InicioInfo[reflexión] Solo por curiosidad

Por Graciela Schvartz

El adolescente, estirado en el sillón, largo como es, dice: “Por ahora, sólo tengo curiosidad”.

Le acaban de preguntar qué quiere ser cuando sea grande (que la pregunta es ésa, habitualmente, “ser” en lugar de “hacer”) y el chico elude la encerrona. Que por ahora sólo tiene curiosidad, dice. No le suma énfasis a la palabra. Al contrario: le imprime un desdén liviano, un poco travieso, una especie de descrédito hacia él mismo, por el momento sólo capaz de curiosidad.

Es algo que se escucha con frecuencia; son muchos los que, entre paréntesis, antes incluso de formular la pregunta, aclaran: sólo por curiosidad. Como si fuera una cuestión menor, un sentimiento nimio que le quita importancia o relieve al deseo de saber. Y, sin embargo, la curiosidad está desde el principio, en el umbral de cada pregunta. Curiosidad es lo que hay en una mirada despojada de saber que observa algo desconocido. Antes de tener palabras, inclusive. Es un chico que inicia su exploración de las cosas. Su curiosidad, punteada por el coraje y el candor, va demarcando la apropiación del mundo.

Cuando uno crece, la curiosidad cambia, se vuelve manera de mirar. A través de lo que se esperaría ver o de lo que supuestamente debería verse. Un gesto de disconformidad, en cierto sentido. De no quedarse con lo que a uno le dicen, con las palabras de otro para encontrar, en cambio, las propias.

Una manera, si se quiere, de preguntarles a las preguntas.

Con curiosidad, se abre una grieta. A ver, veamos, dice la mirada que mira. Lo inesperado puede colarse por esa fisura. Y quién sabe qué signo trae lo inesperado.

Sin curiosidad, mundo o postales darían lo mismo.

Fue hace unos años. Durante un viaje. ¿Qué hacía yo viajando? ¿Qué hacía arrastrando una valija pesada, sin ruedas, de temperamento arbitrario, que se inclinaba hasta casi caerse haciendo que casi me cayera yo misma? ¿Qué puede hacerse en un aeropuerto a miles de kilómetros de distancia sino estar lejos y sentirse raro? No, no es aquí, es más adelante, en otra oficina. Había cola, barullo, gente que se adelantaba, ponía el codo, se hacía detestable. No: tampoco es aquí, lo lamento, siempre es mejor viajar liviano de equipaje, una lección que no termina de aprenderse. Nunca más, pude haber pensado, harta, seguramente rabiosa. Que se caiga el avión. Nunca más ningún esfuerzo, ninguna valija, ningún peso. Ningún viaje, sobre todo.

Pero en ese momento mismo, detrás de una pared de vidrio, afuera, en la diáfana luz de la mañana, vi un árbol. Era un árbol solo, delgado y alto. Las hojas amarillas, gráciles, encendían la niebla matinal, transparente a su manera, y entonces pensé que si efectivamente todo terminara no vería nunca más la belleza repentina, completa, de ese árbol solo ahí, contra la ventana.

El árbol seguiría estando, alto y delgado y bello, con hojas amarillas o sin hojas, con el tronco plateado desnudo como un hueso, en el invierno, o cubierto de hojas así como son las hojas cuando la primavera empieza, de un radiante verde nuevo, pero yo ya no estaría allí para verlo, nunca más, y pensé entonces que quería estar, no morirme ni esa mañana ni nunca, ser muy vieja y seguir estando para poder mirar otro otoño más, volver a ver esa luz de las hojas a la mañana. Y la exasperación se disipó y apareció en su lugar una bendita curiosidad.

Pero la curiosidad no tiene por qué ser un sentimiento fácil ni un sentimiento cómodo.

Los viajes pueden ser delicados. Uno (yo, usted, cualquiera) está fuera del marco habitual que mantiene el mundo bajo control. Horarios, lugares, itinerarios, pequeños rituales: todo cae. Los viajes muestran algo de uno que es distinto, desconocido para los otros y a veces para uno mismo.

Y fuera de sus caminos de siempre, uno mira las cosas como no las mira nunca. Los árboles, los pájaros, la gente. La gentileza de un mozo o su indiferencia. Los cuadros en un museo. Las cúpulas de una iglesia, sus vitrales. La cabra loca de Picasso que se ríe de todo. La chica que salta a la cuerda con sus gruesos botines de bronce. Un crepúsculo. Alguna lluvia sorpresiva y uno sin paraguas, sin saber dónde comprarlo. El desamparo lejos es peor. ¡Y el mundo se vuelve tan grande!

Para algunos, ese no saber sólo es punto de partida para descubrir otras cosas. Tienen una actitud de soltura y ausencia de juicios previos. Se plantan libres de ataduras, sin etiquetas, con disponibilidad plena. Primero los ojos, después las preguntas, la búsqueda de las palabras apropiadas, y después, sólo después, las respuestas. Sin apuro: para cerrar los signos de interrogación siempre hay tiempo.

Hay otros que amortiguan el desconcierto, o el impacto que ejerce lo desconocido, con pensamientos hechos: son más seguros que ese torbellino que por momentos uno tiene en la cabeza. Cuando demasiadas cosas pasan afuera, pueden procurar la tranquilidad convencional de un buen refugio. Entonces, Picasso es un artista múltiple. La Gioconda es más chica de lo que uno imaginaba. París es una ciudad maravillosa. Algunos adjetivos quitan realce, aplanan todo en una admiración sin repliegues.

Sin embargo, no es un viaje la única situación en la que uno deja que la curiosidad tome el mando. O no tendría por qué serlo. Esa actitud, esa aptitud de los ojos para ver, del corazón para abrirse, debería estar siempre activa. Cada día.

Cuando uno está expuesto a la curiosidad, cuando deja que la vida se manifieste o se exprese en los detalles, la realidad se multiplica y se enriquece infinitamente.

Pero si no saber es condición para la curiosidad despierta, es cierto entonces que uno se vuelve más vulnerable. No saber es tanto más incierto que saber. El que no sabe, queda afuera y, desde ahí, observa. Preguntar implica siempre salir de un territorio conocido, aventurarse. Pensar algo nuevo, mirarlo de frente y avanzar sigue requiriendo coraje, y también, como antes, cierto candor.

Pero tal vez, tal vez, a la curiosidad no le vendría mal una dosis de paradójica indiferencia. Estar abierto, sí, y estar alerta, pero con un sesgo un poco distraído que incluya en la atención un gesto distendido. Ni ansiedad, ni opinión formada, ni nerviosismo. Ni tampoco impaciencia. Ni avidez. Ni forzamiento. Sólo estar ahí, y dejar que las cosas vengan y nos toquen de cerca.

Sin embargo, reconozcámoslo, no es sencillo. Porque hay otra acepción de la curiosidad. Un enfoque que la condena o que, por lo menos, la objeta: no la ve con buenos ojos. Seguir estando abierto al mundo se vuelve, entonces, un ejercicio que presenta algunas dificultades.

La curiosidad mató al gato, se le dice a un chico que indaga. Basta de preguntas, se le contesta. Menos pregunta Dios. No mires, se le ordena. Es mala educación, se prescribe. No abras. No toques. No digas. Mirá a Pandora, si no. Mirá a Eva, sin ir más lejos. A Adán. La curiosidad puede traer problemas. Tiene un precio.

El mundo, entonces, se colma de restricciones. Y la mirada que intenta comprender adquiere un matiz furtivo: no hay que mirar de frente, ni con atención demasiado explícita, ni con tanta evidente fijeza. Mejor desviar los ojos, hacerse el distraído. Enmascarar la curiosidad.

Inadmisible que sea más fuerte que uno, como también se dice. Aunque, también es cierto, resulta bien conocido el carácter de acicate, de incomparable estímulo que han tenido siempre las prohibiciones y sus derivados.

“Prohibido entrar” ha sido (seguirá siendo) una de las invitaciones más prometedoras que se conocen. Es una suerte, es un riesgo. Casi todas las aventuras del pensamiento han empezado preguntando lo que se daba por cierto. Sólo por curiosidad, para pensar más allá de lo que ya estaba pensado. Y también casi todas las aventuras de la vida.

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A@Anónimo10/6/2007+0-0
Gracias jorlui... sos una masa. Slds!
A@Anónimo10/5/2007+0-0
me gustan este tipo de post. suman un aporte distinto al resto de los que estamos acostumbrados a ver.

gracias por tu inquietud! y +10

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