
Ante la tumba que minutos después, recibiría el cadáver de Ofelia, el príncipe Hamlet pregunta al sepulturero: -¿Cuánto tiempo puede estar un hombre enterrado sin descomponerse?- Y el extraños clown le responde, con inoportuno chiste:-A decir verdad si no está podrido antes de morir... os vendrá a durar ocho o nueve años... pues su pellejo está tan curtido por razón de su oficio, que resiste mucho tiempo al agua.


Según el sepulturero, técnico oficial en la misteriosa alquimia encargada de cumplir la sentencia (pulvere reverteris) a que está destinada toda carne, se necesitaban de ocho o nuevo años, para que un cadaver normal, sin embalsamar, quedase reducido a ceniza.


Pero ¿quien es capaz de dar con el sepulturero de Hamlet, una regla general en cosa tan variable?. Ciertamente levantar la losa de los sepulcros es una de las ciencias auxiliares de la historia.


El problema que interesaba a Hamlet, en la escena que se ha aludido, quedará una vez más sin respuesta en cuanto se refiere a las gentes comunes y corrientes, que no gozan de los honores de la exageración.


Pero a lo largo de la historia los héroes, los reyes y personajes históricos, parecen querer mostrarnos cada uno para si, los extraños avatares de sus cenizas. Hay multitud de espectros y cada uno señala en dirección distinta.


Tanto el sepulturero como el poeta quedarán siempre igualmente ignorantes de las misteriosas leyes que rigen esa antesala del valle Josafat que se llama la tumba.


El pueblo egipcio fue el que más orden bibliotecario introdujo en el misterioso alcázar de la muerte. Sus necrópolis son auténticos ficheros, y la incógnita de lugar y tiempo que las envolvía antes que comenzasen a excavarse de un modo sistemático no es más que una cosa ficticia si se compara con el abandono y la relativa garantía de permanencia que reina en los cementerios modernos.


¿Por qué se sabe donde está la tumba de Tutankh-Amón, y en cambio se ignora el paradero de la de Cristobal Colón o de Luis XI?. Otras como Gengis y Atila, fueron escondidos por sus propios súbditos. Grandes héroes están en la lista de desaparecidos, y ante el enigma de su ausencia nos sentimos tentados a suponer que tal vez con sus cenizas pudo taparse un barril de cerveza o el agujero de un muro para resguardarnos del cierzo del invierno.


En agosto de 1793, el año del terror y la guillotina en París, la Convención Nacional de París procedió a la profanación de los principales monumentos funerarios de la Basílica de San Dionisio.


Muchas obras de arte fueron derribadas en el acto, especialmente tumbas meroviengias, se encontró poca cosa de valor: puluis et umbra.


Lo verdaderamente siniestro pasó más adelante, en que un grupo de obreros tocados con gorros de frigios, equipados con picos y palas, bajaron al panteón subterráneo de los Borbones con sus antorchas iluminadas que proyectaban en los muros las sombras de los profanadores, que se agitaban en bandálica actividad.


Pronto no quedó piedra sobre piedra, aparecieron los cadaveres de María Leczinska, esposa de Luis XV, Luis XIII, Maria de Médeci, Ana de Austria, Maria Teresa de España y el delfín Luis (hijo de Luis XIV, muerto antes de heredar la corona), por último fue descubierto también el cadaver del Rey Sol. Los profanadores hicieron con todo aquello una fosa común en donde quedaron barbaramente confundidos los restos de los reyes, la fosa parecía sonreir subversivamente recordando que había sonado la hora de la igualdad.


Descartes ha pasado a la posteridad por un descubrimiento positivo: la creación de la geometría analítica. Pero se le conoce más por una universilacización discutible: haber revolucionado toda la ciencia de su tiempo. Pero ¿fue Descartes el verdadero fundador del racionalismo? y el craneo que se encuentra en el Museo de Historia Nacional de París ¿es el auténtico?, en ambas cosas estamos obligados a dudar.


El peligroso enemigo de D'Artagnan que dominaba al propio Luis XIII, que luchaba contra católicos y hugonotes, que llevaba unas botas altas con espuela bajo su púrpura cardenalicia, Armand Jean Du Plessis, duque de Richeliu, tuvo una vida y una historia más novelesca que cuantas cosas haya podido imaginar Dumas.


Después de la muerte del cardenal Richeliu hubo un problema de la autenticidad de su cráneo debido a los malos tratos que sufrió el cadáver. Su tumba fue profanada y su cadáver despedazado, faltando la cabeza desde el primer día, más tanto le entregaron un cráneo pero dudaron de su autenticidad. En 1866 tras varias traslaciones, Francia decide la apertura y examen oficial ofreciendo a su gran hombre el cráneo verdadero según sus estudios.


Hay muchos casos célebres de restos mortales dudosos, el esqueleto de Dante también tuvo su trascendencia histórica de ello. Murió en Ravena a los 65 años, su monumento funerario erigido cien años después de su fallecimiento. Pero su patria Florencia, que después de haberle desterrado y condenado a muerte reclama sus huesos en 1516, se vio defraudada de lograr su deseo, pues los monjes Franciscanos que lo custodiaron se negaron a entregarlo, y lo escondieron en un lugar seguro.


En 1677 excavando el convento en obras se encontró una caja de madera que ostentaba esta sobria inscripción -Dantis Ossa- .El precioso recuerdo fue colocado en el interior del monumento de Lamberti, que el legado del Papa en la Romagna, hizo restaurar en 1692. Florencia tuvo sin embargo que renunciar a sus pretensiones de poseer los restos del principe de los poetas toscanos.