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Jonas Mekas, una vida

Info3/29/2009
Sin lugar adonde ir Nació en Lituania y llegó a Nueva York en 1955, donde conoció a Andy Warhol. Cámara en mano, se integró a las vanguardias. Caja Negra publica sus diarios, que narran su reclusión en la Alemania nazi y cuya escritura abandonó cuando empezó a filmar. Por Jonas Mekas Al releer estos diarios ya no sé si se trata de verdad o ficción. Todo retorna con la nitidez de un mal sueño que te hace saltar temblando de la cama; leo esto, no como mi propia vida, sino como la vida de otro, como si el sufrimiento nunca hubiera sido mío. ¿Cómo podría haber sobrevivido? Debo estar leyendo acerca de la vida de otro. Cuando empecé a escribir estas anotaciones en el diario estaba en Alemania, en un campo de trabajo forzado. Había algunas cosas que tenía que dejar fuera del diario. Entre ellas, el principal motivo de mi pasaje por Alemania, la Alemania nazi. Durante los años 1943 y 1944, en los que Lituania estuvo ocupada por los alemanes, me involucré como muchas otras personas de mi edad en distintas actividades anti-alemanas. Me uní a un pequeño grupo clandestino que, entre otras cosas, publicaba un boletín semanal. Lo componían principalmente noticias transcriptas de la BBC. Daba información a las personas sobre las actividades alemanas en Lituania y otros países ocupados. Era uno de los muchos boletines de este tipo publicados por grupos clandestinos durante la ocupación alemana. La policía secreta alemana hacía todo lo posible para descubrir a los editores. Las únicas pistas que tenían eran las de los modelos de máquinas de escribir utilizadas para tipear los boletines. El modo en que entro yo en todo esto es que mi tarea consistía en el tipeo. Una vez por semana recibía material informativo, y preparaba las páginas. En esa época vivía en el altillo de la casa de mi tío en Bir?ai. Mi tío era un pastor protestante y la casa en la que vivía pertenecía a la iglesia y se encontraba a la orilla de un lago, muy alejada de las otras casas. Ahí también había un granero, y un enorme montón de leña para calentar la casa en invierno. Solí esconder la máquina de escribir en la pila de leña. Sentía que ahí estaba segura. Pero estaba equivocado. Un anoche fui a buscarla para tipear y no estaba? La única explicación que encontraba era que un ladrón la hubiera robado. Informé esto a mis amigos en la clandestinidad y todos estuvimos de acuerdo en que lo mejor para mí era desaparecer. No podíamos arriesgarnos a que el ladrón vendiera la máquina de escribir y que los alemanes descubrieran el modelo que habían estado buscando desesperadamente. Estaba claro para nosotros que, en ese caso, el ladrón revelaría el origen de la máquina. Tenía que tomar decisiones rápido. Había muchos modos de "desaparecer". Una posibilidad era unirse a los partisanos y esperar la retirada alemana. Pero había dos problemas importantes. Uno era mi constitución extremadamente frágil en aquellos años; el otro era que había dos grupos de partisanos, los partisanos pro-comunistas, pro-soviéticos, y los partisanos nacionalistas. A los comunistas no podía unirme. Había publicado un poema anti-estalinista y sabía que era un hombre marcado. En 1971, durante mi visita a Lituania, mi madre me dijo que la policía secreta rusa, cada noche durante un año, detrás de la casa, entre los arbustos, esperó a que volviera: creían que me había unido a los partisanos nacionalistas. Se llevaron todos mis primeros escritos, mis hermanos fueron arrestados, mi padre interrogado una y otra vez. Tampoco quería unirme a los nacionalistas. Me había aconsejado con seriedad y sabiduría personas mayores con mucha más experiencia -y, en primer lugar, mi tío (sólo años más tarde iba a descubrir cuán en lo cierto estaba) y es a él a quien tengo que agradecer hoy por estar vivo- que no tenía sentido unirse a ninguno de los dos bandos: todos los grupos iban a ser eliminados, o bien por los alemanes en retirada, o bien por los soviéticos que avanzaban. Me aconsejaron que viajara de inmediato a Viena. La opinión de mi tío fue que lo mejor para los dos, para mí y para Adelfas, era desaparecer, y cuanto más desapareciéramos, mejor. Así que ahora, según nuestros documentos fabricados con extremo cuidado, éramos estudiantes camino a la Universidad de Viena. Una vez en Viena, nuestro tío nos había dado nombre de personas a las que contactar. Por supuesto, esperábamos meternos en problema y ser interrogados, pero imaginábamos que saldríamos airosos. Era un riesgo que teníamos que correr. Los contactos en Viena nos conducirían luego a Suiza. Dos días después estábamos en camino hacia lo desconocido. Y es aquí donde comienza mi diario. * * * 19 de julio, 1944 Hoy nuestro tren llegó a Dirschau, cerca de Danzig. Este es nuestro octavo día de viaje. No soy un soldado ni un partisano. No estoy apto física ni mentalmente para ese tipo de vida. Soy un poeta. Que los países grandes luchen. Lituania es pequeña. En toda nuestra historia las grandes potencias han marchado sobre nuestras cabezas. Si uno se resiste o no tiene cuidado, termina convertido en polvo bajo las ruedas de Oriente y Occidente. Lo único que podemos hacer los pequeños es, de alguna forma, intentar sobrevivir. Ese es el motivo por el que, si nos acompaña la suerte, nos dirigimos a la Universidad de Viena. No quiero tomar parte en esta guerra. No es mi guerra. Muchos huyen de Vilnius y Kaunas. Los alemanes están agregando divisiones, pero no pueden detener a los soviéticos. El espíritu de lucha decae, la retirada es desordenada. Más cerca de los frentes de combate, en torno a Bir?ai y Paneve?ys, hay bandas de partisanos y desertores alemanes. Quienes logran echar mano a un arma corren hacia el bosque, se esconden. Como no tengo intenciones de vivir en el bosque y, además, no tengo conocimientos sobre armas, mi decisión es huir, y cuanto antes mejor. Si me critican por falta de "patriotismo" o "coraje", a la mierda. Ustedes crearon esta civilización, estas fronteras, y estas guerras, yo no puedo ni quiero entenderlos, a ustedes ni a sus guerras. Por favor, manténganse alejados de mí, ocúpense de sus propios asuntos. Eso es, si llegan a entenderlos. En cuanto a mí, soy libre incluso en sus guerras. [...] 8 de octubre, 1944 El belga que trabaja a mi lado hoy cumplió años. Está esclavizado desde hace cuatro años. En el descanso para almorzar otros trabajadores le trajeron flores y las colocaron sobre su máquina. Las flores y las máquinas. La vida y el dolor. Las flores del campo eran rojas, azules y amarillas. Nos quedamos parados, observándolas, recordando las flores de nuestros propios campos. [...] Sin fecha. 1947 Cuando repaso mi infancia, cuando doy vuelta sus páginas, revivo, me fortalece. Del mismo modo en que revivo cuando doy vuelta las páginas de la cultura: esas son las páginas de mi otra infancia. Al crecer, uno se rebela contra ambas... Quieren que sea más racional. Lo más racional es la máquina. Vayan a las máquinas. Todas sus partes separadas funcionan juntas. Pero yo vivo sin propósito, irracionalmente. Construyamos nuestras casas con nuestras propias manos. Y cultivemos el trigo, y hagamos pan. Entonces sabremos qué es la tierra. Ahora abrimos un grifo y sale agua. No tengo idea de dónde viene o cómo. Electricidad... Compramos el pan: no sabemos quién lo hace, cómo, dónde. Lo mismo pasa con nuestras vidas. Vivimos pero no sabemos cómo, dónde, por qué. Y no tiene sabor. [...] 10 de enero, 1948 Invito a leer todo esto como fragmentos de la vida de alguien. O como una carta de un extranjero que siente nostalgia. O como una novela, ficción pura. Sí, invito a leer esto como una ficción. El tema, la trama que anuda estas piezas, es mi vida, mi desarrollo. ¿El villano? El villano es el siglo veinte. [Traducción: Leonel Lifschitz] Fuente
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