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Vida y desdichas de una ‘yonqui star’ - Christinae F

Info7/29/2015
Primera mitad de los 90. Mi yo adolescente regresa de madrugada a casa. Todos en mi familia están de viaje. No hay ojos de los que haya que cuidarse, nadie que vaya a fiscalizar mi comportamiento esa noche. Así que decido acampar en la cama grande de mis padres. Me sirvo dos dedos de whisky barato, me tumbo entre cojines y enciendo la tele pequeña que hay sobre la cómoda. Empiezo a hacer zapping en busca de porno, pero algo muy distinto me atrapa. El porno puede esperar.

Frente a mí, una película empezada de la que no sé absolutamente nada. En la pantalla hay una chica adorable, de melena larga y lacia, con cara de ángel y patas finas de potrillo a medio formar. La chica escucha sus discos de David Bowie mientras sueña con visitar el nuevo club de moda en su ciudad, un Berlín Occidental donde la vida transcurre tediosa entre edificios grises y largos trayectos de metro en vagones mal ventilados. Así comienza su historia. Dos horas después, el descenso al infierno yonqui de aquella frágil adolescente me tiene con la boca seca y los ojos en órbita. ¿Qué es lo que acabo de ver?

Aquel fue mi primer encuentro con Christiane F., la yonqui adolescente que años atrás se había convertido en un inesperado fenómeno mediático en su país al narrar su vida entre pastillas, picos de heroína, tricks y chaperos en el entorno de la Bahnhof Zoo de Berlín. Significando la distancia entre ambos, una película que aún hoy sigue palpitando.




"En Alemania conoces la historia de Christiane incluso sin haber leído el libro. El mito que rodea a su figura era y sigue siendo algo muy extendido. Yo tuve que leer algunos extractos de Los chicos de la estación del zoo cuando estaba en la escuela primaria, pero no leí el libro entero ni llegué a ver la película. Mucho más tarde, cuando estaba terminando mi período de prácticas en la Axel Springer Akademie —una de las dos principales escuelas de periodismo en Alemania—, recibí la tarea de documentarme sobre lo que podía ser una historia de investigación. De ahí surgió la idea de investigar qué había sido de Christiane. Eso fue a finales de 2010, principios de 2011. Habían pasado exactamente 30 años desde la publicación de Los chicos de la estación del zoo, así que ahí había una percha. Cuando descubrí dónde vivía ella, me presenté allí y llamé a su puerta".

Son palabras de la joven periodista Sonja Vukovic, responsable junto a la propia Christiane del libro Yo, Christiane F. Mi segunda vida que ahora publica Alpha Decay. La historia de drogas y prostitución que elevó a Christiane F a la categoría de mito sucedió cuando ella aún no había nacido. Pero las sombras del personaje, el extraño magnetismo que aún hoy rodea a aquella yonqui adolescente de cara preciosa, acabó aproximándolas treinta años después.

"No tenía una idea clara de lo que quería averiguar", comenta Vukovic. "Yo quería el encuentro, libre de prejuicios. Ella me quería guiar, yo quería aventurarme con ella; tal vez sea la primera vez que a ella le sucedía algo así".


Christiane Vera Felscherinow comenzó a consumir heroína a los 13 años. A los 14 costeaba su vicio con la prostitución callejera


Con el roce fue creciendo el afecto, el material comenzó a acumularse y lo que iba a ser un simple artículo acabó convertido en algo mucho más grande que tardó cuatro años en concretarse.

"La razón por la que nunca llegué a terminar aquel artículo es que después de cada encuentro que tuve con ella me surgían aún más preguntas. Ella bullía, se daba a sí misma palabras clave para ir pasando de un tema a otro, las cosas de las que quería hablar, que quería que fueran escuchadas, cosas que quería aclarar. Después de un año, tuvimos la idea: si ya hemos trabajado tanto juntas, ¿por qué no hacer un libro?"

Así nace Yo, Christiane F. Mi segunda vida, un libro que retoma la narración en el punto en el que la dejó Los chicos de la estación del zoo y que confirma que lo peor aún estaba por llegar para Christiane.




El primer relato autobiográfico de Christiane F. fue un gran hit a finales de los años 70. Descubierta por dos periodistas de la revista Stern cuando ejercía como testigo en el juicio contra un hombre acusado de entregar heroína a menores a cambio de sexo, Christiane F. accedió a contar con todo lujo de detalles su historia, desde sus años de infancia en un hogar roto hasta sus días de mono y jeringuillas compartidas en los lavabos de la estación del Zoo. Una historia que no es tan diferente a la de muchos otros adolescentes en el Berlín de los 70, salvo por un detalle mayor: la edad de nuestra protagonista.

Christiane Vera Felscherinow comenzó a consumir heroína a los 13 años. A los 14 costeaba su vicio con la prostitución callejera. A los 15 logró desengancharse por primera vez. Pero ya nada volvería a ser igual para ella: toda su vida terminaría girando, irremediablemente, alrededor de aquellos primeros años de adicción.

Sus andanzas de adolescente dieron lugar a un libro superventas primero, y a una película de culto luego ( Los niños de la estación del Zoo, dirigida en 1981 por Uli Edel). Al llegar a la mayoría de edad, Christiane había acumulado casi medio millón de marcos en derechos de autor, y el dinero por las ventas de ambos productos sigue llegando a su cuenta con regularidad aún hoy. ¿Cómo cortar lazos con un pasado que te sigue alimentando?


Ser un yonki célebre también significa que eres famoso precisamente por razón de tu adicción. Lo que te alimenta, te daña


Sin buscarlo, Christiane convirtió su adicción en su principal fuente de ingresos. Es el relato de sus primeros años de agujas lo que le ha permitido llevar una existencia suficientemente cómoda, lo que le ha permitido seguir costeándose sus dosis durante años, esquivando así uno de los aspectos más duros de la drogadicción (los monos terribles, los robos desesperados). Pero a la vez esa fama ha sido una gran losa en su vida: aunque pasaran los años, en ella nunca se ha querido ver nada más que a la chica de Bahnhof Zoo, una adolescente perdida en las drogas, condenada a un estrepitoso fracaso. ¿Se arrepiente Christiane de haber dado pie al libro que la convirtió en una de las celebridades yonquis más reconocidas de la segunda mitad del siglo XX?

"Creo que a este respecto tiene el corazón dividido", responde Vukovic. "Alguna vez ha dicho que, si pudiera volver atrás, no volvería a hacerlo. Pero también fue una oportunidad. Vale, sería justo si alguien dijera: una oportunidad que no aprovechó. Sin embargo, no fue culpa solo de ella, porque Christiane tenía 16 cuando se publicó el primer libro. Tal vez deberían haberla protegido mejor de la posibilidad de que su historia se convirtiera en estigma y en una especie de profecía autocumplida. Ser un yonki célebre también significa que eres famoso precisamente por razón de tu adicción. Eso quiere decir que vas a recibir atención por eso. Así se gana su dinero. Lo que te alimenta, te daña al mismo tiempo. Es un dilema difícil. Es complejo, cuando uno llega a ver eso, a lo que te ha conducido".




Esa tensión a la que alude la coatura del libro es una de las razones que late detrás de Mi segunda vida. Por un lado, Christiane F. aspira a vivir su vida madura en tranquilidad, apartada de los focos, como una persona normal al principio de la cincuentena, simplemente Frau Felscherinow. Por otro existe una pulsión, una rémora, que la empuja a saldar cuentas con su pasado, a reflexionar sobre la vida que tuvo y la que pudo haber tenido, siempre condicionada por su adición y por su estatus sobrevenido de yonqui de culto.

Y en el fondo de todo, como un rumor incesante, surge una preocupación, un dolor: que la idealización de su figura como exponente del 'heroin chic' pueda llevar a otros a tontear con las drogas. Eso a Christiane no le hace ninguna gracia. Ella no quiere ser influencia de nada.

"Es exactamente así", confirma su cómplice. "Siempre ha subrayado eso que otros ya dijeron en su día: que su libro puede seducir a los jóvenes y llevarlos a coquetear con las drogas. Por eso mismo tuvo la idea de crear la Christiane F. Foundation, que ahora trabaja para ayudar a la gente que sufre depresión y miedos relacionados con las adicciones, y de cara a la prevención del consumo de drogas".


Al llegar a la mayoría de edad, Christiane había acumulado casi medio millón de marcos en derechos de autor


Más allá de su trasfondo como cuento moral, Yo, Christiane F. Mi segunda vida se sostiene como relato que engancha gracias a una vida que acumula más de un episodio fascinante. Capaz al menos de fascinar a cualquier persona interesada en el morbo y en la mitomanía pop.

El libro indaga en la parte menos pública del personaje, la que queda más allá de Los niños de la estación del Zoo, rememorando sus primeros viajes en primera clase a Estados Unidos (aunque no es ella quien aparece en el filme de Uli Edel, sí fue ella la que viajó a promocionar la película al otro lado del charco), sus años en Hamburgo en compañía de la flor y nata del underground artístico de la ciudad, sus incursiones en la escena musical, sus días de retiro en Suiza acogida por una familia de editores con amplias conexiones en el mundo literario, o su intento por pasar página en Grecia en compañía de una de sus parejas.




En la narración se suceden nombres como David Bowie, Nina Hagen, Blixa Bargeld, Alexander Hacke (su novio durante algún tiempo), Frank Castorf, Klaus Maeck, F.M. Heinheit, Frank Ziegert (Abwärts), los tipos de Van Halen festejando la vida entre tiros de cocaína, Federico Fellini, Patrick Süskind, Friedrich Dürrenmatt, Patricia Highsmith... Con todos ha alternado Christiane a lo largo de su vida, aunque los brillos de la fama poco importan en su historia. "Para Christiane todas las personas son iguales", asegura Vukovic. " Puede interactuar con actores y escritores famosos de la misma manera que con personas que viven en la calle y con las que coincide en el médico de la metadona".

"Conocer su historia ha puesto mi vida del revés. Sobre todo desde una perspectiva personal", asegura Vukovic. "Yo misma vengo de una familia en la que hay problemas de alcoholismo y desarrollé —como muchos de los hijos de adictos— incluso una adicción. En Alemania, aproximadamente uno de cada seis niños vive con un padre que sufre algún tipo de dependencia. Sufrí durante más de diez años de un trastorno alimentario. Aunque me las arreglé para volver a estar sana, puse estos diez años de mi vida como un lastre sobre mis hombros, los escondí, y por tanto una parte de mí era como si nunca llegara a estar conmigo. A través de trabajar con Christiane tuve que mirar al tema de la adicción de otra manera, tuve que desarmarlo y de alguna manera encontré mi paz".

Alemania

'Voy a morir pronto, lo sé': un encuentro con la auténtica Christiane F



Christiane Felscherinow era todavía una niña cuando se convirtió en la adicta a la heroína más famosa del mundo. Su incursión, a los 13 años, a la la heroína y la prostitución en las calles del Berlín occidental se transformó en un libro –Nosotros, los niñosde la estación del zoo– y después en una lúgubre película biográfica, Yo, Cristina F, en 1981.

Gracias a un cameo de David Bowie y a todas las imágenes de gente joven inyectándose heroína, la película no tardó en convertirse en un éxito de culto. Y no pasó mucho tiempo antes de que la Christiane F real fuese catapultada de una vida de meterse picos y buscar clientes en los lavabos públicos del Berlín occidental a convertirse en la llamada "princesa yonqui", una que se inyectaba heroína mientras alternaba con artistas y famosos en Los Ángeles.

Tres décadas más tarde, con 51 años y viviendo de nuevo en Berlín, Christiane publicó recientemente sus memorias, Christiane F – Mi segunda vida. Su salud flaquea debido a la hepatitis C que contrajo en los años 80, pero habló conmigo acerca de las cosas que le sucedieron después de que fuese propulsada al candelero internacional hace treinta años.


VICE: Echando la vista atrás hasta 1981, ¿cómo fue ver la película por primera vez?

Christiane: Los productores me invitaron a verla antes de que se estrenara. Me dijeron que también estaría David Bowie. Vino con su convoy personal para recogerme. Yo estaba como loca ante la idea de conocerle; tuve que tomar un montón de cocaína para atreverme. Me llevé conmigo a una amiga para que me apoyara, pero se derrumbó en el suelo en el mismo momento en que vio a Bowie. Me puse a sacudirla y entonces él abrió la puerta de su coche y me pidió que fuera a ver la película con él.

Sin embargo, me decepcioné enseguida, porque llevaba barba y era muy delgado y bajito. A mí me encantaba Diamond Dogs, ahí parecía una figura extraordinaria, pero a mi lado, en el coche, parecía pequeño y un flojeras, como mi padre. Yo creía que David Bowie iba a ser la estrella de mi película, pero iba todo sobre mí.

¿Era un retrato ajustado de tu vida?

En conjunto, sí. Pero la verdad es que la película no me gusta mucho; no describe cómo crecí, cómo mis padres me rechazaron. Mi padre era bebedor y abusaba de mi hermana y de mí. Era un hombre colérico y mi madre no hacía nada. A ella le preocupaban más el asunto que tenía con otro hombre y estar guapa. De niña estuve muy sola. Yo sólo quería pertenecer a algo, encajar. Luchaba contra el mundo.

¿Cómo te afectó la repentina fama después de que salieran el libro y la película?

Yo tenía 16 años cuando escribí el libro, y lo único que quería era hablar. Era una terapia. Pensamos que el libro interesaría a unos cuantos, sólo era un libro entre miles. Pero nos equivocamos completamente. De repente era famosa, pero era incapaz de determinar qué significaría esto en mi vida. Para el público yo era la famosa drogadicta, algo para exponer. Todos querían hablar conmigo, verme y preguntarse, "¿Lo conseguirá o no? ¿Ha muerto ya? ¿Sigue siendo adicta?" No me querían como vecina o como novia de su hijo. Christiane F está bien a distancia, ¡pero no demasiado cerca, por favor! No estaban interesados en mí más allá de que fuera yonqui. Esa es la razón de que lamente que hicieran el libro y la película.


Al principio eras una persona anónima. ¿Por qué decidiste salir a la luz?

Porque era muy joven y no sabía qué impacto tendría en mi vida. Nadie se ocupaba de mis intereses. Esa es la razón. Bernd Eichinger [el productor del film] me pidió que hiciera promoción de la película en Estados Unidos porque Natja Brunkhorst, la actriz que me interpretaba, era demasiado joven y su padre no le iba a permitir viajar a América. Yo tenía 19 años y pensé que podría sobrellevarlo, pero me equivoqué.


¿Qué sucedió cuando viniste a Estados Unidos?

Conocí a un montón de gente inspiradora. Por ejemplo, Rodney Bingenheimer, el famoso DJ que apoyó a grupos punk como Blondie y los Ramones. Me encantaba Pasadena, y tuve la oportunidad de vivir allí, pero me arrestaron con unos cuantos gramos de heroína y opio y ya no se me permitió regresar a Estados Unidos.

Qué mierda. De regreso en Alemania acabaste saliendo con Alexander Hacke –guitarrista del grupo industrial alemán Einstürzende Neubauten– y viviendo con Nick Cave, ¿verdad?

Oh, era amigo de un amigo y solía utilizar mi casa como escondrijo porque en los años 80 tenía un problema muy grave con la heroína. No sabía a qué otro sitio podía ir, porque la prensa no le daba ninguna privacidad. Se quedó un par de meses. Me alegro de que lograra librarse de sus problemas. Ahora tiene una familia.


A finales de los 80, cuando todavía estabas viviendo con unos editores en Zúrich, te hiciste habitual de la Platzspitz, un parque donde vender y tomar drogas era completamente legal. ¿Cómo era aquello?

En Zúrich viví entre estrellas de la literatura y la escena de la heroína. Platzspitz era la escena de la droga al aire libre más grande que había entonces en Europa. Era como una Disneylandia para yonquis. Zúrich es una ciudad pequeña y la escena de la droga era enorme en esos tiempos. Algunos días había allí casi 3.000 yonquis, vagabundeando, tomando drogas, emborrachándose. Yo a veces me quedaba durante semanas. Era como un mercado; tenían mesas donde ofrecían toda clase de drogas. Pero la gente empezó a morir y a infectarse con VIH y hepatitis C. La zona se convirtió en una acumulación de basura y había una guerra abierta entre bandas de traficantes rivales, así que el gobierno suizo la cerró en los años 90.

En Yo, Cristina F aparecían escenas bastante explícitas de uso de drogas. Pero también estaba la banda sonora de Bowie. ¿Crees que la película disuadió a la gente de usar heroína o por el contrario le dio glamur?

No disuadió a todo el mundo. Pronto tuvimos el problema de que mucha gente joven pensaba que lo que habíamos experimentado era glamuroso y romántico. Incluso cuando el libro se convirtió en un texto obligatorio en los colegios, me di cuanto de que a los chicos se sentían más fascinados que repelidos por lo que leían. Así que Stern [la casa editora] publicó un libro de datos, que distribuyeron entre profesores y padres, con información sobre cómo tratar con adolescentes fascinados con la historia de Christiane F. Confío en que Mi segunda vida aleje a la gente del uso de drogas más de lo que lo hizo mi primer libro. Estoy segura de que lo hará. Describe cuánto he dolor he tenido en mi vida y [explica] que tendré una muerte muy temprana y dolorosa.

¿Qué crees que le atrae a la gente de tu historia?

Siempre me he preguntado eso y simplemente no lo sé. No soy nada especial. No he hecho nada especial. Ni siquiera soy una yonqui especial. Hay miles de personas que tienen historias parecidas.


¿Por qué crees que se ve a los yonquis como parias sociales?

Es estúpido. Se te admira aunque tomes drogas mientras seas algo especial, un músico o un pintor. Pero si tomas drogas y no tienes ninguno de esos talentos, te declaran inútil para la sociedad. Se te ve como anti-sociedad. La sociedad no acepta a los adictos, pero sí acepta, por ejemplo, que unos padres se beban una botella de vino al día y dejen a sus críos con niñeras extranjeras porque al salir del trabajo se quieren ir de fiesta. No lo pillo.

Tres de tus amigos más próximos habían muerto para cuando se estrenó la película. ¿Contar tu historia te salvó la vida?

Si algo ha hecho, probablemente sea acortarla. No habría tenido tanto dinero en concepto de derechos intelectuales, así que tal vez no habría podido comprar heroína durante tantos años. Quizá me habría limpiado antes y hoy estaría en mejores condiciones.

Pero estás viva...

Siempre he mantenido mi aspiración. Me fascinan el azar y las casualidades, aunque no siempre haya sacado lo mejor de ellas. Y hay un orden en mi caos. Siempre he querido tener buen aspecto, sentirme bien, tener una ducha y una casa. Me siguen haciendo feliz todas esas pequeñas cosas de la vida.

¿Por qué crees que nunca dejaste las drogas?

Nunca quise dejarlas. No conocía nada más. Decidí vivir otra vida de cara a otras personas. No necesito un pretexto para parar.

¿Cómo estás ahora de salud?

Me estoy administrando metadona. A veces me fumo un porro. Bebo demasiado alcohol. Mi hígado está a punto de matarme. Tengo cirrosis a causa de la hepatitis C. Voy a morir pronto, lo sé. Pero en mi vida nunca he echado nada de menos. Y me parece bien. Así que no es esto lo que yo recomendaría: esta no es la mejor de las vidas, pero es la mía.


Herronia

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