Cuando aparecieron las grandes máquinas, se pensó, lógicamente, que cada vez haría menos falta la servidumbre del trabajo y que esto contribuiría en gran medida a suprimir las desigualdades en la condición humana.
Si las máquinas eran empleadas deliberadamente con esa finalidad, entonces el hambre, la suciedad, el analfabetismo, las enfermedades y el cansancio serían necesariamente eliminados al cabo de unas cuantas generaciones.
Y, en realidad, sin ser empleada con esa finalidad, sino sólo por un proceso automático —produciendo riqueza que no había más remedio que distribuir—, elevó efectivamente la máquina el nivel de vida de las gente.
Pero también resultó claro que un aumento de bienestar tan extraordinario amenazaba con ladestrucción —era ya, en sí mismo, la destrucción— de una sociedad jerárquica. En un mundo enque todos trabajaran pocas horas, tuvieran bastante que comer, vivieran en casas cómodas ehigiénicas, con cuarto de baño, calefacción y refrigeración, y poseyera cada uno un auto o quizás unaeroplano, habría desaparecido la forma más obvia e hiriente de desigualdad. Si la riqueza llegaba ageneralizarse, no serviría para distinguir a nadie. Sin duda, era posible imaginarse una sociedad enque la riqueza, en el sentido de posesiones y lujos personales, fuera equitativamente distribuidamientras que el poder siguiera en manos de una minoría, de una pequeña casta privilegiada.
Pero,en la práctica, semejante sociedad no podría conservarse estable, porque si todos disfrutasen por igual del lujo y del ocio, la gran masa de seres humanos, a quienes la pobreza suele imbecilizar,aprenderían muchas cosas y empezarían a pensar por sí mismos; y si empezaran a reflexionar, se darían cuenta más pronto o más tarde que la minoría privilegiada no tenía derecho alguno a imponerse a los demás y acabarían barriéndoles. A la larga, una sociedad jerárquica sólo sería posible basándose en la pobreza y en la ignorancia.
El acto esencial de la guerra es la destrucción, no forzosamente de vidas humanas, sino de los productos del trabajo. La guerra es una manera de pulverizar y de hundir en el fondo del mar los materiales que en la paz constante podrían emplearse para que las masas gozaran de excesiva comodidad y, con ello, se hicieran a la larga demasiado inteligentes. Aunque las armas no se destruyeran, su fabricación no deja de ser un método conveniente de gastar trabajo sin producir nada que pueda ser consumido.
Por tanto, la guerra de ahora, comparada con las antiguas, es una impostura. Se podría comparar esto a las luchas entre ciertos rumiantes cuyos cuernos están colocados de tal manera que no pueden herirse. Pero aunque es una impostura, no deja de tener sentido. Sirve para consumir el sobrante de bienes y ayuda a conservar la atmósfera mental imprescindible para una sociedad jerarquizada.
Como se ve, la guerra es ya sólo un asunto de política interna. En el pasado, los grupos dirigentes de todos los países, aunque reconocieran sus propios intereses e incluso los de sus enemigos y gritaran en lo posible la destructividad de la guerra, en definitiva luchaban unos contra otros y el vencedor aplastaba al vencido.
En nuestros días no luchan unos contra otros, sino cada grupo dirigente contra sus propios súbditos, y el objeto de la guerra no es conquistar territorio ni defenderlo, sino mantener intacta la estructura de la sociedad"
Si las máquinas eran empleadas deliberadamente con esa finalidad, entonces el hambre, la suciedad, el analfabetismo, las enfermedades y el cansancio serían necesariamente eliminados al cabo de unas cuantas generaciones.
Y, en realidad, sin ser empleada con esa finalidad, sino sólo por un proceso automático —produciendo riqueza que no había más remedio que distribuir—, elevó efectivamente la máquina el nivel de vida de las gente.
Pero también resultó claro que un aumento de bienestar tan extraordinario amenazaba con ladestrucción —era ya, en sí mismo, la destrucción— de una sociedad jerárquica. En un mundo enque todos trabajaran pocas horas, tuvieran bastante que comer, vivieran en casas cómodas ehigiénicas, con cuarto de baño, calefacción y refrigeración, y poseyera cada uno un auto o quizás unaeroplano, habría desaparecido la forma más obvia e hiriente de desigualdad. Si la riqueza llegaba ageneralizarse, no serviría para distinguir a nadie. Sin duda, era posible imaginarse una sociedad enque la riqueza, en el sentido de posesiones y lujos personales, fuera equitativamente distribuidamientras que el poder siguiera en manos de una minoría, de una pequeña casta privilegiada.
Pero,en la práctica, semejante sociedad no podría conservarse estable, porque si todos disfrutasen por igual del lujo y del ocio, la gran masa de seres humanos, a quienes la pobreza suele imbecilizar,aprenderían muchas cosas y empezarían a pensar por sí mismos; y si empezaran a reflexionar, se darían cuenta más pronto o más tarde que la minoría privilegiada no tenía derecho alguno a imponerse a los demás y acabarían barriéndoles. A la larga, una sociedad jerárquica sólo sería posible basándose en la pobreza y en la ignorancia.
El acto esencial de la guerra es la destrucción, no forzosamente de vidas humanas, sino de los productos del trabajo. La guerra es una manera de pulverizar y de hundir en el fondo del mar los materiales que en la paz constante podrían emplearse para que las masas gozaran de excesiva comodidad y, con ello, se hicieran a la larga demasiado inteligentes. Aunque las armas no se destruyeran, su fabricación no deja de ser un método conveniente de gastar trabajo sin producir nada que pueda ser consumido.
Por tanto, la guerra de ahora, comparada con las antiguas, es una impostura. Se podría comparar esto a las luchas entre ciertos rumiantes cuyos cuernos están colocados de tal manera que no pueden herirse. Pero aunque es una impostura, no deja de tener sentido. Sirve para consumir el sobrante de bienes y ayuda a conservar la atmósfera mental imprescindible para una sociedad jerarquizada.
Como se ve, la guerra es ya sólo un asunto de política interna. En el pasado, los grupos dirigentes de todos los países, aunque reconocieran sus propios intereses e incluso los de sus enemigos y gritaran en lo posible la destructividad de la guerra, en definitiva luchaban unos contra otros y el vencedor aplastaba al vencido.
En nuestros días no luchan unos contra otros, sino cada grupo dirigente contra sus propios súbditos, y el objeto de la guerra no es conquistar territorio ni defenderlo, sino mantener intacta la estructura de la sociedad"