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Argentino hasta la muerte

Info2/3/2009
Registrate y eliminá la publicidad! Argentino hasta la muerte Hijo ilustre del general Tomás Guido –guerrero de la Independencia y amigo dilecto y confidente de San Martín- y de doña Pilar Spano –la hija del célebre héroe de Talca, el coronel Carlos Spano-, distinguida dama chilena, se conjugaron felizmente en don Carlos Guido y Spano el austero talento del padre y la gracia poética de la madre. La elevación espiritual de ese ejemplar arraigó en el hijo tanto más hondamente cuanto que éste sentía verdadera devoción por sus padres. Nació en Buenos Aires el 19 de enero de 1827 y aquí mismo transcurrió su infancia y cursó los primeros estudios, hasta que en 1840 su padre, que desempeñaba la embajada de Río de Janeiro, lo llevó a su lado junto con el resto de la familia. Allí empezó a despertar en él, en plena adolescencia, la afición a las letras, las artes y a todo lo bello. Contaba 19 años cuando hizo un romántico y breve retorno a la patria. En 1848, enviado a París porque su hermano Daniel se encontraba allí enfermo, tuvo la gran pena de conocer a su arribo, la noticia de la muerte de éste. El espectáculo de la revolución de aquel año, el mismo año del Manifiesto Comunista, había de distraer su dolor templando su espíritu liberal y afinado. Vuelto a Río y mimado de aquella sociedad, se mezcla a los círculos intelectuales en los que también es muy estimado. De nuevo viaja a Europa visitando esta vez primero Inglaterra, y después a Francia, en cuyas luchas participa quijotescamente. Y en 1852 regresa al país para ser testigo de la revolución de septiembre. Se mantiene al margen de los acontecimientos políticos, dedicándose por entero a la labor literaria, hasta que toma parte de la defensa de Buenos Aires como ayudante del general Angel Pacheco en la revolución de Hilario Lagos. Pero casi enseguida debe partir hacia Montevideo siguiendo a su padre, que había sido desterrado. Ya reestablecida la paz, el doctor Derqui ocupa la presidencia, y lo nombra subsecretario del departamento de Relaciones Exteriores. Nuestro poeta renuncia al cargo en octubre de 1861 y nuevamente va a refugiarse en Montevideo. Sobreviene para él una época de mezquina lucha por la vida que pone a prueba su natural optimismo y despreocupación de las cosas materiales. Debe volver incluso a Brasil, patria de sus primeros sueños juveniles, en misión comercial. Retorna allí al grupo de sus viejas amistades, pero el artista de alma no está hecho para esta clase de empresas, y helo otra vez en patria, entre sus libros y versos, en medio de penurias económicas, con la sola compensación de los afectos familiares. En poco tiempo pierde a sus padres. Asola la ciudad la fiebre amarilla de 1871, y con infinita abnegación y simpatía humana, Guido y Spano se alista como primer soldado en la cruzada defensiva. Pierde también a la esposa. Tantos dolores acumulados parecen deprimirlo profundamente. Pero logra recomponerse y en 1872, siendo ministro Avellaneda del presidente Sarmiento, le confía la Secretaría del Departamento de Agricultura, de reciente creación. Desarrolla allí una proficua labor de dos años y ha de dejar el puesto para correr a la defensa del gobierno en la abortada revolución del 74. Algún tiempo después pasa a la dirección del Archivo General de la Provincia y desempeña también la vocalía del Consejo Nacional de Educación. Al fin, acogido a los beneficios de la jubilación, se retira a la vida privada. Pero se afirma cada día su fama literaria y crece su popularidad alimentada por su natural hidalguía, generosidad y exquisitas dotes. Denunció entonces la manipulación histórica de los Mitre. Murió ya muy anciano el 25 de julio de 1918, habiendo conservado hasta los últimos tiempos toda la frescura y juventud de su espíritu, a pesar del asedio de una artritis incurable que lo postró durante veinte años, rodeado, como un profeta mítico, de jóvenes y viejos que lo visitaban y consultaban como al más respetado patriarca de las letras. Grandes homenajes oficiales y populares se rindieron en su tumba. Fue Guido y Spano un delicadísimo poeta que amalgamó con sello muy personal, el sentido moderno de su poesía con un clásico equilibrio en la expresión de los sentimientos más tiernos y la contemplación casi pagana de la belleza. Se inicia como poeta publicando algunas composiciones en 1854 en la revista “El Paraná”, más tarde publica Ecos Lejanos y en 1871 Hojas al viento. Cantó con particular ternura los afectos del hogar. No es menos notable su prosa elegante y limpia: a la par que deliciosas descripciones desenvuelve con admirable humor, sagaces reflexiones y juicios certeros. Su principal obra de prosista está contenida en Ráfagas, publicada en 1879. Hojas al viento ¡Allá van! son hojas sueltas De un árbol escaso en fruto; Humildísimo tributo Que da al mundo un corazón. Allá van, secas, revueltas En confuso torbellino, Sin aroma, sin destino, A merced del aquilón. Esas hojas los ensueños De la vida simbolizan, Cuando puros divinizan, La ventura o el afán; Son emblemas de risueños Devaneos que en su aurora La ilusión virgen colora, ¡Y que nunca ¡ay! volverán! ¡Hojas mustias y sombrías! ya las ramas que adornaron, Tristemente se doblaron; El pampero sopló allí. Las agrestes armonías Que otro tiempo al aire dieron, De la tarde se perdieron En la bruma carmesí. Allá van, sí, desprendidas Por la ráfagas de otoño. Sin que dejen ni un retoño En su tránsito fugaz; ¡Pobres hojas esparcidas, Por el viento arrebatadas, De las vegas encantadas A que dieron sombra y paz! Nenia (Canción fúnebre sobre la terrible guerra de la Triple Alianza) Llora, llora urutaú En idioma guaraní, una joven paraguaya tiernas endechas ensaya cantando en el arpa así, en idioma guaraní: ¡Llora, llora urutaú en las ramas del yatay, ya no existe el Paraguay donde nací como tú ¡llora, llora urutaú! ¡En el dulce Lambaré feliz era en mi cabaña; vino la guerra y su saña no ha dejado nada en pie en el dulce Lambaré! ¡Padre, madre, hermanos! ¡ay! todo en el mundo he perdido; en mi corazón partido sólo amargas penas hay ¡padre, madre, hermanos! ¡ay! De un verde ubirapitá mi novio que combatió como un héroe en el Timbó, al pie sepultado está ¡de un verde ubirapitá! Rasgado el blanco tipoy tengo en señal de mi duelo, y en aquel sagrado suelo de rodillas siempre estoy, rasgado en blando tipoy. Lo mataron los cambá no pudiéndolo rendir; él fue el último en salir de Curuzú y Humaitá ¡lo mataron los cambá! ¡Por qué, cielos, no morí cuando me estrechó triunfante entre sus brazos mi amante después de Curupaití! ¡Por qué, cielos, no morí!… ¡Llora, llora, urutaú en las ramas del yatay; ya no existe el Paraguay donde nací como tú. ¡Llora, llora, urutaú! Trova He nacido en Buenos Aires ¡qué me importan los desaires con que me trate la suerte! Argentino hasta la muerte he nacido en Buenos Aires. Tierra no hay como la mía; ¡ni Dios otra inventaría que más bella y noble fuera! ¡Viva el sol de mi bandera! Tierra no hay como la mía. Hasta el aire aquí es sabroso; nace el hombre alegre, brioso, y las mujeres son lindas como en el árbol las guindas; hasta el aire aquí es sabroso. ¡Oh, Buenos Aires, mi cuna! ¡De mi noche amparo y luna! aunque en placeres desbordes, oye estos dulces acordes ¡oh, Buenos Aires, mi cuna! Fanal de amor encendido, borda el cielo tu vestido de rosas y rayos de oro: eres del mundo tesoro, fanal de amor encendido. ¿Quién al verte no te admira y al dejarte no suspira por retornar a tus playas? Deidad de las fiestas mayas, ¿quién al verte no te admira? De tus glorias que otros canten, y a la nubes te levanten entre palmas y trofeos. Yo no asisto a esos torneos: de tus glorias que otros canten. Tu esplendor diré tan sólo, si no del ya viejo Apolo con la lira acorde y fina, en mi guitarra argentina tu esplendor diré tan sólo. Voluptuosa te perfumas de junquillos y arirumas; cuando te adornas y encintas, en las áureas de tus quintas voluptuosa te perfumas. Goza del Plata al arrullo llena de garbo y orgullo, criolla sin par, blasonante de tu destino brillante, goza del Plata al arrullo. Triunfa, baila, canta, ríe; la fortuna te sonríe eres libre, eres hermosa; entre sueños, color rosa, triunfa, baila, canta, ríe; ¡Cuántos medran a tu sombra! Tu campiña es verde alfombra, tus astros vivos topacios; habitando tus palacios ¡cuántos medran a tu sombra! Bajo de un humilde techo vivo, en tanto, satisfecho bendiciendo tu hermosura, que bien cabe la ventura bajo de un humilde techo. La riqueza no es la dicha; si perdí la última ficha al azar de la existencia, saqué en limpio esta sentencia: la riqueza no es la dicha. He nacido en Buenos Aires ¡qué me importan los desaires con que me trate la suerte! Argentino hasta la muerte he nacido en Buenos Aires. Fuente: agendadereflexion.com.ar
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