Un promontorio en cuya cima los aliados creían que se encontraba una batería alemana con seis cañones de 155 mm. se convirtió en uno de los más trágicos escenarios del desembarco de Normandía, point du Hoc.
Con un alcance de más de 19 kilómetros, las piezas germanas dominaban la costa desde Port-en-Bessin hasta el noroeste de la playa de Utah. Precisamente, para salvar la amenaza que representaban aquellos cañones, los norteamericanos decidieron botar a la mar sus lanchas de desembarco a 18 kilómetros de la playa, sometiendo a sus hombres a una travesía agotadora de tres horas con marea gruesa.
El mapa muestra la aproximación de los Rangers a Pointe du Hoc (1), la situación de la batería alemana en la cima del acantilado (2), y el lugar donde, tras haber escalado 30 m y comprobar que los cañones habían sido transladados. lograron finalmente destruirlos (3).
La artillería de la costa, como en el caso de la batería de 155 mm de Pointe-du-Hoc, superaba a los buques aliados en capacidad de fuego y alcance gracias a la estabilidad de tiro y abarcaba tanto la playa "Utah" como la "Omaha".
Los Rangers estadounidenses, que habían llevado a cabo los entrenamientos durante varias semanas en condiciones similares, en las costas inglesas, eran los encargados de escalar el acantilado, con la cobertura de fuego artillero concentrado sobre los cañones. Cerca de 200 soldados, equipados con lanza-arpones, cuerdas y escalas, debían poner pie en tierra a la "hora H". Sin embargo su lancha se desvió de rumbo hacia el este por lo que al descubrir el error se vieron obligados a acercarse al objetivo por una ruta paralela a la costa, quedando expuestos a los disparos efectuados desde la cima del acantilado.
El bombardeo naval previo a la invasión había cesado cuando los Rangers alcanzaron el pie del precipicio. Para entonces, los alemanes había relevado a sus artilleros. Empapados y con náuseas la mayoría, los estadounidenses iniciaron la escalada bajo un intenso fuego de armas ligeras y las granadas que el enemigo lanzaba desde arriba. Para apoyarles, el destructor Satterlee batió las defensas germanas, permitiendo finalmente que el primer Ranger alcanzara la cima a los cinco minutos del desembarco.
Pero el éxito resultó amargo. Los cañones alemanes no estaban allí, pues habían sido trasladados a una tranquila huerta, situada a un kilómetro y medio hacia el interior, con el fin de protegerlos de nuevos bombardeos aéreos o navales. Horas más tarde, los Rangers hallaban las piezas alemanas de Pointe-du-Hoc con la sorpresa de que nunca habían sido disparados.
Stephen E. Ambrose cuenta en su libro El Día D:
Cincuenta años después, Pointe-du-Hoc permanece inalterado, ofreciendo una visión realmente chocante. Es difícil decir qué es lo que impresiona más, la cantidad de fortificaciones de cemento que los alemanes construyeron o los enormes agujeros y cráteres formados por la acción de las bombas y los proyectiles. Enormes moles de cemento, del tamaño de casas, se reparten a lo largo de un área de un kilómetro cuadrado. Parece como si los dioses jugaran a los dados. Los túneles y trincheras apenas se conservan, pero los que todavía existen dan una perfecta idea del trabajo ingente que supuso construir todas esas edificaciones. Algunas vías aún se mantienen en buen estado en las partes subterráneas; estaban destinadas a los carretones usados para transportar la munición. Hay una enorme instalación de acero que había sido antiguamente la aguja de cambio de una vía férrea.
Sorprendentemente, el puesto de observación de enormes dimensiones, situado en el borde del acantilado, permanece intacto. Ese era el punto clave de toda la batería; desde ese enclave se tenía una completa visión de las playas de Utah y Omaha; los soldados de artillería encargados de la observación disponían de comunicación por radio y teléfonos subterráneos para establecer contacto con los distintos emplazamientos.
Los cráteres tienen un diámetro de unos diez metros, uno o dos metros de profundidad, y algunos incluso más. Había a centenares, y en realidad, podían considerarse un regalo de los dioses. Ofrecían a los soldados refugio inmediato. Una vez llegados a la cima, los rangers podían llegar hasta cualquier cráter en segundos, y desde allí, disparar sobre los defensores alemanes.
De todas maneras, lo que más impresiona a los turistas que visitan Pointe-du-Hoc, llegados desde todos los rincones del mundo, es el escarpado acantilado y la idea de escalar por él mediante cuerdas. Pero lo que deja más huella en los militares es la dinámica de trabajo de los rangers una vez hubieron ascendido hasta el final. Pese a la desorientación inicial, se recuperaron rápidamente y pusieron manos a la obra en sus respectivas tareas. Cada pelotón tenía una misión asignada, es decir, atacar una determinada casamata. Los soldados se pusieron a ello sin necesidad de recibir órdenes.
Los soldados alemanes iban disparando esporádicamente desde las trincheras y de vez en cuando desde las posiciones ocupadas por las ametralladoras situadas en el extremo izquierdo de la zona fortificada y desde un cañón antiaéreo de 20 mm, en el extremo occidental. Los rangers los ignoraron para dirigirse a los emplazamientos artilleros.
Al alcanzar sus objetivos, descubrieron que las armas eran en realidad postes de teléfono. Los rastros marcados sobre el terreno indicaban que los cañones de 155 mm habían sido trasladados recientemente, casi con toda seguridad, como resultado de los bombardeos aéreos.
La II Guerra mundial (ABC), El Día D de Stephen E. Ambrose.


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