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Registrate y eliminá la publicidad! ¡Viva el ateísmo financiero! El dinero que vemos desaparecer en las Bolsas ¿qué era? Nada. El dinero no es nada. "Perdona, habla por ti", dirán los que no tienen bastante. Son muchos los que no tienen bastante (yo también), y un anarquista ha enunciado una brillante verdad: "Mientras haya dinero, no habrá bastante para todo el mundo". Y sin embargo, ¿el dinero no es nada? Veamos. Primo La mujer prehistórica, la llamada mujer primitiva, vivió muy bien sin dinero. En general. No se ven objetos de intercambio, es decir, objetos cuya función, además de la original (vacas, barras de sal, conchas) fuera servir de patrones de valor, hasta que las llamadas sociedades primitivas no entran en unos circuitos de cambio ya muy extendidos. Cuando de tribu a tribu resulta práctico establecer un patrón común para evaluar el valor de un objeto o un servicio. Esos patrones exigen siempre mucho tiempo humano. Las conchas intercambiadas en el interior del Congo no han llegado por obra del Espíritu Santo, las vacas no engordan en un instante. A medida que las sociedades humanas aumentan en número y extensión, la complejidad y lentitud de sus intercambios disminuye por el empleo de esos patrones. La Antigüedad mediterránea y la Antigüedad china inventaron cada una por su parte el sistema de pequeñas (por tanto, ligeros y transportables) fichas (fáciles de fabricar) de metal (duraderas), para utilizarlas como patrones. Cuando el Imperio chino y el Imperio romano se estabilizaron y expansionaron, los primeros pícaros y los grandes puercos empezaron a comprender que esos patrones podían multiplicarse cuando, paradójicamente, se prestaban. Bien, nos vamos acercando. El dinero es, en apariencia, una reserva, un congelador, un frigorífico del esfuerzo humano que cualquiera puede consumir. Desde que ha sido definido de este modo, es decir, desde que el dinero no tiene más que un valor de uso (se pueden comer las vacas; se pueden salar con la sal, si están cocinadas; se pueden hacer joyas con el oro), se ha convertido exclusivamente en una relación social. Una relación social entre dos deseos, en apariencia los del comprador y el vendedor. Pero en realidad, entre tres polos: comprador, vendedor y tercero-poderoso. El tercero-poderoso es el garante del dinero. Está claro que se trata de una estructura estatal o asimilada. ¿Por qué "poderoso"? Porque él es quien establece el patrón común. Él es quien impone a las personas, libres en teoría, que sus intercambios sólo podrán hacerse con un patrón que él, el tercero-poderoso, fabrica materialmente y define socialmente. El dinero no es sólo el instrumento del tercero-poderoso, es también en parte su creador; porque la unificación de las monedas es al mismo tiempo condición, medio y requisito de la unificación estatal, como hemos visto ya en el caso del euro. Concluyamos: el dinero es el medio de intrusión del tercero-poderoso en las relaciones de intercambio. ¿Por qué la gente ha aceptado esta intrusión? En primer lugar, porque al principio le resultaba cómoda. Después, porque el Estado impone por la fuerza el empleo de su dinero. Por último, porque los ricos, los poseedores de los medios de producción, lo han impuesto también. Porque -Marx lo demostró brillantemente en El Capital- el dinero es también el medio de extraer de la manera más rápida, más extensa y más regular, la plusvalía, a la vez que beneficia al Estado y a los poseedores de los medios de producción. Por último, y sobre todo, porque es una de las formas más cerradas extendidas de la autoridad: el dinero permite a quien lo posee controlar y utilizar el trabajo del otro. ¿Cómo ha adquirido el dinero la autoridad? Muy sencillo: la sumisión presente del vendedor está compensada, cree, por su autoridad de futuro comprador. De todo esto nace, gracias además a la subordinación del tercero-poderoso (el Estado) a los principales poseedores de los medios de producción (los capitalistas), una delegación de los derechos del tercero-poderoso a emitir el dinero, es decir, una delegación de la autoridad inherente al dinero. Una delegación del tercero-poderoso a una categoría precisa de capitalistas. Secundo ¿Cómo se produce esta delegación? Tomemos su principal característica: el dinero no es ya un valor (una vaca, un lingote de cobre, de hierro o de oro), ya no es más que un signo. Un poco de tinta sobre un trozo de papel. O incluso menos, un impulso electrónico en un circuito electrónico. Un millón de euros apenas ocupa sitio en el ordenador. El poder de emitir un signo tiene el poder de crear el valor. ¡Cáspita! Lo repetimos suavemente. Quien tiene el poder de emitir el signo, tiene también el poder de emitir el valor. Y emitir un signo no cuesta nada. Pero crear el valor aporta mucho mucho. Así, el tercero-poderoso, en general se reserva el derecho de emitir el signo más visible: la moneda, las piezas y los billetes. Pero delega el derecho de emitir signos a personas de bien, personas serias, los banqueros. No hay nada más serio en todo el mundo que un banquero, todo el mundo lo sabe. ¿Los banqueros prestan dinero? No, no lo prestan. Sólo prestan lo que no tienen. Sí, los bancos prestan el dinero que no tienen, porque la ley en Francia, por ejemplo, les autoriza a prestar hasta que el total de lo que hayan prestado llegue a ser tanto que lo que tengan realmente en caja (que han depositado en el Banco Central) corresponda a un 7 por ciento de lo que han prestado. En otros términos, el 93 por ciento del dinero que presta un banco no existe antes de que lo preste. El crédito bancario es, por tanto, una creación monetaria continua, puesto que los bancos prestan más de lo que poseen. No hay ningún secreto en ello, cualquier cajero de un banco podrá confirmároslo. Eso funciona porque todo el mundo confía en la solidez de los bancos y en el deseo de ahorro de la mayoría de los depositarios. Ese proceso, que lleva existiendo desde que existen los bancos, desde más o menos el año 1400, se ha visto hinchado recientemente por varios factores: la globalización, que, además de abrir los mercados financieros, ha permitido a los bancos crear moneda a escala mundial y nacional; los paraísos fiscales que permiten reciclar no sólo el dinero sucio, sino también el dinero creado; las tecnologías informáticas, las tarjetas de crédito o Internet, que permiten a todo el mundo acostumbrarse a no ver ni tocar el dinero, y, por tanto, alejarse cada vez más de la noción de valor intrínseco del dinero para ira cada vez más hacia la dirección de la pura autoridad de quien lo posee. Una vez puesta en marcha la delegación, después recalentada por la globalización, los paraísos fiscales y la informática, la economía se divide en dos: economía útil "para todos", o sea, la economía que produce los alimentos, los servicios, etc., por una parte, y la economía de los creadores del dinero, que sólo produce el dinero delegado, por la otra. En resumen, que el 70 por ciento del dinero que existe en el mundo viaja por los circuitos financieros y no sirve para nada. No queda más remedio que parir más dinero. Que, de vez en cuando, servirá para comprar yates de 120 metros de eslora para irse a dar un chapuzón con los vecinos. Pero, recordemos que el dinero no existe. No es más que una relación entre tres polos, basada en la fe del vendedor, al que el dinero recibido permitirá convertirse a su vez en comprador, y al que su sumisión presente permitirá un dominio futuro. Si se produce tal o cual fenómeno (subprimas, burbuja inmobiliaria, burbuja Internet) que da lugar al derrumbamiento de algunos de los miembros de la casta de creadores de dinero, entonces de repente todos se acuerdan de esta irrealidad del dinero. La fe se desvanece, el ateísmo monetario (de corta duración) se extiende, y nadie quiere dar crédito de lo que es. ¿Por qué ese mecanismo no ha dado lugar al fin del capitalismo, ya fuera en 1929, en 1987 o en 2001? Porque los más inteligentes de los creadores de dinero saben que por encima de la economía cien por cien financiera se encuentra la economía real, la del trabajo humano real. Y que no desaparecerá hasta que los humanos no desaparezcan. Así pues, se benefician del hundimiento de sus compadres desafortunados y torpes, para volver a comprar lo que tiene un valor intrínseco. Sus movimientos de re-compra relanzan la fe monetaria, y el ciclo puede volver a comenzar. Nestor Potkine Fuente:http://www.nodo50.org/tierraylibertad/index.html
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