La caída del Sha
Se cumplieron 30 años de la revolución islámica en Irán
Se cumplieron 30 años de la revolución islámica en Irán
Profundas desigualdades sociales, persecuciones políticas y un escandaloso proceso de occidentalización crearon las condiciones propicias para que en Irán germinara la revolución.
Las tensiones fueron creciendo y en pocos días Washington vio cómo caía en desgracia uno de sus aliados en Medio Oriente.
El malestar comenzó a generalizarse desde principios de 1979 y las movilizaciones callejeras pasaron a formar parte de la vida cotidiana. Los primeros en manifestarse fueron los estudiantes, después lo hicieron otros sectores de la sociedad, hasta que una facción de las Fuerzas Armadas decidió plegarse el movimiento rebelde y poner fin al régimen de Mohamad Reza Pahlevi, conocido como el Sha de Persia.
Este monarca prooccidental había logrado hacerse con el control absoluto del poder en 1953, cuando impulsó un golpe que contó con el respaldo político de la Casa Blanca y la asistencia técnica de la CIA.
Durante su régimen impuso el terror a través de la SAVAK, su poderosa policía secreta, abolió los partidos políticos, se opuso a la nacionalización de los recursos petroleros y encaró una serie de reformas que incluyeron la expropiación de latifundios, el sufragio femenino y el laicismo.
Estos cambios fueron presentados bajo el nombre de “revolución blanca”, pero sólo beneficiaron a un sector minoritario, mientras el grueso de la población comenzaba a ver con espanto cómo se acentuaban la desigualdad y la exclusión.
Al rechazo interno a las políticas del Sha se le sumó la actividad, fronteras afuera, del Ayatolá Ruhollah Jomeini. Este clérigo chiíta había comenzado a ejercer la oposición desde el vecino Irak, donde se exilió en 1964.
Por presión de las autoridades de Teherán y de Washington, en 1978 Bagdad expulsó a Jomeini, quien se trasladó a Francia. Fue entonces cuando aprovechó su estadía en un pueblo de las afueras de París para fortalecer su imagen internacional, concediendo 132 entrevistas en un lapso de cuatro meses.
En Irán, en tanto, la agitación fue en ascenso. Tras una sucesión de violentas protestas y un enfrentamiento entre dos facciones de las Fuerzas Armadas que se saldó con 300 muertos, el 10 de febrero se proclamó el triunfo de la revolución. Al día siguiente, el Ayatolá Jomeini volvió a su tierra para dar vida a la República Islámica.
Para ese entonces, el Sha de Persia estaba fuera del país, ya que el 16 de enero de 1979 había iniciado un exilio que lo llevó a Marruecos, Bahamas, México y Panamá, para concluir su periplo en Egipto, donde permaneció hasta su muerte en 1980.
En el mundo bipolar de aquellos años, la Unión Soviética reconoció casi de inmediato al nuevo gobierno iraní, mientras que las relaciones con Washington se fueron tensando hasta desembocar en la denominada “crisis de los rehenes”. Ésta comenzó cuando Jomeini llamó a su pueblo a manifestarse para exigir a la Casa Blanca la extradición del Sha.
Así, el 4 de noviembre de 1979, unos 500 estudiantes rodearon la embajada de Estados Unidos y apresaron a las 90 personas que estaban en el edificio. En la confusión, seis lograron escapar y otras trece fueron liberadas, mientras que el resto permaneció 444 días en cautiverio.
La crisis de los rehenes cortó las relaciones diplomáticas entre ambos países y significó un duro revés para el entonces presidente de los Estados Unidos, Jimmy Carter, quien ordenó una operación secreta de rescate que terminó en un estrepitoso fracaso, con ocho soldados muertos, cuyos cuerpos fueron exhibidos al resto del mundo a través de la televisión.
Los cautivos de la Embajada, finalmente, fueron liberados el 20 de enero de 1981 cuando Ronald Reagan estrenaba el traje de presidente. Para esos tiempos, la revolución iraní no gozaba de la fortaleza inicial, ya que el 22 de septiembre de 1980 el país había sido invadido por el vecino Irak, presidido por Saddam Hussein quien contó con el apoyo de Washington en una guerra que se extendió durante ocho años.
En 1986 se conocieron las operaciones secretas de la administración Reagan, conocidas como Irán – Contras, que consistieron en ventas ilegales de armas al país que formalmente estaba enfrentado con los Estados Unidos para obtener recursos y financiar a la Contra Nicaragüense, que combatía al Gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional.
Otro pico de tensión con Washington se produjo en 1988 cuando un barco estadounidense derribó un avión de pasajeros iraní matando a 290 personas.
El 29 de enero de 2002, el entonces presidente George Bush incluyó al país junto con Irak y Corea del Norte en el “eje del mal” y en 2006, la ONU impuso sanciones, exigiendo el desmantelamiento del programa nuclear.
Treinta años después del triunfo de la revolución y de la consecuente ruptura de relaciones diplomáticas, el flamante inquilino de la Casa Blanca comenzó a enviar algunas señales en son de paz. Desde Teherán, el presidente Mahmoud Ahmadinejad no tardó en reaccionar a los guiños de Barack Obama y se mostró dispuesto al diálogo, siempre que se produzca un cambio estratégico en la política exterior de Washington.
Ambos mandatarios saben que los antagonismos nunca son eternos y también saben que no se pueden tener tantos enemigos juntos en una misma región.
Las tensiones fueron creciendo y en pocos días Washington vio cómo caía en desgracia uno de sus aliados en Medio Oriente.
El malestar comenzó a generalizarse desde principios de 1979 y las movilizaciones callejeras pasaron a formar parte de la vida cotidiana. Los primeros en manifestarse fueron los estudiantes, después lo hicieron otros sectores de la sociedad, hasta que una facción de las Fuerzas Armadas decidió plegarse el movimiento rebelde y poner fin al régimen de Mohamad Reza Pahlevi, conocido como el Sha de Persia.
Este monarca prooccidental había logrado hacerse con el control absoluto del poder en 1953, cuando impulsó un golpe que contó con el respaldo político de la Casa Blanca y la asistencia técnica de la CIA.
Durante su régimen impuso el terror a través de la SAVAK, su poderosa policía secreta, abolió los partidos políticos, se opuso a la nacionalización de los recursos petroleros y encaró una serie de reformas que incluyeron la expropiación de latifundios, el sufragio femenino y el laicismo.
Estos cambios fueron presentados bajo el nombre de “revolución blanca”, pero sólo beneficiaron a un sector minoritario, mientras el grueso de la población comenzaba a ver con espanto cómo se acentuaban la desigualdad y la exclusión.
Al rechazo interno a las políticas del Sha se le sumó la actividad, fronteras afuera, del Ayatolá Ruhollah Jomeini. Este clérigo chiíta había comenzado a ejercer la oposición desde el vecino Irak, donde se exilió en 1964.
Por presión de las autoridades de Teherán y de Washington, en 1978 Bagdad expulsó a Jomeini, quien se trasladó a Francia. Fue entonces cuando aprovechó su estadía en un pueblo de las afueras de París para fortalecer su imagen internacional, concediendo 132 entrevistas en un lapso de cuatro meses.
En Irán, en tanto, la agitación fue en ascenso. Tras una sucesión de violentas protestas y un enfrentamiento entre dos facciones de las Fuerzas Armadas que se saldó con 300 muertos, el 10 de febrero se proclamó el triunfo de la revolución. Al día siguiente, el Ayatolá Jomeini volvió a su tierra para dar vida a la República Islámica.
Para ese entonces, el Sha de Persia estaba fuera del país, ya que el 16 de enero de 1979 había iniciado un exilio que lo llevó a Marruecos, Bahamas, México y Panamá, para concluir su periplo en Egipto, donde permaneció hasta su muerte en 1980.
En el mundo bipolar de aquellos años, la Unión Soviética reconoció casi de inmediato al nuevo gobierno iraní, mientras que las relaciones con Washington se fueron tensando hasta desembocar en la denominada “crisis de los rehenes”. Ésta comenzó cuando Jomeini llamó a su pueblo a manifestarse para exigir a la Casa Blanca la extradición del Sha.
Así, el 4 de noviembre de 1979, unos 500 estudiantes rodearon la embajada de Estados Unidos y apresaron a las 90 personas que estaban en el edificio. En la confusión, seis lograron escapar y otras trece fueron liberadas, mientras que el resto permaneció 444 días en cautiverio.
La crisis de los rehenes cortó las relaciones diplomáticas entre ambos países y significó un duro revés para el entonces presidente de los Estados Unidos, Jimmy Carter, quien ordenó una operación secreta de rescate que terminó en un estrepitoso fracaso, con ocho soldados muertos, cuyos cuerpos fueron exhibidos al resto del mundo a través de la televisión.
Los cautivos de la Embajada, finalmente, fueron liberados el 20 de enero de 1981 cuando Ronald Reagan estrenaba el traje de presidente. Para esos tiempos, la revolución iraní no gozaba de la fortaleza inicial, ya que el 22 de septiembre de 1980 el país había sido invadido por el vecino Irak, presidido por Saddam Hussein quien contó con el apoyo de Washington en una guerra que se extendió durante ocho años.
En 1986 se conocieron las operaciones secretas de la administración Reagan, conocidas como Irán – Contras, que consistieron en ventas ilegales de armas al país que formalmente estaba enfrentado con los Estados Unidos para obtener recursos y financiar a la Contra Nicaragüense, que combatía al Gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional.
Otro pico de tensión con Washington se produjo en 1988 cuando un barco estadounidense derribó un avión de pasajeros iraní matando a 290 personas.
El 29 de enero de 2002, el entonces presidente George Bush incluyó al país junto con Irak y Corea del Norte en el “eje del mal” y en 2006, la ONU impuso sanciones, exigiendo el desmantelamiento del programa nuclear.
Treinta años después del triunfo de la revolución y de la consecuente ruptura de relaciones diplomáticas, el flamante inquilino de la Casa Blanca comenzó a enviar algunas señales en son de paz. Desde Teherán, el presidente Mahmoud Ahmadinejad no tardó en reaccionar a los guiños de Barack Obama y se mostró dispuesto al diálogo, siempre que se produzca un cambio estratégico en la política exterior de Washington.
Ambos mandatarios saben que los antagonismos nunca son eternos y también saben que no se pueden tener tantos enemigos juntos en una misma región.
Irán conflictivo
Claves para entender la crisis política
Claves para entender la crisis política
La denominada “revolución verde” iraní, que tantas esperanzas despertó en los medios occidentales, alineados de manera casi unánime con las necesidades políticas de sus gobiernos, se apaga lentamente luego de dos semanas de marchas y violencia callejera, evidenciando que los clérigos que detentan el poder en Teherán no están dispuestos a ceder fácilmente a las demandas de cambio de sectores seculares de su población y permitir que las protestas sean utilizadas por sus enemigos externos e internos para acabar con la Revolución Islámica iniciada en 1979.
Estos medios, ansiosos por comprar paquetes de épica instantánea y romanticismo icónico, que pueden ser fácilmente vendidos a amplios públicos globales junto con la retórica democrática y libertaria con la que los Estados Unidos suele vestir sus intenciones hegemónicas, simplificaron los acontecimientos post-electorales de Irán y su compleja interna político-religiosa, aceptando el credo del “cambio de régimen” que Washington sigue aplicando indistintamente a todos los casos molestos en Oriente Medio, sin considerar sus particularidades históricas y pese al desastre que esa política ha producido en Irak y Afganistán.
En muchos casos, reconocidos centros de análisis internacional como el Instituto Real de Asuntos Internacionales británico, conocido como Chatham House, movilizaron a sus expertos para producir papers que fundamentaran las acusaciones de fraude que los gobiernos occidentales lanzaron sobre Teherán, en base a las declaraciones de los opositores.
En este caso puntual, un documento de Chatham House, reproducido acríticamente por numerosos medios, y basado únicamente en el análisis de los números de las elecciones presidenciales iraníes de 2005 y 2009, sostuvo que era inexplicable el origen de al menos 10 millones de votos obtenidos por Ahmadinejad en la reciente elección.
Sin embargo, no dejaba en claro que su análisis comparaba dos elecciones muy distintas: la de 2005, con siete candidatos y segunda vuelta, y las de 2009, con apenas cuatro, de los cuales dos eran figuras cuyo peso quedó diluido por una fuerte polarización entre Mahmoud Ahmadinejad y Mir Houssain Mousavi.
El Consejo de Guardianes, cuerpo a cargo de asuntos electorales, reconoció la existencia de irregularidades en torno a unos tres millones de votos emitidos en cincuenta pueblos. Pero esos votos observados se deberían, según varios analistas, al sistema electoral iraní, que permite a los ciudadanos votar en cualquier sitio del país y no sería la primera vez que se producen.
Sin duda, hay una fuerte interna en el sistema de poder iraní, que tiene como principales polos al líder supremo, Ali Khamenei, y al ex presidente Ali Akbar Hashemi Rafsanjani, quien preside la Asamblea de Expertos, la máxima instancia de poder de Irán, integrada por eruditos islámicos.
Rafsanjani, uno de los hombres más ricos del país, continúa siendo uno de los políticos más influyentes, y apostó por Mousavi, que estuvo ausente de la escena política de Irán durante veinte años, y reapareció súbitamente tres meses antes de las elecciones para encabezar la candidatura de los denominados reformistas.
Sin embargo, y pese a las promocionadas detenciones de familiares de Rafsanjani, éste no fue execrado públicamente, y no parece estar dispuesto a lanzarse a una pelea a fondo con el establishment religioso para revertir el resultado electoral.
Las últimas marchas congregaron a unos pocos miles de personas en la capital iraní, en cuyas calles la policía antimotines del gobierno y grupos de milicias vinculadas a los Guardias Revolucionarios demostraron a Mousavi y sus partidarios que revertir el resultado electoral que oficialmente le dio el triunfo al presidente Ahmadinejad no se lograría sólo con movilizaciones convocadas a través de herramientas tecnológicas como Twitter y Facebook, a pesar de la fe que el Departamento de Estado deposita en esas plataformas, ideales para construir las revoluciones de colores que financia la National Endowment for Democracy.
La mengua de la participación en las marchas podría deberse no sólo al temor que infunden los grupos progubernamentales y la policía, sino a que los manifestantes tenían como objetivo principal cuestionar el resultado de los comicios, pero no exactamente derribar al régimen.
De hecho, algunas encuestas realizadas pocos días antes de las elecciones indicaban que un alto porcentaje de iraníes estaba conforme con el sistema de gobierno islámico, lo cual no impide que pretendan, al mismo tiempo, mayores libertades civiles en ese marco.
En el escenario internacional, el presidente estadounidense, Barack Obama, debió ceder ante el embate de los republicanos, que siempre estuvieron ansiosos por atacar a Irán, y lo criticaron por su “blandura” y reticencia en condenar al gobierno de Teherán.
Su ex rival, el senador John McCain, fue uno de los que encabezó la ofensiva. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, y el vicepresidente, Joe Biden, lo convencieron de endurecer la postura, y Obama cambió drásticamente su posición, cuestionando la legitimidad de los comicios.
El presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, le contestó duramente, reiterando las acusaciones de injerencia, aunque en sus dichos parece haber dejado abierta la puerta para que el diálogo diplomático propuesto por su par estadounidense no naufrague del todo.
Ahmadinejad y el conjunto de los clérigos iraníes saben que si de esta crisis Teherán no logra recomponer su imagen internacional y la propuesta de Obama se hunde, las únicas opciones que quedarán sobre la mesa son las que los halcones neoconservadores en los Estados Unidos e Israel impulsan como solución para tratar con la república islámica: el lenguaje de las bombas y la destrucción del proyecto iraní de convertirse en una potencia de Oriente Medio.
Estos medios, ansiosos por comprar paquetes de épica instantánea y romanticismo icónico, que pueden ser fácilmente vendidos a amplios públicos globales junto con la retórica democrática y libertaria con la que los Estados Unidos suele vestir sus intenciones hegemónicas, simplificaron los acontecimientos post-electorales de Irán y su compleja interna político-religiosa, aceptando el credo del “cambio de régimen” que Washington sigue aplicando indistintamente a todos los casos molestos en Oriente Medio, sin considerar sus particularidades históricas y pese al desastre que esa política ha producido en Irak y Afganistán.
En muchos casos, reconocidos centros de análisis internacional como el Instituto Real de Asuntos Internacionales británico, conocido como Chatham House, movilizaron a sus expertos para producir papers que fundamentaran las acusaciones de fraude que los gobiernos occidentales lanzaron sobre Teherán, en base a las declaraciones de los opositores.
En este caso puntual, un documento de Chatham House, reproducido acríticamente por numerosos medios, y basado únicamente en el análisis de los números de las elecciones presidenciales iraníes de 2005 y 2009, sostuvo que era inexplicable el origen de al menos 10 millones de votos obtenidos por Ahmadinejad en la reciente elección.
Sin embargo, no dejaba en claro que su análisis comparaba dos elecciones muy distintas: la de 2005, con siete candidatos y segunda vuelta, y las de 2009, con apenas cuatro, de los cuales dos eran figuras cuyo peso quedó diluido por una fuerte polarización entre Mahmoud Ahmadinejad y Mir Houssain Mousavi.
El Consejo de Guardianes, cuerpo a cargo de asuntos electorales, reconoció la existencia de irregularidades en torno a unos tres millones de votos emitidos en cincuenta pueblos. Pero esos votos observados se deberían, según varios analistas, al sistema electoral iraní, que permite a los ciudadanos votar en cualquier sitio del país y no sería la primera vez que se producen.
Sin duda, hay una fuerte interna en el sistema de poder iraní, que tiene como principales polos al líder supremo, Ali Khamenei, y al ex presidente Ali Akbar Hashemi Rafsanjani, quien preside la Asamblea de Expertos, la máxima instancia de poder de Irán, integrada por eruditos islámicos.
Rafsanjani, uno de los hombres más ricos del país, continúa siendo uno de los políticos más influyentes, y apostó por Mousavi, que estuvo ausente de la escena política de Irán durante veinte años, y reapareció súbitamente tres meses antes de las elecciones para encabezar la candidatura de los denominados reformistas.
Sin embargo, y pese a las promocionadas detenciones de familiares de Rafsanjani, éste no fue execrado públicamente, y no parece estar dispuesto a lanzarse a una pelea a fondo con el establishment religioso para revertir el resultado electoral.
Las últimas marchas congregaron a unos pocos miles de personas en la capital iraní, en cuyas calles la policía antimotines del gobierno y grupos de milicias vinculadas a los Guardias Revolucionarios demostraron a Mousavi y sus partidarios que revertir el resultado electoral que oficialmente le dio el triunfo al presidente Ahmadinejad no se lograría sólo con movilizaciones convocadas a través de herramientas tecnológicas como Twitter y Facebook, a pesar de la fe que el Departamento de Estado deposita en esas plataformas, ideales para construir las revoluciones de colores que financia la National Endowment for Democracy.
La mengua de la participación en las marchas podría deberse no sólo al temor que infunden los grupos progubernamentales y la policía, sino a que los manifestantes tenían como objetivo principal cuestionar el resultado de los comicios, pero no exactamente derribar al régimen.
De hecho, algunas encuestas realizadas pocos días antes de las elecciones indicaban que un alto porcentaje de iraníes estaba conforme con el sistema de gobierno islámico, lo cual no impide que pretendan, al mismo tiempo, mayores libertades civiles en ese marco.
En el escenario internacional, el presidente estadounidense, Barack Obama, debió ceder ante el embate de los republicanos, que siempre estuvieron ansiosos por atacar a Irán, y lo criticaron por su “blandura” y reticencia en condenar al gobierno de Teherán.
Su ex rival, el senador John McCain, fue uno de los que encabezó la ofensiva. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, y el vicepresidente, Joe Biden, lo convencieron de endurecer la postura, y Obama cambió drásticamente su posición, cuestionando la legitimidad de los comicios.
El presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, le contestó duramente, reiterando las acusaciones de injerencia, aunque en sus dichos parece haber dejado abierta la puerta para que el diálogo diplomático propuesto por su par estadounidense no naufrague del todo.
Ahmadinejad y el conjunto de los clérigos iraníes saben que si de esta crisis Teherán no logra recomponer su imagen internacional y la propuesta de Obama se hunde, las únicas opciones que quedarán sobre la mesa son las que los halcones neoconservadores en los Estados Unidos e Israel impulsan como solución para tratar con la república islámica: el lenguaje de las bombas y la destrucción del proyecto iraní de convertirse en una potencia de Oriente Medio.
Potencialmente peligroso
Israel con intención de atacar a Irán
Israel con intención de atacar a Irán
gracias por la imagen a pachechu y los invito a que vean su post
http://www.taringa.net/posts/imagenes/1178705/Poder-militar-de-Ir%C3%A1n.html
De los múltiples problemas que debe enfrentar el presidente estadounidense Barack Obama, la crisis económica global podría no ser el peor.
El más acuciante frente de conflicto potencial para la administración Obama, en cambio, puede llegar a ser la inclaudicable obsesión de Israel con Irán.
El regreso de Benjamin Netanyahu al gobierno en Tel Aviv, secundado por el ultraderechista canciller Avigdor Lieberman, hizo que la idea de un ataque preventivo a Irán se convierta en el principal objetivo de la política exterior israelí.
Netanyahu asegura que acabar con lo que denomina “la amenaza” iraní es la misión de su vida. Lo que Israel, la única potencia atómica de Oriente Medio, considera amenazante es el programa nuclear iraní, cuyos fines Teherán asegura que son únicamente pacíficos, y que israelíes y estadounidenses ven como la antesala para la obtención de armas de destrucción masiva.
Ser el presidente de los Estados Unidos no libra a Obama de la implacable presión del lobby israelí en los Estados Unidos, encabezado por AIPAC, el American-Israel Public Affairs Committee, ante el que debió comenzar a rendir cuentas cuando era aún candidato a la Casa Blanca.
Pero la reciente visita de Netanyahu a Washington le dio al mandatario norteamericano una medida de hasta dónde están dispuestos a llegar los israelíes. Antes, durante y después de esa cumbre, los gobiernos de ambos países intercambiaron mensajes tanto públicos como reservados sobre Irán.
Israel advirtió que daría a Obama un tiempo prudencial para ver si su esquema de garrote y zanahoria logra la sumisión de Teherán a Occidente y la clausura de su programa nuclear. Obama por su parte pidió a los israelíes que no lo sorprendan con un ataque imprevisto a las instalaciones nucleares iraníes.
Sin embargo, reconoció que no está en condiciones de decir a Israel lo que debe hacer, una admisión que el presidente de la única potencia mundial no hizo nunca con respecto a ningún otro país.
El intento de Obama de condicionar el endurecimiento de la política hacia Irán con pasos concretos de Israel para la instauración de un Estado palestino también chocó contra una pared.
Incluso Dennis Ross, el asesor que designó para arreglar el conflicto en Oriente Medio, ya dio señales de que es más permeable a los deseos del lobby israelí que a los de su jefe político. Luego de esto, al presidente estadounidense le queda solo cruzar los dedos esperando que Netanyahu no lo haga.
Netanyahu y los ministros de su gabinete hablan de tres meses de gracia antes de atacar. Pero más allá del plazo político que los israelíes están intentando imponer a Obama, hay una fecha puntual señalada por varios expertos que siguen de cerca la evolución del plan nuclear iraní: hacia 2010, ese país estaría en condiciones de comenzar a producir el uranio enriquecido necesario para la fabricación de un arma atómica, y podría tener la primera bomba en 2013.
Esta evaluación sólo tiene en cuenta las capacidades técnicas asociadas al grado de desarrollo atómico alcanzado por Teherán, pero no significa que el plan nuclear iraní tenga ese objetivo no declarado o que haya evidencias concretas, más allá de las sospechas internacionales, de que Irán esté efectivamente decidido a producir bombas nucleares.
De hecho, la propia Agencia Internacional de Energía Atómica y la CIA han afirmado que no hay pruebas de que ese sea el caso. Pero en términos prácticos y estratégicos, si Israel quisiera frenar o retrasar esas posibilidades, el ataque debería producirse entre fines de 2009 y principios de 2010.
Esto es lo que afirman los especialistas Anthony Cordesman y Abdullah Toukan, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, un think tank de Washington que publicó en abril de 2009 un informe de 114 páginas, el más completo realizado hasta la fecha sobre las posibilidades, planes operacionales y consecuencias de un ataque de Israel contra los sitios nucleares de Irán.
Tan completo que, como sugirió el diario israelí Haaretz, es casi un memo sobre los pro y los contra de tal ataque, pone a Israel más cerca de una nueva guerra y podría ser utilizado por el gobierno israelí para decidir si da ese paso, arriesgado e incierto, en dirección a su idea fija.
Según los autores del paper, Tel Aviv no puede destruir por completo el programa nuclear iraní, disperso en docenas de sitios y muy bien protegido, y a lo sumo, puede aspirar a retrasarlo varios años.
Para ello, debería bombardear tres puntos que son el núcleo del proyecto atómico iraní: el centro de investigación de Isfahan, la planta de enriquecimiento de uranio de Natanz y la planta de agua pesada de Arak. A estos tres lugares se podría agregar el reactor atómico de Bushehr, que Teherán construye con ayuda rusa y estaría funcionando en algún momento de 2009.
Dado que parece bastante difícil que Israel logre embarcar a los Estados Unidos en una aventura semejante en el plazo que desea, la opción que manejan los investigadores es un ataque en solitario de las Fuerzas de Defensa de Israel, una operación que muchos dudan que Tel Aviv pueda llevar adelante sin ayuda.
Para dar una idea de la envergadura que debería tener el ataque, la misión involucraría no menos de noventa aviones de combate, lo que implica más del 20 por ciento de las aeronaves más avanzadas de la fuerza aérea israelí, y la totalidad de los aviones tanque de que dispone, porque el re-aprovisionamiento de combustible debería realizarse en vuelo.
El estudio analiza tres rutas posibles, y concluye que la más eficaz y que menos peligros militares y problemas políticos supondría es la de ir por el norte, bordeando la frontera sirio-turca y parte del extremo nordeste de Irak. Esto evitaría a Israel tener que sobrevolar Jordania o Siria, o pedir autorización a los estadounidenses para pasar sobre Irak.
Los sitios nucleares vitales iraníes están en búnkers subterráneos, a más de ocho metros de profundidad y protegidos por paredes de cinco metros de concreto. Para destruirlos, Israel debería usar un gigantesco stock de bombas GBU, denominadas rompe-búnker y fabricadas por los Estados Unidos, que contienen entre 900 y dos mil kilos de explosivos.
Pero Irán también cuenta con numerosas baterías de misiles aire-tierra destinados a defender sus sitios nucleares, y espera que Moscú le venda el avanzado sistema de intercepción S-300, con lo cual, un ataque de Israel podría llegar a ser imposible o concretado a un precio altísimo: no menos de treinta aviones de combate serían derribados, un precio que difícilmente pueda permitirse Tel Aviv.
Las consecuencias de un ataque tan insensato son difíciles de evaluar. Pero según los autores, producirían la muerte de miles de personas que viven en las ciudades atacadas de manera inmediata, y la de decenas de miles más en las semanas posteriores a causa de la radiación, que podría afectar a todos los países del Golfo Pérsico.
La segura respuesta de Irán a un ataque realizado a medias incluye el bombardeo de ciudades israelíes, incluyendo Tel Aviv, y quizás también las propias instalaciones nucleares del Estado judío con decenas de misiles balísticos; el uso de grupos como Hezbolláh para lanzar ataques contra el norte de Israel; el bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde pasa gran parte del petróleo mundial, y el ataque de intereses estadounidenses en Irak e israelíes en cualquier lugar del mundo.
En los lugares donde se toman las decisiones en los Estados Unidos, dentro y fuera del gobierno de Obama, no hay consenso sobre la idea de avalar un ataque israelí contra Irán.
Incluso, determinados sectores se oponen dentro del propio Pentágono. En ese bando militan, además de Obama, el secretario de Defensa Robert Gates. Están convencidos de que si se produjera, arrastraría a Washington a un nuevo conflicto en un momento sumamente dificultoso en Afganistán y Pakistán.
Hay quienes aseguran que la información precisa que contiene el informe se debe a que fue filtrado por aquellos sectores que se oponen a este ataque en Washington, a fin de que el mundo entienda las tremendas consecuencias de una decisión semejante.
Porque si prevalecieran, en Israel y en los Estados Unidos, los partidarios de la guerra, el mundo asistiría a varios acontecimientos paradojales: el único estado con armas nucleares de Medio Oriente lanzaría un ataque preventivo contra otro, posiblemente tan en posesión de armas de destrucción masiva como lo estaba el Irak de Saddam Hussein.
Y si no logra destruir su plan atómico, produciría el efecto de impulsar a Irán, esta vez sí de manera abierta y declarada, a buscar armas nucleares por todos los medios para defenderse de esa amenaza.
La escalada de declaraciones agresivas de ambos bandos, y las narrativas de guerra sólo provocarán una carrera armamentista sin precedentes entre los países de la región, lo cual constituiría una amenaza mucho mayor para la existencia de Israel que la retórica dudosa del presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad.
El más acuciante frente de conflicto potencial para la administración Obama, en cambio, puede llegar a ser la inclaudicable obsesión de Israel con Irán.
El regreso de Benjamin Netanyahu al gobierno en Tel Aviv, secundado por el ultraderechista canciller Avigdor Lieberman, hizo que la idea de un ataque preventivo a Irán se convierta en el principal objetivo de la política exterior israelí.
Netanyahu asegura que acabar con lo que denomina “la amenaza” iraní es la misión de su vida. Lo que Israel, la única potencia atómica de Oriente Medio, considera amenazante es el programa nuclear iraní, cuyos fines Teherán asegura que son únicamente pacíficos, y que israelíes y estadounidenses ven como la antesala para la obtención de armas de destrucción masiva.
Ser el presidente de los Estados Unidos no libra a Obama de la implacable presión del lobby israelí en los Estados Unidos, encabezado por AIPAC, el American-Israel Public Affairs Committee, ante el que debió comenzar a rendir cuentas cuando era aún candidato a la Casa Blanca.
Pero la reciente visita de Netanyahu a Washington le dio al mandatario norteamericano una medida de hasta dónde están dispuestos a llegar los israelíes. Antes, durante y después de esa cumbre, los gobiernos de ambos países intercambiaron mensajes tanto públicos como reservados sobre Irán.
Israel advirtió que daría a Obama un tiempo prudencial para ver si su esquema de garrote y zanahoria logra la sumisión de Teherán a Occidente y la clausura de su programa nuclear. Obama por su parte pidió a los israelíes que no lo sorprendan con un ataque imprevisto a las instalaciones nucleares iraníes.
Sin embargo, reconoció que no está en condiciones de decir a Israel lo que debe hacer, una admisión que el presidente de la única potencia mundial no hizo nunca con respecto a ningún otro país.
El intento de Obama de condicionar el endurecimiento de la política hacia Irán con pasos concretos de Israel para la instauración de un Estado palestino también chocó contra una pared.
Incluso Dennis Ross, el asesor que designó para arreglar el conflicto en Oriente Medio, ya dio señales de que es más permeable a los deseos del lobby israelí que a los de su jefe político. Luego de esto, al presidente estadounidense le queda solo cruzar los dedos esperando que Netanyahu no lo haga.
Netanyahu y los ministros de su gabinete hablan de tres meses de gracia antes de atacar. Pero más allá del plazo político que los israelíes están intentando imponer a Obama, hay una fecha puntual señalada por varios expertos que siguen de cerca la evolución del plan nuclear iraní: hacia 2010, ese país estaría en condiciones de comenzar a producir el uranio enriquecido necesario para la fabricación de un arma atómica, y podría tener la primera bomba en 2013.
Esta evaluación sólo tiene en cuenta las capacidades técnicas asociadas al grado de desarrollo atómico alcanzado por Teherán, pero no significa que el plan nuclear iraní tenga ese objetivo no declarado o que haya evidencias concretas, más allá de las sospechas internacionales, de que Irán esté efectivamente decidido a producir bombas nucleares.
De hecho, la propia Agencia Internacional de Energía Atómica y la CIA han afirmado que no hay pruebas de que ese sea el caso. Pero en términos prácticos y estratégicos, si Israel quisiera frenar o retrasar esas posibilidades, el ataque debería producirse entre fines de 2009 y principios de 2010.
Esto es lo que afirman los especialistas Anthony Cordesman y Abdullah Toukan, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, un think tank de Washington que publicó en abril de 2009 un informe de 114 páginas, el más completo realizado hasta la fecha sobre las posibilidades, planes operacionales y consecuencias de un ataque de Israel contra los sitios nucleares de Irán.
Tan completo que, como sugirió el diario israelí Haaretz, es casi un memo sobre los pro y los contra de tal ataque, pone a Israel más cerca de una nueva guerra y podría ser utilizado por el gobierno israelí para decidir si da ese paso, arriesgado e incierto, en dirección a su idea fija.
Según los autores del paper, Tel Aviv no puede destruir por completo el programa nuclear iraní, disperso en docenas de sitios y muy bien protegido, y a lo sumo, puede aspirar a retrasarlo varios años.
Para ello, debería bombardear tres puntos que son el núcleo del proyecto atómico iraní: el centro de investigación de Isfahan, la planta de enriquecimiento de uranio de Natanz y la planta de agua pesada de Arak. A estos tres lugares se podría agregar el reactor atómico de Bushehr, que Teherán construye con ayuda rusa y estaría funcionando en algún momento de 2009.
Dado que parece bastante difícil que Israel logre embarcar a los Estados Unidos en una aventura semejante en el plazo que desea, la opción que manejan los investigadores es un ataque en solitario de las Fuerzas de Defensa de Israel, una operación que muchos dudan que Tel Aviv pueda llevar adelante sin ayuda.
Para dar una idea de la envergadura que debería tener el ataque, la misión involucraría no menos de noventa aviones de combate, lo que implica más del 20 por ciento de las aeronaves más avanzadas de la fuerza aérea israelí, y la totalidad de los aviones tanque de que dispone, porque el re-aprovisionamiento de combustible debería realizarse en vuelo.
El estudio analiza tres rutas posibles, y concluye que la más eficaz y que menos peligros militares y problemas políticos supondría es la de ir por el norte, bordeando la frontera sirio-turca y parte del extremo nordeste de Irak. Esto evitaría a Israel tener que sobrevolar Jordania o Siria, o pedir autorización a los estadounidenses para pasar sobre Irak.
Los sitios nucleares vitales iraníes están en búnkers subterráneos, a más de ocho metros de profundidad y protegidos por paredes de cinco metros de concreto. Para destruirlos, Israel debería usar un gigantesco stock de bombas GBU, denominadas rompe-búnker y fabricadas por los Estados Unidos, que contienen entre 900 y dos mil kilos de explosivos.
Pero Irán también cuenta con numerosas baterías de misiles aire-tierra destinados a defender sus sitios nucleares, y espera que Moscú le venda el avanzado sistema de intercepción S-300, con lo cual, un ataque de Israel podría llegar a ser imposible o concretado a un precio altísimo: no menos de treinta aviones de combate serían derribados, un precio que difícilmente pueda permitirse Tel Aviv.
Las consecuencias de un ataque tan insensato son difíciles de evaluar. Pero según los autores, producirían la muerte de miles de personas que viven en las ciudades atacadas de manera inmediata, y la de decenas de miles más en las semanas posteriores a causa de la radiación, que podría afectar a todos los países del Golfo Pérsico.
La segura respuesta de Irán a un ataque realizado a medias incluye el bombardeo de ciudades israelíes, incluyendo Tel Aviv, y quizás también las propias instalaciones nucleares del Estado judío con decenas de misiles balísticos; el uso de grupos como Hezbolláh para lanzar ataques contra el norte de Israel; el bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde pasa gran parte del petróleo mundial, y el ataque de intereses estadounidenses en Irak e israelíes en cualquier lugar del mundo.
En los lugares donde se toman las decisiones en los Estados Unidos, dentro y fuera del gobierno de Obama, no hay consenso sobre la idea de avalar un ataque israelí contra Irán.
Incluso, determinados sectores se oponen dentro del propio Pentágono. En ese bando militan, además de Obama, el secretario de Defensa Robert Gates. Están convencidos de que si se produjera, arrastraría a Washington a un nuevo conflicto en un momento sumamente dificultoso en Afganistán y Pakistán.
Hay quienes aseguran que la información precisa que contiene el informe se debe a que fue filtrado por aquellos sectores que se oponen a este ataque en Washington, a fin de que el mundo entienda las tremendas consecuencias de una decisión semejante.
Porque si prevalecieran, en Israel y en los Estados Unidos, los partidarios de la guerra, el mundo asistiría a varios acontecimientos paradojales: el único estado con armas nucleares de Medio Oriente lanzaría un ataque preventivo contra otro, posiblemente tan en posesión de armas de destrucción masiva como lo estaba el Irak de Saddam Hussein.
Y si no logra destruir su plan atómico, produciría el efecto de impulsar a Irán, esta vez sí de manera abierta y declarada, a buscar armas nucleares por todos los medios para defenderse de esa amenaza.
La escalada de declaraciones agresivas de ambos bandos, y las narrativas de guerra sólo provocarán una carrera armamentista sin precedentes entre los países de la región, lo cual constituiría una amenaza mucho mayor para la existencia de Israel que la retórica dudosa del presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad.
Israel y la bomba atómica
El proyecto secreto de Tel Aviv
El proyecto secreto de Tel Aviv
Mordechai Vanunu es un nombre maldito para la clase política de Israel y su establishment más o menos permanente de funcionarios de inteligencia y seguridad.
El anatema contra Vanunu tiene un motivo concreto: haber desmontado la política de deliberada “ambigüedad nuclear” de Tel Aviv respecto de los verdaderos fines de su programa atómico, revelando al mundo que el estado judío se había convertido, antes de que concluyera la década del 60, en el sexto país del mundo en poseer armas nucleares.
El 5 de octubre de 1986, el Sunday Times de Londres publicó en su portada un informe sobre el programa militar clandestino de Israel en base a la información y una serie de fotografías que Vanunu, un asistente técnico de segunda línea de la planta atómica de Dimona, había reunido secretamente durante su trabajo en el Centro de Investigación Nuclear israelí ubicado en el desierto de Negev, y utilizado por Tel Aviv para desarrollar y producir armas atómicas.
La posibilidad de que Israel tuviera armas nucleares era una especulación de casi todas las agencias de inteligencia desde hacía mucho.
Las revelaciones de Vanunu no sólo permitieron corroborar esa sospecha sino determinar que el programa nuclear israelí estaba enfocado además en la fabricación de armas termonucleares, y entre estas, en la letal bomba de neutrones.
El Sunday Times estimó ya entonces en cien el número de bombas atómicas en poder de Tel Aviv. Hoy, superarían largamente las doscientas.
Según la información que salió a la luz, la planta de Dimona produce unos cuarenta kilos de plutonio al año, suficiente para construir unas diez bombas atómicas en el mismo período.
Adyacente al reactor, hay una construcción destinada a producir el combustible nuclear que lo hace funcionar, y litio-6, otro componente de la bomba.
En el mismo predio, otro edificio alberga las centrifugadoras de gas para producir uranio, las mismas que Occidente pretende que Irán saque de circulación. También se produce allí uranio enriquecido y empobrecido, ambos con aplicaciones militares.
Pero el lugar donde se construyen y ensamblan las bombas nucleares israelíes estaría, según los datos de Vanunu, en un complejo subterráneo secreto de seis niveles de profundidad en el que se obtienen también tritio y deuterio, esenciales para fabricar bombas termonucleares, y donde existen instalaciones industriales que completan todo el proceso que culmina con las bombas listas para su uso militar.
Vanunu, quien integraba desde los años 70 grupos de izquierda críticos con las políticas del gobierno de Israel, asegura que decidió filtrar la información a la prensa para frenar la carrera armamentista en Medio Oriente. Nunca se lo perdonarían.
El programa nuclear israelí había comenzado a desarrollarse muy poco después de la creación del Estado de Israel, en 1948.
A fines de los años 50, Tel Aviv firmó acuerdos con la Francia de Charles De Gaulle para construir un reactor nuclear y una planta de procesamiento, con la condición de que serían exclusivamente para fines pacíficos y estarían abiertos al escrutinio de inspectores internacionales.
Pero a fines de la Guerra de los Seis Días, en 1967, el entonces ministro de Defensa Moshe Dayan impulsó un programa militar para armar a Israel con bombas nucleares. El apoyo decisivo provino de Gran Bretaña, que a través de una serie de envíos secretos, proporcionó todos los materiales necesarios para el proyecto, con plena conciencia del fin que le daría Israel.
Esta relación privilegiada habría sido el motivo por el que, antes de que la información de Vanunu fuera publicada, los servicios secretos británicos avisaron a sus pares israelíes de la filtración.
El Mossad, la agencia de inteligencia israelí, logró entonces convencer a Vanunu a través de un agente encubierto de viajar a Roma, donde violando la soberanía italiana, se lo secuestró y drogó en septiembre de 1986, para trasladarlo a Israel clandestinamente. La operación no logró, sin embargo, detener la publicación periodística.
Vanunu fue condenado -en un juicio al que no se permitió acceder a la prensa- por traición y espionaje a dieciocho años de prisión, y sólo su condición de judío lo salvó de la pena de muerte. Sin embargo, se las arregló para escribir en la palma de su mano los detalles de su detención ilegal y la mostró a los periodistas que cubrían su traslado.
El castigo fue implacable: debió cumplir su condena en aislamiento total, bajo el argumento de que podría revelar más secretos de Estado, pese a que es ampliamente admitido que Vanunu era un técnico de bajo nivel y no un científico con acceso a los aspectos más secretos del programa nuclear israelí.
El tratamiento que recibió de Tel Aviv fue descripto por Amnesty Internacional como “cruel, inhumano y degradante” y se lo considera un preso de conciencia.
En 2004, fue liberado, pero mantenido bajo una estricta vigilancia y férreo control. Se rechazaron todos sus pedidos de dejar Israel o conseguir asilo en otro país, se le impide reunirse con extranjeros, comunicarse con ellos por teléfono o correo electrónico, y acercarse a embajadas o a menos de quinientos metros de cualquier frontera internacional.
Pese a estas restricciones, Vanunu se mantuvo desafiante y concedió numerosas entrevistas a medios extranjeros, en las que no se privó de criticar a Israel, lo que le vale un permanente hostigamiento policial y judicial que se mantiene hasta el día de hoy.
Pero las dos décadas en la cárcel parecen haberlo confirmado en su activismo, y sigue definiéndose, como lo hizo alguna vez en un poema, como un “agente secreto del pueblo” que decidió rebelarse contra el sistema.
El anatema contra Vanunu tiene un motivo concreto: haber desmontado la política de deliberada “ambigüedad nuclear” de Tel Aviv respecto de los verdaderos fines de su programa atómico, revelando al mundo que el estado judío se había convertido, antes de que concluyera la década del 60, en el sexto país del mundo en poseer armas nucleares.
El 5 de octubre de 1986, el Sunday Times de Londres publicó en su portada un informe sobre el programa militar clandestino de Israel en base a la información y una serie de fotografías que Vanunu, un asistente técnico de segunda línea de la planta atómica de Dimona, había reunido secretamente durante su trabajo en el Centro de Investigación Nuclear israelí ubicado en el desierto de Negev, y utilizado por Tel Aviv para desarrollar y producir armas atómicas.
La posibilidad de que Israel tuviera armas nucleares era una especulación de casi todas las agencias de inteligencia desde hacía mucho.
Las revelaciones de Vanunu no sólo permitieron corroborar esa sospecha sino determinar que el programa nuclear israelí estaba enfocado además en la fabricación de armas termonucleares, y entre estas, en la letal bomba de neutrones.
El Sunday Times estimó ya entonces en cien el número de bombas atómicas en poder de Tel Aviv. Hoy, superarían largamente las doscientas.
Según la información que salió a la luz, la planta de Dimona produce unos cuarenta kilos de plutonio al año, suficiente para construir unas diez bombas atómicas en el mismo período.
Adyacente al reactor, hay una construcción destinada a producir el combustible nuclear que lo hace funcionar, y litio-6, otro componente de la bomba.
En el mismo predio, otro edificio alberga las centrifugadoras de gas para producir uranio, las mismas que Occidente pretende que Irán saque de circulación. También se produce allí uranio enriquecido y empobrecido, ambos con aplicaciones militares.
Pero el lugar donde se construyen y ensamblan las bombas nucleares israelíes estaría, según los datos de Vanunu, en un complejo subterráneo secreto de seis niveles de profundidad en el que se obtienen también tritio y deuterio, esenciales para fabricar bombas termonucleares, y donde existen instalaciones industriales que completan todo el proceso que culmina con las bombas listas para su uso militar.
Vanunu, quien integraba desde los años 70 grupos de izquierda críticos con las políticas del gobierno de Israel, asegura que decidió filtrar la información a la prensa para frenar la carrera armamentista en Medio Oriente. Nunca se lo perdonarían.
El programa nuclear israelí había comenzado a desarrollarse muy poco después de la creación del Estado de Israel, en 1948.
A fines de los años 50, Tel Aviv firmó acuerdos con la Francia de Charles De Gaulle para construir un reactor nuclear y una planta de procesamiento, con la condición de que serían exclusivamente para fines pacíficos y estarían abiertos al escrutinio de inspectores internacionales.
Pero a fines de la Guerra de los Seis Días, en 1967, el entonces ministro de Defensa Moshe Dayan impulsó un programa militar para armar a Israel con bombas nucleares. El apoyo decisivo provino de Gran Bretaña, que a través de una serie de envíos secretos, proporcionó todos los materiales necesarios para el proyecto, con plena conciencia del fin que le daría Israel.
Esta relación privilegiada habría sido el motivo por el que, antes de que la información de Vanunu fuera publicada, los servicios secretos británicos avisaron a sus pares israelíes de la filtración.
El Mossad, la agencia de inteligencia israelí, logró entonces convencer a Vanunu a través de un agente encubierto de viajar a Roma, donde violando la soberanía italiana, se lo secuestró y drogó en septiembre de 1986, para trasladarlo a Israel clandestinamente. La operación no logró, sin embargo, detener la publicación periodística.
Vanunu fue condenado -en un juicio al que no se permitió acceder a la prensa- por traición y espionaje a dieciocho años de prisión, y sólo su condición de judío lo salvó de la pena de muerte. Sin embargo, se las arregló para escribir en la palma de su mano los detalles de su detención ilegal y la mostró a los periodistas que cubrían su traslado.
El castigo fue implacable: debió cumplir su condena en aislamiento total, bajo el argumento de que podría revelar más secretos de Estado, pese a que es ampliamente admitido que Vanunu era un técnico de bajo nivel y no un científico con acceso a los aspectos más secretos del programa nuclear israelí.
El tratamiento que recibió de Tel Aviv fue descripto por Amnesty Internacional como “cruel, inhumano y degradante” y se lo considera un preso de conciencia.
En 2004, fue liberado, pero mantenido bajo una estricta vigilancia y férreo control. Se rechazaron todos sus pedidos de dejar Israel o conseguir asilo en otro país, se le impide reunirse con extranjeros, comunicarse con ellos por teléfono o correo electrónico, y acercarse a embajadas o a menos de quinientos metros de cualquier frontera internacional.
Pese a estas restricciones, Vanunu se mantuvo desafiante y concedió numerosas entrevistas a medios extranjeros, en las que no se privó de criticar a Israel, lo que le vale un permanente hostigamiento policial y judicial que se mantiene hasta el día de hoy.
Pero las dos décadas en la cárcel parecen haberlo confirmado en su activismo, y sigue definiéndose, como lo hizo alguna vez en un poema, como un “agente secreto del pueblo” que decidió rebelarse contra el sistema.
se agradece ala tv publica y a quienes me prestaron algunas imagenes