JAVIER PORLEY ESTABA TRABAJANDO A LA HORA DE LOS ATENTADOS QUE DERRIBARON LAS TORRES
El uruguayo que bajó 85 pisos de las Gemelas cuenta su historia
En el piso 85 de una de las Torres Gemelas, a las 9:10 del 11 de setiembre, demoraba en bajar por café y eso lo salvó: no estar en el ascensor. Cuando el impacto, algunos dudaban. El se fue. Bajó la escalera sin abrir ninguna puerta: los que lo hicieron, desaparecieron. Al pie de las Torres se demoró mirando: le ordenaron que se fuera. Al momento, se derrumbaron. "Gracias a Dios", dice Javier Porley (31). Emigró este año, con su esposa e hija.
Viste como es. En Uruguay, trabajás, trabajás, y lo único que lográs es cansarte", bromea y no tanto Javier Porley. En abril de este año, abatido por la actualidad uruguaya, urgido por sus perspectivas económicas emigró. De Barros Blancos a Nueva Jersey.
"Me vine primero solo" cuenta, abrazando a su hija Abril, quien, a sus cinco años, no quiere separarse más de su padre.
"Allá vivía en el kilómetro veintidós y medio de la Ruta 8. Acá me vine a este lugar, Elizabeth, donde viven ya yo diría que hasta demasiados uruguayos", bromea. "Intento un mejor nivel de vida, un futuro mejor para mi hija".
Al principio, como tantos otros, Javier consiguió trabajos a través de la agencia. Le iba bien en estas "changas". Ganaba hasta seis dólares la hora. Un día estaba en el gimnasio, cuando otro uruguayo le abrió una posibilidad mejor.
Una empresa de construcción debía terminar unas reformas en el piso 85 de la Torre Gemela número 2. Un estudio de abogados, Harry Smith y Lloyd's, que ocupaba cuatro sectores en ese piso, estaba remodelando sus oficinas.
El trabajo era para todo este año y el contratista pagaba 18 dólares la hora, el triple de lo que venía ganando.
"A mí me vino bárbaro. Con otro uruguayo, Claudio, trabajábamos todo el día. Entrábamos a las cinco y media, seis de la mañana. Ordenábamos y recogíamos todo lo que los carpinteros, herreros, dejaban ahí. Acá trabaja así: cada especialista llega, hace su trabajo, deja todo tirado y se va. Nuestro trabajo era preparar y después juntar". Algunas noches terminaban tan tarde las horas extra que dormían en el obraje, tanto era el tiempo para volver a sus casas, más la caminata desde el tren. "Con los ahorros pude traer a mi hija y a Leticia, mi esposa, casi enseguida", se enorgullece
Alquiló una casa en Elizabeth. Bonita, típica de la costa este americana. Compró confort en abundancia, aunque no lujos. "Salvo la pecera que está en el living para criar iguanas", comparten el intento padre e hija, sonrientes, sobrevivientes. La vida soñada en Uruguay se hacía cierta. Incluidos los domingos, cuando la familia se iba a Nueva York, a conocer, pasear. Una de las metas era conocer "donde trabaja papá": las Torres.
Cumpleaños inolvidable
"El 9 de setiembre es el cumpleaños de mi esposa. Así que programamos todo para visitar las Gemelas. Conseguí un permiso especial para entrar el domingo, y allá nos fuimos".
Javier recuerda aquel día como estupendo. Madre e hija quedaron asombradas por los centenares de metros de altura, donde trabajaba Javier, desde donde se veía gran parte de la ciudad.
Cuando descendieron, Abril quería sacarse una foto, que la comparara con la altura de las Torres. Debieron darse maña para encuadrar con la cámara de bolsillo a la pequeña y las gigantes.
Dos días después, dejarían de serlo.
El 11 de setiembre, como todas las mañanas, Javier se tomó el tren que, a medida que ingresa a la isla de Manhattan, se convierte en subterráneo. Como cada día, descendió en la estación bajo las Torres.
El ascensor lo llevó al nivel 85, donde alejó el incipiente frío otoñal, y empezó a ordenar el trabajo. A las nueve pensó en bajar, como hacía siempre, a comprar café, algo que comer. No recuerda bien qué lo demoró. Lo que fuera, le salvó la vida: no se quedó en el ascensor.
"Estaba ahí, pensando en bajar por el café, cuando, de repente sentimos un ruido muy fuerte. No un estruendo: un ruido grande. A través de las ventanas veíamos volar miles de papeles. Y detrás fuego en la otra torre. Los compañeros pintores se miraron y no dudaron un segundo: ¡Vámonos!, gritaron".
Al salir, Javier se acordó cómo bromeaban siempre sobre qué hacer si pasaba algo a esa altura: ¿ascensor o escalera? Se acordó que se reían diciendo: "¿Te imaginás si tenemos que bajar por la escalera?". Los seis ascensores estaban funcionando normalmente... podían usarlos. Algo les dijo que ese era un camino equivocado. La escalera de incendios era muy angosta. Apenas cabían dos personas juntas. Pero ya se veía gente usándola. Empezaron a bajarla.
"¡Ahora sí que estamos jodidos!"
"Cuando llegamos al piso 47 o 48, cada vez más gente, pero con bastante orden, el otro avión le pegó a nuestra torre. El piso tembló, las paredes se rajaron. Se abrieron grietas: ahí nos apuramos todos. Era desesperante, pero debíamos bajar, seguir bajando. Ahí vino lo peor: la bajada se paró. Ya no bajábamos más. Estábamos apretados, aterrorizados, inmovilizados, sin poder seguir". Javier aún se agarra la cabeza, aunque sonríe, cuando recuerda ese, su peor momento.
"Ahora sí que estamos jodidos", se acuerda haberle dicho a Claudio, el otro uruguayo, al que por primera vez miraba desde el comienzo del descenso. "Cuando le vi la cara, me asusté más. Pensé cómo tendría yo la mía y me callé. Después, Claudio me decía que él también se asustó de mi cara". Pasaron segundos o minutos, no saben, aterrorizados.
Algunos, junto a las puertas que se abrían a los pisos, intentaban salvarse en esos pasillos. Quienes lo hicieron, murieron.
"De repente, cuando esperábamos cualquier cosa, la bajada arrancó otra vez. Para cuando llegamos al piso cuarto o tercero, encontramos bomberos y policías ayudando. ¡Pobres! Intentaban subir para ayudar a los demás".
Los dos uruguayos salieron a la calle y miraron hacia lo alto: ambas torres aún estaban ahí. Javier buscó un teléfono para avisar a su familia en New Jersey. Imposible comunicarse. Como no tenía monedas ni tarjeta, pidió un cobro revertido a Uruguay. Se lo dieron. Su familia en Barros Blancos supo bastante antes que su esposa en New Jersey que estaba a salvo.
La vida alerta otra vez
Javier y Claudio estaban aún a metros de las Torres. Miraban los intentos de rescates. Heridos graves eran sacados. Llegaban más socorristas. Gente llorando a gritos, desesperada.
Imprevistamente, cuando aún miraban el caos en que estaban, encuentran a uno de sus jefes del trabajo. El "Polaco", al que recuerdan por Richie, ¨nos preguntó que estábamos haciendo ahí. El buscaba al gerente, que jamás apareció. Nos alertó que nos fuéramos inmediatamente, que el conocía esos edificios y que nadie sabía qué podía pasar. Nos ordenó que no quería vernos ahí". Apenas empezaban a alejarse cuando la primera torre se desplomó. "Tembló el piso, tembló todo. Ahí sí que tembló", se estremece Javier apurando el paso del recuerdo. Después, "con los ojos como el dos de oro", volvieron a casa. "Doy gracias a Dios cada mañana cuando me levanto. ¿Volver a Uruguay? No, no vuelvo. Sigo laburando. Mientras no se complique por otra cosa, como la guerra bacteriológica, sigo acá. ¿Miedo? Más miedo tengo a seguir en Uruguay, al futuro de mi hija y mi esposa. A ese futuro sí le tengo miedo". *
http://www.larepublica.com.uy/comunidad/61331-el-uruguayo-que-bajo-85-pisos-de-las-gemelas-cuenta-su-historia
El uruguayo que bajó 85 pisos de las Gemelas cuenta su historia
En el piso 85 de una de las Torres Gemelas, a las 9:10 del 11 de setiembre, demoraba en bajar por café y eso lo salvó: no estar en el ascensor. Cuando el impacto, algunos dudaban. El se fue. Bajó la escalera sin abrir ninguna puerta: los que lo hicieron, desaparecieron. Al pie de las Torres se demoró mirando: le ordenaron que se fuera. Al momento, se derrumbaron. "Gracias a Dios", dice Javier Porley (31). Emigró este año, con su esposa e hija.
Viste como es. En Uruguay, trabajás, trabajás, y lo único que lográs es cansarte", bromea y no tanto Javier Porley. En abril de este año, abatido por la actualidad uruguaya, urgido por sus perspectivas económicas emigró. De Barros Blancos a Nueva Jersey.
"Me vine primero solo" cuenta, abrazando a su hija Abril, quien, a sus cinco años, no quiere separarse más de su padre.
"Allá vivía en el kilómetro veintidós y medio de la Ruta 8. Acá me vine a este lugar, Elizabeth, donde viven ya yo diría que hasta demasiados uruguayos", bromea. "Intento un mejor nivel de vida, un futuro mejor para mi hija".
Al principio, como tantos otros, Javier consiguió trabajos a través de la agencia. Le iba bien en estas "changas". Ganaba hasta seis dólares la hora. Un día estaba en el gimnasio, cuando otro uruguayo le abrió una posibilidad mejor.
Una empresa de construcción debía terminar unas reformas en el piso 85 de la Torre Gemela número 2. Un estudio de abogados, Harry Smith y Lloyd's, que ocupaba cuatro sectores en ese piso, estaba remodelando sus oficinas.
El trabajo era para todo este año y el contratista pagaba 18 dólares la hora, el triple de lo que venía ganando.
"A mí me vino bárbaro. Con otro uruguayo, Claudio, trabajábamos todo el día. Entrábamos a las cinco y media, seis de la mañana. Ordenábamos y recogíamos todo lo que los carpinteros, herreros, dejaban ahí. Acá trabaja así: cada especialista llega, hace su trabajo, deja todo tirado y se va. Nuestro trabajo era preparar y después juntar". Algunas noches terminaban tan tarde las horas extra que dormían en el obraje, tanto era el tiempo para volver a sus casas, más la caminata desde el tren. "Con los ahorros pude traer a mi hija y a Leticia, mi esposa, casi enseguida", se enorgullece
Alquiló una casa en Elizabeth. Bonita, típica de la costa este americana. Compró confort en abundancia, aunque no lujos. "Salvo la pecera que está en el living para criar iguanas", comparten el intento padre e hija, sonrientes, sobrevivientes. La vida soñada en Uruguay se hacía cierta. Incluidos los domingos, cuando la familia se iba a Nueva York, a conocer, pasear. Una de las metas era conocer "donde trabaja papá": las Torres.
Cumpleaños inolvidable
"El 9 de setiembre es el cumpleaños de mi esposa. Así que programamos todo para visitar las Gemelas. Conseguí un permiso especial para entrar el domingo, y allá nos fuimos".
Javier recuerda aquel día como estupendo. Madre e hija quedaron asombradas por los centenares de metros de altura, donde trabajaba Javier, desde donde se veía gran parte de la ciudad.
Cuando descendieron, Abril quería sacarse una foto, que la comparara con la altura de las Torres. Debieron darse maña para encuadrar con la cámara de bolsillo a la pequeña y las gigantes.
Dos días después, dejarían de serlo.
El 11 de setiembre, como todas las mañanas, Javier se tomó el tren que, a medida que ingresa a la isla de Manhattan, se convierte en subterráneo. Como cada día, descendió en la estación bajo las Torres.
El ascensor lo llevó al nivel 85, donde alejó el incipiente frío otoñal, y empezó a ordenar el trabajo. A las nueve pensó en bajar, como hacía siempre, a comprar café, algo que comer. No recuerda bien qué lo demoró. Lo que fuera, le salvó la vida: no se quedó en el ascensor.
"Estaba ahí, pensando en bajar por el café, cuando, de repente sentimos un ruido muy fuerte. No un estruendo: un ruido grande. A través de las ventanas veíamos volar miles de papeles. Y detrás fuego en la otra torre. Los compañeros pintores se miraron y no dudaron un segundo: ¡Vámonos!, gritaron".
Al salir, Javier se acordó cómo bromeaban siempre sobre qué hacer si pasaba algo a esa altura: ¿ascensor o escalera? Se acordó que se reían diciendo: "¿Te imaginás si tenemos que bajar por la escalera?". Los seis ascensores estaban funcionando normalmente... podían usarlos. Algo les dijo que ese era un camino equivocado. La escalera de incendios era muy angosta. Apenas cabían dos personas juntas. Pero ya se veía gente usándola. Empezaron a bajarla.
"¡Ahora sí que estamos jodidos!"
"Cuando llegamos al piso 47 o 48, cada vez más gente, pero con bastante orden, el otro avión le pegó a nuestra torre. El piso tembló, las paredes se rajaron. Se abrieron grietas: ahí nos apuramos todos. Era desesperante, pero debíamos bajar, seguir bajando. Ahí vino lo peor: la bajada se paró. Ya no bajábamos más. Estábamos apretados, aterrorizados, inmovilizados, sin poder seguir". Javier aún se agarra la cabeza, aunque sonríe, cuando recuerda ese, su peor momento.
"Ahora sí que estamos jodidos", se acuerda haberle dicho a Claudio, el otro uruguayo, al que por primera vez miraba desde el comienzo del descenso. "Cuando le vi la cara, me asusté más. Pensé cómo tendría yo la mía y me callé. Después, Claudio me decía que él también se asustó de mi cara". Pasaron segundos o minutos, no saben, aterrorizados.
Algunos, junto a las puertas que se abrían a los pisos, intentaban salvarse en esos pasillos. Quienes lo hicieron, murieron.
"De repente, cuando esperábamos cualquier cosa, la bajada arrancó otra vez. Para cuando llegamos al piso cuarto o tercero, encontramos bomberos y policías ayudando. ¡Pobres! Intentaban subir para ayudar a los demás".
Los dos uruguayos salieron a la calle y miraron hacia lo alto: ambas torres aún estaban ahí. Javier buscó un teléfono para avisar a su familia en New Jersey. Imposible comunicarse. Como no tenía monedas ni tarjeta, pidió un cobro revertido a Uruguay. Se lo dieron. Su familia en Barros Blancos supo bastante antes que su esposa en New Jersey que estaba a salvo.
La vida alerta otra vez
Javier y Claudio estaban aún a metros de las Torres. Miraban los intentos de rescates. Heridos graves eran sacados. Llegaban más socorristas. Gente llorando a gritos, desesperada.
Imprevistamente, cuando aún miraban el caos en que estaban, encuentran a uno de sus jefes del trabajo. El "Polaco", al que recuerdan por Richie, ¨nos preguntó que estábamos haciendo ahí. El buscaba al gerente, que jamás apareció. Nos alertó que nos fuéramos inmediatamente, que el conocía esos edificios y que nadie sabía qué podía pasar. Nos ordenó que no quería vernos ahí". Apenas empezaban a alejarse cuando la primera torre se desplomó. "Tembló el piso, tembló todo. Ahí sí que tembló", se estremece Javier apurando el paso del recuerdo. Después, "con los ojos como el dos de oro", volvieron a casa. "Doy gracias a Dios cada mañana cuando me levanto. ¿Volver a Uruguay? No, no vuelvo. Sigo laburando. Mientras no se complique por otra cosa, como la guerra bacteriológica, sigo acá. ¿Miedo? Más miedo tengo a seguir en Uruguay, al futuro de mi hija y mi esposa. A ese futuro sí le tengo miedo". *
http://www.larepublica.com.uy/comunidad/61331-el-uruguayo-que-bajo-85-pisos-de-las-gemelas-cuenta-su-historia