Papel Prensa: ¿Por qué secuestraron a todos?
Julio Saguier, presidente del directorio de La Nación y de Papel Prensa, a través de Adrián Ventura, brindó el domingo pasado una mentirosa versión sobre algunos hechos clave que permitieron a Clarín y La Nación quedarse con el control de la única planta industrial de papel de diarios. Aquello fue en complicidad con la dictadura militar. Sin embargo, Ventura da una versión que pretende revestir de legalidad el traspaso de las acciones de Papel Prensa que, en su mayoría, pertenecían a David Graiver, muerto en un accidente de aviación en México el 6 de agosto de 1976.
Julio Saguier, presidente del directorio de La Nación y de Papel Prensa, a través de Adrián Ventura, brindó el domingo pasado una mentirosa versión sobre algunos hechos clave que permitieron a Clarín y La Nación quedarse con el control de la única planta industrial de papel de diarios. Aquello fue en complicidad con la dictadura militar. Sin embargo, Ventura da una versión que pretende revestir de legalidad el traspaso de las acciones de Papel Prensa que, en su mayoría, pertenecían a David Graiver, muerto en un accidente de aviación en México el 6 de agosto de 1976.
El embajador argentino en Washington, Héctor Timerman, dio inmediata respuesta a una falsedad no menor de Ventura, quien relató en qué condiciones el abogado de David Graiver, Miguel de Anchorena, habría firmado la conformidad de la viuda de Graiver, Lidia Papaleo. El gran argumento de Saguier y Ventura es que Anchorena “firmó”.
Para tomar dimensión de la hipocresía de ese argumento, cabe consignar que Anchorena y no menos de una decena de personas fueron detenidas ilegalmente y llevadas a Puesto Vasco, un campo de concentración manejado directamente por el entonces jefe de la Bonaerense, Ramón Camps. Allí fueron torturados, al punto tal que Jorge Rubinstein –muy cercano a David Graiver– murió mientras le aplicaban la picana eléctrica. Anchorena le contó a su familia que todo el tiempo les pasaban himnos y canciones nazis.
¿Saguier y Ventura no se preguntaron por qué secuestraron a todas las personas cercanas a David Graiver? A ver, no fueron detenidos y acusados de algo sino que fueron “chupados”. Se habla todavía de la relación de Graiver con los Montoneros y con eso se pretende justificar una supuesta relación financiera. No hubo ninguna revelación sobre ese supuesto vínculo. Además, ¿eso justificaría que todavía sea necesario mantener oculto que Papel Prensa fue el fruto de un botín de guerra? ¿No será que ese tema es tabú para La Nación? Si les falta información pueden hablar con Claudio Escribano, periodista clave de La Nación de esos años, quien no dudó en ser escriba de los peores momentos de ese maridaje entre empresarios periodísticos y dictadores.
Comisión de verdad. Dado que la Secretaría de Comercio Interior abrió un período de 90 días para que se conozca la verdad sobre el origen societario de Papel Prensa, nada mejor que refutar la versión de La Nación con datos bibliográficos de fuentes diversas.
En primer lugar, vale la pena aclarar que así como la Junta Militar, encabezada por el dictador Jorge Videla, abría una negociación para integrar a los grandes empresarios, Camps persiguió a un grupo de personas con el propósito de destruir lo que consideraba “el sionismo internacional”, y que no sólo incluía a la familia Graiver sino al director del diario La Opinión y a varios de sus principales ejecutivos o editores (incluso al director de La Opinión de Trenque Lauquen, Juan Nazar).
Camps contaba con el respaldo del entonces gobernador militar, general Ibérico Saint Jean, y de su ministro de gobierno, Jaime Smart, un representante de la derecha judicial acusado de haber participado en los tormentos a quienes fueron detenidos en el llamado Puesto Vasco, donde Camps personalmente se ocupó de las torturas. Smart hoy está procesado y detenido por los delitos cometidos. La Nación, en su editorial del 16 de julio de 2008 decía: “....Confiemos en que sin más la Justicia disponga el cese de la actual situación del doctor Smart, de quien no se conoce una sola imputación concreta en su contra en condiciones de prosperar...”.
Puesto Vasco. Ante todo, cabe aclarar que Camps llevó a un campo de concentración a decenas de personas que consideraban claves para que se consumara el robo de las acciones de Papel Prensa, convertidas en botín de guerra.
A continuación, tomado del archivo de la Comisión Nacional de Desaparición de Personas, por orden alfabético, van algunos de los nombres claves que Saguier y Ventura deberían tomar en cuenta para no mentir con tanto descaro. Se trata de personas vinculadas a David Graiver o al diario La Opinión que fueron perseguidas para saquearlas, eliminarlas o silenciarlas. Saguier, en la actualidad, se beneficia de aquellos hechos que quiere desconocer. Encabeza la lista Miguel Anchorena, quien “firmó en conformidad” según ellos.
Anchorena, Miguel; Casasbellas, Ramiro; Graiver, Isidoro Miguel; Graiver, Juan; Ianover, Rafael; Jara, Luis Enrique; Natraj de Madanes, Matilde (esposa de Manuel Madanes); Nazar, Juan Ramón; Papaleo de Graiver, Lidia L.; Papaleo, Osvaldo; Rubinstein, Jorge; Timerman, Jacobo.
Nunca más. Saguier y Ventura deberían consultar el Nunca Más, publicado por Eudeba. Allí se describió hace 25 años lo que era Puesto Vasco, el lugar donde pasaron la familia Graiver, Anchorena, Jacobo Timerman, Jara y Casasbellas entre otros. (Estos dos últimos eran periodistas de mucha trayectoria y que quedaron en la conducción periodística de La Opinión cuando fue manejado por los servicios de Inteligencia del Ejército)
“Puesto Vasco –sito en calle Pilcomayo 69 de la localidad de Don Bosco– funcionó entre el 7 de marzo de 1977 y el 18 de octubre de 1977. Sobre sus particulares características Ramón Camps manifestó durante la instrucción de la causa 44/85 que “Puesto Vasco” –que dependía de la Brigada de Investigaciones de Quilmes– era utilizado para el alojamiento de “subversivos sujetos a la autoridad militar”. Si bien este centro clandestino era de capacidad reducida recibía la visita frecuente de altos jefes militares y policiales –entre ellos el propio Camps–, hecho que indica que las tareas de inteligencia que allí se realizaban revestían una particular importancia”.
Cabe aclarar que así como los Mitre y Magnetto-Herrera de Noble pudieron beneficiarse con Papel Prensa, el diario La Opinión pasó a ser controlado por la dictadura a través de encarcelar y demonizar a Timerman y poner como mascarones a algunos de los periodistas que lo acompañaban.
Los cerrojos de la prensa. Saguier, a través de Ventura, quiere resaltar que la dictadura de Videla había puesto un veedor militar para quedarse con la empresa. Destacan que la acción decidida de estos empresarios ilustres permitió que Papel Prensa quedara, mayoritariamente, en manos de ellos (Clarín, La Nación y La Razón)
Al respecto, deberían consultar el libro de Julio Ramos, Los cerrojos de La Prensa. No se trata del libro de un extremista, como gustaban llamar entonces en las páginas del diario de los Mitre a cualquiera que no fuera furioso defensor del régimen. Ramos fue alguien que esta entente de militares y empresarios dejó fuera del negocio de Papel Prensa, pese a que no se oponía a la dictadura.
A propósito, llama la atención que el diario Perfil esté tan preocupado por estos días en contar las historias de maltrato que recibió Claudio Ramos de parte de Julio, su padre, justo cuando se menean estas cosas.
La cita es un poco extensa pero esclarecedora.
“El derrumbe del grupo Graiver ya era evidente semanas antes de la muerte o desaparición de David, hecho que contribuye en forma decisiva a precipitarlo. El desorden era total, situación que se puso de manifiesto el 3 de noviembre del '76. Ese día, Papel Prensa convocó a una asamblea extraordinaria a fin de regularizar las transferencias accionarias. Al mismo tiempo llovía sobre los Graiver todo tipo de presiones y sugerencias para que se deshicieran de sus empresas.
Entre los mensajes que se recibieron en esos días, uno llegó a Miguel de Anchorena. Era el encargado de la sucesión de David Graiver. Anchorena recibió una comunicación de Francisco Manrique, vinculado a la familia desde que David colaborara con él en Bienestar Social (dictadura de Alejandro Lanusse, nota de EA), en las que se le transmitía el interés del gobierno para que el paquete accionario de Papel Prensa fuera vendido a los diarios Clarín, La Nación y La Razón. La planta sería inaugurada durante el mismo gobierno de Videla, el 27 de septiembre de 1978 con la asistencia del propio Videla y Ernestina Laura Herrera de Noble.
En diciembre del ’76 fue la misma Junta Militar la que dispuso que el Estado aceptara la transferencia del grupo Graiver a Clarín, La Nación y La Razón. Entre otras condiciones, se estableció que estos diarios debían ofrecer expresamente a sus colegas de la Capital y el interior hasta 49% de las acciones adquiridas, en las mismas condiciones de precio y plazo. Eso de 49% obviamente no se cumplió, aunque los diarios del interior tuvieron una malograda oportunidad con la otra empresa, tiempo después en crisis, Papel del Tucumán.
Las vinculaciones Montoneros-Graiver-Papel Prensa habían estallado ante la opinión pública a comienzos del año 1977, cuando los miembros de esta familia fueron detenidos. El gobierno intentó entonces sustraer a la empresa, de la cual –recuérdese– era socio el Estado, mediante una intervención, que corrió por cuenta del capitán de navío Alberto D’Agostino, designado “veedor interventor”.
Lo que sigue es de una importancia central: El capitán D’Agostino denuncia, por ejemplo, que todo el capital aplicado por los diarios a la compra del paquete accionario de los Graiver procedió de dos préstamos bancarios. El primero correspondió al Banco Español del Río de la Plata y fue de un monto total de $ 2.400.000 dividido en partes iguales entre los tres diarios. El plazo era de 180 días renovables y la tasa de 110% anual. Las garantías fueron sorprendentemente a sola firma sin aval. Por una suma similar, el otro crédito correspondió al Banco Holandés Unido de Ginebra. El plazo era de 60 meses amortizable en cinco cuotas semestrales iguales consecutivas con el primer vencimiento a los 36 meses.
D’Agostino comentó también que el 11 de octubre compartió en la planta de Papel Prensa un almuerzo con Héctor Magnetto, de Clarín, y con Bartolomé Mitre, de La Nación. Durante la comida Magnetto deslizó que, en realidad, la que había solicitado el crédito al Banco Holandés fue una papelera internacional con la que trabajaba el diario. ¿Existía en algún lado una papelera extranjera que pidiera un préstamo para que sus clientes formasen una empresa que les permitiera producir papel por sí mismos y dejar de ser sus clientes? La pregunta se la hizo, con toda legitimidad, el propio D’Agostino y se respondió que lo más probable era que la generosa papelera fuera socia del proyecto.
Además D’Agostino denunció en su informe –también esto es muy importante porque muestra la total complicidad del gobierno militar con los tres diarios– que las acciones de clase “A” no fueron integradas por los diarios con fondos propios. Pagaron mediante diferimientos impositivos. Es decir, cada 100 pesos aportados sólo 25 eran fondos propios.
Simplemente, pidieron que el gobierno subsidiara a los diarios, es decir, que no les hiciera pagar su aporte, como vimos antes y les facilitara créditos blandos. El gobierno militar surgido en 1976 fue proclive a hacer un negocio así con los diarios convocados.
El poder da la sombra. La versión tan prolija que cuenta Saguier a través de Ventura no se compadece con el escatológico testimonio del entonces coronel Camps, quien –como se aclaró más arriba– comandaba Puesto Vasco personalmente y era jefe de la policía provincial.
El libro El poder en la sombra, que publicó en pleno menemismo y presentó en La Feria del Libro de Palermo como un escritor más es elocuente.
“Una parte importante del capital de los Graiver había sido invertida en medios de comunicación, a pesar de que el buen olfato financiero de los dirigentes del grupo sabía perfectamente que ese ramo no era seguro ni rentable. Este interés por influir en la opinión pública, demostrado por un holding que exteriormente parecía apolítico, y las grandes sumas invertidas en ese sector económico, fueron una de las pautas que nos indicaron que detrás de los negocios había intenciones de otro tipo. Los Graiver trataron de dominar todo el sector periodístico comprando las acciones de Papel Prensa, industria madre destinada a abastecer a la mayor parte de los diarios argentinos”.
Hubo algo que tenía muy molesto a Camps y a Smart: que el abogado Miguel de Anchorena fuera abogado suyo. Por eso, en ese texto surgido de las sesiones de picana y de asesinatos seriales, dice: “Las vinculaciones y ramificaciones del imperio espurio que formó el grupo Graiver exceden la capacidad de asombro del investigador más escéptico. Personas aparentemente intachables, de supuestos antecedentes valiosos, profesionales, empresarios, personas de orígenes sociales distintos, aparecen salpicadas, cuando no inmersas, en el lodazal de la corrupción, de mentiras y de fraudes que fue el modus operandi de David Graiver y su grupo”.
Sebrelli. Por último, conviene leer un libro de un brillante intelectual que pasó de la izquierda bohemia a la adulación de los apellidos ilustres y sus costumbres. Juan José Sebrilli, en La saga de los Anchorena, menciona al Anchorena que fue secuestrado por Camps en Puesto Vasco y a quien Saguier, a través de Ventura, trata de mostrar como una pieza que dio conformidad a la enorme saga de mentiras que, tanto antes como ahora, quieren construir los Saguier-Magnetto-Herrera Noble para ocultar su complicidad con la dictadura y los privilegios que mantienen por aquellos negociados.
“Hubo Anchorenas en el consulado y en el cabildo durante la colonia, y después de la Revolución de Mayo, en el Ejército del Norte, en el Congreso de Tucumán, en el Directorio. Hubo Anchorenas con Rosas y, a su caída, con Urquiza. Hubo Anchorenas en el gobierno de Buenos Aires separado de la Confederación. Hubo Anchorenas con Mitre, y después con casi todos los gobiernos, incluyendo los de Yrigoyen y Perón. Hubo Anchorenas también en las dictaduras militares de Onganía y Videla. Hubo Anchorenas en las presidencias de todas las grandes instituciones: Jockey Club, Sociedad Rural, Sociedad de Beneficencia, Teatro Colón; hubo Anchorenas en las comisiones directivas de las principales sociedades anónimas, bancarias y financieras. Miguel Anchorena fue uno de los pocos argentinos que perteneció al Jockey Club de París. Un Anchorena se unió con la familia propietaria del diario La Prensa y una Anchorena es accionista de La Nación”.
Fuente