Los 20 ases del mal (Segunda Parte)
No importa la nacionalidad ni el momento histórico, la maldad ha encontrado siempre quien la represente. Políticos, militares, reyes, delincuentes, aristócratas o simples psicópatas. Éste es un muestrario de veinte personajes que han bordado su papel de canallas.
5. Iván El Terrible (1530-1584). El déspota solitario
Durante los primeros años de su reinado, el zar Iván impulsó reformas y expandió las fronteras rusas hasta Siberia. Sin embargo, la desconfianza absoluta en todo su entorno, político y familiar, le convirtieron en un monarca ególatra y brutal.
Iván el terrible fue el primer monarca en autoproclamarse “zar de todas las rusias”. La ira descontrolada y la violencia son las señas de identidad de sus cincuenta años de reinado, en los que estableció las bases del futuro imperio ruso.
Uno de los rituales de la tortura que Iván el terrible infligía en sus victimas era escribir a fuego en su piel: “sin terror semejante, no es posible que haya justicia en el reino.” Ésta era la mentalidad de Iván IV, primer zar de Rusia y político absolutista cuyo férreo mandato asentó las bases de Estado ruso a golpe de ejecuciones masivas.
Su padre falleció cuando el tenía tres años, momento en que su madre comenzó a ejercer la regencia del país. El asesinato de su progenitora marcó la vida de Iván, que siempre responsabilizó del envenenamiento a la nobleza moscovita. Ésta se convirtió en su peor enemiga y sus miembros hicieron de la hipocresía su forma de gobierno. Si en público de postraban ante el infante Iván, en el interior del Kremlin no le guardaban ni el más mínimo respeto.
Hacia 1543 la nobleza determinó que el debía asumir el poder, pero el joven solicitó ser coronado como zar, título que solo habían ostentado los emperadores bizantinos. Así comenzó el primer periodo de su reinado, en el que trató de convertir a Moscú en una digna heredera de Roma y Constantinopla. Fue notable la expansión territorial, la cual llegó hasta Liberia.
En 1553 el Zar había enfermado gravemente y solicitó a los nobles que juraran fidelidad a su hijo Ivanovich, muchos de ellos se negaron convencidos de la inminente muerte4 de Iván IV. Pero esto no ocurrió y el Zar salió de su postramiento y , refrendada su desconfianza en todo su entorno, regresó al poder con una fiereza tal que los ciudadanos lo bautizaron como “Grozny”. Había nacido “el terrible”.
Como casi todos los déspotas, Iván era un hombre muy religioso. Se levantaba antes del alba a decir sus oraciones, y él mismo tañía las campanas llamando a los fieles a la oración.
Tras cada nueva atrocidad cometida, le invadía un sentimiento pasajero de culpa, que le empujaba a entrar al templo más cercano a rezar escandalosamente, dándose fuertes golpes en el pecho y estrellando su frente contra el altar, hasta el punto de llegar a producirse heridas de consideración.
Enfermo de sífilis, se hundió progresivamente en una locura furiosa que corresponde a la fase final de esta enfermedad, agravada por el tratamiento médico que consistía en la toma de mercurio en pequeñas dosis. Dicho tratamiento, corriente en la época, producía daños cerebrales irreversibles que derivaban en constantes cambios de humor, ataques de euforia y de cólera, y psicosis progresiva. En un acceso de cólera, el 16 de noviembre de 1580, golpeó mortalmente con su bastón a su hijo mayor, el zarevich Iván (su preferido). Lloró amargamente su muerte y tuvo remordimientos hasta su muerte, provocando que se tirara del pelo y de la barba o arañara las paredes.
Iván IV El Terrible murió cuando se disponía a jugar una partida de ajedrez, el 18 de marzo de 1584 a consecuencia de un ataque de apoplejía, después de pasar unos últimos días tormentosos sintiendo terror, sin dormir y padeciendo alucinaciones
6. Isabel Báthory (1560 – 1614). La Condesa Sangrienta
Vivió en Hungría en el siglo XVI. Tras la muerte de su marido dio rienda suelta a su psicopatía secuestrando y torturando a cientos de jóvenes en su castillo. Fue acusada de brujería y condenada a cadena perpetua.
La historia la conoce como La Condesa Sangrienta, por su afición a secuestrar y torturar muchachas de los alrededores, cuya sangre se bebía para conservar su juventud. Al menos eso testificaron quienes siguieron el proceso contra ella en unos tiempos convulsos.

Isabel nació en 1560 en Byrbathor, una ciudad de la región de Transilvania, en la Hungría profunda. Un país salvaje y, como casi siempre en su historia, dividido, con una parte ocupada por los turcos y la otra en manos de los Habsburgo austriacos. Isabel pertenecía a una de las familias más adineradas y poderosas del país. Era sobrina de Istvan Báthory, príncipe de Transilvania y rey de Polonia.
Fue educada con esmero, algo inusual para su tiempo, cuando muchos nobles ni siquiera sabían leer o escribir. Pero Isabel hablaba húngaro, latín y alemán, y además era guapa. Todo un partido… en apariencia.

A los 15 años fue obligada a casarse con el conde Ferenc Nadasdy, que tenía 26 y se pasaba la vida batallando contra los otomanos. Una primera muestra de la crueldad de Isabel aparece en la correspondencia que sostuvo con su marido ausente, en la que ambos intercambian ideas sobre las técnicas más apropiadas para castigar a los criados. El caso es que la condesa administró el castillo con mano de hierro y brutales palizas a las sirvientas, a las que golpeaba con un pesado mazo o les pinchaba con agujas debajo de las uñas, por citar algunas de sus diversiones predilectas. Por otro lado, a Isabel le atraían sexualmente las mujeres, pero sus prácticas sádicas, siempre con golpes y sangre, asustaban a las incautas que se prestaban inicialmente a sus requerimientos.

La muerte de Ferenc en 1604 fue el punto de inflexión definitivo en la espiral de violencia de Isabel, que al verse viuda dio rienda suelta a toda su psicopatía. Con la ayuda de su cómplice Darvulia, una supuesta bruja de la región, montó un siniestro laboratorio en los sótanos del castillo y se dedicó a las prácticas de magia negra. Entre los aparatos de tortura que supuestamente guardaba en las mazmorras había un autómata llamado La Virgen de Hierro, una dama metálica con un mecanismo que clavaba puñales, además de diversos atizadores enrojecidos al fuego, ganchos y todo lo que la imaginación pueda concebir en estos casos. La razón de esta sinrazón es que Isabel quería mantenerse bella y joven para siempre (tenía 44 años, que en aquella época era casi la tercera edad), y la fuente para obtener la eterna juventud era la sangre de las chicas a las que torturaba. Bebía su sangre, se daba baños de sangre, arrancaba su carne mientras sus sirvientas las sujetaban y cometía actos tan atroces que resultan casi imposibles de creer.
Durante un tiempo se mantuvo impune porque elegía a sus víctimas entre las siervas y campesinas, a quienes en esa época aún feudal un noble podía tratar como un objeto, pero tras la muerte de Darvulia Isabel se olvidó de las precauciones y empezó a raptar también a jóvenes de buena familia. Los rumores llegaron pronto a la corte, donde la Báthory no contaba con muchas simpatías, y el rey Matyas ordenó investigar el caso al conde Thurzo, un primo de Isabel enemistado con ella. Thurzo y sus soldados entraron en el castillo sin encontrar resistencia y allí estaban a la vista, según dijeron, los cuerpos desangrados, los instrumentos de tortura, el horror.
En el juicio, Isabel se negó a declarar, acogiéndose a sus privilegios nobiliarios. Condenada a cadena perpetua, tapiaron su habitación y allí vivió emparedada durante casi cuatro años, medio muerta de hambre y de frío, alimentándose de la escasa comida que le hacían llegar por una ínfima ventanita. Nunca mostró arrepentimiento ni llegó a entender por qué la condenaron. Murió el 21 de agosto de 1614, al anochecer, “abandonada de todos”, según un cronista de la época.
7. Ranavalona I (hacia 1782 – 1861). Una Asesina en palacio.
En uno de los periodos más siniestros de la historia de Madagascar, esta caprichosa reina practicó con sus propios súbditos todas las formas de ejecución imaginables.
Nacida a finales del siglo XVIII en el seno de una familia noble, Ranavalona I eliminó a todos sus rivales en su camino hacia el trono. Como soberana conservó parte de la cultura malgache, pero cerró el país al exterior, persiguió a los cristianos y masacró a la población.
Apenas conocemos un puñado de datos biográficos sobre los primeros años de Ranavalona, pero sí que nació en la tribu menaje, en algún momento entre 1782 y 1790, en una familia emparentada con la realeza. También un detalle importante: su boda con el rey Radaza, el primer gran monarca de la isla, cuando era poco más que una niña.
Muchos historiadores se preguntan hasta que punto estuvo involucrada con la muerte de su marido, y si llegó a envenenarlo. También se cree que eliminó a cualquier rival potencial en el camino hacia la sucesión, incluyendo a buena parte de la familia Radaza.
Como gobernante hizo gala de una implacable frialdad. Una de las primeras medidas fue eliminar todos los tratados que había firmado el anterior monarca con las potencias extranjeras, y expulsar de la isla a los no nativos.
En intento por erradicar a los cristianos de Madagascar, la reina, que podía movilizar 20000 hombres, ejecutó a todos los que declaraban profesar esa fe o que tenían una Biblia.
Tras ser capturados muchos reos era crucificados o vestidos con pieles aun ensangrentadas de animales sacrificados para servir de presa a los perros. Otros eran atados por parejas y arrojados en las selvas más densas para que murieran de hambre. Uno de sus métodos preferidos era colocar los prisioneros en un pozo y arrojarles agua hirviendo.
Otros “criminales” no la pasaban mejor. Para probar su inocencia eran obligados a beber venenos letales o se les ordenaba nadar en aguas infestadas de cocodrilos. Tampoco mostró clemencia con su ejercito de esclavos, eliminó a 10000 de ellos por pura diversión en una sola semana de festejos.
Como no podía ser de otra forma, la isla se sumió en el aislamiento. Las puertas de Madagascar no se abrieron hasta 1861, año en que falleció la monarca.
8. Leopoldo II de Bélgica (1835 – 1909). El Monarca Negrero.
Rey de Bélgica, convirtió en Congo en su finca privada, sometió a sus habitantes a una explotación inhumana y perpetró un genocidio que acabó con la vida de cinco millones de congoleños.

Louis Philippe Marie Victor nació el 09 de abril de 1835 en Bruselas; perteneció a la dinastía de Sajonia-Coburgo. Ascendió al trono belga en 1865, reinado que condujo hasta su muerte en 1909. Sucedió a Leopoldo I, su padre.
Hombre de carácter y fuertes convicciones, se alistó en el ejército desde muy joven, convirtiéndose, al igual que su antecesor, en un hábil diplomático que supo posicionar a Bélgica como un país imperialista y fuerte.
Desde el punto de vista de las Relaciones Exteriores, supo encontrar el modo de permanecer al margen durante la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871), consiguiendo el apoyo de Gran Bretaña. Dicha neutralidad fue luego quebrantada por Alemania en ocasión de la I Guerra Mundial.
Leopoldo II, había enviado a finales del siglo XIX, emisarios por todo el mundo para que reportaran la existencia de regiones ricas a las que poder colonizar y explotar. Ansiaba, una parte del mundo para él no como parte de un nuevo y gran imperio a formar, sino para establecer una especie de “coto privado” en el que poder actuar con total impunidad.
Leopoldo II publicitó las historias contadas por Stanley y Livingstone sobre la “crueldad esclavista de los árabes” y el grado de retraso y escasa civilización de los pueblos contactados, todo ello con el fin de promover la colonización “altruista” de aquellos territorios dentro de una intervención que erradicacaría el comercio de esclavos mientras al mismo tiempo se imponía la “civilización” europea y su superior moral cristiana.
Este simple pretexto, junto con el interés “absolutamente humanitario” de Leopoldo II, quedó formalizado en 1876 durante la “Conferencia Geográfica” que se desarrolló en Bruselas y en la que se convenció a muchas e importantes personalidades de diversos ámbitos de la sociedad (desde geógrafos a militares pasando como no, por hombres de negocios) sobre las buenas intenciones que perseguía tan conmovedora obra.
En la práctica esto equivalía a tener carta blanca para explotar un inmenso territorio de 2,5 millones de km2 que pasaría a llamarse Estado Libre del Congo, del que fue considerado soberano por la Conferencia de Berlín de 1885.
Con la legalidad en su mano, el rey belga se dedicó a la explotación sistemática de todas sus posesiones. Sus funcionarios se dedicaban a canjear baratijas por inmensas extensiones de terreno fértil. Saqueos, violaciones, niños arrebatados a sus familias para aumentar la fuerza productiva, jornadas de 16 hs sin descanso…., todo valía para engrosar la cuenta corriente del monarca.
Todo esto duró 20 largos años. Algunos viajeros y misioneros, horrorizados, hicieron llegar a Europa las noticias de lo que allí ocurría. A partir de aquí se formó uno Comisión Internacional de Investigación que corroboró todas las acusaciones.
Finalmente el parlamento de Bruselas exigió la cesión del Congo, que en 1906 pasó a manos del Estado Belga.
Leopoldo murió tres años después. Eso sí, inmensamente rico gracias a la sustanciosa compensación que obtuvo por la cesión administrativa.
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