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San Martín, el renegado de España

Info8/17/2010
La encrucijada de Cádiz Todas las casas importantes de Cádiz miran al mar que la circunda. Esta antigua ciudad mercante, museo viviente de un pasado trimilenario, babel del comercio mediterráneo y de la ruta a las Indias Occidentales, baluarte de la resistencia española a la invasión napoleónica y sede de las famosas Cortes liberales de 1812, fue un hervidero de actividad masónica, como lo corroboran numerosos estudios recientes, y fue también, secretamente, el taller de forja de la revolución de la independencia americana. No es difícil imaginar, por las aceras rectas y angostas del discreto barrio gaditano de San Carlos, la figura un hombre alto, moreno, envuelto en un capote militar, que llegaba por las noches a reunirse con sus cofrades de la sociedad antecesora de la Logia Lautaro, preparando un viaje que iba a cambiar la historia. El capitán y luego teniente coronel San Martín, vivió entre estas murallas y callejuelas las luchas, dilemas, emociones y amores más intensos de su juventud. Aquí mantuvo una estrecha vinculación con Carlos de Alvear y su padre don Diego y, luego de sigilosos preparativos, resolvió romper el juramento de obediencia al Rey y cruzar el Atlántico para ir a liberar el continente en el que había nacido. En efecto, en Cádiz, a finales de 1811, tras obtener licencia del ejército español, San Martín se embarcó, via Londres, para ir a Buenos Aires a ponerse al servicio de la revolución. Hasta hace poco era difícil explicar de manera convincente los motivos íntimos de aquel paso, las razones y la pasión que lo determinaron. ¿Por qué, después de 27 años de alejarse de América, al cabo de una trayectoria ejemplar como oficial del Reino, abandonó para siempre la familia, los camaradas, las instituciones y el país donde se había formado, para ir a luchar por una causa incierta en aquellas tierras en las que nadie lo esperaba? A este misterio, que él mismo nunca aclaró, los historiadores intentaron responder por lo general con dos tipos de interpretación: la telúrica y la conspirativa, suponiendo razones más bien ideológicas o especulaciones interesadas. Mitre escribió y sus epígonos repitieron que volvió los ojos "a la patria lejana, a la que siempre amó como a la verdadera madre", y Ricardo Rojas invocó "la subconciencia del niño" que su educación en España no habría podido borrar. Barcia Trelles, sin embargo, observó que era inverosímil que un hombre formado en la península desde los cinco años dejara repentinamente la tierra donde estaban su madre, sus hermanos, sus amigos y las cenizas de sus mayores; y Oriol i Anguera añadía que debió mediar una crisis muy profunda para que un militar español se convirtiera en perjuro a la bandera por la que hasta entonces se había jugado la vida. Contra los que invocaban el "llamado de la selva" o el puro fervor por las ideas liberales de su tiempo, varios autores creyeron encontrar una razón más sólida en los designios ingleses o napoleónicos y en las redes de la masonería en que se involucró. Enrique de Gandía sostuvo que el grupo de San Martín viajó a Buenos Aires en 1812 financiado por los franceses. Rodolfo Terragno estudió las concomitancias de su plan con las maquinaciones británicas, en particular el proyecto de Maitland, y si bien rechazó la hipótesis de que fuera un agente inglés, sus aportes contribuyeron a reforzar la tesis de que sí lo era. Así lo expuso abiertamente Juan B. Sejean, considerando a San Martín como un mercenario. El historiador Antonio Lago Carballo, que presidió durante largos años el Instituto Español Sanmartiniano, planteó con meridiana claridad que, para entender el comportamiento y las creencias íntimas de este hombre que influyó tanto en su pueblo, era imprescindible despejar las incógnitas sobre aquella decisión crucial, cuando pidió el retiro en Cádiz para dar un vuelco definitivo a su existencia. En Madrid, Lago Carballo y otros miembros del Instituto nos manifestaron su punto de vista: es absurdo creer que San Martín se identificara con el solar nativo, del que apenas podía tener una borrosa imagen infantil; basta pensar en la actitud opuesta de sus tres hermanos, y otros ejemplos semejantes que abundan. Para el historiador militar José María Gárate, ello induce a creer que lo determinante fue la conexión inglesa o francesa, abonando así la teoría conspirativa. Sin negar la importancia objetiva de la ayuda británica, la influencia francesa o el respaldo masónico, factores que por cierto San Martín cultivó y aprovechó, los datos sobre su condición de mestizo han venido a poner de relieve otro factor subjetivo –la conciencia de su identidad americana– como causa motora de su decisión. Más que un impulso subconciente o una misteriosa impronta telúrica, sería la concreta certeza de ser hijo de una madre guaraní. No un sentimiento abstracto por algo tan azaroso como el lugar de nacimiento, sino su imposibilidad de ser europeo, el anhelo de reivindicar a los pueblos sometidos de donde provenía su sangre materna, y la intuición de que era necesario fundar otra nacionalidad criolla, que fuera la síntesis o la conjunción de la cultura europea y el mundo americano a los que él debía su propia existencia. Pero esta tesis requiere completar el acopio de las evidencias, y para ello era imperioso ir a Montilla. La casa Alvear de Montilla En esta pequeña y luminosa ciudad que se levanta sobre una ondulación de las serranías cordobesas, una de las residencias más antiguas y elegantes fue el hogar de los primeros Alvear, donado para ser hoy el Colegio de la Asunción que administran las monjas Esclavas del Divino Corazón. Varios miembros de la rama española de la familia residen en la vecindad, donde mantienen una gran bodega que cría los acreditados vinos de su marca. Los visitamos para obtener documentos y testimonios acerca de los vínculos entre el brigadier de marina don Diego de Alvear y José de San Martín. Como ellos ya saben por las cartas y recortes periodísticos que les enviaron sus parientes porteños, en Buenos Aires hemos encontrado el manuscrito de las memorias de Joaquina de Alvear, hija de Carlos de Alvear y nieta de don Diego, en las cuales manifiesta que San Martín era hijo natural de su abuelo y de una indígena misionera, lo cual concuerda con la tradición oral que ha subsistido en la zona de Yapeyú. El secreto de la familia, transmitido a través de las generaciones, es ahora de conocimiento público. Distantes de la conmoción que ello implica para los dogmas y prejuicios de la historia oficial argentina, Alvaro de Alvear Zambrano y Juan Bosco de Alvear Zubiría –tataranietos de don Diego– no tuvieron reparos en facilitarnos referencias precisas de sus antepasados, relatar anécdotas de la tradición oral, e indicarnos dónde y quiénes poseen los archivos y registros que buscamos. Gran parte de los papeles y de la biblioteca de la familia están siendo inventariados, a fin de incorporarlos al patrimonio del Ayuntamiento de Montilla (hoy gobernado por los comunistas de Izquierda Unida, aunque ello no ha alterado la apacible rutina burguesa de la villa). El editor y bibliófilo Manuel Ruiz Luque nos permitió examinar ese material, que comprende las cartas y demás documentos compiladas por Sabina de Alvear y Ward –hija del segundo matrimonio de don Diego, amiga de Eugenia de Montijo y de Próspero Merimée– para escribir la biografía de su padre. En ese libro, Sabina destaca el papel de su medio hermano Carlos de Alvear, puntualizando que éste costeó el pasaje de algunos otros camaradas que viajaron a Buenos Aires en 1812. Por otra parte, don Juan Bosco de Alvear nos confirma que, según los relatos de sus mayores, “don Diego le pagó la carrera militar a San Martín”. Es un dato de obvia relevancia, que coincide con anteriores testimonios y señala de qué modo asumió de manera indirecta su obligación paterna. ¿Cómo enviaba el dinero desde América? Un estudio realizado por el escribano montillano Joaquín Zejalbo suministra otra pista clave: en los protocolos notariales hay constancias de que, por diversos conceptos relacionados con las propiedades y negocios de la familia, don Diego giraba dinero desde Buenos Aires a Montilla. Los hermanos de sangre Los itinerarios de los tres personajes –San Martín y los Alvear, padre e hijo– coincidieron en Cádiz en el período culminante de la historia de América y de Europa: la época de las guerras napoleónicas, de la ocupación francesa en España y del estallido independentista en las colonias hispanoamericanas. San Martín había sido destinado al Regimiento de Voluntarios de Campo Mayor, que a fines de 1803 se estableció en Cádiz, y desde esta ciudad fue y volvió, participando en diversas expediciones y batallas. Diego de Alvear, al regresar después de treinta años en América, en 1804, perdió en un inesperado combate naval a toda su familia, excepto su hijo Carlos, que tenía entonces quince años. Prisioneros de los ingleses, fueron sin embargo indemnizados y tan bien tratados en Londres que anudaron allí perdurables contactos antes de radicarse en España. Luego de un par de años en Montilla, Carlos marchó a incorporarse al cuerpo de carabineros reales y don Diego fue designado jefe de la artillería provincial en Cádiz, donde San Martín era ayudante del gobernador militar de la ciudad. Después Carlos pidió la baja y se radicó también en Cádiz, y poco más tarde don Diego fue nombrado gobernador de la contigua isla de León. Esta convergencia de desplazamientos no fue casual. Entre 1808 y 1811, mientras se producía el levantamiento general de la península contra Napoleón y Cádiz se convertía en el último reducto de los juntistas liberales gracias al respaldo de la flota inglesa, Carlos de Alvear y San Martín, protegidos por don Diego, tramaron una exitosa serie de maniobras, con el auxilio de la red masónica, para retornar al Rio de la Plata junto a un grupo de oficiales –Zapiola, Holmberg, Chilavert y otros– que aportaron a la causa americana los mandos militares que hacían falta: las espadas de la revolución. Todo ello se discutió y se resolvió en uno de los pisos del barrio de San Carlos que ocupaba el joven Carlos con su esposa, en el cual funcionaba la sociedad masónica de los Caballeros Racionales Nº 3 (a pocos metros de la llamada Casa de las Cuatro Torres, donde estuvo el precursor de estas logias americanistas, el venezolano Francisco de Miranda). Los recursos decisivos que necesitaban para ese proyecto José de San Martín y Carlos de Alvear eran el dinero y los contactos con Londres. Quien se los proporcionó, según resulta claro ahora, era el padre de ambos, don Diego de Alvear. La despatriación En 1812, en el acto de contraer matrimonio, San Martín declaró que sus padres habían muerto. Doña Gregoria Matorras, su madre adoptiva, aún vivía; pero él ya había decidido enterrar ese pasado. Sólo volvería a tener contacto en Europa con uno de sus hermanos de crianza, Justo Rufino. Los otros, y en especial el mayor, Manuel, lo decepcionaron al negarse a acompañarlo a América. Al cabo de sus campañas victoriosas por la emancipación del continente, tuvo que exiliarse, hostilizado por el partido de Rivadavia. Pero no volvió jamás a España. Cuando su amigo y benefactor Aguado lo invitó a viajar a la península, se rehusó a acompañarlo. A pesar de las apariencias diplomáticas, él sabía que los realistas no lo habían perdonado. Optó por emigrar a Francia, que era de algún modo la cuna de las ideas liberales en las que abrevaron sus lecturas juveniles. Algunos lo consideraban un “afrancesado”. Sin embargo, cuando se produjeron las intervenciones anglofrancesas en el Río de la Plata, no vaciló en ofrecer sus servicios al gobierno de Buenos Aires para ir a pelear en cualquier puesto que se le asignara, y expuso el grave error que cometían los incursores, tratando de frenar aquel atropello mediante sendos mensajes que tuvieron eco en la prensa y llegaron al gabinete y el parlamento de ambas naciones. En Inglaterra tenía buenos amigos y Francia era su tierra de asilo, pero él era ante todo americano. Hasta los últimos días vivió preocupado por la suerte de las repúblicas emancipadas, en particular Perú, Chile y Argentina, y donó su sable a Rosas en honor a la inquebrantable voluntad con que éste había defendido la dignidad del país frente a la agresión de las potencias europeas. Ese gesto tampoco se lo perdonarían los liberales de la siguiente generación, los que entregaron la república a los capitales del coloniaje británico y postergaron durante treinta años la repatriación de sus restos, a pesar de que su última voluntad testamentaria era ser enterrado en el cementerio de Buenos Aires. Aquel viaje póstumo se impuso al fin por una necesidad política, como un reclamo de la opinión pública y de la justicia histórica. Era el anhelado reencuentro con su pueblo, el definitivo retorno a sus orígenes del gran despatriado. FUENTE:
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