InicioInfoCésar Milstein, el sabio (entrevista)


César Milstein. Entrevista a un grande
del S. XX y argentino.



César Milstein (Bahía Blanca, Argentina, 8 de octubre de 1927 – Cambridge, Inglaterra, 24 de marzo de 2002) fue un bioquímico argentino nacionalizado británico, ganador del Premio Nobel de Medicina en 1984.



Entrevista publicada en la revista Viva de Clarín el 8/1/95




MILSTEIN, EL SABIO




Entrevista exclusiva en CAMBRIDGE

Tiene 67 años y hace diez que le otorgaron el Premio Nobel de medicina por una investigación que hoy permite, entre otras cosas, que los test de embarazos se hayan transformado en análisis rápidos y caseros, su descubrimiento dio lugar a negocios de miles de millones de dólares, y sin embargo el no cobró un peso. Este hombre pequeño y activo, que fue prácticamente expulsado del país en 1963, conversó durante más de cuatro horas con Viva sobre la Argentina, Cavallo, el SIDA, el cáncer, los progresos y las dificultades de la ciencia hoy, claro y polémico. Milstein solo se emocionó ante dos temas: su pasión por las células y el recuerdo de su padre inmigrante, que lo apoyó hasta que pudiera preferir su vocación antes que el dinero.

En 1963 cuando el gobierno militar que depuso a Arturo Frondizi intervino el Instituto Malbrán, desmanteló el laboratorio de Biología Molecular y echó al equipo que conducía Milstein, lo que no le dejó otra alternativa que renunciar. A los 15 días estaba trabajando en el Laboratory of Molecular Biology de Cambridge con un contrato que, 31 años más tarde, sigue en pie. Ahora, convertido en Premio Nobel y ciudadano británico.



¿Qué hubiera sucedido si no echaban al equipo del Malbrán?

Bueno, por ejemplo el trabajo que estaban haciendo dos de mis supervisados (la genetista Rosa Nagel y el biólogo Juan Puig) dio lugar más tarde a toda la ingeniería genética .Es decir,

que si ese grupo hubiera seguido adelante sin problemas, probablemente la Argentina habría estado en las técnicas de punta de la ingeniería genética mundial.



¿Y si usted se hubiera quedado en el Malbrán?

Es muy difícil decir qué hubiera hecho porque aquí en Cambridge cambié de tema. En la Argentina yo estaba trabajado con enzimas y con la incorporación del fosfato en las proteínas. Ese terminó siendo un tema muy importante que dio lugar hace 3 años a un Premio Nobel. Pero en Cambridge elegí el tema de la inmunología, que no pude iniciar en el Malbrán. Hasta que estallaron los problemas en el Instituto, yo estaba trabajando muy bien. Tenía todo lo que necesitaba y contaba con un buen equipamiento. Ahora, ¿hubiera tenido un desarrollo como el que logré aquí en Cambridge? Es muy difícil saberlo. Es un experimento que no se ha hecho. Y uno no conoce el resultado de un experimento que no se ha hecho.

A los 67 años, con dos infartos y un cuádruple by-pass, no ha perdido nada del temperamento con que se ha movido desde los días en que fue presidente del Centro de Estudiantes de Ciencias Exactas. Es una suerte de sabio con carisma. No tiene demasiados intereses lejos de su laboratorio y es por eso que sus opiniones son extremadamente libres.



¿No se exagera un poco con ese pasado dorado de la ciencia argentina?

A mí no me caben dudas de que había una gran explosión científica en la Argentina de principios de los años 60, y no sólo en el Malbrán sino también en la Universidad. Y eso hubiera tenido una enorme importancia, con o sin Premio Nobel, en el desarrollo tecnológico y en la biotecnología.



¿O sea que la cuestión no pasa por tener un Premio Nobel?

Una cosa no está separada de la otra. Hoy en día generalmente van juntas. Es cierto que aparecen figuras descollantes en el desierto, pero esas figuras, por ejemplo Bernardo Houssay, nuestro primer Premio Nobel en ciencias, dejan una escuela, y cuando aparece Luis Leloir, el segundo Premio Nobel de ciencias, la Argentina ya no era un desierto. El salió del grupo de Houssay junto con otros que no llegaron al Nobel pero estaban prácticamente a su altura. Bueno, hubo una gran cantidad de nombres de gran nivel que se desarrollaron en la Argentina e impulsaron un proceso muy importante que dejó escuelas y dejó estudiantes. Pero, claro, la ciencia es vulnerable. Aparecen gobiernos que actúan como un elefante en un bazar y, de un manotazo, rompen todo. Y luego hay que juntar los pedazos con cucharita.



EL DIA EN QUE CASI MURIO. En 1993 estalló la noticia: César Milstein, de paseo por el sur de Chile, sufrió un infarto y debió ser internado. Hoy Milstein sigue "caminándose todo, incluso las montañas", tripula su bici por kilómetros y navega los grandes ríos europeos, como el Ródano, el Danubio o el Mosela. En los inviernos cruza frecuentemente los 90 kilómetros que lo separan de Londres para "ver buen teatro ".Le gusta cocinar y ama los buenos vinos.


En la Argentina hay mucho talento-sigue habiéndolo- y hay una cultura apropiada: la gente respeta el conocimiento. En muchos otros países no tienen ese respecto. Por ejemplo en Gran Bretaña la gente de la calle no tiene un alto respeto por el conocimiento.


Los graduados trabajan en la sala contigua a su despacho, donde las pipetas, los frascos y los microscopios forman uno de los mil laboratorios de este inmenso panal moderno de vidrio y metal que es el Laboratory of Molecular Biology, erigido en las afueras de esta ciudad porque es como un insulto contra la orgullosa arquitectura de los colleges de Cambridge. El laboratorio de Milstein está poblado principalmente por graduados españoles de 30 años a los que el argentino obliga a hablar en inglés. Mantiene una relación cordial con sus discípulos, y las charlas con ellos y con sus colegas mayores ocupan la mayor parte del trabajo cotidiano de este hombre de ojos pequeños y nariz prominente. A esta altura -dice-, trabajo poco con el microscopio o haciendo cálculos ".



¿Es optimista o pesimista con la ciencia en la Argentina?

Digamos que hoy el pesimismo está a otro nivel. Antes la gente tenía miedo por su propia vida, ahora ya no es así.

Los problemas son distintos. Yo creo que, pese a todo, hay un pequeño mejoramiento. La estabilidad económica de los últimos años tiene un efecto favorable, pero hay que dar una pequeña ayuda a la ciencia, buscar a los científicos de gran excelencia y darles un apoyo particular.



¿Y el control de la calidad de investigación?

Hay que convocar, como hacen los países del Primer Mundo, a un comité de científicos internacionales. Por ejemplo, las comisiones nombradas por la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos o la Royal Society de Inglaterra. Cuando esa gente me diga que Fulano, Mengana y Zultano no están haciendo un buen trabajo, entonces yo se lo voy a creer. Y si la calidad científica no es buena, no veo por qué hay que pagarle el sueldo a alguien



TEMAS DE INVESTIGACION

En general, en ciencia es muy difícil saber cuáles son los temas que se deben investigar. Esa es una lección que no aprenden los políticos, que quieren dirigir la ciencia. No se la puede dirigir porque no sabemos adónde va. Usted no puede decir "Yo quiero curar el cáncer, no me vengan con problemas de ADN, genes o conocimientos básicos". La respuesta es "Entonces, nunca va a curar el cáncer".



¿Y qué hay que hacer, esperar lo imprevisible?

No hay que buscar. Pero muy a menudo los grandes avances vinieron de manera absolutamente imprevista. Hay un ejemplo que uso mucho, y es el de la revolución de la biotecnología. ¿Cómo vino ese boom? Bueno, la base está en dos técnicas: por un lado , los anticuerpos monoclonales, que desarrollé, y en forma mucho más importante, la manipulación genética. Y esta , ¿cómo vino? Vino porque un señor estaba estudiando un fenómeno de bacterias que se llama restricción genética. Es un fenómeno totalmente esotérico que le importaba solo a los genetistas.



Un ministro hubiera dicho: "Estamos tirando la plata en esa investigación"

No solo un ministro. También opinaron así muchos científicos. Dijeron: "Bacterias, ya no le importan a nadie. Ya no queda nada por aprender del tema". Bueno, cuando se descubrió el fenómeno de las enzimas de restricción se comprendió que hacen posible la manipulación genética. Pero, ¿a quién le interesaban esas enzimas?. Y bien, un señor las puso juntas y dijo: "¡Eureka!, esto sirve para hacer proteínas nuevas". Y ni siquiera le valió el Premio Nobel. Tampoco se imaginó que su experimento valiera miles de millones. Y lo mismo pasó con los anticuerpos monoclonales. Hay millones de ejemplos que demuestran que grandes descubrimientos surgen de manera inesperada cuando se está buscando otra cosa.



¿Los anticuerpos monoclonales también dieron lugar a negocios grandes?

Dieron lugar a negocios de millones de dólares.



¿Y usted se hizo rico?

¡Nooo, para nada! La patente ni siquiera se sacó. La tendría que haber sacado la Medical Research y no lo hizo. Se dicen un montón de cosas: que yo no lo quise patentar...en fin, son todas historias.



¿O sea que usted se perdió el negocio del siglo?

No. Me perdí mil libras (1.600 dólares), que era lo máximo que me hubieran dado como un pago extra, porque soy empleado del Medical Research.




No hay una pizca de frustración en su comentario, y no deja de ser paradójico. Milstein es un viajero entre dos épocas: la de una generación que se extiende hasta los 60 y que otorga al conocimiento y a la vida intelectual un lugar decisivo, y la de este fin de siglo en el cual un investigador de las ciencias básicas está perfectamente al tanto del alucinante mundo de negocios que acecha en torno de su laboratorio y, no obstante, el dato apenas arranca algún comentario irónico.



¿Los anticuerpos monoclonales, que usted desarrolló, produjeron una revolución en la lectura de las células?

Y... ahora se pueden leer células que antes no se leían. Antes era como mirar un texto sin saber leer: todas las letras parecían iguales.



¿Guardan muchos misterios para usted?

Sí. En particular, el sistema inmunitario tiene una gran belleza. Es extraordinario. Uno siempre descubre un misterio. Trata de resolverlo y cuando tiene toda la solución del problema, empieza todo de nuevo. Es fascinante.



Parece una suerte de detective de las células; les sigue la pista, imagina que van en una dirección y, de pronto, lo sorprenden y toman para otro lado.

No. Usted descubre el curso de acción. Pero entonces se da cuenta de que ese curso no estaba determinado por lo que usted creía. Es como un asesino que va y mata a alguien. ¿Quién es el asesino? Usted lo descubre, pero se encuentra con una personalidad de lo más extraña. Y dice: "¿Por qué lo mató?". Ahora le interesa por qué lo mató. Y la historia es interminable.



A la vez, usted dirige y controla ese misterio. ¿No es como un Dios en el laboratorio?

No...bueno,yo tengo que inventar un sistema paralelo que veo en la naturaleza. Y sale una pregunta interesante: ¿puedo hacer yo un anticuerpo sin un animal? Esa es una de las últimas preguntas. Y sí, efectivamente lo estamos haciendo.



Es muy difícil imaginarlo lejos de esta ciudad de las maravillas: Me cuesta trabajo desenchufarme del laboratorio. Cuando vuelvo a casa, cocino-si no lo hago yo, no se come-, después emprendo una caminata solitaria, escucho las noticias y recién una hora antes de dormirme me olvido del laboratorio.



¿De quién heredó la pasión por las ciencias?

Surgió de una manera muy extraña, lo recuerdo perfectamente. Mi madre tenía muchas, hermanas y una de las mayores tenía dos hijas que me llevaban más de 10 años. Estas primas habían estudiado bioquímica y una trabajó en el Instituto Malbrán. Recuerdo que yo tenía 11 ó 12 años y mamá le preguntó a la mayor qué hacía. Y mi prima le contó que estaban produciendo vacunas, y describió cómo sacaban veneno a las serpientes para hacer suero antiofídico. Yo la escuché fascinado. La señora de Milstein tomó nota del asombro y terminó por dar el rumbo definitivo a la vida de su hijo: le compró el libro "Los cazadores de microbios", escrito por Paul De Kruiff y poblado de historias de grandes microbiólogos.

"Ese libro me dejó totalmente convencido de que era eso lo que yo quería hacer. Fue fantástico. Con el tiempo, encontré a muchos científicos que también habían leído el libro de De Kruiff cuando eran chicos y quedaron completamente deslumbrados".



Probablemente no había muchas otras cosas en la Bahía Blanca natal que pudieran capturar su atención. Cuando mucho, andar en bici con algunos amigos, que no eran muchos, y pasar horas en la biblioteca, que "era lo más lindo que tenía esa ciudad de viento y polvo". Milstein se recuerda como un chico y un adolescente solitario, que tampoco mantenía largas charlas con su madre o su padre. El padre, quien hasta su muerte, hace apenas dos años, fue un gran compañero del científico, era un judío emigrado de un pueblito de Ucrania cuando tenía 13 años, que pasó por todas las estaciones de la pobreza: rebajó en la cosecha, cargó bolsas y cambió mil oficios hasta que recaló en el de carpintero. Más tarde, se casó con una maestra oriunda de Entre Ríos, fue empleado de una tienda y aprendió sobre el comercio porque sus planes eran ambiciosos: "Empezó a trabajar por su cuenta y progresó lo suficiente como para enviar a sus tres hijos a la Universidad. Mi hermano mayor era ingeniero civil. Y mi hermano menor es ingeniero industrial".



¿Es decir que estaba en los planes de su padre que usted fuera un científico?

No exactamente. Hay una linda historia de papá con el tema de perder el tiempo. Mientras trataba de obtener un título, él estaba encantado. Cuando me recibí de bioquímico, empecé a trabajar en un laboratorio de análisis clínicos. Ganaba muy bien y a papá le pareció macanudo. Yo estaba haciendo mi tesis de doctorado. Trabajaba como un descosido entre el laboratorio de análisis clínicos y el laboratorio de la Universidad. Papá lo advertía y me preguntaba cuando iba a instalar mi propio laboratorio y dejar de ser empleado.



¿Por qué no tuvo hijos?

Hubiera sido un problema. Es una cuestión de personalidad. Para mí, la vida científica es muy absorvente, me gusta demasiado. y hay una necesidad de sentirse libre para hacer lo que uno quiere. No sé, el de los hijos es otro experimento que no se ha hecho.



Van 31 inviernos en la isla y el viaje parece haber concluido. Gran Bretaña va tomando la forma de la Patria definitiva. Sin hijos, sin padres, apenas con un hermano sobreviviente que opta por visitarlo en Cambridge, Milstein se va quedando sin motivos para volver a la Argentina. Y sabe que, por lo menos, no volverá por un tiempo prolongado.



PARA QUÉ SIRVIÓ SU DESCUBRIMIENTO

La última novedad basada en los anticuerpos monoclonales que desarrolló el argentino es la aparición inminente de un tests de un ciclo menstrual de la mujer que podrá hacerse en la propia casa. Es un estudio mucho más preciso que aquellos basados en la temperatura corporal y mide el nivel de ciertas hormonas durante todo el período menstrual.

El gran hallazgo que le valió a Milstein el Premio Nobel fue el haber conseguido que dos células diferentes de ratón - una cancerígena y otra inmunológica- se fusionaran en el laboratorio en una sóla llamada Hibridoma, interminable productora de los anticuerpos monoclonales. Los anticuerpos pueden reconocer en la sangre y en otros medios una molécula extraña al sistema inmunológico.

Esta investigación tiene hoy una diversidad de aplicaciones en diagnósticos, en tratamientos, en la producción de vacunas y en campos de la industria y la biotecnología. Entre ellos:

el test de embarazo que hoy se realiza en la propia casa.
casi todos los reactivos empleados en los estudios de grupos sanguíneos para las transfuciones.
el tratamiento de enfermedades autoinmunes, como las vasculitis y las esclerosis múltiple, y otras.


CANCER: LOS AVANCES

En materia de cáncer,los avances han sido espectaculares. Desde luego que hay algunos tipos de cáncer en los que todavía no se han hecho progresos, pero hay logros fantásticos en otros. Hay problemas como la leucemia infantil y los tumores de mama en los cuales los porcentajes de curación -y hablo de curación total, no de sobrevida- son altísimos. Y, en general, un individuo, cuando se le descubre un tumor -cuanto más temprano se detcta, mejor- tiene buenas posibilidades de tratamiento. En los próximos años los avances van a ser cada vez más importantes y acelerados.

Un método, entre los basados en los anticuerpos monoclonales que desarrolló Milstein, gira en torno de la llamada "Bola mágica" que permite eliminar la célula cancerosa sin matar a las que están sanas. Una forma -dice el científico- puede ser un anticuerpo programado para detectar directamente a la célula tumoral y está cargado de radiactividad. Si uno aumenta la cantidad de radiactividad, no solo detecta la célula cancerosa sino que la mata. El problema es lograr que vaya exactamente allí y no afecte tanto al resto. Otra alternativa es usar una toxina. La célula cancerosa se come el iodo radiactivo y se muere. El problema es ser preciso y no esparcir el daño. Pero, por favor, advierta a los lectores que las preguntas sobre cáncer no me las dirijan a mí sino a los oncólogos.


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