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Todo sobre la masacre de Carmen de Patagones

Info8/4/2015
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Esta vez hago un post que en parte es un descargo ante tantas historias gringas que nos están invadiendo,[/size]


Todo sobre la masacre de Carmen de Patagones

Un resumen de lo ocurrido

La mañana del martes 28 de septiembre de 2004 en la Escuela de Enseñanza Media Nº202 Islas Malvinas de Carmen de Patagones, un chico de 15 años llamado Rafael Solich, mejor conocido como "Junior", disparó sobre sus compañeros en el aula en la que compartían el primer año del ciclo Polimodal (secundario). La masacre se llevó a cabo a las 7:35, hora del comienzo de las clases, Solich ingresó al colegio al que concurren unos 400 estudiantes, escondiendo una pistola Browning calibre 9 mm (perteneciente a su padre, un suboficial de la Prefectura Naval Argentina), otros dos cargadores y un cuchillo de caza escondidos en un camperón militar.
En el aula 1ºB, Solich se coloco en frente de la clase, tomó el arma y la descargó contra sus compañeros de aula sin mediar palabras, después de vaciar la pistola, salió al pasillo. Cargó un segundo cargador e hizo un nuevo disparo, esta vez hacia el kiosquero de la escuela a quien no alcanzó a herir.
Siguió su camino por el pasillo principal de la escuela hasta que Dante Penna, uno de sus compañeros de aula, se le abalanzó y logró quitarle el arma. Luego de enteradas las autoridades, no se resistió, fue arrestado y trasladado a la ciudad portuaria de Bahía Blanca.
La tragedia tuvo el triste privilegio de ser la primera masacre escolar (realizada por un solo individuo con un arma de fuego) registrada en América Latina.
Como saldo del ataque fallecieron tres compañeros de aula, de entre 15 y 16 años; además de haber cinco heridos. El entonces presidente Néstor Kirchner calificó el episodio como doloroso y dispuso dos días de duelo nacional.
En todas las escuelas del país se realizó una jornada de reflexión en la que se leyó una carta
enviada por el Ministerio de Educación a todos los establecimientos educativos del país.

Al iniciarse la causa judicial, Rafael fue confinado a un centro de internación para jóvenes delincuentes en el partido de Ensenada.
Luego de ser declarado inimputable, Alicia Ramallo, la jueza que llevó el caso, se hizo cargo de su tutela y lo internó en un centro psiquiátrico juvenil en la localidad de San Miguel.
Su Progenitor Rafael Solich (padre) fue condenado a 45 días de prisión por negligencia al dejar el arma al alcance de un menor.


El 28 de septiembre de 2004, Rafael Juniors Solich, de 15 años, ingresó al aula de su escuela, acribilló a tres compañeros e hirió a otros cinco con el arma de su padre. Una década después reconstruyeron su relato del hecho en base a los expedientes judiciales

Junior, el chico de 15 años que el 28 de septiembre de 2004 mató a tres compañeros e hirió a otros cinco, está internado en un instituto de máxima seguridad. Nadie entiende aún qué motivó el hecho. Los familiares y amigos de las víctimas mantienen vivo el recuerdo de aquel día.

Tres nuevos árboles se yerguen en el patio del colegio. Cada uno tiene un nombre y un apellido concreto. Símbolos de vida para recordar las almas que aquella mañana del 28 de septiembre se derrumbaron entre las baldosas del piso de un aula. Como si la memoria no alcanzara, éstos se levantan como verdaderos estandartes para el recuerdo constante. Junto con ellos, la sangre derramada sobre los guardapolvos blancos quedará impregnada en la retina de los testigos como una huella inquebrantable de dolor e impotencia.
Ya nada de lo que estaba esa mañana en el aula 1 ° B de polimodal de la Escuela Media N°2 Islas Malvinas carece de valor. Todo se ha teñido de simbolismo en la lucha por la memoria que llevan adelante los familiares y amigos de las víctimas. El aula en la que Rafael, o Junior como lo apodaban, disparó trece tiros hasta terminar con la vida de tres compañeros y herir a otros cinco, es hoy un santuario al que sólo tienen acceso los alumnos que sobrevivieron a la tragedia. “Un supuesto compañero nos arrancó la razón de la existencia”, reza un cartel en la puerta. Adentro el bullicio adolescente ha dado paso al silencio mortal. En aquella clase, que ya nunca más volverá a funcionar como tal, descansan sobre el pizarrón las fotos de las víctimas fallecidas: Evangelina Miranda, Sandra Núñez y Federico Ponce. Son las misma que se usaron en la primera marcha organizada por los familiares de los jóvenes pocas horas después del hecho.

Viaje de un largo día hacia la noche
“Nunca me imaginé que iba a vivir una cosa así”, era la frase que se transformaba en un murmullo ensordecedor entre los alumnos de primer año, mientras plantaban los árboles la mañana en que se cumplían seis meses de la tragedia. Es que resultaba inimaginable para la tranquila comunidad de Patagones que un joven de 15 años llegara armado con una Browing 9 milímetros al colegio y arremetiera, sin para hasta agotar el primer cargador, contra sus pares.
Los peritos del caso sostienen que hubo una planificación del hecho y que los tiros fueron directamente a los cuerpos. El arma reglamentaria de su padre, suboficial en la Prefectura Naval, era la posibilidad de reivindicarse después de tantos años de sentirse discriminado por los otros chicos. “En la escuela me sentía mal, me cargaban por raro y por el grano que tengo en la nariz”, confesaría a la jueza Alicia Ramallo, horas después del suceso.
La noche anterior, mientras sus padres no estaban, Junior tomó el arma homicida como el primer paso de una ceremonia que lo terminaría encerrando a él mismo. Ni en la cena ni en el desayuno pudo comer. “Sentía escalofrío”, comentaría cuando declaraba en La Plata, a donde fue trasladado a fines del año pasado.
En el camino al colegio, Junior destrabó el seguro del arma. Lo que parecía un martes como cualquier otro, se transformó en un caos pasadas las 7.30. Después de izar la bandera, los alumnos se dirigieron a sus respectivas aulas. Junior dejó entrar a sus veintiocho compañeros primero. Luego ingresó él. “Hoy va a ser un gran día”, dicen que susurró y, parado al lado de su banco, comenzó a disparar. “Al principio, creí que el arma era de juguete, que hacía ruido, pero después vi la cara de pánico de todos”, explicó una vez recuperado uno de los heridos, Pablo Saldías. Según relataron algunos jóvenes, Junior solía simular con la mano que les disparaba cuando éstos se burlaban de él o me pude frenar; sentía odio contra todos”, declararía meses más tarde. Rafael vació el primer cargador y cuando fue a cambiarlo por otro; Dante, su único amigo, logró quitársela. “¿Qué hiciste?”, le preguntó. Evangelina, Federico y Sandra, ya habían caído. Pablo Saldías, Nicolás Leonardo, Rodrigo Torres, Natalia Salomón y Cintia Casasola, resultaron gravemente heridos y fueron trasladados a un hospital de Viedma, donde se recuperaron favorablemente.
Junior se fue caminando por el pasillo hasta la salida donde la policía lo interceptó; no presentó resistencia. Entre sus ropas había un tercer cargador y un cuchillo de caza: armas suficientes para acabar, quizás, con el resto de sus compañeros. Ese mismo día fue trasladado a una celda de la delegación de Prefectura en Bahía Blanca. Mientras tanto, la comunidad de Patagones se hizo presente en el Estadio Trípoli para velar los restos de los adolescentes fallecidos. También asistió Dante, del cual se sospecha su participación en los hechos.
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De eso no se habla
Hacía un año Junior había escrito en el pizarrón: “Todos deben morir”. El presagio fue demasiado directo para prestarle atención. En su banco, también figuraban escrituras un tanto curiosas para un adolescente de 15 años. En inglés, se atisbaba la palabra “muerte” escrita repetidas veces junto al dibujo de cruces invertidas. La música de Marilyn Manson y su forma de vestir, siempre de negro, son a lo mejor el cabo de una cuerda mucho más extensa y compleja que escapa a cualquier tipo de razonamiento lineal de causas y efectos.
“Se me nubló la vista y disparé”, diría ante la jueza. Días después de la masacre, Ramallo explicó que Junior era conciente de lo que había hecho, que se arrepentía, pero que no conocía el resultado de su accionar. A pesar de su protagonismo en los hecho, no fue ni será juzgado o condenado porque es inimputable por ser menor de edad.
Aquel chico que los profesores y parientes calificaban como retraído y aislado está hoy en un instituto de máxima seguridad en La Plata. Allí su identidad ha sido ocultada. Nadie sabrá qué pasó ese día por la cabeza de Junior; quizás, ni el mismo.
“Es imposible volver a tener la escuela que teníamos”, reconoce la directora de la institución, Adriana Goicoechea. Sólo cinco de los veintinueve alumnos volvieron en marzo de este año a clases. Dos de ellos pidieron el pase a un nuevo colegio; otras dos fueron cambiadas de cursos y los restantes se ausentaron por el enojo de sus padres a la falta de contención.
El odio y el deseo de venganza se hicieron eco en el interior de Junior cuando planeó la masacre. La jueza explicó que no hubo ningún detonante concreto del hecho. Quizás la mala relación con su padre que figura en sus declaraciones, o el sentirse totalmente distinto de sus compañeros, sean sólo una pequeña parte de entramado más profundo. Ya es tarde para echarse culpas. Tanto padres como docentes desatendieron una voz que clamaba desde el silencio. Uno de los informes psicológicos que se le hicieron señaló que el suceso se habría producido como consecuencia de una multiplicidad de factores de orden psicológico, social, familiar e individual. Un trabalenguas científico para padres y amigos que no encuentran consuelo, así como también para los padres de Junior.
“La luz de la vida nunca se apaga”. Cada uno de los 365 días que han pasado desde esa mañana se enarbola con este lema. La comunidad de Carmen de Patagones se encarga de llevarlo a cada rincón de la ciudad en las marchas que se realizan para mantener viva la memoria. Las velas encendidas que vienen recorriendo las calles mes tras mes, iluminan el eterno silencio de las almas ausentes.

motivos

Juguete peligroso
“Algunos pensamos que era un arma de juguete y decíamos: está jodiendo”. Las primeras balas dejan marcas en el techo y las paredes. Los que reaccionan se tiran al suelo, se esconden debajo de los bancos, gritan. Nadie entiende nada. Junior deja de herir al aire y apunta a sus compañeros, como si alguien le hubiese enseñado a usar el arma – algunos dicen que fue su padre–. Gatilla. Hiere. Mata. La primera vida que queda en el aula es la de Evangelina Miranda. Todo se ilustra en el morboso recorrido de un proyectil que pasa por su corazón y termina en la pierna de Federico Ponce. Este el segundo nombre que quedará sólo en la memoria. La tercera víctima fatal ya es conocida: desobedeció, lo que bastó para que Junior le apuntase. Sandra Núñez no logra esconderse y el amigo de su ex-novio la asesina.
“Escuchamos un montón de gritos, salimos del aula y vimos a dos chicas tiradas y heridas”. Natalia Salomón y Cintia Casasola tratan de escapar del aula. Lo hacen con dificultad porque están lastimadas. Los preceptores las socorren y las llevan hasta la biblioteca. Pablo Saldías corre hasta la dirección con un tiro en el hombro. Los disparos siguen: el cargador parece eterno. Nicolás Leonardo y Rodrigo Torres, se quejan y lloran. Las balas duelen, pero, en el caso de ellos, no matan.
“¡¿Qué hiciste?!”. Rafael dispara hasta que se le acaba el primer cargador. Intenta cambiarlo, pero “afortunadamente” se traba. Dante se le arroja encima y logra sacarle el arma. Rafael, en estado de shock, sale caminando del aula. Parece mareado, poseído, aturdido. Llega la policía alrededor de las ocho de la mañana. Todos gritan: “¡Es él!”, y señalan al chico de remera negra. Lo atrapan. Él no se resiste. Le sacan los dos cargadores y el cuchillo, y lo llevan al destacamento de la Prefectura Naval de Ingeniero White.

Nada es igual
“No era yo”. La jueza Alicia Ramallo lo interroga. Le cuenta que tres de sus compañeros murieron y cinco están internados, dos de ellos graves. Junior se asombra. Cuenta las sensaciones de la noche anterior, los problemas que tiene con su familia - especialmente con su padre, lo discriminado que se siente en el colegio y el odio que experimenta por todo. Pero recuerda poco de la mañana anterior: “me arrepiento de lo que hice, fue todo muy rápido y no lo recuerdo”, solloza. La jueza lo declara no imputable por ser menor de edad. Pero tras 90 días en el destacamento, lo traslada a un instituto de menores de máxima seguridad cercano a La Plata. Allí permanecerá hasta cumplir los 21.
“No quiero volver al pasado, prefiero no hablar de lo que ocurrió. Nunca volveremos a tener la escuela que teníamos”. Sólo cinco de los 29 alumnos de aquel 1ero B vuelven a clase el primer día de marzo de 2005. Dos pidieron el pase a otra institución, otros dos fueron cambiados de curso y el resto decidió ausentarse. El aula donde ocurrió la tragedia es hoy un santuario, adornada con grafitis que hacen alusión a aquel día. "Un supuesto compañero nos arrancó la razón de la existencia. Hoy por suerte estamos unidos y con fuerza para seguir adelante", dice la inscripción que está en la puerta. Los chicos tienen la llave para evitar el ingreso de “extraños” y, a veces, se juntan allí a charlar y escuchar música.
"La luz de la vida nunca se apaga y con la luz de las velas la hacemos brillar". Ésta es la consigna. Los familiares de los chicos muertos y los sobrevivientes realizan una marcha los días 28 de cada mes. Caminan doce cuadras de silencio, con velas, para recordar a las víctimas y con el imposible deseo de poder revertir los hechos. "El objetivo es mantener la memoria y elaborar paulatinamente, entre todos, la recordación que realizaremos el 28 de septiembre", dice la directora, Adriana Goicoechea.

Aca cuando se lo llevavan


El grito de plomo
Junior, el joven que asesinó a tres compañeros de clase, está encerrado en un instituto en La Plata. Sólo cinco de los 29 alumnos que presenciaron los hechos de regresaron en marzo a la escuela. Qué pasó por la mente de Junior ese día que comenzó como cualquier otro.

Rafael duerme. No cenó, pero su estómago pesa. Recostado en su cama, se deja consumir por la oscuridad mientras unos intrépidos escalofríos manifiestan la relevancia de esa noche. Rafael tiembla. En sueños, su padre se acerca. Ese padre con el que, en 15 años, nunca tuvo un diálogo íntimo. Se acerca cada vez más, hasta entrar en su espacio personal. Rafael mete una mano en la campera, saca un cuchillo, y desteje la trama muscular del pecho de su padre. Sangre. Más trama deshilvanada y el hombre ya no respira. Rafael sueña.
Esa mañana, 28 de septiembre de 2004, Rafael “Junior” Solich entrará en su aula de 1er. año Polimodal de la Escuela Media N.º 2, Islas Malvinas, en Carmen de Patagones, y disparará 13 veces la Browning 9 mm de su padre. Tres compañeros morirán. Otros cinco quedarán gravemente heridos. Con garganta de acero y frases de plomo, Junior se hará escuchar.

El “violento”
Solía discutir con su padre. Junior era puesto boca abajo con el pecho contra una silla y su papá lo golpeaba en las nalgas con el mango de un machete. Eso sucedió varias veces cuando era más chico. De esa manera comprendía el mensaje de su padre, suboficial de la Prefectura Naval.
Hace unos años, un hombre de pelo estricto, bigote estricto y mirada estricta, empezó a seducirlo con su historia. Junior quedó absorto ante la autoridad de Adolfo Hitler. Tenía una revista, dos fascículos sobre el líder nazi y unas cruces esvásticas dentro de una caja. Su madre, Ester, se preocupó por el nuevo ídolo de su hijo. “Todo era alemanes”, comentaría ella luego de la masacre.
Probablemente por todo eso, cuando tuvo que hacer un trabajo sobre terrorismo para la materia Derechos Humanos, eligió como tema los ataques de estudiantes a las escuelas de Estados Unidos. En esa entrega, que realizó junto con Dante y Pablo Saldías, sacó un nueve como calificación. Junior seguía consumiendo distintas manifestaciones de un mismo mal: la violencia.
Salió al patio y deambuló lentamente. Su preceptora tuvo que retarlo dos veces para que formara. Ahora mira a la bandera, esa que mañana se izará a media asta. Termina la ceremonia y los 22 chicos de su curso emprenden la procesión final hasta el pabellón de fusilamiento.

Gritos mudos
Un día, poco antes de que la maestra llegara al curso, Junior se puso de pie y fue hasta el pizarrón. No solía hablar en público y por eso sus compañeros lo miraron expectantes. Habrá sentido todos esos ojos sobre sus hombros, fijos, como deseando alimentarse de él. Hacía mucho que no era observado. Tanteó la caja que había allí cerca, sacó una tiza y, lentamente, como confirmando con cada trazo que lo que escribía era cierto, redactó: “Todos van a morir”. Muchos se rieron, algunos se preocuparon un poco, pero no lo tomaron en serio. La preceptora entró y leyó lo que estaba escrito. Espantada, salió corriendo y avisó a la directora. No se hizo nada al respecto. Pero Junior tenía mucho que decir. Durante alguna clase algo aburrida escribió tres frases en su banco que hoy son material de investigación de los peritos: “Lo más sensato que puede hacer un hombre es suicidarse”, “si alguien conoce el sentido de la vida escríbalo aquí” y “la mentira es la base de la felicidad”.
Unos años antes había intentado suicidarse desde el puente que une Carmen de Patagones con Viedma, y hacía cerca de ocho años que pedía ayuda psicológica. Todos gritos de un anónimo, consumidor de violencia, que no es oído.
Todos entran en el aula. Junior, último. Se para al lado de su banco, el más cercano a la puerta. Nadie le presta más atención de la normal...

Garganta prestada
…hasta que empuña la Browning 9 mm que le robó anoche a su padre. Otra vez, como por obra de un encanto extraño, todos lo miran. Hace tres años planea esto, pero ahora no se trata de un plan, ni de un videojuego, ni de una canción. Ahora es real. “Está jodiendo”, aseguran algunos. El arma no son unos dedos impotentes como antes. El índice de Junior está apoyado sobre el gatillo, que cede, y despierta el vómito de fuego.
La garganta de Rafael es ahora de acero, pega gritos de plomo que todos escuchan. Los primeros impactan contra las paredes. Todos los chicos se tiran al piso para cubrirse, porque hoy, las frases de Rafael Junior Solich queman a muerte. Junior orienta su arma hacia los chicos. Federico Ponce, Evangelina Miranda y Sandra Núñez, ex novia de Dante, mueren por las insaciables balas. Cintia Casasola, Natalia Salomón, Nicolás Leonardi y Pablo Saldías quedan heridos. Llega Martín, de la clase de al lado, Rafael apoya el arma sobre el pecho, pero el cartucho está vacío. Le quedan dos, pero en ese instante, Dante le arrebata la pistola y corre hacia la Dirección. Junior sale al patio, donde es detenido por dos oficiales de la Policía que fueron llamados por el profesor Ruiz cuando escuchó los disparos.




Una entrevista a Junior, 10 años despues de la masacre

Hola, ¿cómo estás? Me llamo Alicia. Soy la jueza que va a trabajar con vos por lo que hiciste. ¿te sentís bien? ¿Me querés contar qué pasó?
-Eh... algo me acuerdo... No, no sé, en realidad fue todo muy rápido...

-¡Pero, qué barbaridad, querido! ¿Te das cuenta de lo que hiciste a tus compañeros? ¿Sos consciente de la gravedad de los hechos?
-Sí, sí... bah, no sé...

-¿Cómo te sentís... estás angustiado?
-...Sí... –respondió, seco–.

-Es terrible... ¿supongo que estarás arrepentido?
-Y... sí.

-Bien, Juniors, aunque no estás obligado, es importante que, si tenés ganas, nos cuentes lo que te pasó a vos.
-... Cuando papá salió con mamá, me metí en la pieza y saqué la pistola y los cargadores.

-¿El arma estaba cargada?
-... –asintió con la cabeza–.

¿Y después, qué pasó, te fuiste a dormir así nomás?
-No... no dormí nada...

-¿Por qué? ¿Estabas nervioso?
-...Tenía escalofríos. Estaba medio descompuesto...

-¿Y qué hiciste a la mañana siguiente?
-Salí a las siete, me fui caminando a la escuela.

-¿Qué pensabas en el camino?
-...Nada...

-¿Qué hiciste cuando llegaste a la escuela?
-Entré y me fui a formar en la fila para subir la bandera.

-¿Le mostraste el arma a alguien? -inquirió la jueza
-La pistola no... –Juniors hizo un largo silencio–. El cuchillo se lo mostré a Dante.

os autores, Miguel Braillard y Pablo Morosi, trabajaron con los expedientes judiciales y realizaron entrevistas a víctimas y testigos del ataque, familiares, docentes, profesionales y funcionarios, con el objetivo de ahondar más en un episodio que provocó la muerte de Evangelina Miranda, Federico Ponce y Sandra Núñez.

A cuentagotas, el joven contó que se sentó solo en el primer banco y que una vez que pasaron sus compañeros se puso de pie y caminó hasta el pizarrón. Dijo que se paró de frente al curso y extrajo el arma. Que ya estaba para disparar. Que vació el cargador. Que salió al pasillo y recargó. Que le disparó a un señor. Que no oyó voces, gritos ni ruidos. Que no era él.

-¿Por qué lo hiciste? –le preguntó la jueza, pidiéndole por cuarta vez que levante la vista y la mire a los ojos–.
-...

-¿Estabas enojado?
-Sí.

-¿Con tus compañeros?
-Sí –susurró–.

-¿Con tu familia?
-...También...

-¿Por qué estabas enojado con tus compañeros?
-Me molestan... siempre me molestaron, desde el Jardín... Desde séptimo grado que pensaba en hacer algo así.

-¿Y cómo es que te molestan?
-...Y, a veces me cargan. Dicen que soy raro... me joden porque tengo este grano en la nariz...

-¿Y con tu familia?
-Tuve una pesadilla: yo agarraba un cuchillo y apuñalaba a mi papá. Pero él no se moría, me preguntaba por qué lo había hecho y yo le tiraba una silla y salía corriendo.


Junior hoy en dia



10 años despues, hablo un sobreviviente de la masacre

En 2004, en la Escuela de Enseñanza media Nro 2 de Carmen de Patagones se vivió un hecho que marcó para siempre a la ciudad. Un alumno de 15 años, apodado "Junior", atacó a tiros a sus compañeros y mató a tres de ellos.

Rodrigo Torres, uno de los heridos, que sobrevivió, habló en Periodismo para todos y contó cómo vivió el episodio. Recordó que dos compañeras le contaron, antes de entrar a la escuela, que Junior estaba con una campera verde, muy grande, que le llegaba a las rodillas.

Cuando empezó el ataque, Rodrigo ya estaba en el aula. Primero pensó que se trataba de una broma. "Cuando hace el segundo disparo veo la vaina. Me di cuenta que era un arma de verdad y me tiré al piso", contó. "Me desmayé por el impacto de la bala. Cuando me desperté empiezo a vomitar mucha sangre", agregó.

"Quería irme afuera de la escuela para que alguien me llevara a un hospital", contó, sobre los momentos posteriores, y comentó: "Cuando salgo lo veo a "Junior" arrodillado, se tapaba la cara y su amigo Dante lo abrazaba".

Rodrigo estuvo internado y cuando se despertó su mamá le dio la triste noticia de la muerte de tres de sus amigos.

El aula en la que se produjo la masacre estuvo cerrada durante un año y ahora es usada como sala de reuniones. El agresor, que era menor y por lo tanto inimputable, se fue de Carmen de Patagones junto a su familia. Ahora vive en La Plata, donde está bajo tratamiento psiquiátrico.

CARMEN DE PATAGONES HOY

Pasaron siete años y los sobrevivientes de aquel 1° B ya son todos mayores de edad. Muchos permanecen en el pueblo, otros emigraron. De a poco y con esfuerzo, Carmen de Patagones retomó sus hábitos, pero nadie en el pueblo desconoce la cicatriz que dejó el 28 de septiembre de 2004.

Patagones quedó muy marcado. Hay un antes y un después del episodio. Es una ciudad chica, tranquila, en la que no pasa demasiado", sostiene Incaminato.

No es la única. La actual directora del Instituto islas Malvinas advierte que el pueblo quedó estigmatizado. "A cada lugar donde voy, en cuanto decís: «Carmen de Patagones», lo relacionan enseguida. Me ha tocado como ciudadana común vivir esas situaciones, sin que sepan que formo parte de la escuela. Es complicado que nos conozcan por algo malo. Es una comunidad tranquila y tenemos jóvenes muy valiosos. Duele que nos recuerden por algo tan triste", confiesa Raumec.

La masacre ¿puede volver a ocurrir?

Además de matar a sus compañeros, las balas de Junior demostraron que estos hechos también pueden pasar en Argentina. Para prevenirlos, los expertos plantean acuerdos de convivencia en las aulas, escuelas abiertas fuera de horario y padres más atentos. Claves para detectar problemas en los chicos.
Volver a leerlo hiela la sangre como la primera vez: el martes, cuando sus compañeros acababan de entrar en el aula para iniciar las clases en la escuela Islas Malvinas de Carmen de Patagones, Rafael, un pibe de 15 años a quien pocas veces se lo escuchaba, hizo hablar por él a la pistola 9 milímetros de su padre prefecto. Su furibundo ataque de locura terminó con las vidas de Sandra, Evangelina y Federico, lastimó las de otros cinco chicos y se llevó hasta su propio nombre: ahora es “Junior”. Y volvió al silencio dejando una nube espesa de angustia y preguntas.
“¿Si esto puede repetirse? Sí, mientras los chicos no tengan una válvula de escape van a seguir apareciendo casos como éste. Para evitarlos deber haber una política social hacia la juventud”, sentencia lacónico el psicólogo Juan Carlos Domínguez Lostaló, coordinador del Programa Nacional de Justicia para Niños, Adolescentes y Jóvenes en Situaciones de Vulnerabilidad Sociopenal. “Cuando se producen estos casos siempre hay una fractura en las redes de contención. Por más que lo de Junior haya sido un brote, había en él un proceso de acumulación de ansiedad. ¿Por qué eligió la escuela y no fue a un shopping? Porque allí están sus pares. Mató en ellos algo que rechazaba o envidiaba.”
El psiquiatra Ricardo Soriano, director de Salud Mental de la Secretaría de Salud porteña, coincide con él: “Debe haber existido alguna señal previa por parte de este chico antes de que hiciera lo que hizo. En su caso existe una psicopatología personal muy marcada, pero la tragedia pudo suceder porque en los últimos años hay una tendencia a la acción y una falla en cuanto a la contención de la impulsividad; los valores y todo lo que está ligado a la ley en el sentido amplio —lo que se puede o no hacer— no tienen el peso que tenían hace unos años, y los jóvenes terminan desconociendo los límites de su propia acción”.
Para el psicoanalista Fernando Osorio, coordinador del posgrado en Psicopedagogía Clínica del Centro Dos y director de un seminario sobre violencia escolar auspiciado por UNESCO, “lo que pasó en Patagones no es un episodio de violencia escolar sino un hecho aberrante asociado a un proceso psicopatológico”. En una encuesta exclusiva para Clarín realizada esta semana por la consultora D’Alessio IROL, 34 por ciento de los consultados cree que la mejor manera de anticipar estos hechos es “hacer estudios psicológicos a los alumnos”; 16 por ciento “prohibir la tenencia de armas en las casas” y 12 por ciento “colocar detectores de armas en las escuelas”. Para Osorio, sin embargo, “los controles y detectores no hacen más que criminalizar a los jóvenes. Más bien hay que equipar a los colegios con detectores humanos de indicadores psicopatológicos.”
Para el psicoanalista, estos indicadores son conductas y actitudes de los chicos que permiten advertir que “algo se está construyendo mal en su personalidad”, y destaca los siguientes:
• No mantienen amistades.
• Se aíslan del juego grupal.
• No soportan que los adultos les pongan límites.
• No toleran la norma social ni la frustración de la espera.
• No logran prestar atención.
• Les cuesta incorporar información.
• Tienen torpeza motora.
Como muchos de estos rasgos son frecuentes entre todos los adolescentes, Osorio cree que hay que prestarles especial atención cuando alguno o varios persisten durante meses. “Cuando un docente detecta esto la única intervención posible es acudir a la familia del chico, y si en ella no hay voluntad o recursos para entender y actuar sobre esto, también hay que ayudarlos”.
La escuela y los docentes han quedado, una vez más, en la primera línea de fuego frente a las manifestaciones más duras de una realidad social claramente degradada en los últimos años: Para el titular del sindicato de docentes bonaerenses (SUTEBA), Roberto Baradel, “los maestros podríamos hacer mucho más con más recursos. Los equipos de orientación escolar son fundamentales, pero por ejemplo en Quilmes —donde funcionan 60 jardines de infantes— sólo hay 4. También creemos que no debería haber más de 20 alumnos por aula, cuando muchas veces son más de 40. Esto repercute en la relación que los maestros pueden llegar a establecer con ellos. Y en muchas escuelas ni siquiera se nombró a los docentes para cubrir todos los cargos que se necesitan. Si lo hicieran, harían falta unas 6.000 personas más de las que trabajan hoy. Así es muy difícil poder detectar y trabajar sobre situaciones delicadas.”
La masacre de 1999 en la escuela de Columbine, en cuyas aulas dos estudiantes acribillaron a doce de sus compañeros y se suicidaron en un supuesto homenaje a Adolf Hitler —una inspiración absolutamente diferente a la que movió el dedo de Junior sobre el gatillo—, reavivó la polémica sobre cómo prevenir los ataques de alumnos armados en Estados Unidos, donde para entonces ya existían los Oficiales en Recursos Escolares: policías entrenados para “mantener la paz” en las escuelas y aconsejar a estudiantes y docentes sobre el respeto de la ley.
Su presencia no logró evitar nuevas balaceras, pero información les sobra: el Centro Nacional de Seguridad Escolar, otra de las instituciones creadas para anticiparse a los francotiradores, redactó una lista con las características comunes entre los jóvenes que causaron muertes violentas en las escuelas desde 1992. Y en ella casi no falta ninguna de las que hasta ahora se conocen sobre Junior: una historia de traumas y ataques de angustia, aislamiento notable y pocos amigos, poco acompañamiento de sus padres, tendencia a echarles la culpa a los demás por los problemas que causaron ellos mismos, preferencia por las canciones y películas en las que se expresa violencia, alusiones al enojo y frustración en los trabajos que redactan en la escuela, atracción por las armas.
En otro de sus documentos el Centro también desenrolla consejos para los padres, piezas clave en cualquier esquema preventivo y que muchas veces no se sienten tan involucrados como debieran. ¿Algunos de ellos? Conocer a sus hijos y sus patrones de conducta habituales, saber cómo dialogar con ellos y qué hacer cuando detectan signos de alerta, conocer la escuela en la que estudian y a sus autoridades, y hacerles entender a los chicos que si ven o escuchan algo que pudiera implicar alguna acción peligrosa (como que algún alumno mencione la posibilidad de llevar un arma a la escuela) deben decírselo a ellos o a algún docente.
Pero semejante despliegue de recursos también esconde sus sorpresas. El año pasado, la pedagoga argentina Claudia Romero visitó varias escuelas secundarias de Michigan y presenció cómo funciona el modelo norteamericano para evitar nuevas masacres. “Las escuelas tradicionales me impresionaron: son enormes edificios para 3.000 alumnos, con celadores en cada pasillo, detectores de todo (de humo, de armas, de alcoholemia), baños custodiados y patrulleros en la puerta”, explica. “Pero los jóvenes ‘conflictivos’, los que tienen problemas de violencia, drogas o depresión, van a las escuelas alternativas. Yo asistí dos meses a una de ellas. ¿Qué tienen de diferente? Todo: una escala humana —200 alumnos—, sin detectores ni vigilancia (la detección es la mirada de los adultos, y se fundamenta en la protección) y un sistema de consejeros abocados a crear un ambiente de confianza entre alumnos y docentes. Entonces me pregunto: cuando el diálogo es ‘la alternativa’ y no la norma ¿cómo es posible que episodios como los de Columbine no sucedan todos los días?”
Desde el martes, en Argentina también se están buscando los conjuros que permitan evitar otra matanza. Mientras las autoridades exploran medidas y los docentes abren aún más sus ojos para detectar anormalidades entre sus alumnos, varios especialistas sugieren reavivar algunas herramientas que están al alcance de la mano, como los “acuerdos de convivencia”: un compendio de normas que alumnos, docentes y autoridades de cada escuela redactan en conjunto y se comprometen a respetar como parámetros disciplinarios. La provincia de Buenos Aires decidió adoptarlos el año pasado en reemplazo de las viejas amonestaciones, pero un informe de circulación reservada detectó que el 80 por ciento de las escuelas públicas y 70 por ciento de las privadas no compuso su acuerdo de convivencia con la participación activa —y lo más importante, el compromiso— de los alumnos, a quienes en verdad se los sigue amonestando sin más discusión.
Otras propuestas: la UNESCO sugiere abrir las escuelas fuera del horario de clases para hacer actividades sociales y deportivas, una idea que desde 2002 se viene aplicando con éxito en Brasil. Varios pedagogos consultados también sugieren organizar actividades grupales entre los chicos, en las cuales puedan conocerse más a fondo, intercambiar ideas y saber si alguno tuvo algún problema. Además, estos grupos pequeños permiten a los docentes observar mejor a cada chico y comprender su accionar.
Los psicólogos también previenen sobre los riesgos de aceptar sin cortapisas los consejos que esta semana resonaron desde la escuela Columbine, acerca de retomar las clases cuanto antes en Carmen de Patagones: “No hay que aceptar la imposición de modelos extranjeros, que no respetan la idiosincracia local”, advierte Osorio. “Los argentinos ya sabemos cómo termina esto de ‘acá no pasó nada’. Hay que respetar el duelo, hablar”. Y escuchar: en la página www.chicos.net, los chicos de 10, 12 y 13 años dicen qué habría que hacer para evitar que no haya otro Junior. “No herir sentimientos”, “que los chicos no sean discriminados si son gordos, usan lentes o son pobres”, “trabajar en las escuelas para que los chicos no se hagan burlas todo el tiempo…”


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Programa "Instinto asesino;
El programa de televisión "Instinto Asesino" de Discovery Channel, que cuenta con seis episodios donde se muestran los crímenes que estremecieron a América Latina en los últimos tiempos, narra los hechos ocurridos en la Masacre de Carmen de Patagones; en su tercer episodio: "Masacre Escolar", que se estrenó el 22 de marzo de 2010.

















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