La Chispa Adecuada
Conservo desde mi resentida adolescencia un rechazo visceral hacia el concepto de premiación que desde aquellos tiempos hasta hoy se ha ido imponiendo y diversificando en los distintos estamentos de la cultura: se premian libros y escritores, músicos y discos, actores y autores, films y telenovelas. La aceptación de los premios coloca habitualmente a los premiados en cierto lugar que resulta cómplice de la burocracia y el poder que manipulan todas las manifestaciones estéticas en Occidente. Las fuentes de premiación, se trate de grandes editoriales, de importantes diarios, de intendencias o de organismos de bien público, siempre resultan sospechosas.
En ocasiones, sin embargo, ciertas elecciones del sujeto premiado iluminan una escritura disidente o una filmografía desechada.
Resulta por lo menos curiosa la conversión en objeto de culto de la figura de un tipo como Diego Capusotto quien desde ese rincón ignoto que ocupa todos los lunes a las 23 en el canal siete consiguió despertar el interés de todos los medios de comunicación, como si se tratara de una estrella de la farándula de la misma dimensión de los grandes mamotretos consagrados. El premio Clarín, otorgado por un numeroso y heterogéneo jurado, fue el rito definitivo que confirmó el impacto que el actor estaba generando más allá de cualquier reconocimiento de sus pares.
La televisión de nuestros días se encuentra tan carente de inteligencias creativas, de experimentaciones humorísticas, de voces inauditas, de búsquedas infrecuentes, que la falta de figuras o modelos con los que compararse o competir dejan a Capusotto en un lugar de soledad y aislamiento de difícil medición.
Cuando le hice una entrevista para este mismo medio, no hace mucho tiempo y en una pequeña charla que sostuvimos paralela a la misma, descubrí dos hechos bastante poco frecuentes entre los integrantes de ese salón VIP que es la fama: la inteligencia de Capusotto se alimentó desde las propias calles que transitó y también de las fuentes de creatividad más resplandecientes que surgieron en la década del 80, tales como Batato Barea, Alejandro Urdapilleta o Yito Audivert. Ciertas corrientes energéticas luminosas y legendarias que atravesaban las mentes más sensibles de aquella época están vibrando hoy en el alma de sus proyectos. Porque si hay algo que poseen sus inventivas que las diferencian esencialmente del resto de la programación televisiva, es justamente que tienen alma. Su humor nunca deja de plantear la decadencia de ciertas propuestas iniciales que caracterizaron al rock, de ciertos clichés que se fueron consolidando sin que nadie lo advirtiera, de cierto fraude epistemológico que sus personajes consiguen decodificar. Al mismo tiempo sus personificaciones ingenuas y exageradas redimen toda culpa o diluyen toda agresiva señalización de traiciones o pecados.
Por otra parte, en esa charla, comprobé que el tipo es poseedor de una de las mayores virtudes que puede poseer una persona: es bondadoso. La bondad se caracteriza por un reconocimiento de los dolores que aquejan, o por una percepción de las necesidades que afligen a las personas con las que te encuentras. Y también por un gesto de generosidad que te compromete con quien sufre la aflicción.
Antes de despedirse me dijo una frase que en muchas ocasiones esperé escuchar de aquellos que yo consideraba mis amigos pero que, sin embargo, jamás la escuché: "Enrique, si andás mal, si necesitas algo, contá conmigo".
Estoy casi convencido de que la pegajosa melaza del éxito, de la que es difícil desprenderse, no afectará la espontaneidad de sus ideaciones futuras.
Para el sistema, el éxito consiste en cesar con la investigación de lo que no se sabe, para ahondar y repetir sin cesar el formato aclamado por el público. Es cierto que en los espectadores y lectores suele funcionar un mecanismo infantil de querer volver a ver siempre el mismo gesto o releer el mismo texto que los ha conmocionado. En esa reiteración demagógica y pueril se ha basado la trayectoria de muchos humoristas y creativos. Un creador no tiene por qué ser cómplice de esa puerilidad. Por el contrario, siempre ha de cantar la letra de una canción que ningún espectador podrá entonar junto a él.