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Joseph Blatter y sus dos décadas corruptas en el fútbol

Info7/26/2015
En su libro "FIFA: la caída del imperio", el periodista Andrew Jenning revela todos los detalles de la trama de negocios ilícitos, partidos arreglados y despiadados colaboradores del suizo. Infobae publica un adelanto Es un ladrón de carrera, y eso lo ha convertido en multimillonario. Para ocultar sus robos, miente, incluso a sus colegas en el fútbol, y emplea a un contador en su tierra natal para que se haga pasar por un auditor y mienta por él. Por más de treinta años, Jack Warner robó decenas de millones de dólares de la FIFA. Sepp Blatter siempre lo supo, pero habría pagado cualquier precio (no de su dinero) por sobornar a Warner para que le entregara esos treinta y cinco votos cruciales en las elecciones presidenciales. La mayor parte de esos votos provino de funcionarios subalternos en islas del Caribe que no tienen fútbol profesional y que dependen de las dádivas de la FIFA en público y de entradas para la Copa Mundial en privado. Su región es conocida como CONCACAF, la confederación que controla el fútbol en el Caribe y en América Central y del Norte. Es insignificante en el juego global (solo dos de sus naciones llegaron a la segunda ronda en Sudáfrica 2010, y luego perdieron), pero muy poderosa en la política y la corrupción. La CONCACAF se convirtió en la base de poder de Warner, y también de Blatter. Esos treinta y cinco votos, junto a los más de cincuenta de Europa, otros tantos de África y casi la misma cantidad de Asia, son fundamentales cuando las doscientas nueve asociaciones nacionales de fútbol son llamadas a votar candidatos para la presidencia de la FIFA. Por eso, cualquier demanda de Warner debía ser concedida. João Havelange había ayudado a establecer los negociados de Warner en la década de 1990, pero cuando los investigadores le pidieron ayuda, en marzo de 2013, para verificar algunas de las afirmaciones más descabelladas de Warner, Havelange afirmó que estaba demasiado enfermo. Dos meses más tarde, Havelange fue obligado a renunciar a su presidencia honoraria cuando el escándalo de sobornos de ISL (N.de R.: la agencia de márketing y derechos televisivos vinculada a la FIFA que quebró en 2001) finalmente lo alcanzó. Avancemos rápidamente seis semanas a partir de su humillante salida del fútbol mundial, y veremos que Havelange se había recuperado milagrosamente y gozaba de una salud suficientemente buena para disfrutar de un espléndido almuerzo y dos botellas de vino con Sepp Blatter en un restaurante de Río, al mismo tiempo que el gas lacrimógeno se arremolinaba en torno a los estadios de Brasil. Warner, quien era profesor de Historia en Trinidad, maniobró para llegar a la cima del fútbol del Caribe y en 1983 obtuvo un puesto en el Comité Ejecutivo de la FIFA. Havelange, asesorado por el jefe del crimen organizado de Río, Castor de Andrade, identificó y nutrió a ese nuevo y confiable talento. Warner podía lograr lo que Havelange y Blatter necesitaban. Una necesidad crucial de Havelange en 1989 era que Estados Unidos se clasificara para el Mundial de Italia '90. El siguiente torneo, en 1994, sería en los Estados Unidos, y era esencial estimular el interés de los medios de comunicación en un país donde el fútbol estaba muy debajo en la agenda deportiva Warner tenía la clave. Controlaba el fútbol de Trinidad. Para deleite de todo el país, el equipo nacional estaba a un partido de clasificarse para Italia '90. Todo lo que tenían que lograr era un empate con los Estados Unidos en el estadio nacional de Trinidad, el 19 de noviembre de 1989. Trinidad tenía a un equipo hábil y estaba en condiciones de ganar, no solo de empatar. Warner vio su oportunidad para conseguir la gratitud eterna de Zúrich. Hizo todo lo posible para hacerle la vida difícil a su equipo, proporcionándoles las peores instalaciones de entrenamiento posibles sin que resultara demasiado sospechoso. Las autoridades del partido cambiaron poco antes del encuentro. Warner necesitaba caos en el estadio, y vio una oportunidad de enriquecerse -ilícitamente- al mismo tiempo: imprimió 45.000 entradas para un estadio que solamente podía albergar a 28.500 espectadores. El día del partido, el equipo de Trinidad tuvo que atravesar una masa de miles de enojados fans que tenían entradas pero no podían ingresar en el estadio. Los simpatizantes de Trinidad impugnaron todas las decisiones del árbitro, pero lo único que importó fue que los estadounidenses anotaron un gol, Trinidad no hizo ninguno y la comercialización de 1994 quedó asegurada. Chuck Blazer, de Nueva York, quien ya era un funcionario del fútbol, estaba tan inclinado como Warner a subirse al árbol de la FIFA. Haciendo caso omiso de la derrota y la miseria en Trinidad, conspiró en 1990 para lograr el control de la CONCACAF. Warner se convirtió en presidente e inmediatamente nombró a Blazer secretario general. Años después, Blatter sería elegido presidente de la FIFA. Comenzarían dos décadas de robo. "FIFA: la caída del imperio", de Andrew Jennings (Aguilar).
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