El kirchnerismo: ¿mitos o cambios reales?
El proyecto del tren bala es inadmisible. La polarización entre el “Gobierno” y el “campo” es tan falsa como la anunciada argentinización de YPF. El modelo económico favorece el desguace y la privatización. Es atendible el plan oficial para modificar la Ley de Radiodifusión que rige desde la dictadura.
Por Pino Solanas 10.05.2008
El actual modelo de país encabezado por la pareja Kirchner puede ser sostenido sólo sobre la base de la construcción de ciertos mitos. No pueden ser discutidos determinados avances que se han dado, pero tampoco podemos dejar de remarcar que los discursos acerca de la “ruptura neoliberal”, el “modelo de desarrollo inclusivo”, el “desendeudamiento”, la “reconstrucción del Estado”, entre otros, son mitos políticos, es decir, no existen como tales en la realidad.
Recientemente se abrió el debate sobre la comunicación en el país. Esto implica poner bajo la lupa el rol de las grandes empresas monopólicas que se benefician con la vigente Ley de Radiodifusión de la dictadura, que les permite controlar la información que circula en diferentes canales. Este esquema de control privado constituye un obstáculo para el verdadero ejercicio democrático. A pesar de las benéficas concesiones hechas por Kirchner al Grupo Clarín, resulta bienvenida la nueva iniciativa, siempre que la democratización sea real según los criterios del debate nacional.
Pero la supuesta intención de democratizar la comunicación se contradice con la decisión de imponer a la sociedad el proyecto del tren bala. A espaldas del pueblo argentino, y desoyendo las numerosas críticas provenientes de todo el espectro político, el gobierno nacional firmó el contrato para realizar el faraónico proyecto del tren de alta velocidad que recorrerá el tramo Buenos Aires-Rosario-Córdoba. Para la presidenta Cristina Fernández, la obra es un “salto a la modernidad”. Pero ¿quiénes darán ese “salto a la modernidad”? ¿Puede ser considerado “popular” un medio de transporte cuyo boleto será inaccesible para la mayoría de los argentinos y que lo pagarán con los subsidios del Estado aunque no viajen en él? ¿Qué tan “estratégica” es una obra que, elitista y antinacional, se llevará adelante emitiendo, sólo en el inicio, nueva deuda pública por 4.000 millones de dólares a 30 años con una tasa del 12% anual, y que implicará, sin mediación alguna, la importación de tecnología extranjera? Resulta inadmisible que no se haya convocado a un debate nacional sobre la crisis colosal del transporte argentino que, entre otros problemas, ocasiona más de 8.000 muertes al año en calles y rutas, y que no constituya una prioridad para el Gobierno la reconstrucción del ferrocarril nacional que tanto precisan millones de pasajeros y productores de la nación; más aún cuando con la mitad de lo que realmente costará el tren bala se podrían reconstruir todos los grandes ramales troncales de pasajeros a las ciudades más importantes del país, incluyendo equipos, locomotoras y vagones nuevos.
La decisión de reconstruir el tren podría ser incluso uno de los elementos que ayudaría a resolver la protesta de los pequeños y medianos productores rurales, que nuevamente han tomado estado de conflicto abierto. La falsa polarización del escenario político que se ha construido esquiva a un tercer protagonista que disputa la renta agraria y castiga permanentemente a los pequeños y medianos productores: los monopolios privados exportadores que fijan el precio de la producción y evitan así que las siempre útiles y necesarias retenciones afecten su rentabilidad. Son los Cargill, Dreyfus, Bunge & Born, Aceitera Gral. Deheza (del oficialista senador Roberto Urquía) y otros, que se apropian de un tercio de la renta agraria al imponer bajos precios a los productos, estafar al fisco, tercerizar las exportaciones y monopolizar la comercialización de insumos.
Pero los pequeños y medianos productores agrarios sufren también la carencia de gasoil para el período de cosecha mientras se siguen exportando crudo y naftas. Carencia que también se explica por la estructura de la matriz energética dependiente del petróleo y gas en un 85% y las características de su explotación y comercialización: un puñado de empresas multinacionales monopolizan toda la cadena del sector, con el agravante de que no invierten, depredan los recursos y son beneficiadas con jugosas renegociaciones que les ofrece el gobierno nacional.
Resulta irrisorio que en este marco se haya hecho creer a la ciudadanía que la reciente “argentinización” de nuestra histórica YPF, hoy en manos de Repsol, iba a revertir la tremenda caída de reservas energéticas sufrida en los últimos años. La “argentinización” consistió lisa y llanamente en una nueva “reprivatización”, como ocurre ahora con Aerolíneas Argentinas.
Un mito comparable es el “desendeudamiento”. La Argentina continúa endeudada muy por encima de su capacidad de repago. A menos de tres años de la megarreestructuración Kirchner-Lavagna-Nielsen, los argentinos debemos u$s200.000 millones y pagamos tasas de interés de más de 10%, niveles que teníamos en los momentos inmediatamente anteriores a la crisis de 2001. Estos datos explican que, en pleno conflicto con los productores rurales, el ahora ex ministro de Economía Martín Lousteau estuviera en Washington rogando por nuevos créditos del BID y el BM y que, sólo de intereses, este año pagaremos u$s15.000 millones.
Vivimos todavía un modelo de saqueo basado en privatizaciones, desguace estatal y libre mercado. Pero su piedra de toque fue la traición de la reforma constitucional de 1994, que traspasó el dominio del subsuelo a las provincias, quebrando la unidad de la Nación, la única que puede defenderse frente a la voracidad de los trusts multinacionales. Que el vicepresidente Cobos haya renegociado las 12 áreas petroleras mendocinas (la mitad de las cuales quedaron en manos del menemista Manzano), en forma similar a los nefastos contratos de Cerro Dragón, entregando los recursos del subsuelo por 40 años hasta su agotamiento, es una muestra clara del peligro que representa que los gobernadores dispongan individualmente del recurso de todos los argentinos.
Los recursos naturales, así como la producción agropecuaria, son las dos piernas con las que la Argentina caminó durante gran parte del siglo XX. La obtención de recursos a partir de ellos permitió el desarrollo y la industrialización del país: el plan siderúrgico nacional con Somisa, hoy privatizada con Techint, la construcción de las industrias hidrocarburífera, aeronáutica, ferroviaria y servicios como las aerolíneas y el transporte marítimo, etcétera.
En Ecuador, Venezuela y Bolivia se está planteando claramente la importancia de retomar para los pueblos, a través del Estado, el control de las inversiones que constituyen prioridades para una estrategia de desarrollo nacional; situación que no ocurre en nuestro país, donde las líneas de prioridad parten de escritorios privados y resultan en reprivatizaciones, subsidios al capital local e internacional más concentrado, aumentos tarifarios y proyectos como el del tren bala. Pero estas inversiones las podrá hacer el sector público sólo si podemos disponer de las rentas que genera la explotación de nuestros recursos naturales no renovables. Nuestro subsuelo cuenta con reservas de petróleo que pueden generar, si el barril de crudo en el mercado internacional alcanza los u$s200 estimados para fin de año por la OPEP, u$s41 mil millones anuales. Sumada a la renta minera, unos u$s10 mil millones (sin contar gran cantidad de proyectos no contemplados y no registrados) y la renta agropecuaria, cuya gran tajada se la quedan las cerealeras exportadoras, más los u$s50 mil millones de reservas del BCRA, estamos hablando de enormes sumas de dinero que quedan en su gran mayoría en manos privadas, cuando los datos actuales enseñan que la brecha de pobreza ha alcanzado niveles récord. Por ello hablamos de la reconstrucción del Estado en un agente eficiente y moderno que recupere esta renta y la reinvierta para beneficio del pueblo y la infraestructura técnica, científica e industrial del país.
Una reconstrucción del Estado que permita apropiarse de los recursos que permiten el desarrollo nacional es algo que están haciendo todos los países del mundo que entienden que estamos ante un escenario global donde, como dice la misma presidenta Fernández, alimentos y energías serán las claves del futuro. Pensar que los principales servicios e industrias pueden estar en manos privadas es no entender la forma en que la Argentina se inserta en el mundo y en el mercado mundial. La Argentina continúa siendo un país cuya función fundamental en la división internacional del trabajo sigue siendo la de provisión de recursos: en forma de capital a través del endeudamiento y en forma de materias primas, hoy la soja y los minerales, así como ayer el cuero, la lana y el trigo, maíz y carne.
Para todo esto se precisa fundamentalmente que el campo nacional, popular y democrático consiga vencer a sus principales enemigos: la desconfianza y la resignación. Unidos en un gran movimiento social, político y cultural, los argentinos podemos desandar estos mitos y rescatar todos nuestros recursos y de esta manera reconstruir la nación para felicidad de todos los argentinos.
http://www.criticadigital.com.ar/impresa/index.php?secc=nota&nid=4153
A continuación, Causa Sur, también idea de Pino.
Nuestra Causa Sur
» Por Fernando Pino Solanas
Frente a los comicios de junio, los argentinos enfrentamos una nueva parodia. Desde 1983, se hicieron más de 50 modificaciones a las leyes y disposiciones electorales en beneficio del que gobierna. Hoy, al robo de boletas y al travestismo político más degradante, le sumamos el adelantamiento de las elecciones de Macri y del gobierno nacional y la farsa de postular candidatos que no asumirán si resultan electos.
El alicaído oficialismo ya ha encontrado todos los límites imaginables para cambiar el modelo de saqueo que padecemos. ¿Qué fuerzas políticas y sociales nos sacarán de esta tramposa realidad? Todavía arrastramos una crisis estructural de un sistema político cooptado por el PJ y el panradicalismo (UCR-CC), que son cáscaras vacías de lo que fueron las causas originarias del radicalismo y el peronismo auténticos. Son estos esqueletos partidarios los que obstruyen el necesario debate de ideas, al reducir la construcción política a la repartija de negocios. Un ejemplo de ello es el PJ de los hermanos Gioja, cuyo poderoso lobby permite que la Barrick Gold dinamite nuestras montañas y glaciares, contamine con cianuro nuestras aguas y se lleve sin control público más de 60 metales valiosísimos, subsidiados por el Estado y sin obligación de entrar al país un solo dólar de lo exportado.
Es este bipartidismo el que destruyó la Argentina en los ’90 y ahora se presenta aggiornando sus máscaras. Por un lado, la interna del PJ, entre el kirchnerismo y el viejo duhaldismo que expresa la alianza Solá-De Narváez-Macri. Por otro, el Acuerdo Cívico y Social -donde confluyen la CC de Carrió, el Partido Socialista, la UCR y el vicepresidente opositor Cobos-, se muestra como la opción del cambio, reeditando la fallida Alianza de De la Rúa-Álvarez.
En la ciudad de Buenos Aires, el PJ kirchnerista lleva como candidato al banquero Heller, que dice apoyar al Gobierno para evitar que avance la derecha. En mayo de 2007, el progresismo se unió detrás del FpV para derrotar a Macri, mientras hacían votar la Ley Antiterrorista e impulsaban la prórroga de las concesiones petroleras de Menem por 30 años comenzando por Cerro Dragón. En tanto, la CC de Carrió lleva como primer candidato a uno de los encubridores del robo de los ahorros de miles de ciudadanos en 2001: Prat Gay –quien ya estuvo con Macri, Duhalde y Kirchner-, fue uno de los principales asesores de la Banca Morgan cuando vaciaban el país. ¿Qué opinión les merecerá esta candidatura a aristas y radicales honestos? ¿Qué pensarán los peronistas acerca de votar al banquero Heller, que vestido de progresista apoyaba el pago de deudas fraudulentas al Club de París? No escapa el empresario Macri, que dice proteger el espacio público pero saca a palazos con sus patotas de la UCEP a los vecinos que alientan proyectos comunitarios. Un empresario cuya riqueza familiar se hizo a costa de los subsidios y negocios espurios de la “patria contratista”.
Frente a esta parodia electoral, Proyecto Sur propone un proyecto transformador, sin encasillamientos ideológicos ni mezquindades, con los brazos abiertos aunque sin amontonamientos que pretendan construir falsas alianzas. Si nos ubicamos ya como tercera fuerza en Buenos Aires es porque proponemos COHERENCIA como un valor paradigmático y junto a ella, una ÉTICA PÚBLICA: la conciencia de que hacer negocio privados con bienes de la comunidad es un infamante delito y de que lo que es de todos debe ser cuidado y defendido por todos. Somos la expresión concreta de la UNIDAD de fuerzas –PSA, Proyecto Sur y Bs.As. para Todos-, juntas desde 2007, a los que se ha sumado Solidaridad e Igualdad, en torno a un PROYECTO emancipador, viable y creativo, para la Nación.
No venimos a prestar testimonio. Tenemos vocación de gobernar y creemos que se puede -como se pudo antes- transformar esta Argentina degradada e en una democracia con justicia, plena soberanía y protagonismo popular. En definitiva, para realizar nuestra causa sur.