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El colosal error de la guerra en Irak

Info6/19/2010
Malou Innocent
Para LA NACION



WASHINGTON

Crece en popularidad, dentro de algunos círculos intelectuales, el argumento de que la floreciente democracia iraquí hace que los siete años de guerra y ocupación estadounidense hayan valido la pena. Algunos analistas, incluso, han interpretado las elecciones del 7 de marzo, en Irak, como una muestra de que es viable la promoción de la democracia a través de una ocupación militar. No hay que creerse tal cuento. La guerra en Irak continúa siendo un error colosal. Y la reciente elección en ese país constituye una victoria pírrica, mientras que los costos económicos, políticos y morales de la ocupación superan con creces cualquiera de sus beneficios.

Primero están los sacrificios en términos de sangre y dinero. El consenso es que la guerra le costó a la economía estadounidense más de 700.000 millones de dólares y alrededor de 4400 soldados estadounidenses muertos, más de 31.000 físicamente discapacitados y muchos más traumatizados psicológicamente.

De acuerdo con la mayoría de los cálculos, más de 100.000 iraquíes han sido asesinados desde la invasión. Más de 2 millones de iraquíes sunnitas que huyeron a Jordania y Siria están contribuyendo a la inestabilidad de una región del mundo que ya se encontraba en una situación política precaria.

La guerra también complicó el balance de poder regional en tanto que fortaleció considerablemente la influencia de Irán en Irak y limitó severamente las opciones de la política estadounidense hacia el régimen clerical de Teherán. Ningún monto de planificación o tropas hubiese podido evitar la presión política de la república islámica, hacia un país vecino con una mayoría chiita del 60%. La remoción de Saddam Hussein como el principal contrapeso estratégico a Irán allanó el camino para la expansión de la influencia iraní en Irak y le ha permitido a Teherán respaldar, con mucha más impunidad, a sus aliados políticos en Bagdad.

Un tercer efecto secundario de la guerra librada, supuestamente en nombre de la democracia, es que esta empeoró todavía más la reputación de Estados Unidos en el mundo musulmán. Lejos de ser visto como un liberador benévolo, el país fue percibido como un gigante torpe, además de abusivo e hipócrita.

Como The Economist detalló hace unos meses, la tortura se ha vuelto una práctica común en el régimen del primer ministro Maliki, quien cuenta con el respaldo de EE.UU. Las tácticas de censura de la era de Hussein también están resurgiendo. El gobierno anunció planes de censurar libros importados e Internet, y de remover el anonimato que protege a los que envían correos electrónicos y a los blogueros. Estas políticas represivas son muy parecidas a las impuestas por otro dictador de la región respaldado por EE.UU.: el presidente egipcio Hosni Mubarak. Como lo demuestran el Egipto y el Irak de hoy, países con elecciones, pero sin normas liberales pueden, simplemente, ser caricaturas de democracias.

Una cuarta consecuencia de la guerra en Irak -y que debería determinar si es considerada o no un éxito- es que contribuyó en poco o nada a mantener a EE.UU. seguro de los ataques de Al-Qaeda. En este aspecto, lo que hace de la "guerra de Bush" en Irak posiblemente uno de los errores estratégicos más grandes en la historia estadounidense no es solamente la larga lista de fracasos que causó, sino las oportunidades que Estados Unidos perdió. El desastre en Irak desplazó unos muy necesitados recursos de inteligencia, atención pública y supervisión del Congreso de la guerra olvidada en Afganistán.

Tal vez esa sea la razón por la que dos congresistas republicanos, que recientemente visitaron el Cato Institute, en Washington, revelaron que gran parte de los republicanos en el Capitolio ahora creen que la guerra en Irak fue un error. Hoy, las encuestas muestran que gran parte de los estadounidenses dicen que la invasión de Irak fue un "error" y que "no valió la pena".

Mientras que los defensores intentan argumentar que la guerra fue justificada, la lección más importante que debemos aprender no es que más soldados, tácticas superiores y mayor efectividad en la cooperación podrían dar mejores resultados la próxima vez. Más bien, la lección es que las guerras tienen el potencial de exponer los límites del poder militar y que las intervenciones armadas deberían llevarse a cabo solamente cuando fueran absolutamente vitales para la seguridad de una nación.

Siete años más tarde, esperemos que los estadounidenses hayan aprendido la lección. Esperemos, también, que la suerte de Medio Oriente cambie para bien, no solamente de Estados Unidos y su manchada reputación, sino también de los millones de civiles inocentes que han sido desplazados por el conflicto.

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