
Hoy les voy a contar lo que me pasó hace poquito... las imágenes son a modo de ilustración y no representan sucesos reales

Hace un par de semanas tuve una idea; no era la mejor de las ideas pero era una bonita idea, al fin y al cabo. Naturalmente en el momento me pareció una obra maestra, y hasta empezé a asombrarme de la inmensa creatividad que puede llegar a alcanzar mi cabeza. Pero ahora me doy cuenta de que exageré, ya que es bien sabido que las mejores ideas tienden a frecuentar las peores mentes.



Todo comenzó esa misma tarde, cuando me encontraba a mi mismo caminando por la 25 de Mayo; regresando a mi departamento después de una rutinaria asistencia a clases, cuando lo verdaderamente impactante de aquella situación se dió a conocer. Aparentemente la casualidad había parido frente a mi un extraño suceso: un Peugeot 106 de color blanco se encontraba de frente a una bicicleta completamente destruida. No perdí tiempo y me acerqué al inerte populacho (que nunca dejaba de absorver curiosos), para preguntarle a una mujer de buzo rosado y jeans oscuros que había sucedido.


-Fue horrible... el auto blanco chocó con un tipo que iba en bicicleta cuando quiso doblar en la esquina- Se lamentaba.
-¿Qué le pasó al de la bici?- Pregunté un poco asombrado por el evidente desconsuelo que petrificaba el rostro de la joven.
-Se... murió- Dijo- Lo verdaderamente lamentable aca fue ver como lloraba desamparada la hija del fallecido - Concluyó, apenas terminaba de tragar saliva para ayudarse a disolver ese nudo en la garganta que le dividía el alma.



Inmediatamente me aparté y retomé mi camino de regreso a mi hogar. En esas 5 cuadras que me quedaban logré consumir toneladas de pensamientos y posibilidades sobre la pobre hija del ciclista; no podía terminar de comprender lo doloroso que sería para una niña entender, aceptar y superar semejante evento catastrófico. Estaba completamente seguro de que lo único que fluye más veloz que el agua, es el miedo. No me agradaba la idea de imaginar todo el terror comprimido que la familia de la víctima tendría que tolerar en los meses venideros, no quería dejar que nadie más sufra tan trágica eventualidad, yo mismo me iba a encargar de sortear para todo el mundo la más penosa dosis de dolor que una persona puede digerir... estoy hablando por supuesto, de superar la muerte de un allegado. Fue entonces cuando tuve mi idea, justo antes de embocar la llave en la puerta principal, mi circunstancialmente gran imperfecta idea: Yo mismo, con mis 18 años de experiencia en la vida, me iba a encargar de asesinar a La Muerte.


Esta bien, acepto que suena un poco descabellado en un principio, pero a pesar de parecer una locura desaforada, el hecho de pensar en todo el dolor que le ahorraría al mundo me entusiasmaba apasionantemente. No más llanto, no más "esas cosas que nunca te pude decir", no más "Papi, ¿qué le pasó a la abuela?". Esto sería una revolución tanto en el plano espiritual como en el material, después de todo, la locura y la genialidad están separadas únicamente por un diminuto grado de éxito.


Después de mucho teorizar, puse en marcha mi pulido plan: Primero ubiqué en el hospital a un desdichado viejo que sufría de cáncer. Me instalé en su habitación y esperé durante horas y horas lo que los médicos tildaban de "inevitable". Fue entonces cuando, en el quinto día de espera, durante un momento fugáz de viernes por la tarde, vi asomarse al enfermo una figura oscura de apariencia infernal. Se trataba de la mismísima Muerte, sin lugar a dudas. En ese preciso instante se me escarchó el alma, tenía frente a mi la razón de toda culminación existencial; pero no iba a dejar que eso me ponga más nervioso de lo que ya estaba, me tragué la ansiedad firmemente y saqué del bolsillo derecho un cuchillo de cocina que me había traído del departamento. Tan pronto como se lo hundí en la espalda al óbito corpóreo éste emitió un agudo aullido (alguna mutación entre queja y alivio, fue realmente espeluznante) y comenzó a retorcerce por el piso, para finalmente desaparecer como por arte de magia al cabo de unos segundos. En un principio me sentía algo patético al tratar de aniquilar a mi objetivo con un simple cuchillo de cocina, ahora entro en razón y se que lo que realmente mató a La Muerte misma fue mi convicción de querer hacerlo; el cuchillo era un ícono, un mero simbolismo que no dejaba de calcar mi énfasis asesino.


Muchas personas comenzaron a tratarme como a un héroe; el viejo enfermo estaba súmamente agradecido por haberlo despojado de su terrorífico destino, en las calles la gente me saludaba y me abrazaba, hasta los animales se me acercaban y acompañaban mi caminar. Había tenido la mejor idea que alguien pudo tener alguna vez, y todo el mundo estaba encantado con ella... Bueno, no exactamente todo el mundo. La siguiente parte de mi historia es un poco más retrógrada y ofensiva, pero no deja de ser verdad.


Una tarde como cualquier otra, mientras me encontraba envuelto en pleno regocigo por mi reciente éxito, durante uno de mis tranquilos paseos diarios por la ciudad, un curioso evento sacudió mi mundo con un vigor sobrenatural: Se trataba de un muchacho un poco mayor que yo, que vino corriendo hacia mi y me empujó contra la pared del edificio a mis espaldas, y tomándome de los brazos me gritó inumerables cuotas de blasfemias en la cara.
-¡Culpa tuya!- Me gritó - ¡Estamos todos condenados a vivir una eternidad en este mundo!
Me quedé en trance unos segundos, realmente no entendía cuál era el conflicto que podía tener mi atacante con "no morir"; siempre me imaginé que sería lo que todo el mundo anhelaba desde el parto del pensamiento racional. Evidentemente, estaba equivocado. El muchacho me golpeó un par de veces en la cara y se alejó fastidiado, ese fue el día en el que el mundo se puso en contra mío.



Los siguientes días fueron infernales, abatido por el odio colectivo que ahora azotaba mi mundo me di cuenta de que mi idea, había sido la peor idea en la historia de la civilización. Los primeros en repudiarme públicamente fueron los suicidas, enojados por la sentencia que les había incrustrado al alma. Luego apareció la gente más vieja, abuelos con Alzheimer, el viejito con cáncer que una vez me adoró, parejas de ancianos tan viejos que no podían ni moverse, todos enfurecidos conmigo por haberlos condenado a una eternidad de sufrimientos. Entonces empezé a odiarme a mi mismo; ¿qué pasaría cuando todos envejezcamos tanto que no seremos capaces de recordar lo que pensamos hace unos segundos atrás?, ¿Qué harían con nosotros nuestros nietos al saber que somos inservibles vegetales tan viejos que no podemos movernos, alimentarnos o pensar?, ¿No creeríamos que ya habremos vivido lo suficiente cuando nos convirtamos en máquinas de defecar?. Había condenado a la humanidad entera para toda la eternidad... ahora desearía que nuestro mundo tenga la suerte de poseer un fin, una conclucusión, un apogeo de carácter definitivo que consuma nuestras existencias, porque absolutamente nada está hecho para vivir por siempre. Envidio a los universos vecinos, que, despreocupados por los placeres de la vida y la muerte, pueden disfrutar tanto de un principio como de un final, como el status quo existencial propone. Hace unos días maté a La Muerte, y sin darme cuenta, maté a todos los seres humanos que tendrán que vivir hasta que un epílogo sagrado conceda nuestros delirios suicidas. Ahora el ahínco de morir me estremece el corazón, ¿porqué será que siempre nos quejamos de que la gente se muere?, debimos haber aprendido a valorar el positivismo que había en el proceso natural de la vida.


Deja de llorar por la gente a la cual le llega el turno de irse, y empieza a agradecer la suerte que tienen.

Lo que acabas de leer es uno de mis cuentos cortos (sí, ficticio

para que dejemos de pensar en lo negativo de un tema tan abstracto como es morir..), si te interesa saber más, puedes agregarme a facebook o seguirme en taringa.. no te vas a arrepentir 


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