InicioInfoRestos del terror
Registrate y eliminá la publicidad! El 11 de setiembre murieron 19 terroristas, casi todos estan identificados, pero, ¿que hay que hacer con los 10 kgs de sus fragmentos cadavericos? En los lúgubres e insomnes meses de excavaciones posteriores a los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, los patólogos forenses trabajaron día y noche para identificar a los muertos, aunque no tenían muchos elementos para llevar a cabo la tarea. Las derruidas torres del World Trade Center ardieron a temperaturas de 1.000 grados, incinerando a sus ocupantes. Los cuerpos de muchos de los pasajeros de los aviones que embistieron los edificios fueron consumidos por el combustible, dejando sólo rastros de ADN muy dañado e imposible de descifrar. Hubo pocos cuerpos intactos. Pero la cantidad era abrumadora. Robert Shaler, director del Departamento de Biología Forense de la ciudad y jefe del grupo encargado de identificar los restos, temía que su laboratorio se paralizara tratando de clasificar cada muestra. Al principio, decidieron analizar sólo los restos que fueran “al menos del tamaño de un pulgar”, explica, pero al darse cuenta de la pequeñez de tantos fragmentos, Shaler y sus colegas de la Oficina del Servicio Médico Forense emitieron informes a los familiares de las víctimas, proporcionando detalles sobre el trabajo que realizaban y asegurando que la ciudad hacía lo posible para identificar a sus seres queridos. Pero el interés de las familias iba más allá de las víctimas. Reunión tras reunión, recuerda Shaler, los familiares preguntaban por los secuestradores. “No querían mezclar a los terroristas con sus seres queridos”, señala Shaler. “Esos tipos eran criminales que no merecían mezclarse con los demás”. Los parientes exigieron que los restos de los secuestradores fueran separados y preservados en otro lugar. Shaler, de 66 años, confiesa que no siempre pudo deslindar sus responsabilidades científicas de la respuesta emocional, al extremo de que, transcurrido un año de la investigación, sufrió un paro cardíaco. Durante las entrevistas iniciales dijo a los familiares que sería imposible diferenciar los restos. Varios meses después de los atentados, Shaler y los 105 integrantes de su personal aún no habían identificado a los secuestradores. “Pensé que jamás los encontraríamos”, confiesa. La cruda realidad es que no obstante la minuciosidad de sus esfuerzos, los científicos jamás podrán distinguir del todo entre víctimas y secuestradores. Los fragmentos son muy pequeños, están demasiado maltrechos y dispersos para reconstruir los cuerpos. Algunas partes se perdieron en el fuego o durante la excavación de los escombros. Hasta ahora, quedan por identificarse 1.126 de las 2.751 víctimas, y otras cinco del Pentágono. Pero los científico no se detienen. Shaler y sus colegas cumplieron al menos parte de su promesa. Mediante una combinación de técnicas de mapeo de ADN, ayuda del laboratorio de criminología del FBI y suerte, los investigadores identificaron a cuatro de los 10 secuestradores y tiene confirmados restos de nueve más. Sólo faltan seis. Lo que queda de los terroristas (que equivale a poco menos de 10 kilogramos de tejidos y hueso) está almacenado en recintos secretos de Nueva York y Virginia, donde “se conservan como evidencia en un casillero refrigerado, dentro de tubos de ensayo sellados”, informa Richard Koldo, vocero del FBI. Ninguno de los familiares de los terroristas y ningún gobierno extranjero solicitó la restitución de los restos, y se desconoce cuál sería la respuesta oficial a tal petición. El gobierno de EE. UU. tampoco dice qué hará con ellos. “No se tomó una determinación al respecto”, comenta Koldo, de modo que se conservan como evidencia de la investigación abierta en torno al 11/9. Sin embargo, llegará el momento en que cierren la pesquisa y mientras que los restos de las víctimas identificadas fueron devueltos a sus familias, ¿qué pasará con los desechos de sus asesinos? A fines del otoño de 2001, cuando Shaler y sus colegas realizaban la minuciosa tarea de practicar estudios de ADN con miles de fragmentos obtenidos de la Zona Cero, los patólogos que trabajaban en los otros lugares donde se registraron atentados, Pensilvania y el Pentágono, procedían con más celeridad. Muchos de los restos estaban quemados y dañados, pero eran identificables. Wallace E. Miller y su equipo de forenses de Somerset, Pensylvania, peinaron el “halo” (terreno y bosques aledaños al cráter que dejara el impacto del vuelo 93 de United Airlines), y encontraron restos por doquier. Los árboles estaban tapizados con trozos de maletas, ropa, pedazos de fuselaje y restos humanos. Mientras recorría el lugar del siniestro en los días posteriores a los ataques, Miller detectó de reojo un destello luminoso a casi seis metros de altura en las ramas de un abeto. “Lo descubrí porque la luz del sol incidía en el ángulo preciso”, recuerda. Era un diente con un empaste de plata de un pasajero. En las dos semanas siguientes a los ataques, Miller y su equipo identificaron a 16 de los 44 pasajeros y tripulantes del vuelo 93 mediante expedientes dentales y de huellas dactilares, pero debió recurrir a pruebas de ADN para muchos otros casos. Cepillos y peines entregados por las familias proporcionaron el ADN que permitió identificar los restos humanos extraídos de los escombros del avión. Igual que Shaler en Nueva York, Miller se reunió con los parientes de las víctimas y éstos insistieron en saber si estaban separando los despojos de los secuestradores. Miller explicó que no sería tarea fácil, pues quedaban cerca de 140 kilos de restos sin identificar y que se encontraban muy dañados por su exposición al aire y a los 41.600 litros de combustible. “Les dije que era posible que hubiera partes de los terroristas mezcladas”, recuerda. “La información provocó respuestas de horror y rabia”. No obstante, hizo lo posible para satisfacer las exigencias. Miller y su equipo enviaron fragmentos de Pensilvania al Laboratorio de Identificación de ADN de las Fuerzas Armadas en Rockville, Maryland. “Nuestra prioridad era devolver los restos de las víctimas a sus familias”, señala Brion Smith, director del centro, pero aparecieron los restos de los terroristas. Cuatro de los perfiles de ADN del sitio de impacto de Pensilvania no correspondían al material proporcionado por las familias de pasajeros y tripulantes. Por simple proceso de eliminación, Smith supo que se trataba de los secuestradores, así que envió a Miller las muestras junto con los códigos genéticos. Era justo lo que Miller necesitaba. Con esos cuatro perfiles en su poder, podría descartar los restos de los terroristas. Hurgó en los congeladores repletos de miles de fragmentos humanos, minuciosamente embolsados y etiquetados, y estudió las gélidas bolsas de plástico en busca de perfiles genéticos que correspondieran a la información de Smith. Extrajo cuatro bolsas y las puso sobre una gran mesa. “Lo único que quedaba de aquellos cuatro individuos eran menos de cinco kilogramos”, afirma Miller. “Teníamos 48 muestras relacionadas con los terroristas, sobre todo tejidos óseos y quizás algo de cuero cabelludo con pelo”. Pero no podía diferenciar entre los restos de un terrorista y otro. “Eran cuatro desconocidos”, comenta Miller. “Los clasifiqué como A, B, C y D”. El esfuerzo neoyorquino para identificar a los terroristas fue mucho más difícil. Quedaban víctimas que no pudieron ser identificadas mediante su ADN, de manera que era imposible aplicar un proceso de eliminación para detectar a los terroristas: los científicos necesitaban sus perfiles de ADN, así que la oficina de Shaler pidió ayuda al FBI y su petición cayó en manos de Alan Giusti, médico forense del laboratorio a cargo de la investigación 11/9. Por casualidad, Giusti había trabajado para Shaler en un laboratorio privado para identificación de ADN en la década de 1980, cuando la tecnología emergía, pero ahora Giusti aplicaba sus conocimientos para detectar pistas genéticas en casos de homicidio y robos bancarios. Junto a un grupo de especialistas de Washington, Giusti desarrollaba los perfiles de ADN de los terroristas a partir de rastros de evidencias hallados en habitaciones de hotel y los autos alquilados que usaron antes del ataque. El sótano del edificio del FBI estaba atestado de cajas de evidencias, cada una almacenada en una bolsa de papel marrón. “Poco impresionante, en términos de tecnología”, reconoce Giusti, pero esos sobres evitan la humedad. Aquello era una veta incomparable para los investigadores de ADN, habituados a trabajar con minúsculos restos de material genético: “recortes de uñas, goma de mascar, cepillos de pelo, cualquier cosa que nos proporcionara tejidos muertos”, comenta. Cuando analizaron las “áreas de fricción” en el interior del cuello de las camisas, obtuvieron muestras mixtas de ADN, indicación de que los secuestradores compartían su ropa. Algunos trozos de papel higiénico sucio, depositados en los cestos de basura del hotel, aportaron pistas adicionales, así como la saliva obtenida de colillas de cigarrillos. Giusti combinó las muestras con enzimas que liberan ADN —“algo parecido a romper una nuez”, explica— y el producto “amplificado” (unas cuantas gotas de un líquido claro y viscoso) fue introducido en un gran aparato que genera listas de números: el mapa genético exclusivo de cada individuo. El laboratorio de Giusti tardó más de un año para enviar sus resultados a Nueva York; una sola página con 10 códigos genéticos. Era febrero de 2003, y Shaler y sus colegas se pusieron a trabajar con esos números, deseosos de identificar los restos que habían recuperado. Howard Baum, asistente de Shaler, tenía dudas de lograr resultados. ¿Cómo podrían estar seguros de que la ropa, los tejidos y las colillas de cigarrillos habían pertenecido a los secuestradores? “No teníamos la menor idea de dónde procedían los perfiles o cómo los habían obtenido”, señala. Un científico ingresó los códigos genéticos en el Sistema de Identificación de Fatalidad Masiva del laboratorio y pidió a la computadora que resaltara en rojo cualquier correspondencia con los perfiles de los secuestradores. Obtuvo dos correspondencias. Shaler y Baum estaban felices; después de todo, podrían descartar al menos algunos de los restos de los terroristas. Los fragmentos marcados “fueron separados”, informa Ellen Borakove, portavoz de la oficina forense de Nueva York. “No podemos decir dónde están”. Shaler y otros patólogos neoyorquinos enviaron los fragmentos más dañados a laboratorios forenses especializados en técnicas avanzadas para recuperación de ADN. Uno de ellos fue el laboratorio Bode, de Lorton, Virginia, reconocido por su capacidad para extraer material genético de los huesos. El equipo neoyorquino presentó a la institución una tarea aparentemente imposible: identificar 12.000 fragmentos óseos calcinados. Los huesos “ardieron a temperaturas extremas”, apunta Mike Cariola, director del Bode, “y sólo podíamos obtener muestras de ADN de la mitad de los restos estudiados”. Cariola recuerda que “algunos pedazos de hueso estaban tan quemados que podrían desintegrarse con sólo tocarlos”. No obstante, gracias a una nueva técnica desarrollada para liberar el material genético eliminando el calcio de los huesos, Cariola y sus colegas pudieron obtener el perfil de ADN de unas 2.000 muestras hasta entonces imposibles de analizar. Cariola afirma que su tarea produjo la identificación de otros 18 individuos. En septiembre de 2007, la oficina forense de Nueva York anunció que había identificado 13 terroristas. Algunas de las familias de las víctimas respondieron con especial ira al hallazgo de esos restos. “Ya encontraron a esos desgraciados, ahora sáquenlos del lugar donde descansan nuestros seres queridos”, exige John Cartier, cuyo hermano menor, James, estaba en el piso 105 de la Torre Sur. Cartier tiene, también, una idea muy clara de lo que debe hacerse con los despojos terroristas una vez que se cierre la investigación. Sugiere “pisotearlos”. Y no será difícil encontrar a otros que compartan su sentir. El gobernador de Nueva York, David Paterson, propone otra solución: “acabemos de quemarlos”. Sin embargo, algunos familiares de las víctimas no encuentran consuelo en dañar los huesos de los terroristas. Matthew tenía 26 años cuando perdió la vida en el piso 95 de la Torre Uno. Su madre, Diane Horning, opina que si las familias de los secuestradores se presentan a reclamar los restos, “hay que entregárselos. Todos tenemos el derecho de enterrar a los nuestros”. La tradición islámica prohíbe la cremación y ordena un entierro inmediato. Sin embargo, el imán Feissal Abdul Rauf, quien dirige una mezquita situada a 12 cuadras de la Zona Cero, considera que los propios secuestradores imposibilitaron el cumplimiento de esa regla. “Sabían que sus cuerpos no quedarían intactos y que no recibirían un entierro decoroso”. Hasta ahora, ninguno de los familiares de los secuestradores solicitó la devolución de los restos. Khaled Abou El Fadl, profesor de leyes en UCLA y experto en islamismo, comenta que le sorprendería mucho que alguien reclamara los restos. “Oí muchas veces, en la comunidad musulmana, que reclamar y enterrar el cuerpo de uno de los supuestos secuestradores es como reconocer o aceptar que fueron ellos, realmente, quienes perpetraron los ataques del 11/9”. Entrevistado por Newsweek, un pariente de Ziad Jarrah, el secuestrador que supuestamente piloteó el vuelo 93 derribado en Pensilvania, manifestó esa misma ambivalencia. “Por supuesto que queremos recuperar sus restos, pero no haremos contacto alguno antes de que se aclare la situación”, dijo el familiar, quien pidió permanecer en el anonimato por temor a las represalias e insiste en negar que Jarrah fuera capaz de llevar a cabo semejante atrocidad. “Es posible que participara”, dijo. “Quizás haya algo que desconocemos”. Entonces hace una pausa. Tal vez, reconoce, su pariente realmente estuvo involucrado y simplemente “se dejó engañar”. Un reconocimiento abierto, asegura El Fadl, se opondría a la creencia de Arabia Saudí y Egipto de que los ataques fueron, de hecho, una conspiración antiárabe perpetrada por la administración de Bush. Si El Fadl estuviera emparentado con alguno de los secuestradores, afirma que, “si mostrara algún interés temería las repercusiones para el resto de mi familia, por parte del gobierno saudí o egipcio”. Un día de junio de 2002, a las cuatro de la mañana, el médico forense de Pensylvania recibió un llamado de un libanés que afirmaba ser tío de un secuestradores. El hombre quería averiguar por qué no habían devuelto los restos de su sobrino. “Le respondí que la razón era que no estamos seguros de cuál es cuál”, recuerda Miller. “Si tenía algún material con ADN que pudiera enviarme, podría hacer un cruzamiento como el que practicamos con los pasajeros y la tripulación. Le dije que el FBI tenía la custodia de los restos y terminó la conversación”. ¿Acaso Miller habría hecho el esfuerzo adicional? Aunque el FBI tiene la última palabra en el asunto, su respuesta es: “Por supuesto. No puedo decidir, arbitrariamente, a quién aplicar la ley… El Señor se encargará de juzgar sus actos”. Desde el punto de vista religioso, dice Rauf, lo que ocurra con los restos de los secuestradores no tiene la menor consecuencia. Los musulmanes creen que “todas las almas serán juzgadas por Alá”, insiste. “Lo que determina el estado de un alma son sus acciones a lo largo de la vida”. Para Rauf, el problema de qué hacer con los secuestradores “es el mismo que en Bombay, donde la comunidad musulmana india rechazó a los terroristas por no considerarlos musulmanes y, en consecuencia, les negó un entierro musulmán. Estoy convencido de que la comunidad musulmana estadounidense rechazaría de igual forma a los secuestradores del 11/9”. No obstante, considera que lo correcto es devolver los restos, pues sería un ejemplo de “moral intachable, lo que dio su grandeza a Estados Unidos”. El FBI y el Servicio Médico Forense de Nueva York, que guarda los restos en secreto, no tiene políticas que indiquen cómo proceder en estos casos. “No querían enterrarlos y mucho menos ponerlos en el mismo memorial con las víctimas”, señala Baum, quien ahora dirige el laboratorio de criminología de la Policía Estatal de Nueva Jersey. Al final, la inercia y la indecisión podrían ofrecer una última morada para los restos de los terroristas, perdidos en el tiempo y el recuerdo de alguna bóveda gubernamental. Olvidados, anónimos, sin enterrar e indeseables. Fuente:http://www.elargentino.com/nota-27034-Restos-del-terror.html
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