¿Reflejan siempre nuestros rostros la misma expresión ante determinados sentimientos? ¿Hacemos los mismos gestos ante actos que nos provoquen miedo, ira o placer?
Eso intentó demostrar el año 1924 Carney Landis, un estudiante graduado en psicología en la Universidad de Minnesota que diseñó un experimento con el que intentó averiguarlo. Para ello, trabajó en su laboratorio con varios sujetos, a quienes pintaba las principales líneas de la cara con un corcho quemado para captar más fácilmente el movimiento de sus músculos, y a continuación les exponía a diversos estímulos como oler amoníaco, escuchar jazz, mirar fotos pornográficas o poner su mano en un balde lleno de ranas para provocarles una reacción.
La polémica respecto a este estudio llegó en su parte final: Landis se presentó con varias ratas blancas y pidió a los participantes que decapitaran cada uno a una. La mayoría de ellos le preguntaron si se trataba de una broma, a lo que contestaba que no, todo lo contrario, ya que era el ensayo que le permitiría obtener el mayor número de conclusiones.
Y aunque muchos de ellos comenzaban a llorar, o se excusaban para no hacerlo, finalmente, dos tercios de ellos se decidieron a tomar el cuchillo en sus manos para acabar con la vida del roedor, a quienes añadían un sufrimiento innecesario dada la poca pericia que tenían para darles esa muerte. A aquellos que se negaron, Landis les obligó a ver como él mismo terminaba con la vida de las ratas.
Entre otras, las conclusiones de Landis fueron las siguientes:
* No hay una expresión facial o verbal concreta que identifique una emoción.
* La sonrisa, nerviosa, fue la reacción más común, incluso en las situaciones más desagradables.
* Los hombres son más expresivos que las mujeres.
Landis nunca fue capaz de encontrar una sola mueca que fuera común entre las personas que decapitaron a las ratas pero, en retrospectiva, su experimento presenta, aunque fuera ignorado por él, una sorprendente muestra de la voluntad de las personas a obedecer órdenes, aún cuando, en ocasiones, choque de frente con sus convicciones.
Esta actitud no le pasó desapercibida a Stanley Milgram, psicólogo de la Universidad de Yale quien, el año 1961, desarrolló, intrigado por la capacidad de las personas de infligir daños a otras por obediencia debida, uno de los experimentos más crueles de los que se tiene noticia.
El falso objetivo que se daba a conocer a los participantes reclutados es que iba a servir para para ayudar a mejorar la retentiva de los estudiantes universitarios, y la puesta en escena, era realmente maquivélica: eran precisos tres protagonistas, uno de ellos el investigador, un supuesto voluntario que haría de alumno, y un voluntario real que cobraba 4$ de la época a la hora e interpretaría el papel de maestro. A continuación, separados ambos por un cristal, el maestro puede observar como el alumno es sentado en una especie de silla eléctrica, amarrado "para evitar movimientos demasiado bruscos" y como se le colocan en el cuerpo unos electrodos untados con crema "para evitar las quemaduras".
Comienza el experimento. El maestro recibe una descarga real de 45 v. para que pueda comprobar la sensación de dolor. A continuación, el investigador comienza a pasar al maestro las preguntas que hará al alumno, y si este falla, recibe una descarga de 15 v. que irá aumentando de 30 en 30 por cada error cometido hasta alcanzar el máximo de 450 v. Por supuesto, el alumno no recibía ninguna descarga, aunque el maestro no sólo no lo sabía, sino que estaba convencido de que era cierto.
Lo habitual era que, al llegar a los 75 v., los maestros comenzaran a desasosegarse, sobre todo cuando empezaban a oir los gritos de su alumno, y que pidieran parar el experimento, lo cual era negado de forma tajante por el investigador. Al llegar a los 135 v. muchos de ellos paraban y se preguntaban por la finalidad del experimento. También se daba, como en el estudio de Landis, casos de profesores que empezaban a reir de forma nerviosa al escuchar las quejas de sus alumnos.
Si el maestro expresaba su deseo de no continuar, el investigador le conminaba con frases cada vez más imperativas; se empezaba por un simple "continúe, por favor", para pasar, de ofrecer resistencia, a otras más tajantes: "el experimento requiere que usted continúe", "es absolutamente esencial que usted continúe", y la más drástica de todas, "usted no tiene opción alguna. Debe continuar".
El experimento se paraba únicamente bajo dos circunstancias: que el profesor se negara en redondo a seguir, o la contraria, que hubiera llegado a aplicar tres descargas de 450 v. a su alumno.
Lo más sorprendente de todo fueron los resultados: el 65% de los maestros llegó a castigar a sus alumnos con descargas de 450 v. aún a pesar de sentirse incómodos a la hora de aplicarlas. Y, más sorprendente aún es que ninguno de ellos se negó de forma rotunda a abandonar el experimento antes de alcanzar el nivel de los 300 v.
Milgram concluyó que estos comportamientos se podían deber a lo señalado por dos téorías, la del conformismo y la de la cosificación.
La primera dice que un individuo que no es capaz de tomar decisiones durante una crisis, se dejará llevar por las que adopten sus superiores jerárquicos o el grupo al que pertenece.
Según la segunda, el sujeto activo se ve como un instrumento de quien recibe las órdenes y, por tanto, no se considera responsable de sus actos. Es la misma sensación que sufren aquellos que, como en el ejército, deben someterse a la obediencia debida.
link:
Y por una vez, me voy a atrever a exponer mis propias conclusiones sobre este último experimento, teniendo en cuenta que los maestros eran voluntarios y que se efectuó en tiempo de paz:
Aunque el dolor que pueda provocar una corriente eléctrica no depende tanto de la diferencia de potencial -voltios- como de la intensidad de la corriente -amperios-, dato este último que no he podido obtener, todos nos hemos llevado un calambre en casa -220 v.- como para saber lo que supone el recibirlo. De hecho, el maestro recibe un zurriagazo de 45 v. -que no son pocos- para que supiera lo que iba a hacer. Por tanto:
* Una persona que cobra 4$ a la hora por infligir dolor a otra, es una persona, per se, agresiva y de escasa ética.
* Una persona que cobra 4$ a la hora por aplicar una descarga de 450 v. a un congénere que puede provocarle la muerte, es un simple asesino, totalmente carente de ética, moralidad, absolutamente falto de empatía y de sentimientos. Excluyo el término sádico porque, para mí, tiene otro tipo de connotaciones.
* Tan inmoral me parece el voluntario como el que desarrolla el estudio.
Insisto en el hecho de que los experimentos que hoy hemos visto se desarrollaran en tiempo de paz; en tiempo de guerra aflora en nosotros el instinto de supervivencia y este es un instinto grabado a fuego en nuestro subconsciente, que es superior a nosotros y sería objeto tanto de otra entrada como de un amplio debate.
Eso intentó demostrar el año 1924 Carney Landis, un estudiante graduado en psicología en la Universidad de Minnesota que diseñó un experimento con el que intentó averiguarlo. Para ello, trabajó en su laboratorio con varios sujetos, a quienes pintaba las principales líneas de la cara con un corcho quemado para captar más fácilmente el movimiento de sus músculos, y a continuación les exponía a diversos estímulos como oler amoníaco, escuchar jazz, mirar fotos pornográficas o poner su mano en un balde lleno de ranas para provocarles una reacción.
La polémica respecto a este estudio llegó en su parte final: Landis se presentó con varias ratas blancas y pidió a los participantes que decapitaran cada uno a una. La mayoría de ellos le preguntaron si se trataba de una broma, a lo que contestaba que no, todo lo contrario, ya que era el ensayo que le permitiría obtener el mayor número de conclusiones.
Y aunque muchos de ellos comenzaban a llorar, o se excusaban para no hacerlo, finalmente, dos tercios de ellos se decidieron a tomar el cuchillo en sus manos para acabar con la vida del roedor, a quienes añadían un sufrimiento innecesario dada la poca pericia que tenían para darles esa muerte. A aquellos que se negaron, Landis les obligó a ver como él mismo terminaba con la vida de las ratas.
Entre otras, las conclusiones de Landis fueron las siguientes:
* No hay una expresión facial o verbal concreta que identifique una emoción.
* La sonrisa, nerviosa, fue la reacción más común, incluso en las situaciones más desagradables.
* Los hombres son más expresivos que las mujeres.
Landis nunca fue capaz de encontrar una sola mueca que fuera común entre las personas que decapitaron a las ratas pero, en retrospectiva, su experimento presenta, aunque fuera ignorado por él, una sorprendente muestra de la voluntad de las personas a obedecer órdenes, aún cuando, en ocasiones, choque de frente con sus convicciones.
Esta actitud no le pasó desapercibida a Stanley Milgram, psicólogo de la Universidad de Yale quien, el año 1961, desarrolló, intrigado por la capacidad de las personas de infligir daños a otras por obediencia debida, uno de los experimentos más crueles de los que se tiene noticia.
El falso objetivo que se daba a conocer a los participantes reclutados es que iba a servir para para ayudar a mejorar la retentiva de los estudiantes universitarios, y la puesta en escena, era realmente maquivélica: eran precisos tres protagonistas, uno de ellos el investigador, un supuesto voluntario que haría de alumno, y un voluntario real que cobraba 4$ de la época a la hora e interpretaría el papel de maestro. A continuación, separados ambos por un cristal, el maestro puede observar como el alumno es sentado en una especie de silla eléctrica, amarrado "para evitar movimientos demasiado bruscos" y como se le colocan en el cuerpo unos electrodos untados con crema "para evitar las quemaduras".
Comienza el experimento. El maestro recibe una descarga real de 45 v. para que pueda comprobar la sensación de dolor. A continuación, el investigador comienza a pasar al maestro las preguntas que hará al alumno, y si este falla, recibe una descarga de 15 v. que irá aumentando de 30 en 30 por cada error cometido hasta alcanzar el máximo de 450 v. Por supuesto, el alumno no recibía ninguna descarga, aunque el maestro no sólo no lo sabía, sino que estaba convencido de que era cierto.
Lo habitual era que, al llegar a los 75 v., los maestros comenzaran a desasosegarse, sobre todo cuando empezaban a oir los gritos de su alumno, y que pidieran parar el experimento, lo cual era negado de forma tajante por el investigador. Al llegar a los 135 v. muchos de ellos paraban y se preguntaban por la finalidad del experimento. También se daba, como en el estudio de Landis, casos de profesores que empezaban a reir de forma nerviosa al escuchar las quejas de sus alumnos.
Si el maestro expresaba su deseo de no continuar, el investigador le conminaba con frases cada vez más imperativas; se empezaba por un simple "continúe, por favor", para pasar, de ofrecer resistencia, a otras más tajantes: "el experimento requiere que usted continúe", "es absolutamente esencial que usted continúe", y la más drástica de todas, "usted no tiene opción alguna. Debe continuar".
El experimento se paraba únicamente bajo dos circunstancias: que el profesor se negara en redondo a seguir, o la contraria, que hubiera llegado a aplicar tres descargas de 450 v. a su alumno.
Lo más sorprendente de todo fueron los resultados: el 65% de los maestros llegó a castigar a sus alumnos con descargas de 450 v. aún a pesar de sentirse incómodos a la hora de aplicarlas. Y, más sorprendente aún es que ninguno de ellos se negó de forma rotunda a abandonar el experimento antes de alcanzar el nivel de los 300 v.
Milgram concluyó que estos comportamientos se podían deber a lo señalado por dos téorías, la del conformismo y la de la cosificación.
La primera dice que un individuo que no es capaz de tomar decisiones durante una crisis, se dejará llevar por las que adopten sus superiores jerárquicos o el grupo al que pertenece.
Según la segunda, el sujeto activo se ve como un instrumento de quien recibe las órdenes y, por tanto, no se considera responsable de sus actos. Es la misma sensación que sufren aquellos que, como en el ejército, deben someterse a la obediencia debida.
link:
Y por una vez, me voy a atrever a exponer mis propias conclusiones sobre este último experimento, teniendo en cuenta que los maestros eran voluntarios y que se efectuó en tiempo de paz:
Aunque el dolor que pueda provocar una corriente eléctrica no depende tanto de la diferencia de potencial -voltios- como de la intensidad de la corriente -amperios-, dato este último que no he podido obtener, todos nos hemos llevado un calambre en casa -220 v.- como para saber lo que supone el recibirlo. De hecho, el maestro recibe un zurriagazo de 45 v. -que no son pocos- para que supiera lo que iba a hacer. Por tanto:
* Una persona que cobra 4$ a la hora por infligir dolor a otra, es una persona, per se, agresiva y de escasa ética.
* Una persona que cobra 4$ a la hora por aplicar una descarga de 450 v. a un congénere que puede provocarle la muerte, es un simple asesino, totalmente carente de ética, moralidad, absolutamente falto de empatía y de sentimientos. Excluyo el término sádico porque, para mí, tiene otro tipo de connotaciones.
* Tan inmoral me parece el voluntario como el que desarrolla el estudio.
Insisto en el hecho de que los experimentos que hoy hemos visto se desarrollaran en tiempo de paz; en tiempo de guerra aflora en nosotros el instinto de supervivencia y este es un instinto grabado a fuego en nuestro subconsciente, que es superior a nosotros y sería objeto tanto de otra entrada como de un amplio debate.