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Devoradores de futuros que no nos pertenecen (ecología)

Info2/9/2009
Registrate y eliminá la publicidad! El siguiente texto fue escrito por el Dr. Raúl Montenegro en 1993 en respuesta a una convocatoria del CISPREN. Montenegro es el fundador de la FUNAM (Fundación para la defensa del Ambiente) y docente de la Universidad Nacional de Córdoba. Recibió en 2004 un Premio Nobel Alternativo entregado por el parlamento de Suecia, convirtiéndose en el primer argentino en recibirlo. No encontré este texto en Internet así que lo transcribí del libro que cito al final. El texto es viejito, pero realmente vale la pena leerlo y ver cuanto NO han cambiado las cosas desde entonces. (Dr. Raúl Montenegro) La evolución reciente del hombre comenzó hace unos cuatro millones de años. Nuestra especie se conformó tal cual la conocemos hace 500.000 años. La primera revolución agrícola ocurrió hace 10.000 años. Durante todo este largo período crecieron moderadamente las poblaciones, en particular después de que se “inventaran” los cultivos, y las culturas se hicieron gradualmente más complicadas. Pero la primera revolución industrial quebró la historia. Mientras el origen del hombre actual se sitúa en África, en las tierras de Olduvai, los megacambios culturales y poblacionales se iniciaron en la Europa del siglo XVIII. Hasta ese momento, y con algunas excepciones lamentables, como la deforestación en la Europa de los siglos XI y XIII, lo que tomaban las sociedades de la naturaleza era reemplazado por esa misma naturaleza, y lo que el hombre devolvía como residuos no era demasiado tóxico. Aún éramos una humanidad digerible, pero con tendencias peligrosas. A la primera revolución industrial, marcada por las máquinas a vapor, le siguió la asociación de combustibles fósiles y motores a explosión para llegar, más recientemente, a la revolución informática. Se lanzó así una carrera despareja donde una parte de la humanidad accedía a “progresos” tecnológicos cada vez más sofisticados, y donde otra parte, mayoritaria, apenas sobrevivía al hambre, las enfermedades y la pobreza extrema. Mientras un ciudadano de Nueva York consume en promedio 270.000 kilocalorías por día en todo concepto (desde alimentos hasta transporte), un aldeano pobre del nordeste del Brasil o un “saheliano” de África apenas consumen 3.000 kilocalorías por día. Mientras hogares de la franja “privilegiada” se van llenando de computadoras personales, en las tierras resecas de Somalía tienen más chances de sobrevivir aquellos que manejan fusiles AK-47. Mientras algunos arquitectos trasnochadores diseñan edificios, puentes y pirámides de vidrio, los Yanomami del Amazonas mueren masacrados por buscadores de oro y malos funcionarios públicos. Este es el mosaico del siglo XX. Los 1.000 millones de habitantes más ricos del mundo consumen la mayoría de los recursos y generan la mayor cantidad de residuos. Los 1.000 millones de habitantes más pobres apenas sobreviven, y uno de cada diez de sus niños muere antes de los 5 años. El número de personas que padecen hambre crónica en todo el mundo aumentó de 460 millones en 1970 a 550 millones en 1990, y se prevé que alcance los 600-650 millones en el 2.000. La brecha continúa y se agrava. Tanto los menos que consumen escandalosamente, como los muchos que consumen poco contribuyen así, de distinto modo, a la crisis única del planeta. Los cambios negativos que sólo afectaban a localidades o regiones enteras se han transformado en problemas globales, como el cambio de clima, la desertificación o la merma en la capa estratosférica de ozono. El siglo XX muestra por lo tanto una Tierra social y ambiental despareja, con todos sus mecanismos de control casi desbordados. La esperanza ciega en la tecnología estalla cada tanto como la central nuclear de Chernobyl, y la cuna misma de la “civilización occidental” toma champagne mientras se apalean extranjeros en Berlín o se degüellan niños inocentes en Bosnia. El modelo iniciado en la Inglaterra del siglo XVIII prosigue frenético pero a elevados costos sociales, ecológicos y de futuro. Si hay algo que caracteriza a los últimos 50 años de este siglo es la creciente generalización de sus modelos de vida despilfarristas, poco sustentables y dañinos. Ya se trate de la ex-Unión Soviética, de los Estados Unidos o de Kenya, el modelo, a escala, se repite, copia y crece. Se cree erróneamente que la naturaleza es proveedora inagotable de bienes y que recibe mansamente todo tipo y cantidad de residuos. Las cifras de la realidad muestran que este modelo del use y descarte, tan falso como las botellas desechables, es efímero y perjudicial para la humanidad. La extracción excesiva está haciendo entrar en cortocircuito los ecosistemas. La basura atmosférica, dióxido de carbono más otros gases de invernadero, está cambiando drásticamente el clima de la Tierra. El modelo de progreso tradicional tiene una grave falla. Pero demasiada gente, atareada en perseguir dinero y prestigio, nuevos contratos y tarjetas de crédito, descuida su reparación. El agujero por lo tanto crece. Concluir que la suma de avances humanos neutraliza necesariamente sus efectos negativos es una falacia. Tal vez pueda ser parcialmente cierto para una parte de la humanidad. Tal vez. Pero la miseria, las guerras, el armamentismo, el tráfico de especies vivas y la generalización de la droga delatan esa falla. El discreto placer de las compras y de la publicidad nos han hecho olvidar, a nosotros, a esa “minoría” de 1.000 millones de seres humanos, que si el desarrollo no es sustentable el futuro está hipotecado. Muy tarde hemos aprendido (¿aprendido?) que ciertos avances crudos, como la energía nuclear o la ingeniería genética, desprovistos de contexto y de límites, son la más salvaje forma de retroceso. A siete años del siglo XXI seguimos sobreviviendo, unos más, otros menos. Los creadores de fantasías continúan imaginando puentes sobre el océano Atlántico, colonias terrestres en Marte y al Amazonas transformado en un gigantesco lago para turistas. Otros seres humanos, más realistas, miden con temor las señales de crisis aguda. Más grave aquí, menos grave allá. Pero grave en promedio e ineludible. Esta es la marca del siglo XXI. Cada segundo se agregan 3 nuevos seres humanos, 97 millones cada año. En China y la India hay 600 millones de bicicletas inofensivas, y en todo el mundo una cantidad similar de automóviles tóxicos. En los próximos 30 años se perderán de 15.000 a 50.000 especies vivas por año, esto es, de 40 a 50 especies por día. Lo trágico es que las sociedades humanas, para poder seguir viviendo, necesitaron y necesitarán de una organización ecológica mínima, con océanos más limpios, bosques más extensos y tierras protegidas, todos objetivos prolijamente ignorados en los últimos 50 años. Claro está que se están produciendo cambios importantes y ejemplos altamente satisfactorios de desarrollo sustentable en muchas poblaciones y regiones de la Tierra. La convención de Washington sobre tráfico de especies vivas y el Protocolo de Montreal para proteger la capa de ozono son buenos casos de avance. Pero la realidad grande, la realidad mayor, sólo muestra avances cosméticos. Una cosmética que disimula la explotación atroz del hombre por el hombre mismo, con millones de niños trabajando de sol a sol. Una explotación humana de la naturaleza y una destrucción inadmisible de futuros que no nos pertenecen. Este es el camino nada nuevo, nada original, que se seguirá transitando el 1 de enero del año 2.000. ¿Existen posibilidades de cambio? Teóricamente sí. Muchos de esos cambios, como los que se despliegan hoy para reducir el smog de la ciudad de Córdoba o la putrefacción del lago San Roque, serán el resultado de situaciones límite. Otros cambios serán el fruto de nuevos sistemas educativos y de nuevos líderes, menos ciegos y arcaicos que los actuales. Lo que no cambiará, lamentablemente, es el mosaico social y ambiental de la Tierra. Ningún indicio anuncia cambios drásticos. Muy por el contrario, es previsible un agravamiento de los conflictos por recursos cada vez más escasos, ya se trate de agua, suelo, techo o alimentos. Las armas se seguirán fabricando y usando, y los Chernobyl se multiplicarán. La Tierra se hará cada vez más pequeña en su viaje hacia los 10.500 millones de habitantes del año 2.110. Pero a medida que las crisis se escalonen, y crezca la conciencia de que algo funciona mal en lo alegres estilos de vida del siglo XX, las explosiones de esperanza y soluciones se multiplicarán. Las próximas batallas, las más feroces y decisivas, se librarán entre seres humanos de costumbres sencillas y seres humanos devoradores de riquezas, ecosistemas y futuro. Lamentablemente, hoy casi todos somos, de una u otra forma, parte activa de este grupo de devoradores. Pero no nos damos cuenta. Y esto es tremendamente importante. Algún día, por ahora lejano, las mayorías comprenderemos que la ignorancia es una de las tantas formas de sabiduría, y que unos minutos bajo el cielo azul y con la cara al viento valen más que mil años de compras en un Shopping center. Ese día habremos quebrado la historia. Fuentes: http://www.funam.org.ar/entregapremio.htm http://es.wikipedia.org/wiki/Raúl_Montenegro Texto extraído de: Dr. Montenegro, R. et al., (2006). Biología evolutiva, Argentina, Editorial Brujas, ISBN 987-43-3181-X (pág 290 a 293) Y recordá que:
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