Esta info es un análisis que me dibujo un panorama del fenómeno Maradona, sabiendo que es inminente su renovación por 4 años más al frente de la Selección Argentina de Fútbol.
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Nadie puede desconocer la infinidad de alegrías que Maradona brindó desde la cancha durante su brillante carrera de futbolista...
Maradona y Perón ¿son un solo corazón? Parecería que sí. Es que el todavía DT de la frustrada selección nacional lleva tanto pueblo concentrado en sus venas, es tan intuitivamente barrial en sus genialidades como en sus miserias que, lo quiera o no, representa la idealmente imaginable esencia peronista más pura. No por casualidad, en la década pasada otro presidente justicialista, Carlos Menem, lo quiso tener bien cerca para la campaña Sol Sin Drogas, aun en un momento en el que Diego Maradona no estaba preparado para defender ese eslogan coherentemente con su propio proceder.
A pesar de lo antagónico que al matrimonio Kirchner le gusta presentarse respecto de Menem -al que, sin embargo, Néstor Kirchner cuando era gobernador solía calificar del "mejor presidente de la historia"-, también ha coincidido con el ex mandatario riojano en la devoción contradictoria por el hombre que salió de niño de Villa Fiorito a convertirse en leyenda.
Nadie puede desconocer la infinidad de alegrías que Maradona brindó desde la cancha durante su brillante carrera de futbolista. La sola presencia de tan gigantesco mito viviente al costado de los campos de juego donde la Argentina intentó labrar su fallido camino hacia la codiciada Copa del Mundo tuvo su parte benéfica más que nada por lo emblemática, así no hubiese hecho nada. Si a la distancia y por televisión a los espectadores nos emocionaba que estuviese allí, ¿cómo no pensar que para los 23 jugadores que vistieron nuestra casaca ver al costado a "Diegol" -feliz invención de Víctor Hugo Morales al correr de su memorable relato del mágico tanto que Maradona anotó contra los ingleses en el Mundial del 86- fue de un impacto espiritual y psicológico formidable? Pero quedó claro que no alcanzó.
Hubo, desde ya, una sobreexigencia de todos para que Maradona expresase como técnico el mismo genio inalcanzable que supo tener como jugador. Como eso no era ni es posible, él odia sentir esa presión y en cuanto puede se la saca de encima de la peor manera posible. Unicamente podía garantizar magia, no sistema. Pero la magia, sin milagros, es sólo una promesa inútil de la que se burlan los agnósticos.
Acostumbrado a los fans incondicionales, Maradona se encabrona cuando descubre que en su rebaño hay ovejas poco dóciles y hasta descarriadas. Por eso sólo les habla a los creyentes de su religión. No acepta a contrarios: los "ateos" son arrojados al infierno (el infierno no es un lugar con fuego, lo que tiene de atroz es justamente no poder acceder a Dios). Agnósticos y tibios también quedan afuera. O se recita sin discutir el evangelio maradoniano o? mejor buscar la salida más próxima.
Es increíble lo que logra un Mundial en el ánimo del planeta. Es una bellísima sublimación de las ínfulas agresivamente competitivas de los países que a veces llegan hasta la guerra más despiadada o imponen injustos intercambios comerciales o financieros con tal de aplastar al otro. En los mundiales hay algunos ritos bélicos -banderas que flamean, himnos que se cantan, colores que se defienden, "ejércitos" que se enfrentan, "batallas" que se libran, etcétera- que aluden, lejanamente, a esa pulsión tan tremenda, pero tan humana, de querer pasarle al otro por arriba.
Y lo que eso produce en cada nación, televisión mediante, es directamente indescriptible: todos pensando y sintiendo lo mismo y al unísono, con el pecho hinchado de temores y emociones; estrujados cada vez que la pelota golpea en el travesaño de cualquiera de los dos arcos; enronqueciendo con el grito de gol cuando se incrusta contra la red del equipo rival.
Todos los poderes, no sólo los públicos, sino también los privados, desean "pegarse" a ese particular estado de emoción patriótica (también patriotera o planetaria, según se mire) que inevitablemente nos embarga a todos en cuanto el balón empieza a rodar en el marco de esa coreografía y puesta en escena únicas que, inevitablemente, nos erizan la piel. Las grandes marcas están allí hablándoles directamente a nuestros ojos y oídos para que se nos mezclen en la profundidad de nuestro exaltado inconsciente y nos dejen una huella indeleble. Así también los gobiernos pretenden capitalizar a su favor esa conmovedora suspensión de la razón donde todos vibramos al mismo tiempo en idéntica sintonía. Y aspiran a que ese fenómeno dure lo máximo posible.
Es una ilusión vana: el clímax sexual conmociona no sólo por las gratas sensaciones que produce, sino por su sentida fugacidad. La felicidad, tantas veces confundida con el apetecido estado de bienestar personal, también tiene esa impronta de chispazo que nos conmueve más allá de lo normal: el primer beso de enamorados, el abrazo en un reencuentro inesperado, el "mamá" o "papá" balbuceado por nuestro primer hijo. Los momentos mágicos son exactamente eso: instantes irrepetibles, como una estrella fugaz que cuando nos deslumbra ya se ha esfumado de nuestro campo de visión.
Los gobiernos, cuanto más autoritarios son, buscan con obsesión recrear burdamente lo imposible: que el estado de felicidad nacional se conserve de manera permanente. ¿Cómo?: con un discurso único, afectado y férreo que habla desde lo formal y lo burocrático, halagando en la verborragia superficial lo que no se concede de verdad en los hechos.
Para sostener lo insostenible se requiere un complejo y oneroso andamiaje que incluye clientelismo demagógico en las capas inferiores de la sociedad, y publicidad oficial en cantidad para favorecer a los medios de comunicación amigos y asfixiar a los enemigos retaceándosela, de manera de adormecer las ínfulas intelectuales y el esnobismo inestable de la clase media urbana. Además, se les hace imprescindible contar, en un manojo bien apretado, con los hilos que manejan la justicia y las fuerzas de seguridad. Por último establecen alianzas indestructibles con los dueños y hacedores de la producción (empresariado y sindicatos).
Las dictaduras, por su naturaleza arbitraria (no tienen que rendirle cuentas a nadie), son las que se creen en condiciones de implementar el experimento para siempre (aunque no hay mal que dure cien años).
Salvando los abismales precipicios que separan un totalitarismo de un sistema democrático imperfecto como el que tenemos, debe consignarse que aquí, especialmente a partir de las celebraciones por el Bicentenario, se pretende capitalizar hacia el oficialismo esa ola de fervor y unidad que circuló en el feriado interminable del 25 de Mayo, se extendió a partir del comienzo del Mundial y que ahora entronca con el nuevo feriado largo patriótico del 9 de Julio que arranca hoy (el mes que viene tenemos otro aniversario redondo: los 160 años de la muerte de José de San Martín).
Para ratificar la tácita alianza que se ha dado desde el lanzamiento del Fútbol para Todos (AFA/Maradona/kirchnerismo), hoy es imposible debatir las estrategias del director técnico de la selección sin que en segundos salten a la yugular los fanáticos maradonianos, sea cara a cara o en la Web. Hoy, quien intente discutir a Maradona es un traidor a la patria, un amargo, un mercenario al servicio de oscuros intereses, alguien que en definitiva no merece llamarse argentino.
Sin ser explícitamente kirchnerista, en lo que coincide profundamente el mejor 10 de la historia con los actuales habitantes de la residencia presidencial de Olivos es en cierta manera altanera de ejercer el poder, de relatar la historia desde un lugar infalible donde el que opone algún tipo de resistencia es susceptible de ser vituperado, humillado y puesto bajo sospecha. Y se parece, muy especialmente, en la común adversión que tienen hacia el periodismo, que en vez de arrodillarse dócilmente a sus pies se atreve a discutirlo.
Pero si Maradona tiene algo de divinidad es que se autoabastece en su propia iglesia, cree en él por sobre todas las cosas, y cualquier "ismo" que se cruce en su camino es apenas un avatar temporal con el que puede establecer, en el mejor de los casos, una alianza pasajera y olvidable en el tiempo, y reemplazable, incluso, por una de signo contrario, como lo prueba el corto camino que lo llevó de Menem a los Kirchner.
Si pasado mañana hubiésemos tenido la inmensa fortuna de levantar por tercera vez en la historia la copa, habría sido inevitable que el Gobierno hubiese querido capitalizarla como un triunfo político propio, un gol más que podría haberlo acercado un poco más a ganar su propio campeonato, en las urnas de 2011.
Pero nos tocó irnos antes de tiempo, aunque eso no es lo que más llama la atención en un torneo donde empiezan compitiendo 32 equipos y sólo uno se consagra campeón.
Lo que resultó curioso es la compleja operación de transfigurar una derrota tan categórica como la que sufrimos frente a Alemania en una suerte de triunfo del campeonato mundial de la adversidad. La afirmación tan suelta de cuerpo de Maradona no bien terminó el partido que perdimos abrumadoramente por 4 a 0 -"éste es el fútbol que le gusta a la gente"- plantea un inefable caso de paradójica negación de la realidad. Esa manera de jugar acababa de mostrar ante el mundo un fracaso indisimulable, que el triunfo de España sobre Alemania hizo aún más notable.
El "operativo resurrección" estaba en marcha. La multitud que, aprovechando la jornada dominguera, se acercó a recibir la llegada de la selección al país, inyectó nuevos bríos a los alicaídos ánimos del Gobierno, que recordó su propia derrota electoral del 28 de junio del año pasado y cómo la fue remontando hasta ahora. Gobierno y adictos, pues, cerraron filas alrededor de Maradona para acelerar el "relato" de la épica de la derrota, como peldaño hacia nuevas victorias.
Entremezclar las emociones aluvionales y confusas que representa Maradona para la gente con la obsesión K de contar con el beneplácito popular incondicional sigue siendo una de las prioridades del momento.
"Aguante Maradona, aguante Argentina también", vibró la Presidenta. Hasta propusieron levantarle un monumento.
¿Alguien puede imaginar el paroxismo al que se hubiese llegado en la victoria?
http://www.agrositio.com/vertext/vertext.asp?id=113837&se=1000
Cuando la Patria es Maradona
(Análisis por Pablo Sirvén)
)Nadie puede desconocer la infinidad de alegrías que Maradona brindó desde la cancha durante su brillante carrera de futbolista...
Maradona y Perón ¿son un solo corazón? Parecería que sí. Es que el todavía DT de la frustrada selección nacional lleva tanto pueblo concentrado en sus venas, es tan intuitivamente barrial en sus genialidades como en sus miserias que, lo quiera o no, representa la idealmente imaginable esencia peronista más pura. No por casualidad, en la década pasada otro presidente justicialista, Carlos Menem, lo quiso tener bien cerca para la campaña Sol Sin Drogas, aun en un momento en el que Diego Maradona no estaba preparado para defender ese eslogan coherentemente con su propio proceder.
A pesar de lo antagónico que al matrimonio Kirchner le gusta presentarse respecto de Menem -al que, sin embargo, Néstor Kirchner cuando era gobernador solía calificar del "mejor presidente de la historia"-, también ha coincidido con el ex mandatario riojano en la devoción contradictoria por el hombre que salió de niño de Villa Fiorito a convertirse en leyenda.
Nadie puede desconocer la infinidad de alegrías que Maradona brindó desde la cancha durante su brillante carrera de futbolista. La sola presencia de tan gigantesco mito viviente al costado de los campos de juego donde la Argentina intentó labrar su fallido camino hacia la codiciada Copa del Mundo tuvo su parte benéfica más que nada por lo emblemática, así no hubiese hecho nada. Si a la distancia y por televisión a los espectadores nos emocionaba que estuviese allí, ¿cómo no pensar que para los 23 jugadores que vistieron nuestra casaca ver al costado a "Diegol" -feliz invención de Víctor Hugo Morales al correr de su memorable relato del mágico tanto que Maradona anotó contra los ingleses en el Mundial del 86- fue de un impacto espiritual y psicológico formidable? Pero quedó claro que no alcanzó.
Hubo, desde ya, una sobreexigencia de todos para que Maradona expresase como técnico el mismo genio inalcanzable que supo tener como jugador. Como eso no era ni es posible, él odia sentir esa presión y en cuanto puede se la saca de encima de la peor manera posible. Unicamente podía garantizar magia, no sistema. Pero la magia, sin milagros, es sólo una promesa inútil de la que se burlan los agnósticos.
Acostumbrado a los fans incondicionales, Maradona se encabrona cuando descubre que en su rebaño hay ovejas poco dóciles y hasta descarriadas. Por eso sólo les habla a los creyentes de su religión. No acepta a contrarios: los "ateos" son arrojados al infierno (el infierno no es un lugar con fuego, lo que tiene de atroz es justamente no poder acceder a Dios). Agnósticos y tibios también quedan afuera. O se recita sin discutir el evangelio maradoniano o? mejor buscar la salida más próxima.
Es increíble lo que logra un Mundial en el ánimo del planeta. Es una bellísima sublimación de las ínfulas agresivamente competitivas de los países que a veces llegan hasta la guerra más despiadada o imponen injustos intercambios comerciales o financieros con tal de aplastar al otro. En los mundiales hay algunos ritos bélicos -banderas que flamean, himnos que se cantan, colores que se defienden, "ejércitos" que se enfrentan, "batallas" que se libran, etcétera- que aluden, lejanamente, a esa pulsión tan tremenda, pero tan humana, de querer pasarle al otro por arriba.
Y lo que eso produce en cada nación, televisión mediante, es directamente indescriptible: todos pensando y sintiendo lo mismo y al unísono, con el pecho hinchado de temores y emociones; estrujados cada vez que la pelota golpea en el travesaño de cualquiera de los dos arcos; enronqueciendo con el grito de gol cuando se incrusta contra la red del equipo rival.
Todos los poderes, no sólo los públicos, sino también los privados, desean "pegarse" a ese particular estado de emoción patriótica (también patriotera o planetaria, según se mire) que inevitablemente nos embarga a todos en cuanto el balón empieza a rodar en el marco de esa coreografía y puesta en escena únicas que, inevitablemente, nos erizan la piel. Las grandes marcas están allí hablándoles directamente a nuestros ojos y oídos para que se nos mezclen en la profundidad de nuestro exaltado inconsciente y nos dejen una huella indeleble. Así también los gobiernos pretenden capitalizar a su favor esa conmovedora suspensión de la razón donde todos vibramos al mismo tiempo en idéntica sintonía. Y aspiran a que ese fenómeno dure lo máximo posible.
Es una ilusión vana: el clímax sexual conmociona no sólo por las gratas sensaciones que produce, sino por su sentida fugacidad. La felicidad, tantas veces confundida con el apetecido estado de bienestar personal, también tiene esa impronta de chispazo que nos conmueve más allá de lo normal: el primer beso de enamorados, el abrazo en un reencuentro inesperado, el "mamá" o "papá" balbuceado por nuestro primer hijo. Los momentos mágicos son exactamente eso: instantes irrepetibles, como una estrella fugaz que cuando nos deslumbra ya se ha esfumado de nuestro campo de visión.
Los gobiernos, cuanto más autoritarios son, buscan con obsesión recrear burdamente lo imposible: que el estado de felicidad nacional se conserve de manera permanente. ¿Cómo?: con un discurso único, afectado y férreo que habla desde lo formal y lo burocrático, halagando en la verborragia superficial lo que no se concede de verdad en los hechos.
Para sostener lo insostenible se requiere un complejo y oneroso andamiaje que incluye clientelismo demagógico en las capas inferiores de la sociedad, y publicidad oficial en cantidad para favorecer a los medios de comunicación amigos y asfixiar a los enemigos retaceándosela, de manera de adormecer las ínfulas intelectuales y el esnobismo inestable de la clase media urbana. Además, se les hace imprescindible contar, en un manojo bien apretado, con los hilos que manejan la justicia y las fuerzas de seguridad. Por último establecen alianzas indestructibles con los dueños y hacedores de la producción (empresariado y sindicatos).
Las dictaduras, por su naturaleza arbitraria (no tienen que rendirle cuentas a nadie), son las que se creen en condiciones de implementar el experimento para siempre (aunque no hay mal que dure cien años).
Salvando los abismales precipicios que separan un totalitarismo de un sistema democrático imperfecto como el que tenemos, debe consignarse que aquí, especialmente a partir de las celebraciones por el Bicentenario, se pretende capitalizar hacia el oficialismo esa ola de fervor y unidad que circuló en el feriado interminable del 25 de Mayo, se extendió a partir del comienzo del Mundial y que ahora entronca con el nuevo feriado largo patriótico del 9 de Julio que arranca hoy (el mes que viene tenemos otro aniversario redondo: los 160 años de la muerte de José de San Martín).
Para ratificar la tácita alianza que se ha dado desde el lanzamiento del Fútbol para Todos (AFA/Maradona/kirchnerismo), hoy es imposible debatir las estrategias del director técnico de la selección sin que en segundos salten a la yugular los fanáticos maradonianos, sea cara a cara o en la Web. Hoy, quien intente discutir a Maradona es un traidor a la patria, un amargo, un mercenario al servicio de oscuros intereses, alguien que en definitiva no merece llamarse argentino.
Sin ser explícitamente kirchnerista, en lo que coincide profundamente el mejor 10 de la historia con los actuales habitantes de la residencia presidencial de Olivos es en cierta manera altanera de ejercer el poder, de relatar la historia desde un lugar infalible donde el que opone algún tipo de resistencia es susceptible de ser vituperado, humillado y puesto bajo sospecha. Y se parece, muy especialmente, en la común adversión que tienen hacia el periodismo, que en vez de arrodillarse dócilmente a sus pies se atreve a discutirlo.
Pero si Maradona tiene algo de divinidad es que se autoabastece en su propia iglesia, cree en él por sobre todas las cosas, y cualquier "ismo" que se cruce en su camino es apenas un avatar temporal con el que puede establecer, en el mejor de los casos, una alianza pasajera y olvidable en el tiempo, y reemplazable, incluso, por una de signo contrario, como lo prueba el corto camino que lo llevó de Menem a los Kirchner.
Si pasado mañana hubiésemos tenido la inmensa fortuna de levantar por tercera vez en la historia la copa, habría sido inevitable que el Gobierno hubiese querido capitalizarla como un triunfo político propio, un gol más que podría haberlo acercado un poco más a ganar su propio campeonato, en las urnas de 2011.
Pero nos tocó irnos antes de tiempo, aunque eso no es lo que más llama la atención en un torneo donde empiezan compitiendo 32 equipos y sólo uno se consagra campeón.
Lo que resultó curioso es la compleja operación de transfigurar una derrota tan categórica como la que sufrimos frente a Alemania en una suerte de triunfo del campeonato mundial de la adversidad. La afirmación tan suelta de cuerpo de Maradona no bien terminó el partido que perdimos abrumadoramente por 4 a 0 -"éste es el fútbol que le gusta a la gente"- plantea un inefable caso de paradójica negación de la realidad. Esa manera de jugar acababa de mostrar ante el mundo un fracaso indisimulable, que el triunfo de España sobre Alemania hizo aún más notable.
El "operativo resurrección" estaba en marcha. La multitud que, aprovechando la jornada dominguera, se acercó a recibir la llegada de la selección al país, inyectó nuevos bríos a los alicaídos ánimos del Gobierno, que recordó su propia derrota electoral del 28 de junio del año pasado y cómo la fue remontando hasta ahora. Gobierno y adictos, pues, cerraron filas alrededor de Maradona para acelerar el "relato" de la épica de la derrota, como peldaño hacia nuevas victorias.
Entremezclar las emociones aluvionales y confusas que representa Maradona para la gente con la obsesión K de contar con el beneplácito popular incondicional sigue siendo una de las prioridades del momento.
"Aguante Maradona, aguante Argentina también", vibró la Presidenta. Hasta propusieron levantarle un monumento.
¿Alguien puede imaginar el paroxismo al que se hubiese llegado en la victoria?
http://www.agrositio.com/vertext/vertext.asp?id=113837&se=1000