Kaspar Maase: "El modelo de ocio de los nazis pervive en nuestros días"
Denuncia que la historiografía oficial ha exagerado artificialmente la singularidad del periodo nazi, cuando más bien pertenece a un proceso histórico continuo

Estamos ante uno de esos libros que engancha desde las primeras páginas. ’Diversión ilimitada. El auge de la cultura de masas (1850-1970)’, publicado por la editorial Siglo XXI, es una obra inquietante, firmada por Kaspar Maase, erudito alemán que ha estudiado Filología, Historia del Arte, Sociología y Teoría de la Cultura. Su especialidad es la cultura popular. Lo más curioso del texto es el afilado análisis de la relación entre los nazis y la representación cultural del sexo. “La producción y distribución de los textos eróticos y de publicaciones de educación sexual fue reprimida. Pero no tanto por razones morales, sino por motivos de política demográfica y antisemita. Los escasos estudiosos de sexualidad eran judíos”, señala en el libro.
Las élites hitlerianas no eran monstruos extraordinarios, sino seguidores de una larga tradición totalitaria en Europa
De hecho, la influencia nazi en la cultura no termina con su derrota en la Segunda Guerra Mundial. “El culto al Movimiento y al Jefe, los mitos de lo romano y lo germano, así como los de la raza, desaparecieron al terminar los breves imperios. Pero la arquitectura de la dominación y la política simbólica, la fascinación por la técnica y el desarrollo de mundos de entretenimiento que sirvieran de distracción de la realidad siguieron prosperando en las décadas siguientes y, en parte, su efecto aumentó claramente”, denuncia ¿Conclusión? “El modelo de ocio popular del nacionalsocialismo recorre todo el siglo y pervive en gran parte en nuestros días”.
Sainetes y comedias a granel
A más de uno le puede sorprender el razonamiento. “En Alemania, ha sido necesario que mueran casi todos los que vivieron el nazismo para que los estudiosos pudiéramos trabajar sin ningún tipo de tabú. No se podía escribir sobre fenómenos que sabíamos que ocurrieron: por ejemplo, que la mayoría de partidarios del régimen ario vivieron vidas seguras, placenteras y satisfactorias. El gobierno de Hitler fomentaba el disfrute de las novedades socioculturales y de entretenimiento. Desde hace pocos años, los historiadores hemos podido señalar que la mayoría de la población alemana, digamos los arios apolíticos, vivían vidas tranquilas y normales. Su consentimiento pasivo de una brutal dictadura tenía como recompensa una vida moderna de placer, consumo y entretenimiento”, lamenta.

La mayoría de partidarios del régimen ario vivieron vidas seguras, placenteras y satisfactorias
El libro demuestra que las narrativas de exaltación patriótica fueron perdiendo importancia a medida que se consolidaban en el poder, para dar paso a contenidos más ligeros. “Retrocedió claramente el peso de las obras con puestas en escena exigentes. Una dramaturgia amena, sin objetivo propagandístico, constituyó en 1937-1938 casi las dos terceras partes del repertorio teatral, lo que superaba en más de tres veces a la temporada 1929-1930”, explica. El nazismo, retratado tantas veces como un régimen estirado y falto de sentido del humor, favoreció las comedias, el sainete y las piezas populares. Los veían como contenidos ideales para quitar hierro a las crecientes tensiones sociopolíticas en Europa. Y también para la carnicería que se preparaban para perpetrar.
¿Nos verán como a los nazis en 2090?

El verdadero salto mortal de ‘Diversión ilimitada’ consiste en decir que nuestros sistemas políticos actuales funcionan de manera similar. “Es de suponer que los historiadores del siglo XXI se preguntarán cómo fue posible que la gente de las metrópolis ricas de 1990 pudieran establecer su “sociedad de las vivencias” en un mundo de genocidios y limpiezas étnicas, en mitad de la explotación, la miseria y la opresión, a pesar de que todos conocían el comercio de armas y las destrucción del medio ambiente, las desiguales relaciones comerciales y la rentable connivencia con regímenes violentos, la exclusión racista y la fabricación de una imagen que convierte a los pobres del mundo en nuestros enemigos”, escribe.