Orlando Levy Corvalán * Estamos viviendo la última época de ese movimiento conocido como posmodernidad. Inmerso en la visión posmoderna, el hombre actual quiere plantearse el sentido de su existencia, y encuentra grandes dificultades. Por eso, uno de los elementos más importantes de nuestra actual condición es la crisis del sentido de la vida. En el ámbito típicamente científico, Paul Feyerabend había consagrado una fórmula: “Todo vale”. Y la posmodernidad, apropiándose de dicha norma, la extendió a todos los niveles, principalmente al ámbito moral. Si todo vale, entonces somos libres de hacer lo que queremos, sin ataduras de ninguna índole. A esto lo llamamos relativismo. Aceptamos en teoría que ciertos bienes son universales, por ejemplo la paz. Pero al mismo tiempo, contra esa aceptación unánime se alza frecuentemente el relativismo: culturas que tienen o tuvieron por buenos los sacrificios humanos, la esclavitud, la poligamia, etc. Para el relativismo no es correcto pretender buscar racionalmente el contenido objetivo, es decir válido para todos, de lo que es bueno. Se abre así –como dijimos- la puerta del “todo vale”, por donde siempre podrá entrar lo absurdo e irracional. Y basado en esa lógica inconsistente, el drogadicto al que se le pregunta “¿por qué te drogás?”, nos va a decir “¿y por qué no?”. Pensado como concepción subjetivista del bien, el relativismo hace imposible la ética. Tenemos que asumir que si la ética va a ser un criterio para distinguir entre el bien y el mal, entonces tiene que ser objetiva y una; no puede ser subjetiva y múltiple. El hombre, aunque muchas veces pueda ser culpable de hipocresía y engaño, es capaz, por su propia naturaleza, de conocer y comprender la verdad. Por eso no tenemos que desestimar que sea posible alcanzar un conocimiento objetivamente verdadero, que sin embargo no es una verdad absoluta, sino que en todo momento será algo que se puede perfeccionar y optimizar. Cuando los sostenedores del relativismo hablan en defensa de sus derechos, acostumbran a despegarse de su relativismo moral y condenan absolutamente la objetiva inmoralidad de aquel que pretenda causarle daño. Y si alguien les roba la billetera, o les da una trompada, lo más probable es que dejen de lado su relativismo y aseguren –sin ningún relativismo– que eso está muy mal, diga lo que diga quien quiera que sea (sobre todo si lo dice el ladrón o agresor correspondiente). Porque si la palabra dada no tiene importancia, o si no existen cosas tales como el bien y el mal, ¿cuál es la diferencia entre lo justo y lo injusto? El relativista confunde el deber de respetar a la persona que opina y su derecho a opinar con el deber de respetar toda opinión. Es cierto que todos tenemos el deber de respetar a los demás y también su derecho a opinar. Pero no tenemos por qué aceptar todas las opiniones, por el simple hecho de que no todas las opiniones son válidas. Y todavía más: nosotros tenemos el deber, si las circunstancias lo permiten, de refutar las opiniones falsas y perjudiciales. Por ejemplo, si un hombre opina que los maridos pueden golpear y maltratar a sus esposas, yo tengo el deber de respetar a ese individuo, pero al mismo tiempo tengo el deber de decirle que su opinión es totalmente falsa y dañina. Y si acudimos al plano de la ciencia, encontramos que el científico nunca es un relativista, no concibe que su opinión valga lo mismo que cualquier otra, y si es un científico honrado, está empeñado en someter su opinión al escrutinio de sus iguales y de contrastarlo con los datos experimentales que la ciencia dispone. Un buen científico está convencido de que su opinión es verdadera, que es la mejor verdad que pudo alcanzar, a veces con mucho esfuerzo. Sabe también que su opinión no agota la realidad, sino que casi siempre puede ser modificada y mejorada. El relativismo es probablemente una de las enfermedades más graves de la sociedad mundial en el momento presente y considerar la enfermedad como algo saludable es realmente el peor de los peligros. FUENTE: http://www.diarioepoca.com/notix/noticia.php?i=189065&edicion=2009-06-08 (* Profesor titular de Metafísica y de Gnoseología en la Facultad de Humanidades de la UNNE) El presente artículo forma parte del ciclo de publicaciones auspiciado por el Programa de Extensión del Doctorado en Filosofía de la UNNE
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