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La 12: Una puerta al infierno

Info11/23/2009

La fría tarde del 23 de junio de 1968, 71 personas murieron en la puerta 12 del Monumental, al término de un apático River-Boca.
A 41años, la violencia en el fútbol argentino y las precarias medidas deseguridad nos obligan a preguntarnos cuánto sabemos y qué aprendimos de la mayor tragedia en la historia del deporte argentino.



"Estábamos uno arriba de otro bajo una terrible presión que nodejaba respirar. Me caí y después me desmayé. ¿Cuál fue el motivo de latragedia? Nunca lo conocí. Yo me salvé de milagro. Quizá gracias a lagente que me ayudó porque era el más joven de todos y porque laavalancha se detuvo cuando yo estaba en un recodo de la escalera.Apenas tenía 14 años. Nunca más fui a ver a Boca" Miguel Durrieu,sobreviviente de la puerta 12.

Hacía fríoy los ánimos estaban caldeados. El cero a cero no convencía a nadie:los hinchas estaban hartos de que los superclásicos se jugaran “atrás”,con los 11 de cada equipo metidos dentro de su área, dispuestos a noarriesgar nada. El único que le había aportado algo de emoción alencuentro había sido Angel Rojas que antes del partido le habíaescondido la gorra a Amadeo Carrizo, obligando al legendario arquero deRiver a exigir la restitución de su cábala bajo amenaza de no jugar sino aparecía.

ElMonumental explotaba de gente. Todavía hoy quienes estuvieron aquel díaen la cancha recuerdan esa extraña sensación de que algo malo iba apasar. La marea humana de 90.000 personas se movía de un lado al otroprovocando pequeñas avalanchas.

Los hinchasvisitantes ocupaban la tribuna que da a la avenida Figueroa Alcorta.Miles de ellos se apuraron por salir apenas escucharon el pitido delárbitro marcando el final del encuentro. Cientos de ellos ya se habíandesplazado para acercarse a las escaleras y salir enseguida en búsquedade transporte para volver a sus casas.

A loshinchas de Boca les correspondía la salida de la Puerta número 12, unavía de escape que se alcanzaba luego de bajar 107 empinados escalonesde un angosto y oscuro pasillo. En cada uno de esos escalones cabíanapenas 15 personas apretadas que al llegar abajo comprendieron quejamás podrían salir: se habían metido en una trampa mortal. Losprimeros 100 quedaron aplastados por la avalancha y trataban depararse, tomar aire, y desesperadamente volver a subir. Los miles dearriba empujaban hacia abajo con más fuerza sin saber lo que estabaocurriendo y con sus cánticos tapaban los gritos de pánico de quienesse estaban quedando sin aire.

Fuecuestión de minutos. Cuando la marea humana dejó de presionar alertadade que algo terrible estaba ocurriendo escaleras abajo ya era demasiadotarde. En los vestuarios, los jugadores se mantenían ajenos a latragedia. De a poco comenzó a correrse el rumor de que algo terriblehabía pasado. Los primeros cuerpos pasando delante de ellos para serapilados en la pista de atletismo les helaron la sangre.

¿El saldo?71 muertos por asfixia y un centenar de heridos. ¿Las causas? A 41 añosnadie pudo ni se molestó demasiado en obtener una respuesta.







LAS HIPÓTESIS

Lasversiones de los testigos y sobrevivientes fueron diferentes desde elprimer momento de la tragedia. Todavía hoy algunos hablan de la“inconducta” del público por apresurarse a salir de manera precipitada.Pero no fueron los hinchas los culpables de su propia muerte. ¿Entoncesqué pasó? ¿Estaba la Puerta 12 cerrada?

Segúnalgunos la Puerta 12 estuvo completamente cerrada. La responsabilidadde la apertura de las puertas estaba a cargo de empleados municipalesque quedaron detenidos preventivamente: el pacto de silencio entreellos jamás permitió saber quien tenía las llaves de ese candado. Dosmeses después, el juez ordenó la prisión preventiva de Américo DiVietro y Marcelino Cabrera, intendente y capataz de River, y dispuso unembargo contra ambos y contra el club. Pero la Cámara de Apelaciones enlo Criminal y Correccional sobreseyó definitivamente a ambos imputados:los jueces consideraron que las pruebas demostraban que, antes de haberterminado el partido, todos los obstáculos habían sido removidos.

Hubopersonas que desde afuera contemplaron el horror de la puerta 12.Desprevenidos hinchas que habían salido por otras puertas y que sesorprendieron con el tapón humano que comenzó a formarse tras la reja.Fueron ellos quienes ayudaron a sacar a personas atrapadas mientrasllegaban las primeras ambulancias. Sus testimonios difieren: paraalgunos la puerta-reja no estaba cerrada pero tampoco estaba del todorebatida, y si bien había espacio para pasar, el caudal de gentebajando a los tumbos por las escaleras provocó la caída de los primerosque quedaron atrapados y aplastados contra la reja.

Según otrostestigos las puertas estaban rebatidas pero el problema fue que no seretiraron los molinetes removibles que se ponían para el ingreso delpúblico y se sacaban minutos antes de que terminara el partido. ParaJuan Carlos Tabanera, ex inspector general de la Municipalidad deBuenos Aires, la versión de los molinetes fue un “invento” para “ponera cubierto el desempeño de la Fuerza policial.”

Otra de lasversiones es que la hinchada de Boca había estado cantando la marchaperonista y arrojando cosas a la policía y que por eso, la temible yrepresiva policía de entonces –en 1968 gobernaba la dictadura de JuanCarlos Onganía- había ordenado emboscar y detener a los sospechosos desiempre en las principales salidas del estadio. Según esta versión, labrutalidad de la policía montada en la Puerta 12 obligó a que losprimeros en salir quisieran retroceder y volver a entrar, y presionadospor los que bajaban empujando acabaron pisoteados, aplastados yasfixiados. Esta versión fue la que más quedó impregnada en elimaginario colectivo de ambas hinchadas, que al año siguiente y cuandose repitió un superclásico en el Monumental cantaron por primera vez alunísono “No había puerta, no había molinete, era la cana que daba conmachete”.

SIN CONDENA

La noche deaquel día trágico, cuando cientos de personas desfilaban por lacomisaría 33 para reconocer a las víctimas, Julian Kent, el entoncespresidente de River se lamentaba por la tragedia y evitaba referirse alas causas que la provocaron. “Aprendamos a quedarnos aunque sea cincominutos más en las tribunas, ese es el gran ruego, la gran exhortaciónque como dirigente le hago a todas las divisas del fútbol argentino”,decía Kent a los medios deslindando de toda responsabilidad al club.

Los heridosfueron trasladados a los hospitales Fernández y Alemán. Según algunostestimonios allí los visitó Kent para “invitarlos” a firmar un papel enel que se comprometieran a no demandar ni a la dirigencia ni al clubRiver Plate. Al otro día, en todos los diarios de la mañana, unasolicitada publicada por el club decía que se había “verificado el

perfecto funcionamiento de las bocas de evacuación del público, cuyas puertas fueron abiertas…”

Mientras laropa, los zapatos y la sangre de quienes murieron en la Puerta 12 eranfotografiadas por los peritos, en la Bombonera se despedía a lasvíctimas con un gran sepelio. Onganía decretó el duelo nacional.

Los mediosde comunicación y las autoridades instalaron en la población la ideadel accidente trágico. “Estupor”, “Angustia”, “Desolación”, “Dolor”,“Tragedia”, fueron algunos de los titulares de los diarios del díasiguiente. Nadie hablaba de negligencia. La prensa relató las historiaspersonales de la tragedia como la del camarógrafo de Canal 7 quereconoció a su propio hijo mientras filmaba los cadáveres o la del pibe

Espinosa, el famoso NN, hijo de una familiaindigente sanjuanina que no tenía plata para pagar el traslado delcuerpo a su provincia.

Elperiodismo dejó mucho que desear. Las fuentes durante la dictadura deOnganía no eran más que la propia policía, que usaba a los periodistasdifundiendo información falsa para ocultar sus errores y métodos. Lacensura o la autocensura hicieron el resto: la prensa no investigó nadasino que se dedicó a profundizar el morbo, haciendo hincapié en lostestimonios de protagonistas y testigos de la tragedia, sin interésalguno en indagar en las causas reales que la originaron.

Algunos delos familiares de las víctimas presentaron una queja por el fallo perose cansaron de esperar una respuesta de la Corte Suprema.Sorprendentemente la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) y el clubRiver solo fueron condenados a pagarle una indemnización a los únicosdos familiares que los demandaron. A otros que no llegaron a unainstancia judicial se les pagó muy poco en concepto de “resarcimiento”,de un fondo de menos de 100.000 dólares reunido por los clubes dePrimera División de Argentina. Algunos jamás cobraron un peso.

La tragediade la Puerta 12 no generó una demanda social por saber qué habíapasado. Se la consideró una “desgracia”. Desgracia en la que murieron71 jóvenes que promediaban los 19 años. El más viejo de los muertostenía 35 años. El más joven, solo 13.

Hoy lashinchadas no recuerdan a los muertos de la Puerta 12 y muchos dequienes entran y salen por ella no saben lo que allí ocurrió hace ya 40años. Es que gracias a esa manera tan particular de aprender laslecciones de la historia que tenemos los argentinos, la Puerta 12, allídonde se produjo la más grande catástrofe del fútbol argentino, hoypasa desapercibida para todos. Ahora lleva el nombre de la doceavaletra del abecedario y se la conoce como Puerta L.





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