InicioInfoYo quiero un e-book


Ultimamente se habla muchísimo de los libros electrónicos. Amazon acaba de sacar una nueva versión de su Kindle, varias marcas anuncian el próximo lanzamiento de sus aparatos y Google hace olas al emprender la digitalización de todos los libros del mundo.

La mayoría del público, sin embargo, parece más bien reacia ante la idea de leer libros en soporte electrónico. Añora antes de haberlo perdido el tacto del objeto libro, y se pregunta angustiada por el destino de los derechos de autor.

Yo, al contrario, estoy saltando en una pata. Pienso en todo lo que me gustaría hacer y que este sistema volvería posible.



Permítanme antes que nada dejar en claro esto: no creo ni por un segundo que se vaya a extinguir el libro de papel. En cambio, que se reduzca un poco no me parece ningún mal, hay un derroche tremendo de papel y transporte en el estado actual de las cosas, y eso no sólo es malo para el medio ambiente, sino para el precio de los mismos libros, ya que tiene que absorber el costo de todos esos ejemplares no vendidos (que es más o menos la mitad de los fabricados, millones por año en cada país).

Yo imagino una situación donde los libreros, a partir de la versión electrónica, manden a imprimir en una imprenta cercana una cantidad de libros en función de sus estimaciones de venta y de los pedidos de sus clientes. La inversión podría ser asumida o compartida por los editores, como es el caso actualmente. ¿Quién los compraría? Los que no tienen lector electrónico, y los que saben que les gusta mucho el libro y lo quieren tener en su biblioteca, quiero decir en esos estantes sin los cuales un salón no es realmente un salón.

En cuanto a los derechos de autor, la cuestión es altamente compleja. Nadie quiere que los escritores se vean privados de ingresos. Pero hay que tomar en cuenta una cosa: en la situación actual, de hecho, los derechos de autor no son casi nada. Los escritores se ganan la vida entre clases, talleres, artículos, conferencias, concursos y becas. Para un escritor desconocido, los derechos de autor son prácticamente inexistentes; en cambio, si se hace más conocido tendrá más chances de conseguir plata por estas otras fuentes. ¿Y qué mejor manera de hacerse conocido que poder difundir su obra sin obstáculos de disponibilidad y precio?



Por lo demás, se pueden imaginar varias posibilidades de retribución a los autores a través de internet. Lo más evidente son las descargas pagas, como existen ahora en las librerías electrónicas que están empezando a surgir. Los editores podrían ofrecer cada uno un servicio de descarga, y quienquiera que sea podría incluso elegir auto-editarse ofreciendo descargas desde su propio sitio web, a cambio de un precio fijo o donación libre. Se pueden imaginar suscripciones para un número determinado de libros por mes, y promociones para descubrir libros de poesía o autores nuevos. Los libros antiguos que son de dominio público ya se difunden legalmente de forma gratuita, eso deja a los lectores su presupuesto intacto para los libros nuevos. Gracias a la economía en material e intermediarios, el porcentaje reservado al autor podría ser mucho más alto, y al mismo tiempo los precios más bajos podrían aumentar el número de lectores. En suma, los autores bien podrían encontrarse mejor pagados gracias a la tecnología electrónica.

¿Pero qué impedirá, me preguntarán, que la gente se descargue gratuitamente los libros de sitios piratas? Mi conjetura es la siguiente: lo harán. Pero no todos. Hay gente, como yo, que tiene una conciencia y que no tiene ganas de hacer eso. Y hay gente, también como yo, que ama la belleza y la tranquilidad, y que prefiere mil veces pagar por usar un sitio lindo, claro, bien puesto, donde lo que te entregan es el texto verdadero con su título y autor bien escritos y con un back up en línea, y donde no temes acabar con un virus de regalo. ¿Por qué el iTunes Music Store tiene clientes? Porque es incomparablemente más eficaz que LimeWire. Y tendría muchos más si estuviera en todos los países y si se hubiera instalado en el mercado antes de que los piratas lo dominaran. Alberto Fuguet acaba de lanzar un sitio de difusión gratuita y legal de películas, Cinépata, que me parece el ejemplo mismo de la forma inteligente de afrontar las nuevas tecnologías. Es decir: apropiándose del medio, con tal calidad que nadie puede soñar con hacerle competencia. El sitio es una perfección de funcionalidad y estética; todavía las películas que hay no son gran cosa, pero el espacio queda hecho. Si yo fuera cineasta, le rogaría a Fuguet para que me colgara mi película ahí.

Hablando esta vez desde mi perspectiva de lectora, la posibilidad que más me entusiasma es la de acabar con las distancias. Imagínense: soy francesa, diplomada en literatura medieval, amante de ficción latinoamericana y non-fiction norteamericana. Vale decir que me la paso encargando libros a diversos rincones del mundo. Pero mucho menos de lo que me gustaría, porque el precio es terrible.

Entonces mi sueño, que no es sólo mío sino el de todos los expatriados y los bilingües y los curiosos de este mundo, es el siguiente: dondequiera que estemos nosotros y nuestra cuenta bancaria, poder bajarnos el texto que sea, y que no nos vengan con fronteras, con derechos reservados ni con formatos incompatibles.

Y ahí es donde ya tengo unas inquietudes. El Kindle, que por el momento sólo está disponible en Estados Unidos pero tiene ahí un éxito creciente, sólo puede comprar libros en Amazon, no en otras librerías. Bah, dirá alguien, si Amazon lo tiene todo. Pues no, cuestión de principios, yo no me meto en matrimonio cerrado ni con el librero perfecto.



De hecho en su corta existencia, ya está mostrando taras típicas del monopolio. Fíjense en su política de precios: los best-sellers a $9,99, y los otros fácilmente ascienden a $50 o $70, cuando no mucho más. Me pregunto: ¿qué es lo que pretende con eso? ¿Simplificar el mercado y que no hayan tantos títulos? Por lo demás, Amazon no lo tiene todo ni por broma, y todavía falta ver, cuando instale tiendas electrónicas en otros países, si va a tener un catálogo común para todas o selecciones locales cerradas.

El otro aparato que funciona en la actualidad es el Reader de Sony. Tengo amigos que lo usan en Francia y en Chile. Éste es abierto —a la paupérrima oferta que hay por ahora— pero hay que usar Windows. Así se supone que van a ser los que están por salir, como el Papyrus de Samsung, el eSlick de Foxit, el FLEPia de Fujitsu o el Readius. Entre los usuarios de Mac hay gran especulación acerca del iTablet o iSlate que Apple se trae en la manga. Diseñadores, ingenieros y potentados, escuchen esta plegaria. Desarrollen un formato que sirva para todos y no levanten trabas a propósito. Porque si de algo tiene que servir el vivir en este siglo, es para acceder a cualquier cosa con tal de que esté en línea. Porque dos cosas tengo presentes por dondequiera que me pasee: la ley moral dentro de mí y el satélite por encima.

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