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A 60 años de los Derechos Humanos

Info12/17/2008


El derecho de los humanos:

A 60 años de su Declaración Diciembre de 1948-2008


“Todos los seres nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros” DUDH


por: cristóbal durán


Derechos y deberes

Hay cosas que existen entre nosotros desde que el hombre es hombre, como la habilidad para obtener alimento, capacidad de asombro por los sismos o por la lluvia, así como el acto de “creer” que muchas cosas nos son dadas por obra de un ente superior, del que estamos sujetos a su absoluta voluntad (Dios). Otras cosas han venido construyéndose a lo largo de la historia, como los idiomas, la forma de organizarse en grupo y formar sociedades, determinar cómo gobernarse, conformar un cuerpo de conocimientos para ser aplicados en la vida de las personas (ciencia y cultura), y un sinfín de elementos que se le deben al propio ingenio del hombre. Y podríamos pensar que los llamados Derechos Humanos (DH) son algo que el hombre posee desde que es humano, pero la realidad es que no es así.

El hombre ha pintado superficies, esculpido en piedra, hueso o madera, ha cantado y danzado desde tiempos inmemoriales, pero sabemos que el concepto “arte” -en sentido estricto- es una invención reciente (alrededor de 200 años). Igual sucede con los derechos y libertades que consideramos el hombre debería tener desde siempre por el solo hecho de vivir en sociedad y ser humano; en realidad los DH, como concepto, norma, sistema, incluso ley, tristemente hemos de reconocer que son una invención muy tardía, apenas concebidos en nuestros ayeres inmediatos.

En un sentido literal, los DH “son los derechos que tiene una persona por el simple hecho de ser humana”; y aun cuando esta definición pudiera parecer sencilla y simple, lo cierto es que tiene fuertes “repercusiones sociales y políticas”. En ese sentido, es claro que toda persona posee derechos y adquiere poder a causa de ellos.

La “idea” de que una persona, por el simple hecho de ser humana, posea ciertos derechos que lo protejan de la sociedad y de sus gobernantes, otorgándole garantías, era desconocida e impensable en las sociedades “premodernas”, es decir, antes del siglo XVIII. Si tomamos en cuenta que los antiguos reyes eran gobernantes bajo designio divino, la sociedad -gobernados-, actuaba más con un sentido del “deber” que del “derecho” o merecimiento. Las personas tenían el “deber” de actuar conforme a los monarcas puesto que eso significaba actuar en conformidad con los designios de Dios; además, con ello contribuían a mantener el orden de las cosas, y en ese sentido, la jerarquía estamental de la sociedad no daba ningún valor al ser humano como un sujeto singular e individual, eran una “masa” social que tenía que obedecer.

La sociedad y el individuo

Las opiniones son diversas y contrarias, y no sería éste el espacio para desarrollar esta larga discusión. Lo que sí podemos señalar es que, si bien podríamos rastrear sus orígenes desde la antigua Grecia o en Oriente, si fuera necesario, no debemos perder de vista que una sistematización y reglamentación de los DH, y su construcción como concepto, sólo fue posible cuando dos elementos fundamentales se hicieron presentes en la historia: una progresiva “valorización del individuo” como tal, y un “proceso de secularización” que le permitió tener una visión del mundo desacralizada y entendida en términos más mundanos y menos divinos. Esto fue posible a partir del siglo XVI, con su momento más crucial entre el XVII y XIX.

Si hablamos del surgimiento del individuo, singular, con un nuevo valor social, como una condición de los derechos del hombre, esto sólo sería posible una vez que se cuestionara el carácter divino de los reyes, es decir, ante la derrota de las monarquías. En Inglaterra la “revolución gloriosa” (1688) derrocó a Jaime II y entonces el filósofo inglés John Locke publicó su Segundo tratado de gobierno, considerada la primera teoría plenamente desarrollada sobre los “derechos naturales”. En Francia, un siglo después, Luis XVI fue derrotado y se consolidó con ello una nueva era en la manera de entender a la sociedad y a los individuos. Al poder divino de los reyes se había impuesto el poder del hombre, y eso obligó a replantearse el papel de éste como centro de todo (secularización). Nació entonces la primera Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, que todavía faltarían algunos años para que se universalizara.

Siglo XX


El proceso llevaría poco menos de 200 años y volvería a repetirse una situación parecida: hubo de darse un fuerte conflicto bélico en el que murieron miles de personas, para darnos cuenta que era necesario sistematizar de una vez por todas “los derechos del hombre”, derecho a vivir, a ejercer su libertad, entre otras cosas, y que esta sistematización tendiera a la universalidad, es decir, que estuviera por encima de las regímenes políticos, credos, diferencia de raza y cultura de los distintos pueblos del mundo. Ese conflicto fue la segunda guerra mundial, misma que hizo cuestionar, entre otras cosas, el supuesto asenso del hombre hacia el progreso. Una crisis mundial exigía una solución mundial; después de todo, la globalización empezaba a vivir momentos claves de su historia.

Terminada la conflagración, y luego del “recuento de daños”, era imposible evadir la creación de un organismo que atendiera estas situaciones internacionales en un acelerado siglo XX. Se creó entonces la Organización de las Naciones Unidas en 1945, y una de sus primeras tareas fue aplicar todo el conocimiento del pasado para establecer nuevas formas de relación entre las naciones y entre las personas. Se creó una Comisión integrada por 18 representantes de Estado, seguramente los más influyentes de aquellos años, entre los que destacó Eleanor Roosevelt, esposa del presidente norteamericano y quien tuviera especial participación en la ONU y en la política internacional.

De manera intensa se dieron a la tarea de trabajar sobre lo que en realidad sería una redefinición del ciudadano moderno, individual y libre. Luego de importantes debates, el 10 de diciembre de 1948 se firmó la “Declaración universal de los derechos humanos” (DUDH), los cuales plantearon que el hombre, por el solo hecho de ser humano, y de manera inalienable, debía tener garantías para el ejercicio de su vida en sociedad, en un sentido de igualdad y justicia. En medio de conflictos que aún les faltaba mucho por concluir, la Asamblea de la ONU, en París, firmó la Declaración con 48 votos a favor, cero en contra y 8 abstenciones; al mismo tiempo que en Beirut, el literato mexicano Jaime Torres Bodet asumía la dirección de la UNESCO y denunciaba que ya era momento de plantear proyectos sociales que fueran reales y posibles. La Declaración de Derechos se planteaba como un proyecto posible, urgente y necesario, y si bien sabemos que no han cesado las violaciones a los derechos de las personas en el mundo, el saber que por el solo hecho de ser humanos tenemos garantías que nos protegen, alimenta la esperanza de que se pueda vivir con dignidad.

Ya Erich Fromm advirtió que desde la antigüedad, y hasta el fin de la segunda guerra mundial, más de mil tratados de paz se habían firmado en todo el mundo: ¿cuántos más necesitamos firmar para estar “en paz”? Y como también escribió el maestro Dylan: ¿cuántas muertes más faltan para descubrir que demasiados han muerto ya? La Declaración de Derechos Humanos y los premios Nobel de la Paz, son clara muestra de que las cosas no están bien, pero también de que tenemos la esperanza que algún día lo estén.


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