien lo acompañaría hasta el día de su muerte; y otras más.
La expedición se detuvo en las islas Canarias para aprovisionarse, y allí se les unieron tres naves más, provistas por el gobernador de Santa Marta, don Pedro Fernández de Lugo. Este último había sido un aspirante al título de Adelantado del Río de la Plata.
Don Pedro de Mendoza era un hombre viejo, con mucha experiencia militar. Pero estaba mortalmente enfermo de sífilis, una enfermedad que lo tuvo a maltraer durante todos los preparativos de la expedición, en el viaje y luego en el Río de la Plata. Este mal lo imposibilitó muchas veces para tomar decisiones, por lo cual la expedición careció de un buen líder desde el principio.
Mendoza se detuvo en Río de Janeiro, donde enjuició y mandó a asesinar al maestre de campo Juan de Osorio por presunta rebelión, la que luego se comprobó nunca había existido.
Mientras tanto el hermano del Adelantado, don Diego de Mendoza, siguió camino al Río de la Plata y desembarcó en las islas San Gabriel (frente a la actual Colonia, Uruguay). Allí se le reunió Pedro de Mendoza en enero de 1536. Construyeron unos barcos especiales para ríos bajos, y enviaron algunos bergantines con unos prácticos del río, veteranos de la expedición de Caboto, a fin de que eligieran el mejor lugar para levantar una población. El lugar elegido tenía grandes condiciones: un puerto cómodo, con un pequeño riachuelo que desembocaba en el gran Río de la Plata y una isla cubierta de sauces y juncos, que tapaba su desembocadura y lo protegía de los vientos. Allí, en ese riachuelo, se podrían cobijar varias embarcaciones.
Mendoza trasladó a toda la gente hacia el punto elegido, y levantó una población en lo alto de una meseta bordeada por arroyos. Correspondía al llamado Alto de San Pedro, justo frente al lugar donde se guardaban los barcos, un canal que penetraba en el actual Riachuelo, este ultimo tenía en aquella época su desembocadura cubierta por la isla de los Pozos. El canal estaba escondido por un banco submarino que se extendía paralelo a la playa de la barranca, como continuación de la isla, y empezaba a hacerse visible en el punto llamado alto de San Pedro; sólo había una entrada a este canal, que estaba justo frente a la actual Retiro, o sea pasándose un poco al norte de donde estaría la ciudad. Había que embocar esta entrada al canal para poder entrar en el Riachuelo, si no los barcos se encallarían en el banco.
A muy poca distancia de la barranca comenzaba la llanura interminable y completamente plana, sin vegetación; a la vista la pampa resultaba infinita. Ni una colina, ni un árbol, todo liso.
A principios de febrero se fundó la ciudad que llamaron Nuestra Señora del Buen Aire. La fecha más aceptada es el 3 de febrero, pero no hay seguridad sobre ella: oficialmente se mantiene el 2 de febrero, aunque ni siquiera se sabe si hubo un acto de fundación. Lo más probable es que no haya existido dicho acto, ya que Mendoza estaba muy mal de su enfermedad en esa época. El lugar también es una incógnita, pero el más aceptado por los historiadores es el ya expuesto, que sería el final de la actual calle Humberto I. Donde comenzaba la parte visible del banco antes comentado.
Apenas fundada la ciudad, los españoles entraron en tratos con los indígenas, que se acercaron con curiosidad a ver qué pasaba. Éstos les procuraron alimentos: pescado y carne de venado. En la zona de la ciudad no había ni árboles frutales ni muchos animales. Había perdices, algunos avestruces o ñandúes, armadillos, gatos monteses y venados. La pesca era imposible para los españoles ya que no habían traído anzuelos ni redes.
Mendoza ordenó enseguida que lo aprovisionasen de perdices para alimentarse él y sus capitanes amigos; los soldados las cazaban con ballestas para no gastar las balas de los arcabuces. Los líderes de la expedición siempre tuvieron alimento suficiente, incluso cuando los hombres y mujeres que tenían a su cuidado morían de hambre.
Comenzaron los trabajos para levantar la ciudad. Hicieron chozas que tenían paredes de barro mezclado con paja, y los techos eran completamente de paja y cañas. Las ventanas, si es que tenían, de madera que obtenían de los algarrobos silvestres que había a orillas del Riachuelo. Levantaron también una casa grande y maciza que sería destinada al Adelantado Mendoza. Algunos cronistas dicen que tenía techo de tejas, las cuales se habría traído Mendoza desde España, así como gran cantidad de ropas finas, libros, exquisitas vajillas, manteles y muebles. Se rodeó a la nueva población con un terraplén de “tres pies” de ancho y “de la altura de un hombre parado”, que había que reparar cada día, ya que se desarmaba. También un foso que rodeaba al terraplén. Con el tiempo a la "muralla" se le agregó una empalizada hecha con troncos de árbol. La extensión del poblado era de aproximadamente una manzana.
Había también una fortaleza o casa de gobierno, que funcionaba como residencia de las autoridades, oficinas y prisión. En realidad era un barco encallado, que luego se deshizo para construir una iglesia y fue reemplazada por otra nave en las mismas condiciones, donde vivía en 1539 el teniente gobernador Ruiz Galán.
Mientras los soldados construían la ciudad, los indígenas dejaron de procurarles comida. Se cree que estos últimos eran los querandíes, que habitaban las zonas aledañas. Los cronistas no cuentan por qué dejaron de abastecerlos, pero lo más probable es que se hartasen de los malos tratos y prepotencia de los españoles, quienes exigían los alimentos con argumentos “legales”, leyes que los indígenas no conocían ni les interesaban.
Mendoza envió al alcalde Juan Pabón junto con dos soldados a pedir a los querandíes que siguiesen procurándoles alimentos. Pabón no se hizo entender o realizó su demanda a la fuerza, ya que los querandíes lo molieron a palos a él y a sus dos compañeros; igualmente se las ingeniaron para volver a Buenos Aires. Desde ese momento los indígenas se volvieron hostiles hacia los españoles. Se habían dado cuenta de las intenciones de ellos y no los querían cerca. Les tendieron varias emboscadas lo que hacía muy peligroso el salir de la empalizada que rodeaba al pequeño poblado.
Otro peligro, no menor que el de los indígenas, lo presentaban las fieras, llamadas tigres por los españoles. Como sabrán no había tigres en la zona, pero sí gatos monteses. Muchos españoles murieron atacados por estos felinos. Se dice que los seis primeros hombres que se enviaron a recorrer la zona fueron atacados y despedazados por tigres.
Mendoza envió a unos expedicionarios en barco al mando de Gonzalo de Acosta a explorar la zona y ver si conseguía víveres que ya estaban escaseando. Acosta era práctico en estas regiones a las que había visitado con Caboto. Llegaron hasta el actual río Luján, donde fueron atacados por los guaraníes que vivían en la zona; enseguida volvieron al poblado. La noticia de los malos tratos de los españoles corrían como el viento, y los indígenas ya los recibían con desconfianza y casi siempre en pie de guerra.
Viendo truncadas sus salidas, Mendoza sólo acertó a mandar un galeón al Brasil en busca de alimentos. Éste salió el 3 de marzo, exactamente a un mes de la fundación del poblado, al mando de Gonzalo de Mendoza, con Gonzalo de Acosta. Luego Mendoza preparó siete navíos con doscientos hombres y los envió a explorar las islas del Delta del Paraná.. Esta incursión fue un fracaso total, apenas quedaron la mitad de los soldados; los otros murieron, ya sea por el hambre, las fieras, el ataque de los indígenas o las enfermedades. Volvieron a los dos meses.
A fines de mayo de 1536, Mendoza decidió probar suerte por la zona en que Caboto había fundado el fuerte Sancti Spiritus, que decían era muy fértil. Envió a Juan de Ayolas al mando de noventa hombres en tres bergantines. Muchos murieron de hambre en el camino. Pero finalmente llegaron a la zona y fundaron un fuerte llamado Corpus Christi el 15 de junio. También consiguieron la ayuda de los indígenas; gracias a ellos no murieron de hambre. Como siempre, los únicos que pasaban hambre eran los soldados, ya que a los capitanes nunca les faltaba ración suficiente de alimento.
Un expedicionario llamado Domingo Martínez, que era un simple estudiante, se las ingenió para fabricar anzuelos y así poder pescar. Con el tiempo, ese ingenioso hombre fabricaría peines, cuchillos y un sin fin de cosas para los pobladores de la futura Asunción.
Mendoza pensó en regresar a España, ya que no tenía sentido seguir ahí si no podía casi pararse. Ya tenía listo el barco en el que se volvería, cuando llegó Ayolas de su expedición por el Delta, con las noticias de la fundación de Corpus Christi y con gran cantidad de provisiones. A fines de agosto, Mendoza partió con Ayolas hacia Corpus Christi.
La ciudad estaba al mando de Francisco Ruiz Galán quien probaría ser un muy buen gobernante. En ausencia de Mendoza había hecho sembrar una huerta y construir tres iglesias; dos de ellas se incendiaron y a la otra la destruyó una crecida del río. Entonces Ruiz Galán mandó deshacer la nave Santa Catalina y con sus maderas construyó una iglesia, donde se decía misa todos los días; muchos eran los religiosos que había en la ciudad.
Don Pedro llegó en noviembre de 1536 a Buenos Aires. La ciudad estaba tranquila, sin ataques y mejor defendida. Estaba rodeada por un foso, una empalizada y un muro de tierra. En medio de la población había una plaza y frente a ella la iglesia parroquial y la casa de Mendoza. Como se dijo más arriba, ésta era muy lujosa, comparada con las chozas de los soldados, en torno de las cuales había un terrenito sembrado con hortalizas traídas de España.
Mendoza, abatido por su enfermedad y por los constantes desastres, decidió volverse a España. Nombró Teniente de Gobernador y Capitán General a Juan de Ayolas y Teniente de Gobernador de Buenos Aires, Corpus Christi y Buena Esperanza a Francisco Ruiz Galán. Pasó todos sus derechos de herencia a Ayolas y dejó Buenos Aires el 22 de abril de 1537. Sólo dejaba unas cuatrocientas personas de las más de mil quinientos que habían salido de España; en Buenos Aire quedaban ochenta. Mendoza murió en alta mar el 23 de junio de 1537.
Nuestra Señora del Buen Aire, Nuestra Señora del Buen Ayre, Virgen del Buenaire o Virgen del Bonaire (Madonna di Bonaria) es una de las advocaciones marianas de la Bienaventurada Virgen María. Es una representación que iconográficamente representa a la Virgen de la Candelaria. Fue considerada por los navegantes españoles como la patrona de los navegantes y su nombre dio origen al de la ciudad de Buenos Aires. En su conmemoración se ha establecido la fiesta de la Virgen del Buen Aire, el día 25 de marzo.
YAPA