Extracto de un relato suyo antes de abandonar al buque ARA Gral Belgrano.
Pocos minutos después de las 16.40 hs., consideré que podría adoptar alguna acción para aumentar o mejorar la capacidad de supervivencia de los tripulantes. Aún quedaban a bordo varias balsas sin abrir, atadas a unos ganchos de la cubierta. Lo que necesitaba era un elemento cortante para seccionar las sogas.
Como la cocina estaba cerca, me introduje en ella con la esperanza de hallar lo que quería. Pero sólo encontré un dantesco espectáculo de lo que antes era la orgullosa cocina del Crucero. Había una total confusión de vajilla rota, recipientes caídos sobre el petróleo y el agua de mar en el piso. La oscuridad y el vapor en el local, se sumaban al gran desorden y ya no era posible distinguir siquiera un simple cuchillo por lo que a los tumbos salí de ese lugar. Los golpes y las caídas producidas por los obstáculos de la cubierta, no causaban ningún dolor físico, seguramente porque el cuerpo estaba insensibilizado, por el intenso frío físico y espiritual.
Fue precisamente en ese instante, cuando se produjo un hecho que merece la detención del tiempo, para poder explicar la visión y la sensación que experimentó el Comandante...
En la penumbra del crepúsculo, con mezcla de humo y vapor y un velo de eternidad desde que el último hombre abandonó el buque, una figura que se sostenía trabajosamente sobre la pendiente de 45 grados, me gritó como más pudo:
¡Vamos, señor Comandante!
Voz y figura eran de un Suboficial y no producto de mi imaginación como por escasos segundos creí.
Mis esfuerzos para obligarlo a abandonar el buque como era su obligación y derecho, chocaron con su rotunda negativa.
Yo estaba cumpliendo con mi propia y exclusiva responsabilidad. Mi camino era estrecho y sin atajos. Pero ese hombre estaba dando un ejemplo de sagrada adhesión y abnegación, que lo dignifica como persona y lo honra como marino. Se estaba demostrando asi la profunda vocación por los principios morales y el espíritu de sacrificio, que puede ser innato a cada hombre pero que no hay dudas que es profundizado y consolidado por la formación naval.
La Armada me otorgó la valiosa y hermosa responsabilidad de comandar el Crucero ARA General Belgrano.
Dios me reservó la invalorable acción de sentir esa respuesta, en medio de una tragedia como ésta.
¡No había tiempo para lágrimas de orgullo y emoción! Si no, tal vez, ellas hubieran acompañado las gotas de mar que corrían por nuestros ojos en ese momento.
Finalmente le expresé que viniera conmigo y muy trabajosamente nos desplazamos hasta la proa guillotinada del Crucero en intento de encontrar algún herido... pero ya todo estaba vacío de vida. Entonces volvimos hacia el centro...y sólo quedaba el último adiós a esa cubierta que pronto recibiría aquel cofre preñado de Héroes e ilusiones.
Con sábanas y mantas que estaban tiradas en la cubierta pudimos conformar una cadena para el descenso por estribor. En el mar había balsas que parecían esperar nuestro abandono, aun con peligro de ser absorbidas por una eventual vuelta campana del buque.
No antes de prometerle que yo iría detrás el Suboficial comenzó su descenso, después de persignarse. Luego se dejó caer al mar, y allí lo perdí de vista...
También con la Señal de la Cruz como reflejo de un acto de respeto y expreso pedido de ayuda a Dios, me tiré al agua...
Ya sólo quedaba nadar y fuerte, en la dirección que estaban las balsas ...y cuando creí poder embarcar por mí mismo, comprobé que sólo era posible con la ayuda de tantos brazos extendidos desde a bordo...
En una de las balsas más alejadas, estaba embarcado un oficial, con los mismos problemas y pensamientos que los demás tripulantes, pero que contaba con una cámara fotográfica de bolsillo. Sobreponiéndose a la realidad, tomó fotografías de la escena que sus ojos contemplaban. El resultado final, fue una impresionante secuencia del Crucero hundiéndose. Cientos de copias recorrieron el mundo, mostrando un documento de alto valor testimonial. Y también nos sirvieron para reconstruir detalles que de otra forma hubiera sido imposible.
Pocos minutos después de las 16.40 hs., consideré que podría adoptar alguna acción para aumentar o mejorar la capacidad de supervivencia de los tripulantes. Aún quedaban a bordo varias balsas sin abrir, atadas a unos ganchos de la cubierta. Lo que necesitaba era un elemento cortante para seccionar las sogas.
Como la cocina estaba cerca, me introduje en ella con la esperanza de hallar lo que quería. Pero sólo encontré un dantesco espectáculo de lo que antes era la orgullosa cocina del Crucero. Había una total confusión de vajilla rota, recipientes caídos sobre el petróleo y el agua de mar en el piso. La oscuridad y el vapor en el local, se sumaban al gran desorden y ya no era posible distinguir siquiera un simple cuchillo por lo que a los tumbos salí de ese lugar. Los golpes y las caídas producidas por los obstáculos de la cubierta, no causaban ningún dolor físico, seguramente porque el cuerpo estaba insensibilizado, por el intenso frío físico y espiritual.
Fue precisamente en ese instante, cuando se produjo un hecho que merece la detención del tiempo, para poder explicar la visión y la sensación que experimentó el Comandante...
En la penumbra del crepúsculo, con mezcla de humo y vapor y un velo de eternidad desde que el último hombre abandonó el buque, una figura que se sostenía trabajosamente sobre la pendiente de 45 grados, me gritó como más pudo:
¡Vamos, señor Comandante!
Voz y figura eran de un Suboficial y no producto de mi imaginación como por escasos segundos creí.
Mis esfuerzos para obligarlo a abandonar el buque como era su obligación y derecho, chocaron con su rotunda negativa.
Yo estaba cumpliendo con mi propia y exclusiva responsabilidad. Mi camino era estrecho y sin atajos. Pero ese hombre estaba dando un ejemplo de sagrada adhesión y abnegación, que lo dignifica como persona y lo honra como marino. Se estaba demostrando asi la profunda vocación por los principios morales y el espíritu de sacrificio, que puede ser innato a cada hombre pero que no hay dudas que es profundizado y consolidado por la formación naval.
La Armada me otorgó la valiosa y hermosa responsabilidad de comandar el Crucero ARA General Belgrano.
Dios me reservó la invalorable acción de sentir esa respuesta, en medio de una tragedia como ésta.
¡No había tiempo para lágrimas de orgullo y emoción! Si no, tal vez, ellas hubieran acompañado las gotas de mar que corrían por nuestros ojos en ese momento.
Finalmente le expresé que viniera conmigo y muy trabajosamente nos desplazamos hasta la proa guillotinada del Crucero en intento de encontrar algún herido... pero ya todo estaba vacío de vida. Entonces volvimos hacia el centro...y sólo quedaba el último adiós a esa cubierta que pronto recibiría aquel cofre preñado de Héroes e ilusiones.
Con sábanas y mantas que estaban tiradas en la cubierta pudimos conformar una cadena para el descenso por estribor. En el mar había balsas que parecían esperar nuestro abandono, aun con peligro de ser absorbidas por una eventual vuelta campana del buque.
No antes de prometerle que yo iría detrás el Suboficial comenzó su descenso, después de persignarse. Luego se dejó caer al mar, y allí lo perdí de vista...
También con la Señal de la Cruz como reflejo de un acto de respeto y expreso pedido de ayuda a Dios, me tiré al agua...
Ya sólo quedaba nadar y fuerte, en la dirección que estaban las balsas ...y cuando creí poder embarcar por mí mismo, comprobé que sólo era posible con la ayuda de tantos brazos extendidos desde a bordo...
En una de las balsas más alejadas, estaba embarcado un oficial, con los mismos problemas y pensamientos que los demás tripulantes, pero que contaba con una cámara fotográfica de bolsillo. Sobreponiéndose a la realidad, tomó fotografías de la escena que sus ojos contemplaban. El resultado final, fue una impresionante secuencia del Crucero hundiéndose. Cientos de copias recorrieron el mundo, mostrando un documento de alto valor testimonial. Y también nos sirvieron para reconstruir detalles que de otra forma hubiera sido imposible.