Este es mi segundo post Espero que sea util, simplemente queria compartir algunos hechos que ayudan a entender al imperio Britanico y su particular vision y actitud respecto al resto del mundo.
De todos modos tratare que sea un articulo "dinamico" e ire agregando informacion.
Por ejemplo quisiera tratar el rol que Inglaterra tuvo en latinoamerica, sobre todo como instigador y autor intelectual de la Guerra del Paraguay, verdadero genocidio.
Tambien quisiera postear sobre el rol de inglaterra en el conflicto de medio oriente.
Obviamente no puedo abarcar todos los hechos pero quiero compartir algunos datos que me parecen importantes para entender su particular vision que como vemos hoy en dia aun sigue bastante vigente, en otro grado, es cierto pero cabe recordar que Inglaterra es uno de los pocos paises con un pretendido derecho a mantener territorios de ultramar, o digamoslo sin tapujos: Colonias.
Ademas uno tambien podria comprender porque algunos paises son tan ricos y otros tan pobres.
Los paises que desangraron el mundo se asientan sobre este robo, concretamente sobre el oro y otros bienes que extrajeron de un modo solo calificable como: Robo.
cualquier pais puede convertirse en un pais avanzado si cuenta con dos o mas siglos de saque, explotacion a su favor.
Territorio Británico de Ultramar
Se denomina Territorio Británico de Ultramar (British Overseas Territory, en inglés) a las colonias controladas y bajo soberanía del Reino Unido. Pero estos territorios no forman parte del Reino Unido como lo puede ser Gran Bretaña o Irlanda del Norte.
Estos territorios deben ser distinguidos de las dependencias de la Corona —Islas del Canal (Jersey y Guernesey) e Isla de Man—, que tienen un estatus distinto con respecto al Reino Unido. Tampoco deben ser confundidos con los reinos de la Commonwealth.
Hoy en día los territorios dependientes no son administrados directamente por el Reino Unido sino que tienen su propio gobierno que las administra, y el Reino Unido se encarga de su protección, de las relaciones exteriores y asuntos de negocios.
No tienen representación en el Parlamento Británico y se han rechazado las propuestas para incluirlos como parte del Reino Unido.
La reina Isabel II es reina de estos territorios como reina del Reino Unido, a diferencia de lo que suscede en los reinos de la Commonwealth, donde es reina de esos mismos países (ej. Reina de Canadá, Reina de Australia...)
Cada territorio tiene un gobernador elegido por el monarca del Reino Unido, que trabaja como representante del «Gobierno de Su Majestad». Los gobernadores se encargan y tienen el poder de la seguridad en el territorio y de la representación entre el territorio y el Gobierno Británico; también disuelven la legislatura y actúan para hacer cumplir las leyes. Dependiendo del nivel de poder, suelen ser más simbólicos o tener mayor relevancia. Todos los gobernadores suelen proceder del Reino Unido.
(cualquier parecido con la primer imagen no es ninguna coincidencia)
Algunas Historias o "un poco de historia"
En 1560 John Hawkins introdujo en Inglaterra el negocio esclavista. Durante el s. XVII la
English Adventure Trading Company utilizaba la mano de obra de esclavos negros en su industria
de la caña de azúcar en las Indias Occidentales. En el período 1700-86 unos 610.000 negros
fueron transportados a Jamaica y 2.130.000 a otros lugares de las Indias Occidentales
Británicas. El estallido de la Guerra de Independencia norteamericana dio fin, por algún
tiempo, al comercio británico de esclavos en Norteamérica, donde los esclavistas habían ya
transportado 500.000 personas. Pero el tráfico prosiguió y en 1800 había alrededor de 1.000.000
de esclavos negros en Estados Unidos, que en 1860 se convertirían en 4.500.000 dentro de una
población total de 30.000.000 de individuos.
Figura que muestra un tipico barco para transporte de esclavos de una compania Inglesa y su
"eficiente modo" para organizarlos en la estructura de la nave y "optimizar o maximizar" las
ganancias :
Durante el año hubo un suceso que impacto fuertemente en la sensibilidad del Pintor Turner, Su inquietud por la humanidad está presente en su rechazo a la esclavitud y al tráfico de esclavos en una época en la que aún probablemte funcionaba la plaza del mercado de esclavos de Liverpool. Su postura en esa causa, su disidencia, quedó documentada en la pintura El Barco de Esclavos ['Esclavistas tirando muertos y agonizantes por la borda' 1840].
En El Barco de Esclavos, William Turner pintó una escena de naufragio y tormenta, de llamas rojas sangre que manchan un cielo color mármol. Parte del cuerpo de un esclavo flota en un mar sucio de ocres y claros, víctima de peces depredadores. En un tobillo muestra un grillete, evidencia de lo que sucedió allí.[abajo a la derecha]
La obra es un documento del lado terrible de la vida y de la muerte en tiempo del mercantilismo. Las compañías de seguros que se hacían cargo en caso de naufragio no cubrían la 'carga humana' es decir no cubrían los casos en que los esclavos transportados se enfermaban - como sucedió en el caso real representado por esta obra: Turner marcó con ella un hito en la historia de la crítica anti-esclavista. Es un caso en que la compañía propietaria hunde el barco para cobrar el seguro y tira los esclavos al mar. Turner transformó ese horror en una obra de arte: un naufragio cuyos fragmentos ilustran simbólicamente lo sucedido y donde grilletes que flotan denuncian el horror.
Aqui el cuadro de Turner: The Slave Ship ('Esclavistas tirando muertos y agonizantes por la borda' 1840)
LA INDIA BRITÁNICA EL DOMINIO BRITÁNICO SOBRE LA INDIA
COMPAÑÍAS DE LAS INDIAS ORIENTALES (1600-1700)
Estas poderosas organizaciones comerciales las crearon los ingleses, los holandeses y los franceses para proteger sus intereses comerciales en el sureste de Asia.
En 1600 se formó en Londres la Compañía Inglesa de las Indias Orientales. Su propósitoo era unir a los comerciantes ingleses que hacían negocios en el sureste de Asia. La competencia comercial era feroz en esta zona, que primero había sido controlada por los españoles y los portugueses. En el siglo XVII, la disputa de este lucrativo comercio con Oriente se producía entre holandeses, ingleses y franceses.
Los Países Bajos imitaron a Inglaterra y fundaron una Compañía Holandesa de las Indias Orientales en 1602, con sede en Amsterdam y también en Batavia (Yakarta), en la isla de Java. Los franceses formaron más tarde su propia compañía de las Indias Orientales, en 1664.
Estas organizaciones se hicieron muy poderosa El comercio sólo era una de sus actividades, pues también ejercían una gran influencia política. Armaban sus barcos para luchar en el mar y mantenían ejércitos privados. Las compañías de las Indias Orientales fundaron bases militares y comerciales, y firmaron tratados con gobernantes locales. Lucharon contra las naciones vecinas y también entre sí. En muchos sentidos, se comportaban como estados independientes.
Los británicos cedieron el primer puesto en el control del comercio de especias a los holandeses. La India se convirtió entonces en el centro de sus actividades. A finales del siglo XVII, Inglaterra tenía los derechos comerciales de la India y varios puertos clave, como Calcuta, Madrás y Bombay. Los holandeses tenían puertos en Sudáfrica, Persia, Ceilán, Malasia y Japón, y también controlaban las Islas de las Especias (hoy Indonesia). Los franceses fueron menos afortunados en su intento de dominar la India.
Se hicieron por entonces muchas fortunas privadas. Los marinos y los comerciantes morían a menudo de enfermedades o en las batallas. Algunos establecieron sus hogares en Asia, fundando centros europeos en la India, el sureste de Asia y China. En el siglo XVII muchos viajeros europeos visitaron la India. A través de ellos comenzó a conocerse en Europa la impresionante historia y cultura de la India.
Los barcos de las compañías de las Indias Orientales, utilizados primero para el comercio, también se convirtieron en barcos de guerra para luchar contra los piratas, los asiáticos y los barcos de otras compañías.
En 1652, los holandeses establecieron una base comercial en el cabo de Buena Esperanza que servía de escala a los barcos que hacían el largo viaje desde Europa al Lejano Oriente. Posteriormente se convertiría en una colonia holandesa.
La colonia inglesa de Madrás era un importante puerto de exportación de artículos de algodón. También era el centro de una región destacada por la fabricación de telas con diseños de brillantes colores y escenas de la vida cotidiana en la India.
El control de la Compañía Británica de las Indias Orientales fue creciendo y los británicos acabaron convirtiéndose en la casta dominante de la sociedad india.
En 1750 la Compañía Británica de las Indias Orientales ya controlaba el rentable comercio entre Gran Bretaña, la India y el Lejano Oriente. Sus funcionarios eran hábiles hombres de negocio que conocían perfectamente los asuntos indios, sobre todo a gracias a los nativos que empleaban. Entablaron amistad con muchos príncipes indios y firmaron acuerdos tanto con los amigos como con los enemigos de los gobernantes mongoles. Muchos británicos se hicieron sumamente ricos trabajando para la Compañía de las Indias Orientales y vivían en la India como auténticos príncipes. Algunos de estos nababs, como eran llamados, construyeron hermosas casas en Calcuta y en otros lugares, diseñadas por arquitectos británicos y acondicionadas con muebles de lujo procedentes de Inglaterra, la India y las otras colonias. En Calcuta, celebraban reuniones, fiestas y bailes como si estuvieran en Gran Bretaña. Poco a poco fueron llegando a la India sus esposas y familias para compartir esta forma de vida inglesa. En 1805, los británicos controlaban los ricos distritos textiles de Bengala, en el noreste de la India, así como las prósperas ciudades costeras del sur.
Este juguete, llamado el «tigre de Tipu», muestra a un tigre devorando a un europeo. Fue realizado para Tipu Sahib, sultán de Mysore, quien entre 1767 y 1799, con apoyo francés, intentó resistirse al control británico de sus tierras.
Pero hubo también quienes se sintieron atraídos por el arte, la cultura y la arquitectura de la India, y preferían llevar ropas indias, al menos en casa. Aprendieron el idioma y estudiaron las religiones y los textos hindúes, llevando consigo el pensamiento hindú al regresar a Gran Bretaña.
Tipu Sahib (1749-1799) de Mysore tenía un ajedrez de marfil formado por piezas de príncipes y hombres indios por un lado, y administradores y soldados de la Compañía de las Indias Orientales por el otro.
Al principio, los británicos se mezclaron con más facilidad con los indios de lo que lo harían después. En esta ilustración, el gobernador escocés sir David Ochterlony fuma en un narguile mientras preside un espectáculo musical hindú.
LA EXPANSIÓN BRITANICA
En 1780, la Compañía de las Indias Orientales controlaba la mayor parte de las zonas más prósperas de la India, pero en 1784 el Gobierno británico detuvo su expansión, a pesar de que los jefes de la Compañía pensaban de otra forma. Cuando los estados indios entablaban luchas entre sí, la Compañía simplemente se desplazaba al lugar del conflicto. En torno a 1800, la ambición de Napoleón de construir un imperio en la India asustó a los británicos y el Gobierno cambió su política para hacerla más activa. Desde 1803 a 1815, la Compañía luchó contra los mahratas, que gobernaban la India central, acabando con su poder. En otros casos adoptaron un método «más suave», utilizando el comercio para favorecer a ciertos estados indios e instalando allí sus tropas «para protegerlos». La Compañía luchó en Birmania, donde los gobernadores locales amenazaron Bengala, y también en la frontera noroeste y en Afganistán, donde temían la influencia rusa. En 1843-1849, se anexionaron el Punjab. Donde caía una dinastía o si un estado estaba débilmente gobernado, allí se desplazaba la Compañía. Durante la década de 1830, el gobernador de la Compañía invalidó ostentosamente varias tradiciones indias e introdujo misioneros para convertir a los indios al cristianismo. La Compañía construyó carreteras, vías de ferrocarril y edificios, y expandió los negocios británicos, insistiendo en utilizar el inglés como idioma para la educación y los negocios. Como resultado de ello, el rechazo entre los indios fue poco a poco en aumento.
EL MOTÍN INDIO
Surgieron problemas entre los cipayos, los soldados indios del ejército de la Compañía. Suscitado por una terrible hambruna, el Motín indio comenzó en 1857. Los cipayos tomaron varias ciudades, incluida la capital, Delhi, y fueron asesinados hombres, mujeres y niños británicos. El motín fue sofocado violentamente por las tropas británicas. A partir de entonces, reinó la desconfianza entre ambos bandos. Los británicos comenzaron a vivir más separados de los indios, a los que mantenían aislados. El Gobierno británico se hizo con el control de la Compañía de las Indias Orientales en 1858 y la clausuró. La India era quizá la más rica y la más desarrollada de todas las colonias europeas, pero los británicos tuvieron que esforzarse mucho para controlarla.
CASAS PARA LOS NABABS
Los nababs eran funcionarios de la Compañía de las Indias Orientales que habían hecho fortuna en la India. Muchos procedían incluso de familias muy humildes y habían acudido a la India huyendo de los tiempos difíciles, buscando fortuna. Trabajaron con tesón, arriesgando su vida a causa de las guerras o las enfermedades. Los que triunfaron vivían combinando la opulencia de los gobernantes indios con el boato de los aristócratas británicos. Construyeron grandes mansiones en ciudades como Calcuta y Delhi, y tenían muchos sirvientes.
Algunos rajás y príncipes se hicieron amigos de los británicos y, gracias a ello, obtuvieron muchos beneficios. La protección de los soldados británicos garantizaba el poder de un príncipe y los británicos conseguían a cambio más influencia y capacidad para comerciar en el estado de ese príncipe sin tener que gobernarlo.
Un articulo excelente articulo escrito por Carlos Marx (por favor haganse a un lado las opiniones y prejuicios al respecto, mas alla de posiciones politicas opuestas, nadie puede negar que Marx fue un pensador extraordinario):
La dominación británica en la India
(1852)
....El Indostán es una Italia de proporciones asiáticas, con el Himalaya por los Aldes, las llanuras de Bengala por las llanuras de Lombardía, la cordillera del Decán por los Apeninos y la isla de Ceilán por la de Sicilia. La misma riqueza y diversidad de productos del suelo e igual desmembración en su estructura política. Y así como Italia fue condensada de cuando en cuando por la espada del conquistador en diversas masas nacionales, vemos también que el Indostán, cuando no se encuentra oprimido por los mahometanos, los mogoles[2] o los británicos, se divide en tantos Estados independientes y antagónicos como ciudades o incluso pueblos cuenta. Sin embargo, desde el punto de vista social, el Indostán no es la Italia, sino la Irlanda del Oriente. Y esta extraña combinación de Italia e Irlanda, del mundo de la voluptuosidad y del mundo del dolor, se anticipaba ya en las antiguas tradiciones de la religion del Indostán. Esta es a la vez una religión de una exuberancia sensualista y de un ascetismo mortificador de la carne, una religión de Lingam[3] y de Yaggernat, la religión del monje y de la bayadera[4].
No comparto la opinión de los que creen en la existencia de una edad de oro en el Indostán, aunque para confirmar mi punto de vista no me remitiré, como lo hace sir Charles Wood, al período de la dominación de Kuli khan. Pero, tomemos, por ejemplo, los tiempos de Aurengzeib; o la época en que aparecieron los mogoles en el Norte y los portugueses en el Sur; o el período de la invasión musulmana y de la Heptarquía[5] en el Sur de la India; o, si ustedes quieren retornar a una antigüedad más remota, tomemos la cronología mitológica de los brahmines[6], que remonta el origen de las calamidades de la India a una época mucho más antigua que el origen cristiano del mundo.
No cabe duda, sin embargo, de que la miseria ocasionada en el Indostán por la dominación británica ha sido de naturaleza muy distinta e infinitamente más intensa que todas las calamidades experimentadas hasta entonces por el país. No aludo aquí al despotismo europeo cultivado sobre el terreno del despotismo asiático por la Compañía inglesa de las Indias Orientales[7]; combinación mucho más monstruosa que cualquiera de esos monstruos sagrados que nos infunden pavor en un templo de Salseta[8]. Este no es un rasgo distintivo del dominio colonial inglés, sino simplemente una imitación del sistema holandés, hasta el punto de que para caracterizar la labor de la Compañía inglesa de las Indias Orientales basta repetir literalmente lo dicho por sir Stamford Raffles, gobernador inglés de Java, acerca de la antigua Compañía holandesa de las Indias Orientales:
"La Compañía holandesa, movida exclusivamente por un espíritu de lucro y menos considerada con sus súbditos que un plantador de las Indias Occidentales con la turba de esclavos que trabajaba en sus posesiones —pues éste había pagado su dinero por los hombres adquiridos en propiedad, mientras que aquélla no había pagado nada—, empleó todo el aparato de despotismo existente para exprimirle a la población hata el último céntimo en contribuciones y obligarla a trabajar hasta su completo agotamiento. Y así, agravó el mal ocasionado al país por un gobierno caprichoso y semibárbaro, utilizándolo con todo el ingenio práctico de los políticos y todo el egoísmo monopolizador de los mercaderes".
Guerras civiles, invasiones, revoluciones, conquistas, años de hambre: por extraordinariamente complejas, rápidas y destructoras que pudieran parecer todas estas calamidades sucesivas, su efecto sobre el Indostán no pasó de ser superficial. Inglaterra, en cambio, destrozó todo el entramado de la sociedad hindú, sin haber manifestado hasta ahora el menor intento de reconstitución. Esta pérdida de su viejo mundo, sin conquistar otro nuevo, imprime un sello de particular abatimiento a la miseria del hindú y desvincula al Indostán gobernado por la Gran Bretaña de todas sus viejas tradiciones y de toda su historia pasada.
Desde tiempos inmemoriales, en Asia no existían, por regla general, más que tres ramos de la hacienda pública: el de las finanzas, o del pillaje interior; el de la guerra, o pillaje exterior, y, por último, el de obras públicas. El clima y las condiciones del suelo, particularmente en los vastos espacios desérticos que se extienden desde el Sahara, a través de Arabia, Persia, la India y Tartaria, hasta las regiones más elevadas de la meseta asiática, convirtieron el sistema de irrigación artificial por medio de canales y otras obras de riego en la base de la agricultura oriental. Al igual que en Egipto y en la India, las inundaciones son utilizadas para fertilizar el suelo en Mesopotamia, Persia y otros lugares: el alto nivel de las aguas sirve para llenar los canales de riego. Esta necesidad elemental de un uso económico y común del agua, que en Occidente hizo que los empresarios privados se agrupasen en asociaciones voluntarias, como ocurrió en Flandes y en Italia, impuso en Oriente, donde el nivel de la civilización era demasiado bajo, y los territorios demasiado vastos para impedir que surgiesen asociaciones voluntarias, la intervención del Poder centralizador del Gobierno. De aquí que todos los gobiernos asiáticos tuviesen que desempeñar esa función económica: la organización de las obras públicas. Esta fertilización artificial del suelo, función de un gobierno central, y en decadencia inmediata cada vez que éste descuida las obras de riego y avenamiento, explica el hecho, de otro modo inexplicable, de que encontremos ahora territorios enteros estériles y desérticos que antes habían sido excelentemente cultivados, como Palmira, Petra, las ruinas que se encuentran en el Yemen y grandes provincias de Egipto, Persia y el Indostán. Así se explica también el que una sola guerra devastadora fuese capaz de despoblar un país durante siglos enteros y destruir toda su civilización.
Pues bien, los británicos de las Indias Orientales tomaron de sus predecesores el ramo de las finanzas y el de la guerra, pero descuidaron por completo el de las obras públicas. De aquí la decadencia de una agricultura que era incapaz de seguir el principio inglés de la libre concurrencia, el principio del laissez faire, laissez aller
Estas dos circunstancias -de una parte, el que los hindúes, al igual que todos los pueblos orientales, dejasen en manos del Gobierno central el cuidado de las grandes obras públicas, condición básica de su agricultura y de su comercio, y de otra, el que los hindúes, diseminados por todo el territorio del país, se concentrasen a la vez en pequeños centros en virtud de la unión patriarcal entre la agricultura y la artesanía- originaron desde tiempos muy remotos un sistema social de características muy particulares: el llamado villaje system (sistema de comunidades rurales). Este sistema era el que daba a cada una de estas pequeñas agrupaciones su organización autónoma y su vida distinta. Podemos juzgar de las características de este sistema por la siguiente descripción que figura en un antiguo informe oficial sobre los asuntos de la India, presentado en la Cámara de los Comunes:
"Considerado geográficamente, un poblado es un espacio de unos cientos o miles de acres de tierras cultivadas e incultas; desde el punto de vista político parece una corporación o un municipio. Por lo común suele tener los siguientes funcionarios y servidores: un potail o jefe, que es, generalmente, el encargado de dirigir los asuntos del poblado, resuelve las disputas que surgen entre sus habitantes, posee poder policíaco y desempeña dentro del poblado las funciones de recaudador de contribuciones, para lo cual es la persona más indicada, por su influencia personal y su perfecto conocimiento de la situación y los asuntos de la gente. El kurnum lleva las cuentas de las labores agrícolas y registra todo lo relacionado con ellas. Siguen el tallier y el totie: las obligaciones del primero consisten en recoger informes sobre los delitos o las infracciones que se cometan, y acompañar y proteger a las personas que se trasladen de un poblado a otro; las obligaciones que segundo parecen circunscribirse más a los límites del poblado y consisten, entre otras, en guardar las cosechas y ayudar a medirlas. El guardafrontera cuida los lindes del poblado y testifica acerca de ellos en caso de disputa. El vigilante de los depósitos de agua y de los canales es el encargado de distribuir el agua para las necesidades de la agricultura. El brahmín que vela por el culto. El maestro de escuela, a quien se puede ver enseñando a los niños del poblado a leer y a escribir sobre la arena. El brahmín encargado del calendario, o astrólogo, y otros. Todos estos funcionarios y servidores constituyen la administración del poblado, que en ciertos lugares del país es más reducida, pues algunos de los deberes y funciones que se han descrito se refunden y desempeñan por una misma persona; en otros lugares su número es mayor. Los habitantes del campo han vivido bajo esta forma primitiva de gobierno municipal desde tiempos inmemoriales. Los límites de los poblados cambiaban muy raramente, y aunque en ocasiones los poblados sufrían grandes daños e incluso eran desvastados por la guerra, el hambre o las enfermedades, el mismo nombre, los mismos límites, los mismos intereses y hasta las mismas familias perduraban durante siglos enteros. A los habitantes de esos poblados no les preocupaba en absoluto la desaparición o las divisiones de los reinos; mientras su poblado siguiese intacto, les tenía sin cuidado la potencia a cuyas manos habían pasado o el soberano a que habían sido sometidos, pues su economía interior permanecía inmutable. El potail seguía siendo el jefe y seguía actuando como juez o magistrado y recaudador de contribuciones".
Estas pequeñas formas estereotipadas de organismo social han sido destruidas en su mayor parte y están desapareciendo, no tanto por culpa de la brutal intromisión del recaudador británico de contribuciones o del soldado británico, como por la acción del vapor inglés y de la libertad de comercio inglesa. Estas comunidades de tipo familiar tenían por base la industria doméstica, esa combinación peculiar de tejido a mano, hilado a mano y laboreo a mano, que les permitía bastarse a sí mismas. La intromisión inglesa, que colocó al hilador en Lancashire y al tejedor en Bengala, o que barrió tanto al hilador hindú como al tejedor hindú, disolvió esas pequeñas comunidades semibárbaras y semicivilizadas, al hacer saltar su base económica, produciendo así la más grande, y, para decir la verdad, la única revolución social que jamás se ha visto en Asia.
Sin embargo, por muy lamentable que sea desde un punto de vista humano ver cómo se desorganizan y descomponen en sus unidades integrantes esas decenas de miles de organizaciones sociales laboriosas, patriarcales e inofensivas; por triste que sea verlas sumidas en un mar de dolor, contemplar cómo cada uno de sus miembros va perdiendo a la vez sus viejas formas de civilización y sus medios hereditarios de subsistencia, no debemos olvidar al mismo tiempo que esas idílicas comunidades rurales, por inofensivas que pareciesen, constituyeron siempre una sólida base para el despotismo oriental; que restringieron el intelecto humano a los límites más estrechos, convirtiéndolo en un instrumento sumiso de la superstición, sometiéndolo a la esclavitud de reglas tradicionales y privándolo de toda grandeza y de toda iniciativa histórica. No debemos olvidar el bárbaro egoísmo que, concentrado en un mísero pedazo de tierra, contemplaba tranquilamente la ruina de imperios enteros, la perpetración de crueldades indecibles, el aniquilamiento de la población de grandes ciudades, sin prestar a todo esto más atención que a los fenómenos de la naturaleza, y convirtiéndose a su vez en presa fácil para cualquier agresor que se dignase fijar en él su atención. No debemos olvidar que esa vida sin dignidad, estática y vegetativa, que esa forma pasiva de existencia despertaba, de otra parte y por oposición, unas fuerzas destructivas salvajes, ciegas y desenfrenadas que convirtieron incluso el asesinato en un rito religioso en el Indostán. No debemos olvidar que esas pequeñas comunidades estaban contaminadas por las diferencias de casta y por la esclavitud, que sometían al hombre a las circunstancias exteriores en lugar de hacerle soberano de dichas circunstancias, que convirtieron su estado social que se desarrollaba por sí solo en un destino natural e inmutable, creando así un culto embrutecedor a la naturaleza, cuya degradación salta a la vista en el hecho de que el hombre, el soberano de la naturaleza, cayese de rodillas, adorando al mono Hanumán y a la vaca Sabbala.
Bien es verdad que al realizar una revolución social en el Indostán, Inglaterra actuaba bajo el impulso de los intereses más mezquinos, dando pruebas de verdadera estupidez en la forma de imponer esos intereses. Pero no se trata de eso. De lo que se trata es de saber si la humanidad puede cumplir su misión sin una revolución a fondo en el estado social de Asia. Si no puede, entonces, y a pesar de todos sus crímenes, Inglaterra fue el instrumento inconsciente de la historia al realizar dicha revolución. En tal caso, por penoso que sea para nuestros sentimientos personales el espectáculo de un viejo mundo que se derrumba, desde el punto de vista de la historia tenemos pleno derecho a exclamar con Goethe:
"Sollte diese Qual uns quälen
Da sie unsre Lust vermehrt,
Hat nicht Myriaden Seelen
Timur's Herrschaft aufgezehrt? " [**]
Escrito: Por Marx el 10 de junio de 1853.
Primera edición: Publicado en el The New York Daily Tribune, núm. 3804, del 25 de junio de 1853.
C. Marx & F. Engels, Obras Escogidas, en tres tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1974; t. I.
Esta edición: Marxists Internet Archive, 2000.































PARAGUAY: LA GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA CONTRA EL PARAGUAY ANIQUILÓ LA ÚNICA EXPERIENCIA EXITOSA DE DESARROLLO INDEPENDIENTE Eduardo Galeano. Las venas abiertas de América Latina
El hombre viajaba a mi lado, silencioso. Su perfil, nariz afilada, altos pómulos, se recortaba contra la fuerte luz del mediodía. Ibamos rumbo a Asunción, desde la frontera del sur, en un ómnibus para veinte personas que contenía, no sé cómo, cincuenta. Al cabo de unas horas, hicimos un alto. Nos sentamos en un patio abierto, a la sombra de un árbol de hojas carnosas. A nuestros ojos, se abría el brillo enceguecedor de la vasta, despoblada, intacta tierra roja: de horizonte a horizonte, nada perturba la transparencia del aire en Paraguay. Fumamos. Mi compañero, campesino de habla guaraní, enhebró algunas palabras tristes en castellano. «Los paraguayos somos pobres y pocos», me dijo. Me explicó que había bajado a Encarnación a buscar trabajo pero no había encontrado. Apenas si había podido reunir unos pesos para el pasaje de vuelta. Años atrás, de muchacho, había tentado fortuna en Buenos Aires y en el sur de Brasil. Ahora venía la cosecha del algodón y muchos braceros paraguayos marchaban, como todos los años, rumbo a tierras argentinas. «Pero yo ya tengo sesenta y tres años. Mi corazón ya no soporta las demasiadas gentes.»
Suman medio millón los paraguayos que han abandonado la patria, definitivamente, en los últimos veinte años. La miseria empuja al éxodo a los habitantes del país que era, hasta hace un siglo, el más avanzado de América del Sur. Paraguay tiene ahora una población que apenas duplica a la que por entonces tenía y es, con Bolivia, uno de los dos países sudamericanos más pobres y atrasados. Los paraguayos sufren la herencia de una guerra de exterminio que se incorporó a la historia de América Latina como su capítulo más infame. Se llamó la Guerra de la Triple Alianza. Brasil, Argentina y Uruguay tuvieron a su cargo el genocidio. No dejaron piedra sobre piedra ni habitantes varones entre los escombros. Aunque Inglaterra no participó directamente en la horrorosa hazaña, fueron sus mercaderes, sus banqueros y sus industriales quienes resultaron beneficiados con el crimen de Paraguay. La invasión fue financiada, de principio a fin, por el Banco de Londres, la casa Baring Brothers y la banca Rothschild, en empréstitos con, intereses leoninos que hipotecaron la suerte de los países vencedores".
Hasta su destrucción, Paraguay se erguía como una excepción en América Latina: la única nación que el capital extranjero no había deformado. El largo gobierno de mano de hierro del dictador Gaspar Rodríguez de Francia (1814–1840) había incubado, en la matriz del aislamiento, un desarrollo económico autónomo y sostenido. El Estado, omnipotente, paternalista, ocupaba el lugar de una burguesía nacional que no existía, en la tarea de organizar la nación y orientar sus recursos y su destino. Francia se había apoyado en las masas campesinas para aplastar la oligarquía paraguaya y había, conquistado la paz interior tendiendo un estricto cordón sanitario frente a los restantes países del antiguo virreinato del Río de la Plata. Las expropiaciones, los destierros, las prisiones, las persecuciones y las multas no habían servido de instrumentos para la consolidación del dominio interno de los terratenientes y los comerciantes sino que, por el contrario, habían sido utilizados para su destrucción. No existían, ni nacerían más tarde, las libertades políticas y el derecho de oposición, pero en aquella etapa histórica sólo los nostálgicos de los privilegios perdidos sufrían la falta de democracia. No había grandes fortunas privadas cuando Francia murió, y Paraguay era el único país de América Latina que no tenía mendigos, hambrientos ni ladrones; los viajeros de la época encontraban allí un oasis de tranquilidad en medio de las demás comarcas convulsionadas por las guerras continuas. El agente norteamericano Hopkins informaba en 1845 a su gobierno que en Paraguay «no hay niño que no sepa leer y escribir...» Era también el único país que no vivía con la mirada clavada al otro lado del mar. El comercio exterior no constituía el eje de la vida nacional; la doctrina liberal, expresión ideológica de la articulación mundial de los mercados, carecía de respuestas para los desafíos que Paraguay, obligado a crecer hacia dentro por su aislamiento mediterráneo, se estaba planteando desde principios de siglo. El exterminio de la oligarquía hizo posible la concentración de los resortes económicos fundamentales en manos del Estado, para llevar adelante esta política autárquica de desarrollo dentro de fronteras.
Los posteriores gobiernos de Carlos Antonio López y su hijo Francisco Solano continuaron y vitalizaron la tarea. La economía estaba en pleno crecimiento. Cuando los invasores aparecieron en el horizonte, en 1865, Paraguay contaba con una línea de telégrafos, un ferrocarril y una buena cantidad de fábricas de materiales de construcción, tejidos, lienzos, ponchos, papel y tinta, loza y pólvora. Doscientos técnicos extranjeros, muy bien pagados por el Estado, prestaban su colaboración decisiva. Desde 1850, la fundición de Ibycui fabricaba cañones, morteros y balas de todos los calibres; en el arsenal de Asunción se producían cañones de bronce, obuses y balas. La siderurgia nacional, como todas las demás actividades económicas esenciales, estaba en manos del Estado. El país contaba con una flota mercante nacional, y habían sido construidos en el astillero de Asunción varios de los buques que ostentaban el pabellón paraguayo a lo largo del Paraná o a través del Atlántico y el Mediterráneo. El Estado virtualmente monopolizaba el comercio exterior: la yerba y el tabaco abastecían el consumo del sur del continente; las maderas valiosas se exportaban a Europa. La balanza comercial arrojaba un fuerte superávit. Paraguay tenía una moneda fuerte y estable, y disponía de suficiente riqueza para realizar enormes inversiones públicas sin recurrir al capital extranjero. El país no debía ni un centavo al exterior, pese a lo cual estaba en condiciones de mantener el mejor ejército de América del Sur, contratar técnicos ingleses que se ponían al servicio del país en lugar de poner al país a su servicio, y enviar a Europa a unos cuantos jóvenes universitarios paraguayos para perfeccionar sus estudios. El excedente económico generado por la producción agrícola no se derrochaba en el lujo estéril de una oligarquía inexistente, ni iba a parar a los bolsillos de los intermediarios, ni a las manos brujas de los prestamistas, ni al rubro ganancias que el Imperio británico nutría con los servicios de fletes y seguros. La esponja imperialista no absorbía la riqueza que el país producía. El 98 por ciento del territorio paraguayo era de propiedad pública: el Estado cedía a los campesinos la explotación de las parcelas a cambio de la obligación de poblarlas y cultivarlas en forma permanente y sin el derecho de venderlas. Había, además, sesenta y cuatro estancias de la patria, haciendas que el Estado administraba directamente. Las obras de riego, represas y canales, y los nuevos puentes y caminos contribuían en grado importante a la elevación de la productividad agrícola. Se rescató la tradición indígena de las dos cosechas anuales, que había sido abandonada por los conquistadores. El aliento vivo de las tradiciones jesuitas facilitaba, sin duda, todo este proceso creador.
El Estado paraguayo practicaba un celoso proteccionismo, muy reforzado en 1864, sobre la industria nacional y el mercado interno; los ríos interiores no estaban abiertos a las naves británicas que bombardeaban con manufacturas de Manchester y de Liverpool a todo el resto de América Latina. El comercio inglés no disimulaba su inquietud, no sólo porque resultaba invulnerable aquel último foco de resistencia nacional en el corazón del continente, sino también, y sobre todo, por la fuerza de ejemplo que la experiencia paraguaya irradiaba peligrosamente hacia los vecinos. El país más progresista de América Latina construía su futuro sin inversiones extranjeras, sin empréstitos de la banca inglesa y sin las bendiciones del comercio libre.
Pero a medida que Paraguay iba avanzando en este proceso, se hacía más aguda su necesidad de romper la reclusión. El desarrollo industrial requería contactos más intensos y directos con el mercado internacional y las fuentes de la técnica avanzada. Paraguay estaba objetivamente bloqueado entre Argentina y Brasil, y ambos países podían negar el oxígeno a sus pulmones cerrándole, como lo hicieron Rivadavia y Rosas, las bocas de los ríos, o fijando impuestos arbitrarios al tránsito de sus mercancías. Para sus vecinos, por otra parte, era una imprescindible condición, a los fines de la consolidación del estado olígárquico, terminar con el escándalo de aquel país que se bastaba a sí mismo y no quería arrodillarse ante los mercaderes británicos.
El ministro inglés en Buenos Aires, Edward Thornton; participó considerablemente en los preparativos de la guerra. En vísperas del estallido, tomaba parte, como asesor del gobierno, en las reuniones del gabinete argentino, sentándose al lado del presidente Bartolomé Mitre. Ante su atenta mirada se urdió la trama de provocaciones y de engaños que culminó con el acuerdo argentino–brasileño y selló la suerte de Paraguay. Venancio Flores invadió Uruguay, en ancas de la intervención de los dos grandes vecinos, y estableció en Montevideo, después de la matanza de Paysandú, su gobierno adicto a Río de Janeiro y Buenos Aires. La Triple Alianza estaba en funcionamiento. El presidente paraguayo Solano López había amenazado con la guerra si asaltaban Uruguay: sabía que así se estaba cerrando la tenaza de hierro en torno a la garganta de su país acorralado por la geografía y los enemigos. El historiador liberal Efraím Cardozo no tiene inconveniente en sostener, sin embargo, que López se plantó frente a Brasil simplemente porque estaba ofendido: el emperador le había negado la mano de una de sus hijas. La guerra había nacido. Pero era obra de Mercurio, no de Cupido.
La prensa de Buenos Aires llamaba «Atila de América» al presidente paraguayo López: «Hay que matarlo como a un reptil», clamaban los editoriales. En septiembre de 1864, Thornton envió a Londres un extenso informe confidencial, fechado en Asunción. Describía a Paraguay como Dante al infierno, pero ponía el acento donde correspondía: «Los derechos de importación sobre casi todos los artículos son del 20 o 25 por ciento ad valorem; pero como este valor se calcula sobre el precio corriente de los artículos, el derecho que se paga alcanza frecuentemente del 40 al 45 por ciento del precio de factura. Los derechos de exportación son del 10 al 20 por ciento sobre el valor...» En abril de 1865, el Standard, diario inglés de Buenos Aires, celebraba ya la declaración de guerra de Argentina contra Paraguay, cuyo presidente «ha infringido todos los usos de las naciones civilizadas», y anunciaba que la espada del presidente argentino Mitre «llevará en su victoriosa carrera, además del peso de glorias pasadas, el impulso irresistible de la opinión pública en una causa justa». El tratado con Brasil y Uruguay se firmó el 10 de mayo de 1865; sus términos draconianos fueron dados a la publicidad un año más tarde, en el diario británico The Times, que lo obtuvo de los banqueros acreedores de Argentina y Brasil. Los futuros vencedores se repartían anticipadamente, en el tratado, los despojos del vencido. Argentina se aseguraba todo el territorio de Misiones y el inmenso Chaco; Brasil devoraba una extensión inmensa hacia el oeste de sus fronteras. A Uruguay, gobernado por un títere de ambas potencias, no le tocaba nada. Mitre anunció que tomaría Asunción en tres meses. Pero la guerra duró cinco años. Fue una carnicería, ejecutada todo a lo largo de los fortines que defendían, tramo a tramo, el río Paraguay. El «oprobioso tirano» Francisco Solano López encarnó heroicamente la voluntad nacional de sobrevivir; el pueblo paraguayo, que no sufría la guerra desde hacía medio siglo, se inmoló a su lado. Hombres, mujeres, niños y viejos: todos se batieron como leones. Los prisioneros heridos se arrancaban las vendas para que no los obligaran a pelear contra sus hermanos. En 1870, López, a la cabeza de un ejército de espectros, ancianos y niños que se ponían barbas postizas para impresionar desde lejos, se internó en la selva. Las tropas invasoras asaltaron los escombros de Asunción con el cuchillo entre los dientes. Cuando finalmente el presidente paraguayo fue asesinado a bala y a lanza en la espesura del cerro Corá, alcanzó a decir: «¡Muero con mi patria!», y era verdad. Paraguay moría con él. Antes, López había hecho fusilar a su hermano y a un obispo, que con él marchaban en aquella caravana de la muerte. Los invasores venían para redimir al pueblo paraguayo: lo exterminaron.
Paraguay tenía, al comienzo de la guerra, poco menos población que Argentina. Sólo doscientos cincuenta mil paraguayos, menos de la sexta parte, sobrevivían en 1870. Era el triunfo de la civilización. Los vencedores, arruinados por el altísimo costo del crimen, quedaban en manos de los banqueros ingleses que habían financiado la aventura. El imperio esclavista de Pedro II, cuyas tropas se nutrían de esclavos y presos, ganó, no obstante, territorios, más de sesenta mil kilómetros cuadrados, y también mano de obra, porque muchos prisioneros paraguayos marcharon a trabajar en los cafetales paulistas con la marca de hierro de la esclavitud. La Argentina del presidente Mitre, que había aplastado a sus propios caudillos federales, se quedó con noventa y cuatro mil kilómetros cuadrados de tierra paraguaya y otros frutos del botín, según el propio Mitre había anunciado cuando escribió: «Los prisioneros y demás artículos de guerra nos los dividiremos en la forma convenida». Uruguay, donde ya los herederos de Artigas habían sido muertos o derrotados y la oligarquía mandaba, participó de la guerra como socio menor y sin recompensas. Algunos de los soldados uruguayos enviados a la campaña del Paraguay habían subido a los buques con las manos atadas. Los tres países sufrieron una bancarrota financiera que agudizó su dependencia frente a Inglaterra. La matanza de Paraguay los signó para siempre.
Brasil había cumplido con la función que el Imperio británico le había adjudicado desde los tiempos en que los ingleses trasladaron el trono portugués a Río de Janeiro. A principios del siglo XIX, habían sido claras las instrucciones de Canníng al embajador, Lord Strangford: «Hacer del Brasil un emporio para las manufacturas británicas destinadas al consumo de toda la América del Sur». Poco antes de lanzarse a la guerra, el presidente de Argentina había inaugurado una nueva línea de ferrocarriles británicos en su país, y había pronunciado un inflamado discurso: «¿Cuál es la fuerza que impulsa este progreso? Señores: ¡es el capital inglés!». Del Paraguay derrotado no sólo desapareció la población: también las tarifas aduaneras. los hornos de fundición, los ríos clausurados al libre comercio, la independencia económica v vastas zonas de su territorio. Los vencedores implantaron, dentro de las fronteras reducidas por el despojo, el librecambio y el latifundio. Todo fue saqueado y todo fue vendido: las tierras y los bosques, las minas, los yerbales, los edificios de las escuelas. Sucesivos gobiernos títeres serían instalados, en Asunción, por las fuerzas extranjeras de ocupación. No bien terminó la guerra, sobre las ruinas todavía humeantes de Paraguay cayó el primer empréstito extranjero de su historia. Era británico, por supuesto. Su valor nominal alcanzaba el millón de libras esterlinas, pero a Paraguay llegó bastante menos de la mitad; en los años siguientes, las refinanciaciones elevaron la deuda a más de tres millones. La Guerra del Opio había terminado, en 1842, cuando se firmó en Nanking el tratado de libre comercio que aseguró a los comerciantes británicos el derecho de introducir libremente la droga en el territorio chino. También la libertad de comercio fue garantizada por Paraguay después de la derrota. Se abandonaron los cultivos de algodón, y Manchester arruinó la producción textil; la industria nacional no resucitó nunca.
(...)
La triple Alianza sigue siendo todo un éxito.
Los hornos de la fundación de Ibycuí, donde se forjaron los cañones que defendieron a la patria invadida, se erguían en un paraje que ahora se llama Mina-cué -que en guaraní significa Fue mina.
Allí, entre pantanos y manquitos, junto a los restos de un muro derruido, yace todavía la bese de la chimenea que los invasores volaron, hace un siglo, con dinamita, y pueden verse los pedazos de hierro podrido de las instalaciones deshechas. Viven, en la zona, unos, pocos campesinos en harapos, que ni siquiera saben cuál fue la guerra que destruyó todo eso.
Sin embargo, ellos dicen que en ciertas noches se escuchan, allí, voces de máquina y truenos de martillos, estampidos de cañones y alaridos de soldados.
http://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/25-vi-1853.htm
http://mgar.net/var/trata.htm
http://www.portalplanetasedna.com.ar/india_britanica.htm
http://gavieros.blogspot.com/2008/08/el-barco-de-los-esclavos-notas-sobre.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Territorio_Brit%C3%A1nico_de_Ultramar
http://www.taringa.net/posts/info/963583/Guerra-de-la-Triple-Alianza.html













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