Mensajes de texto, e-mails, foros, redes sociales y hasta videojuegos. La dependencia con los aparatos tecnológicos “funciona” las 24 horas del día. ¿La hiperconectividad puede generar una nueva adicción? Los especialistas responden.
• Ahora trabaja muchísimo más que años atrás, ya que está permanentemente conectado, las 24 horas, los siete días de la semana.
• Chequea sus e-mails cada veinte minutos; es lo último que hace antes de dormirse y lo primero al levantarse (no falta quien le pega un vistazo en medio de la madrugada).
• ¿Jugar al solitario con cartas verdaderas? ¿Qué es eso?
• Le envía correos al compañero de oficina que se sienta a su lado.
• ¡Tiene 337 amigos entre la red social y el chat!
• Al llegar a cualquier destino, se da cuenta de que olvidó el celular y es capaz de regresar hasta su hogar para buscarlo (¡qué sería de toda una jornada sin el móvil!).
• Averigua con preocupación si el lugar a donde se irá de vacaciones tiene zona Wi-Fi.
•Por último: no hace nada si no es a través de la tecnología. Esto se extiende desde comprar las entradas del cine hasta pagar la factura de la luz.
Con cuántos de estos ítems se sintió identificado? ¿Con uno, dos, cuatro? ¿¡Todos!? La disponibilidad inmediata de una fuente inagotable de información trajo aparejado, sin dudas, un sinfín de privilegios. Sin embargo, el uso permanente de los soportes tecnológicos puede generar un síndrome de dependencia a ellos. A tal punto que una investigación de una consultora especializada en el mercado de las telecomunicaciones reveló que cinco de cada diez argentinos prefieren restringir gastos en comida, viajes y vacaciones, antes de renunciar a Internet, la televisión por cable y los celulares. Según los expertos, la explicación de semejante fenómeno pasaría por la dificultad de recortar lo que se transformó en una necesidad cotidiana (sí, usted se está preguntando: “¿Más que comer?”. Y…).
“Estamos inmersos en una tecnocultura; en particular, los llamados ‘nativos digitales’”, define el psicólogo Sergio Balardini, del programa de estudios de juventud de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). “Los celulares, el correo electrónico, las redes sociales e, incluso, los videojuegos son herramientas que pueden pensarse como espacios de relación con los otros. Son ‘organizadores sociales’, lugares de encuentro ‘virtual’, que facilitan estar comunicados con terceros. En general, no creo que haya dependencia, sino uso, y, si se quiere, un exceso de dedicación que hace que otras actividades, tareas o responsabilidades queden subordinadas”.
El Facebook es un caso paradigmático.
Según la Asociación GSM (Sistema Global para las Comunicaciones Móviles) del Reino Unido, los usuarios navegan veinticuatro minutos diarios desde su teléfono, lo que les posibilita seguir a cada instante lo que hacen y dejan de hacer sus contactos. De hecho, existen alrededor de quinientos grupos que se autodenominan “adictos al Facebook”. “Este tipo de redes sociales es extremadamente atractivo por su capacidad de mostrar las vidas ajenas y hacer circular dichos, imágenes e ideas”, opina el psicólogo Roberto Balaguer Prestes, especialista en tecnologías de la información y las comunicaciones y autor de los libros Internet: un nuevo espacio psicosocial y La Generación de la Pant@lla: un desafío a la educación. “La fascinación se va intensificando en la medida en que el usuario alcanza una masa crítica de amigos y se acostumbra a recibir respuestas cada vez más rápido. Aquí aparecen el sentido de pertenencia, la integración social y la mera diversión brindada por la socialización de encuentro, reencuentro y también de conquista. La Red permite ampliar el capital social digital y ofrece, como nunca antes y a través del intercambio de contenidos, oportunidades de destaque y liderazgo”.
Desde antes del auge de las puntocom y después de la masificación del uso de Internet, Balaguer Prestes observó situaciones clínicas de adicción a la Red y a otras tecnologías. “El concepto de ‘adicto a Internet’ es controvertido, ya que algunos profesionales piensan que es una denominación válida, mientras otros afirman que no se puede hablar de ello”, aclara Balaguer Prestes. “De hecho, aún no aparece en el manual DSM-IV de la Academia
Americana de Psiquiatría, que es la que pauta los criterios diagnósticos del mundo occidental. ‘Internet addiction disorder’ fue el primer término propuesto por el Dr. Ivan Goldberg (1995) para referirse en broma –al menos, en primera instancia– al uso compulsivo de Internet. Una serie de síntomas que aparecían en la abstinencia del uso de la Red llevó a pensar que ocurría lo mismo que con las toxicomanías. Por eso, se define como ‘adicto a los aparatos tecnológicos’ a aquel sujeto cuya vida gira en torno a su conexión con ellos. Hablamos de una hiperconectividad que deja en segundo plano la vida material”.
Tal vez, los adolescentes sean el prototipo de sujeto que se rinde a los pies de los adelantos de la ciencia. Para la consultora Ignis, de los casi diez millones de usuarios argentinos de redes sociales y blogs, la mitad corresponde a chicos de entre 12 y 18 años. Otros datos señalan que nueve de cada diez adolescentes tiene celular. “La tecnología hizo que el tiempo haya sufrido una especie de aceleramiento y globalización. Vivimos pendientes de las utilidades que nos brindan los aparatos tecnológicos. ¿Quiénes les sacan mayor provecho? Por definición, los adolescentes, ya que tienen una enorme necesidad de comunicación, aunque siempre la tuvieron. ¿O ya no recordamos cuando, apenas llegaban a casa, llamaban por teléfono al compañero del colegio que habían visto hacía una hora?”, plantea Susana Finquelievich, investigadora del CONICET.
Hiperconectividad
Ymedia y la Universidad Carlos III de Madrid entrevistaron a los universitarios españoles y se encontraron con que la mayoría de ellos consideraban a Internet como una necesidad diaria. “Existen personas que tienen serias dificultades para vivir si no están enganchadas a la Red. Cuando los lazos familiares, el trabajo o la situación económica comienzan a resentirse debido a que la conexión pasa a ser el único interés, generalmente es un tercero quien denuncia una situación de adicción que se tornó intolerable”, explica Balaguer Prestes.
La hiperconectividad tiene dos aristas. Por un lado, lo que se busca: desde la continuidad de la vida material hasta un escapismo hacia una “segunda vida”, proveedora de satisfacciones suplementarias a las ofrecidas por la vida real. Por el otro lado, sus consecuencias a nivel vincular. Pero por muy negro que parezca el panorama en cuanto a las relaciones interpersonales, los especialistas coinciden en que lejos se está de vivir un “autismo siglo XXI”. Y que las relaciones cara a cara se complementan con las relaciones online, ya que el grado de profundidad no depende del medio, sino de la propia personalidad. “No creo que haya quienes se comuniquen sólo a través de la tecnología –aporta Balardini–. De todos modos, hasta hace muy poco, cuando aún no había Internet, buena parte de las comunicaciones humanas se realizaban por teléfono y fax. Es decir, aparatos tecnológicos. Hay que recordar que, tras la invención del teléfono, muchos decretaban que sería el fin de la comunicación cara a cara. No sólo no fue así, sino que el teléfono resultó fundamental para el mundo social y productivo. Por supuesto, no todos tenían teléfono, como hoy no todos tienen acceso a Internet. Las diferencias sociales no desaparecen con la tecnología. Y la vida social tampoco”.
Ante la postura de que los lazos generados a través de la tecnología resultan más “volátiles”, Finquelievich responde que, por el contrario, se fortalecieron (aun entre gente que ya se conocía). “Con la llegada del e-mail, se encara otro tipo de relación con un amigo. No creo que se destinen menos horas a la conexión física por la vinculación virtual. Yo vivo conectada, pero eso no me hace ver menos a mis afectos. Para el sociólogo español Manuel Castells, es falsa la aparente ‘desconexión’. Para él, a mayor capital social, mayor comunicación, tanto presencial, como en Red”, destaca la especialista.
De políticos, de pros y de contras
Otros “seres de última generación” son aquellos que deben tomar decisiones a cada momento y necesitan de esa información que cambia segundo a segundo. Los políticos son un gran botón de muestra. En Estados Unidos, por ejemplo, Barack Obama considera una herramienta fundamental a la tecnología en Red. Tiene su propio blog, brinda conferencias virtuales (donde los cibernautas le envían preguntas) y las actividades de su gobierno pueden seguirse en directo por Facebook, MySpace y Twitter. Los dirigentes argentinos tomaron nota de esto y algunos ya copiaron la iniciativa (desde Alfredo De Angeli y Julio Cobos hasta Mauricio Macri, Cristina Fernández de Kirchner y Francisco De Narváez).
“Con la tecnología, siempre se gana”, defiende Finquelievich. “Tiene ventajas en todos los niveles. Es un instrumento que logra una socialización más profunda y concede el intercambio de ideas y conceptos, que, a veces, no se dan a primera vista”.
Otras de las ventajas, bajo la lupa de Balardini, son su potencial productivo, el facilitar la acción colaborativa, el pasar de ser meros consumidores a ser productores de contenidos y el de acceder fácilmente a una información amplia, plural y actualizada (previo chequeo, validación, contrastación y contextualización).
No obstante, Balaguer Prestes advierte que “perder de vista el mundo afectivo es el principal riesgo en la comunicación tecnológica. La ilusión de descubrir ‘mejor gente’ en el mundo virtual, a la larga, se derrumba. La gente es gente en todos los entornos, lo que cambia es el soporte de la comunicación”. En la misma línea, Balardini concluye: “Hay que tratar de no creer que la tecnología tiene la capacidad de cambiar la vida y de generar, por sí misma, una sociedad mejor”.
Neofilia
Existe un subgrupo de personas que son fanáticas de la última novedad en el mercado. Lo más llamativo es que son individuos que, en algunos casos, o no saben hacer uso de ese adelanto o, al cabo de un tiempo, lo dejan arrumbado en algún rincón de la habitación. “Se trata de un tema de identidad al sentir que cuentan con esos aparatos. Por eso es que no es importante el uso en sí, sino su posesión. La posesión garantiza poder y alcance, una suerte de complemento de la identidad y una expansión de los alcances que se viven a través de la tecnología”, explica el psicólogo Roberto Balaguer Prestes.
“El término neofilia describe la afición a lo nuevo; es decir, la búsqueda permanente de la novedad como algo valioso, mas allá de las propias virtudes que pueda tener eso nuevo. Es el consumo de lo inédito a rajatabla, por el mero hecho de representar un cambio. A esta generación, algunos autores la llamaron (en inglés) trysumers, una mezcla de probadores con consumidores”. El psicólogo Sergio Balardini coincide con Balaguer Prestes y agrega que, en la sociedad consumista en la que vivimos, donde los valores de consumo y mercado son altamente apreciados y promocionados, poseer lo último que aparece en el mercado, resulta, para quienes pueden hacerlo, una medida de valoración social.
• Ahora trabaja muchísimo más que años atrás, ya que está permanentemente conectado, las 24 horas, los siete días de la semana.
• Chequea sus e-mails cada veinte minutos; es lo último que hace antes de dormirse y lo primero al levantarse (no falta quien le pega un vistazo en medio de la madrugada).
• ¿Jugar al solitario con cartas verdaderas? ¿Qué es eso?
• Le envía correos al compañero de oficina que se sienta a su lado.
• ¡Tiene 337 amigos entre la red social y el chat!
• Al llegar a cualquier destino, se da cuenta de que olvidó el celular y es capaz de regresar hasta su hogar para buscarlo (¡qué sería de toda una jornada sin el móvil!).
• Averigua con preocupación si el lugar a donde se irá de vacaciones tiene zona Wi-Fi.
•Por último: no hace nada si no es a través de la tecnología. Esto se extiende desde comprar las entradas del cine hasta pagar la factura de la luz.
Con cuántos de estos ítems se sintió identificado? ¿Con uno, dos, cuatro? ¿¡Todos!? La disponibilidad inmediata de una fuente inagotable de información trajo aparejado, sin dudas, un sinfín de privilegios. Sin embargo, el uso permanente de los soportes tecnológicos puede generar un síndrome de dependencia a ellos. A tal punto que una investigación de una consultora especializada en el mercado de las telecomunicaciones reveló que cinco de cada diez argentinos prefieren restringir gastos en comida, viajes y vacaciones, antes de renunciar a Internet, la televisión por cable y los celulares. Según los expertos, la explicación de semejante fenómeno pasaría por la dificultad de recortar lo que se transformó en una necesidad cotidiana (sí, usted se está preguntando: “¿Más que comer?”. Y…).
“Estamos inmersos en una tecnocultura; en particular, los llamados ‘nativos digitales’”, define el psicólogo Sergio Balardini, del programa de estudios de juventud de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). “Los celulares, el correo electrónico, las redes sociales e, incluso, los videojuegos son herramientas que pueden pensarse como espacios de relación con los otros. Son ‘organizadores sociales’, lugares de encuentro ‘virtual’, que facilitan estar comunicados con terceros. En general, no creo que haya dependencia, sino uso, y, si se quiere, un exceso de dedicación que hace que otras actividades, tareas o responsabilidades queden subordinadas”.
El Facebook es un caso paradigmático.
Según la Asociación GSM (Sistema Global para las Comunicaciones Móviles) del Reino Unido, los usuarios navegan veinticuatro minutos diarios desde su teléfono, lo que les posibilita seguir a cada instante lo que hacen y dejan de hacer sus contactos. De hecho, existen alrededor de quinientos grupos que se autodenominan “adictos al Facebook”. “Este tipo de redes sociales es extremadamente atractivo por su capacidad de mostrar las vidas ajenas y hacer circular dichos, imágenes e ideas”, opina el psicólogo Roberto Balaguer Prestes, especialista en tecnologías de la información y las comunicaciones y autor de los libros Internet: un nuevo espacio psicosocial y La Generación de la Pant@lla: un desafío a la educación. “La fascinación se va intensificando en la medida en que el usuario alcanza una masa crítica de amigos y se acostumbra a recibir respuestas cada vez más rápido. Aquí aparecen el sentido de pertenencia, la integración social y la mera diversión brindada por la socialización de encuentro, reencuentro y también de conquista. La Red permite ampliar el capital social digital y ofrece, como nunca antes y a través del intercambio de contenidos, oportunidades de destaque y liderazgo”.
Desde antes del auge de las puntocom y después de la masificación del uso de Internet, Balaguer Prestes observó situaciones clínicas de adicción a la Red y a otras tecnologías. “El concepto de ‘adicto a Internet’ es controvertido, ya que algunos profesionales piensan que es una denominación válida, mientras otros afirman que no se puede hablar de ello”, aclara Balaguer Prestes. “De hecho, aún no aparece en el manual DSM-IV de la Academia
Americana de Psiquiatría, que es la que pauta los criterios diagnósticos del mundo occidental. ‘Internet addiction disorder’ fue el primer término propuesto por el Dr. Ivan Goldberg (1995) para referirse en broma –al menos, en primera instancia– al uso compulsivo de Internet. Una serie de síntomas que aparecían en la abstinencia del uso de la Red llevó a pensar que ocurría lo mismo que con las toxicomanías. Por eso, se define como ‘adicto a los aparatos tecnológicos’ a aquel sujeto cuya vida gira en torno a su conexión con ellos. Hablamos de una hiperconectividad que deja en segundo plano la vida material”.
Tal vez, los adolescentes sean el prototipo de sujeto que se rinde a los pies de los adelantos de la ciencia. Para la consultora Ignis, de los casi diez millones de usuarios argentinos de redes sociales y blogs, la mitad corresponde a chicos de entre 12 y 18 años. Otros datos señalan que nueve de cada diez adolescentes tiene celular. “La tecnología hizo que el tiempo haya sufrido una especie de aceleramiento y globalización. Vivimos pendientes de las utilidades que nos brindan los aparatos tecnológicos. ¿Quiénes les sacan mayor provecho? Por definición, los adolescentes, ya que tienen una enorme necesidad de comunicación, aunque siempre la tuvieron. ¿O ya no recordamos cuando, apenas llegaban a casa, llamaban por teléfono al compañero del colegio que habían visto hacía una hora?”, plantea Susana Finquelievich, investigadora del CONICET.
Hiperconectividad
Ymedia y la Universidad Carlos III de Madrid entrevistaron a los universitarios españoles y se encontraron con que la mayoría de ellos consideraban a Internet como una necesidad diaria. “Existen personas que tienen serias dificultades para vivir si no están enganchadas a la Red. Cuando los lazos familiares, el trabajo o la situación económica comienzan a resentirse debido a que la conexión pasa a ser el único interés, generalmente es un tercero quien denuncia una situación de adicción que se tornó intolerable”, explica Balaguer Prestes.
La hiperconectividad tiene dos aristas. Por un lado, lo que se busca: desde la continuidad de la vida material hasta un escapismo hacia una “segunda vida”, proveedora de satisfacciones suplementarias a las ofrecidas por la vida real. Por el otro lado, sus consecuencias a nivel vincular. Pero por muy negro que parezca el panorama en cuanto a las relaciones interpersonales, los especialistas coinciden en que lejos se está de vivir un “autismo siglo XXI”. Y que las relaciones cara a cara se complementan con las relaciones online, ya que el grado de profundidad no depende del medio, sino de la propia personalidad. “No creo que haya quienes se comuniquen sólo a través de la tecnología –aporta Balardini–. De todos modos, hasta hace muy poco, cuando aún no había Internet, buena parte de las comunicaciones humanas se realizaban por teléfono y fax. Es decir, aparatos tecnológicos. Hay que recordar que, tras la invención del teléfono, muchos decretaban que sería el fin de la comunicación cara a cara. No sólo no fue así, sino que el teléfono resultó fundamental para el mundo social y productivo. Por supuesto, no todos tenían teléfono, como hoy no todos tienen acceso a Internet. Las diferencias sociales no desaparecen con la tecnología. Y la vida social tampoco”.
Ante la postura de que los lazos generados a través de la tecnología resultan más “volátiles”, Finquelievich responde que, por el contrario, se fortalecieron (aun entre gente que ya se conocía). “Con la llegada del e-mail, se encara otro tipo de relación con un amigo. No creo que se destinen menos horas a la conexión física por la vinculación virtual. Yo vivo conectada, pero eso no me hace ver menos a mis afectos. Para el sociólogo español Manuel Castells, es falsa la aparente ‘desconexión’. Para él, a mayor capital social, mayor comunicación, tanto presencial, como en Red”, destaca la especialista.
De políticos, de pros y de contras
Otros “seres de última generación” son aquellos que deben tomar decisiones a cada momento y necesitan de esa información que cambia segundo a segundo. Los políticos son un gran botón de muestra. En Estados Unidos, por ejemplo, Barack Obama considera una herramienta fundamental a la tecnología en Red. Tiene su propio blog, brinda conferencias virtuales (donde los cibernautas le envían preguntas) y las actividades de su gobierno pueden seguirse en directo por Facebook, MySpace y Twitter. Los dirigentes argentinos tomaron nota de esto y algunos ya copiaron la iniciativa (desde Alfredo De Angeli y Julio Cobos hasta Mauricio Macri, Cristina Fernández de Kirchner y Francisco De Narváez).
“Con la tecnología, siempre se gana”, defiende Finquelievich. “Tiene ventajas en todos los niveles. Es un instrumento que logra una socialización más profunda y concede el intercambio de ideas y conceptos, que, a veces, no se dan a primera vista”.
Otras de las ventajas, bajo la lupa de Balardini, son su potencial productivo, el facilitar la acción colaborativa, el pasar de ser meros consumidores a ser productores de contenidos y el de acceder fácilmente a una información amplia, plural y actualizada (previo chequeo, validación, contrastación y contextualización).
No obstante, Balaguer Prestes advierte que “perder de vista el mundo afectivo es el principal riesgo en la comunicación tecnológica. La ilusión de descubrir ‘mejor gente’ en el mundo virtual, a la larga, se derrumba. La gente es gente en todos los entornos, lo que cambia es el soporte de la comunicación”. En la misma línea, Balardini concluye: “Hay que tratar de no creer que la tecnología tiene la capacidad de cambiar la vida y de generar, por sí misma, una sociedad mejor”.
Neofilia
Existe un subgrupo de personas que son fanáticas de la última novedad en el mercado. Lo más llamativo es que son individuos que, en algunos casos, o no saben hacer uso de ese adelanto o, al cabo de un tiempo, lo dejan arrumbado en algún rincón de la habitación. “Se trata de un tema de identidad al sentir que cuentan con esos aparatos. Por eso es que no es importante el uso en sí, sino su posesión. La posesión garantiza poder y alcance, una suerte de complemento de la identidad y una expansión de los alcances que se viven a través de la tecnología”, explica el psicólogo Roberto Balaguer Prestes.
“El término neofilia describe la afición a lo nuevo; es decir, la búsqueda permanente de la novedad como algo valioso, mas allá de las propias virtudes que pueda tener eso nuevo. Es el consumo de lo inédito a rajatabla, por el mero hecho de representar un cambio. A esta generación, algunos autores la llamaron (en inglés) trysumers, una mezcla de probadores con consumidores”. El psicólogo Sergio Balardini coincide con Balaguer Prestes y agrega que, en la sociedad consumista en la que vivimos, donde los valores de consumo y mercado son altamente apreciados y promocionados, poseer lo último que aparece en el mercado, resulta, para quienes pueden hacerlo, una medida de valoración social.